de esos mismos cargos, y tenía, para agravar sus enconos, motivos
especiales que venían de muy lejos.
El padre de Insúa poseía una gran estancia en los quebrachales de
Calchaquí.
Allí había nacido José Golondrina, hijo de una india criada al amparo
de las casas.
Contábase que un cacique poderoso, jefe de una de las tribus más
grandes que hubo en aquellas regiones, perseguido por el ejército de
línea, se refugió en la estancia de Insúa, y al huir de nuevo cuando la
tropa se acercaba, dejó entre otras mujeres, a su hija, que encomendó
al amo, diciéndole que alguna vez volvería a buscarla de su Chaco
misterioso, donde criaría hermosos caballos para él.
La indiecita llegó a ser una hermosa muchacha y no faltó quien dijera
que el niño que un día nació de ella, el indio José, mayor que
Francisco Insúa algunos años, era el hijo primogénito del dueño de
la estancia, y habría sido el heredero de toda aquella riqueza a no
cruzarse en su destino el niño blanco, de casta noble.
Fuese que Insúa creyera realmente en aquel parentesco, que se había
hecho una leyenda, fuese que se hubiese acostumbrado a los servicios de
José Golondrina, éste permanecía siempre con él, mas no en la estancia
de Calchaquí, a donde no le había enviado desde niño, sino en la de la
costa, donde estaba el centro de sus recursos, y que era generalmente
el punto de cita de los revolucionarios en la campaña.
Pero el indio conservaba en la memoria la impresión indeleble de los
paisajes de Calchaquí, y el recuerdo de aquel hermoso campo, cubierto
de bosques de veinte leguas cuadradas, donde podría albergarse toda
su tribu, que ahora vagaba errante por el Chaco, lo perseguía con
implacable tenacidad.
Un día, siendo él niño, muerta ya su madre, una india vieja, de las
que quedaron en la estancia cuando el cacique huyó y que pasaba por
hechicera entre las gentes simples de aquellos lugares, le contó su
historia y le enseñó a malquerer al hijo del amo, a Francisco Insúa, a
quien allí no conocían aún, pero de cuya existencia en la ciudad lejana
se hablaba entre los peones.
"Todos estos campos eran de la tribu antes de venir los cristianos--le
dijo la india, abarcando con un gesto el vasto quebrachal, donde tenía
su rancho, lejos de las otras casas.--El abuelo de tu abuelo, era
el cacique más poderoso del Chaco, y una vez puso, en contra de los
blancos, mil lanzas y ganó la batalla.
"Y yo he visto en las estrellas, que este monte será otra vez de la
tribu, cuando muera ese niño que ha nacido en Santa Fe, y vuelva a ser
amo nuestro un hombre que sea hijo de los hijos del último cacique."
En el espíritu taciturno de José Golondrina, aquella predicción
engendró una llama que le consumía.
Callado, sumiso, bravo en todos los trabajos, se preparaba
pacientemente para los días que habían de venir.
Lo que hubiera en él de sangre blanca estaba anegado en la ola
ancestral de sangre orgullosa de cacique, que le hacía sentirse indio
hasta la médula de los huesos, y encendía en su corazón la silenciosa
esperanza de ser algún día el redentor de su tribu.
Insúa recelando quizás aquella ambición, nunca lo mandó a su estancia
de Calchaquí y como el volver a los campos donde pasó su sombría
niñez, era la secreta obsesión de José Golondrina, nunca quiso él,
por su parte, alejarse de la otra estancia, donde se fraguaban las
revoluciones que alguna vez podían servir a sus planes.
Y así vió prepararse aquélla, en cuya aventura se encontraban lanzados
ya, y fué desde el primer momento el más activo de los colaboradores
del capitán sin lograr con ello deshacer totalmente las prevenciones de
Alarcón.
Caminaba ahorra al lado de éste, hacia la Casa de los Cuervos, royendo
sus pensamientos, cuando el otro que marchaba en silencio, como si le
costara cambiar palabras con el indio, le dijo de pronto:
--Me has dicho que conocías al capataz.
--Sí, señor.
--Yo soy de estos lugares, y sin embargo no lo conozco.
--No es raro; murió ya el dueño; se vendió la estancia y cambiaron el
personal.
--¿No era el finado Liborio Borja?
--Sí, señor.
--Y hoy, ¿quién es el dueño?
--Será su viuda, que vive en la estancia...
Se calló un momento, como si hubiera deseado no hablar más, pero
Alarcón lo interrogó:
--¿No es de la viuda ya?
--No, señor, la vendieron.
--¿Sabés a quién la vendieron?
El indio vaciló un momento.
--A don Braulio Jarque--respondió luego.
--Jarque... ¿Quién es Jarque?--preguntó Alarcón deteniéndose en medio
del campo, a tiempo que hacia el Este se dibujaban las copas sombrías
de unos grandes eucaliptus.
José Golondrina agachó la cabeza y dijo no saber quién era Jarque,
aparte de lo dicho, y Alarcón volvió a ponerse en marcha, repitiendo
aquel nombre, seguro de haberlo oído en alguna parte.
La Casa de los Cuervos estaba sobre una altura adonde no llegaban
las más altas crecientes, sobre la margen misma del arroyo de Leyes,
caudaloso y profundo, comunicándose con el Paraná, como un brazo de él
que era.
La construcción era buena y antigua, dos alas de piezas bajas techadas
con firmes totoras, formando una escuadra con anchas galerías a uno
y otro lado, pintada toda de rosa, con puertas y ventanas verdes, y
poblado de naranjos el patio anchuroso, y todo el cuadro envuelto en un
bosque de eucaliptus, a través de cuyo espeso follaje apenas se veía la
casa como una mancha clara.
En los últimos tiempos, la estancia había cambiado varias veces de
dueño, quedando siempre en la familia, y a la muerte de Liborio Borja,
ocurrida un año atrás, su viuda, para redimir las deudas que pesaban
sobre ella la vendió a Braulio Jarque, el marido de su hija Gabriela,
la cual vivía con ella.
Como el nuevo propietario no manifestara afición a la vida campera,
encargóse doña Carmen de Borja de administrarla junto con la hacienda,
que pastaba en esos campos, y que era ahora toda su fortuna.
Al llegar a la calle de eucaliptus, que se abría en dos hileras a un
costado de la casa y conducía hasta su entrada principal, Alarcón,
preocupado siempre por el nombre de Jarque, que alguna vez había oído,
se acordó de quién era.
José Golondrina calmaba a los perros, que habían salido a ladrar a los
visitantes, y que se acallaron súbitamente al sentir su voz.
Alarcón tuvo la sospecha de que el indio había querido adelantársele,
para hacer llevar a Jarque en la ciudad con algunos de los peones de la
estancia, la noticia de la expedición.
Había salido el capataz y Alarcón miró a José, mas no advirtió que
parecieran reconocerse.
El indio se hizo a un lado, sin hablar palabra, y el capataz saludó
a Alarcón que le pidió una ternera para carnear y dar de comer a su
gente, colonos y leñeros que iban a la ciudad a surtirse de víveres
diversos.
Así habló, y agregó para evitar toda suspicacia en aquel paisano
reservado, que le atendía frunciendo el ceño:
--Compraría una ternera, si no me pide caro.
El capataz entró en las casas a consultar con el ama, cuya silueta se
vió aparecer un momento en la galería, y volvió con el permiso de
arrear el primer animal gordo que hallaran en el potrero.
Montó a caballo y los guió hasta el sitio en que a esa hora debía
hallarse la mayor parte de la hacienda.
Alarcón y su compañero caminaban a pie, detrás de él, que iba
enumerando las buenas condiciones de los campos aquellos, cuya tierra
negra daba unos pastos de engorde superior.
Cuando encontraron lo que necesitaban, una vaquilla mansa, que se
dejó echar el lazo en los cuernos pulidos y negros, Alarcón pagó
sin regatear los quince pesos que le pidieron por ella y se juzgó
afortunado viendo que el capataz no insistía en acompañarles hasta la
costa.
--Tengo que encerrar los terneros de las lecheras--dijo--y se despidió
allí mismo.
Marcharon los dos, José tirando del lazo, arrastrando a veces al animal
que empezaba a rebelarse, y atrás Alarcón arreándolo con una varilla
y pensando que si el capataz hubiera llegado hasta la costa no habría
dejado de recelar de tanta gente reunida allí.
Y aquella imprudencia que le había hecho cometer el indio, no le
pareció que fuera involuntaria.
Mientras marchaban por un senderito en el tupido pastizal verde, que
alfombraba la altura desprovista allí de monte, vieron venir una majada
de ovejas que parecía vagar sin pastor y sin perros.
José Golondrina mostró las ovejas a Alarcón.
--La cuidan los cuervos--le dijo--y por eso es el nombre de la estancia.
Y era así en efecto.
Desde muchos años atrás en la propiedad de los Borja, dos cuervos
criados en las casas cuidaban la majada, con un maravilloso instinto,
que rayaba en leyenda.
Por la mañana al salir el sol, en verano, y en invierno a la hora en
que el frío amenguaba, los dos cuervos, que dormían sobre un algarrobo
seco, frente a una de las ventanas de la casa, volaban hasta el
corral de las ovejas, y a aletazos y a picotones las hacían salir,
las conducían a través de los campos, en las lomas donde el pasto era
tierno y la tierra seca y al caer la tarde las obligaban a volver.
Los tímidos animales, acostumbrados ya, obedecían a los cuervos como
habrían obedecido a un pastor, y de tal manera los dos pajarracos se
habían vinculado a la vida de la estancia, que ésta tomó su nombre de
ellos, y se rodeó de una fama misteriosa.
--Son eternos--dijo el indio José--y cuentan los viejos que ellos saben
y anuncian las cosas tristes que han de ocurrir.
La majada pasó cerca de los dos hombres que llevaban la vaca.
Sobre una de las ovejas de adelante, prendidas sus garras sobre el
vellón iba uno de los cuervos y de igual modo el otro se dejaba llevar
por la que iba atrás de todas.
Era risueño el caso, y no obstante Alarcón no sintió ganas de reír,
cuando los ojuelos de uno de los cuervos, como dos pequeños brillantes
negros se posaron sobre él.
Atardecía rápidamente, y debieron apretar el paso para no extraviarse
en el sauzal, si los tomaba la noche antes de haber alcanzado las
barcas.
En aquellos terrenos bajos no era fácil hallar los senderos, por donde
podían pasar sin hundirse en las aguas muertas de los bañados.
Debían a más carnear la vaca y asar la carne en una hoguera y esa
operación preocupaba a Alarcón porque el fuego en la noche podía atraer
sobre ellos algunas de las partidas de policianos que solían recorrer
la laguna Setúbal y llegar hasta el arroyo de Leyes, a caballo unas
veces por la costa y otras en un vaporcito del puerto siguiendo el
curso del río.
La noche caía rápidamente, porque en esa estación los días eran cortos.
Llegaron al sauzal con las últimas luces del crepúsculo.
Estaba silencioso y sólo se oía el ruido de los pájaros asustados que
levantaban el vuelo, atropellando las ramas.
--Es raro--dijo Alarcón.--¿Nos habremos perdido?
El indio lo miró y los ojos le brillaron en la sombra.
Alarcón echó a correr hacia la orilla del río. No se veía a nadie.
Saltaba sobre los camalotes que cedían como un colchón bajo sus pies.
Extrañaba el silencio, porque estaba seguro de haber dejado a su gente
en esa dirección, y de no verla, por lo menos debía oír el ruido de las
hachas cortando la leña.
Cuando llegó al borde de la isla, que lamía el riacho curvo y lento,
al sitio mismo donde fondearon las chalanas, lo que se conocía por
estar las carrizas pisoteadas y sembrada la tierra de varas de sauce
cortadas, soltó una maldición.
Las lanchas habían desaparecido y sobre el agua, tersa como un cristal
negro, a esa hora, no se divisaba hacia ningún rumbo la mancha más
obscura, que en la noche,--que envolvía ya todas las cosas,--le hubiera
indicado la presencia de sus embarcaciones.
VIII
El baile de Montarón
Temprano, en la noche del baile, se encendieron las guirnaldas de
faroles que corrían a lo largo de las cornisas, llenando la calle de
luz.
En la casa de Montarón, el piso bajo estaba destinado a la familia. Se
subía a los salones del baile, situados arriba, por una ancha escalera
de caracol, adornada esa vez con flores y cubierta por un camino
rojo de tripe, hasta una galería interior cerrada con una mampara de
cristales.
Allí se abrían las tres anchas puertas del deslumbrante salón, que
ocupaba todo el frente de la casa, y se doblaba en dos alas, a cada
extremo, constituídas por varios saloncitos suntuosos, dispuestos
para el ambigú los de la derecha, y los otros para la tertulia de las
señoras mayores o de los hombres que no gustaban de la danza.
Las ventanas del corredor de la calle estaban cerradas, mas alcanzaba
a oírse la algazara de los curiosos agolpados abajo, en el pórtico,
sirvientes del barrio en su mayoría, que daban las buenas noches a cada
pareja que entraba.
Poco a poco, a medida que se animaba la escena, fueron estrechando
el cerco, hasta bloquear totalmente la puerta del zaguán, con zócalo
de mármol blanco, que reflejaba la luz de un gran farol de bronce,
pendiente del techo.
Hacia las nueve de la noche habían comenzado a llegar los invitados.
Era lo más distinguido de la sociedad de Santa Fe.
Las damas en cabeza, para lucir mejor los altos peinados; y con amplios
y crujientes vestidos de seda; escotadas las jóvenes y aun algunas que
habían dejado de serlo; y los hombres de frac y chistera, envueltos en
sus capas.
Con una nerviosa solicitud, hacía Montarón los honores de la casa.
Atravesaba pausadamente, con una dama del brazo, el vestíbulo iluminado
por los faroles chinescos colgados de las ramas de los naranjos, en el
patio inmenso como una huerta; subía la escalera, y después de cambiar
algunas palabras corteses arriba, en el gran salón, bajaba, saltando de
dos en dos los escalones.
Su fisonomía habitualmente regocijada, tenía esa noche un sello visible
de preocupación, y el mismo empeño que ponía en disimular, había
chocado a Syra, la cual seguía a su padre, en todos sus movimientos,
con ojos angustiados.
Rasurado prolijamente, pequeño, y rosado como un jovencito, su
fisonomía no era ciertamente la de un conspirador, y el mismo Jarque,
observándolo esa noche, no estaba seguro de que al rededor de aquella
movediza personilla pudiera tejerse una revolución.
El jefe de policía llegó temprano, con su secretario, el teniente Borja.
Montarón, que se sentía espiado por su hija, para desorientar sus
sospechas se puso a hablar con Jarque, mientras ella más tranquila
junto a su novio, paseaba de su brazo por el salón.
La luz de las arañas de caireles, doraba su negra cabellera, recogida
en un peinado bajo y prendida sobre la nuca, con dos o tres alfileres
de brillantes.
La inquietud de esa tarde, manteníala aún aturdida y apasionada,
fulgurantes los magníficos ojos, que habrían querido penetrar en las
almas para ver qué nefastos designios se ocultaban en ellas, que
pudieran hacer peligrar la vida del hombre que amaba, en cuyo brazo
firme se apoyaba su mano trémula.
Borja sabía, que por falta de nuevos indicios, los recelos de Jarque
habían disminuído, y confiado en su sagacidad sólo pensaba en la gloria
de esa fiesta, en que Syra mostraba su amor a los ojos de todos los que
pudieran haber dudado.
Festejábase su compromiso, y las amables visiones con que se llenaba
su espíritu, no daban lugar a las sombrías sospechas que su novia le
sugiriera esa tarde.
Conocíanse todos los hombres que podían entrar en la revolución, por lo
cual, a cada nuevo concurrente que llegaba al salón, Borja, habituado
a su oficio, indagaba si era de los sospechosos, sin interrumpir, no
obstante su charla con Syra.
Don Servando Bayo entró de los primeros con el doctor Pizarro, su
ministro.
Llegó de rigurosa etiqueta, correcto y tranquilo, y Syra viéndolo se
sintió aliviada.
Un momento después llegó Cullen, a quien seguía la mirada cautelosa
de Jarque, situado afuera del salón, en la galería de cristales,
conversando con Montarón, mas sin perder un solo gesto de los hombres
que le interesaba vigilar.
La fisonomía despreocupada de Cullen, sus maneras afables,
distinguidas, su palabra suave, superficial y amena con las damas,
desorientaban toda sospecha.
Acercóse a los novios y al cumplimentarlos su voz fué tan natural que
Borja sintió desvanecerse sus últimos recelos, y al apartarse de él,
buscando el refugio discreto de uno de los salones de las alas, donde
podía hacer sus confidencias a la niña, le dijo, aludiendo por primera
vez en el baile, a las alarmas que ella le confiara esa tarde:
--Ya ves, Syra; si Cullen está aquí, siendo el jefe de los opositores,
es porque nada se prepara. ¿Estaría así, tan afable y tranquilo si
hubiera el peligro de una revolución?
La mano de Syra temblaba. Alta, maravillosamente esbelta, vestida de
blanco, pálida por una emoción que, a pesar de esas buenas razones no
podía dominar, permanecía de pie al lado de él, que se había sentado en
un sillón invitándola.
Él no pudo ver quién era el que entraba al salón, haciendo cesar el
rumor de las conversaciones, de tal modo que sólo se oía la música de
la orquesta en la galería de cristal; pero ella, atenta a los detalles
de la fiesta, sintió como un golpe en el corazón, pues lo que faltaba
para confirmar sus sospechas, era la presencia en la ciudad del capitán
Insúa, y era él, precisamente, el que acababa de entrar.
Borja, a quien Jarque le había confiado el encuentro de la noche
anterior a la puerta de la escuela, se alzó del sillón, calmoso y
tranquilo, cuando Syra, con los labios apretados por la nueva emoción,
le dijo:
--¡Insúa! ¡Allí está Insúa! ¡Oh, Dios mío!
Hacía más de un año que Insúa no venía a la ciudad, y no obstante su
vida de hombre de campo, era en los salones un perfecto caballero que
llevaba con fácil elegancia el traje de etiqueta y dominaba todos los
secretos de la cortesía.
Jarque al verle llegar sintió que se derrumbaba el laborioso edificio
de sus conjeturas, porque si Insúa estaba allí, vestido de frac;
si tenía a su lado a Montarón, que le contaba prolijamente cómo se
injertaban los rosales; si Cullen se pajeaba en el salón atendiendo a
las damas, todos con la más natural despreocupación, era porque el
temido complot sólo existía en su imaginación.
Para no prolongar su actitud de vigilante, con un poco de despecho,
abandonó su sitio junto a la puerta de la galería y entró al salón.
La orquesta, cuyos principales elementos había hecho venir Montarón de
Buenos Aires, empezaba a animar el ambiente con sus piezas de baile.
Tocó lanceros y se formaron las parejas para sus elegantes y armoniosas
figuras.
Syra y su novio ocuparon un sitio frente a Insúa, que parecía absorto
en decir gentilezas a su compañera en la danza.
--Si debiéramos temer algo--murmuró Borja al oído de la hija de
Montarón--Insúa no estaría aquí. Es el brazo derecho de Cullen y el
verdadero jefe de todos los ataques de caballería.
Syra tranquilizada por aquellas razones, miraba al arrogante caudillo,
que en las combinaciones de la danza, le daba la mano para acompañarla
en algunas figuras.
Habría deseado saber, si ya no era para esa noche, para cuándo serían
los siniestros designios que se ocultaban en aquella altiva cabeza
juvenil y enérgica, que los saludaba con tanta gracia, al pasar por su
lado, a ella y a su novio.
Insúa, desde que entró en el salón, comprendió que algunos ojos lo
vigilaban.
En un rincón, Jarque sentado, parecía dormitar, pues según su
costumbre, entornaba los párpados. Insúa, no obstante esa disimulada
apariencia, sentía sobre él la mirada del jefe de policía.
En otro lugar, Bayo, con Cullen y Montarón, atendía algunas damas
indiferentes al baile.
Insúa miraba de cuando en cuando ese grupo. Iriondo no había llegado
aún, y su tardanza le tenía inquieto, pues podrían verse obligados
a modificar sus planes, si todas las cosas no pasaban como estaban
previstas.
Su misma presencia en la fiesta, no era lo que habría convenido, mas
debió ir para despistar a Jarque, el cual, sin duda alguna, lo había
conocido la noche anterior cuando entró él a la escuela, de regreso de
la barraca de Fosco.
Estando en la ciudad, más extraño habría sido no ir, que ir a casa de
Montarón, al que lo ligaba una antigua amistad.
De acuerdo los tres principales conjurados, se fijó la hora de la
revolución.
Insúa saldría del baile a las once, procurando no ser visto, y se
reuniría con su gente en la orilla del río, y desde allí invadiría la
ciudad, marchando sobre la policía.
Antes de atacar, Insúa volvería a la sala de baile, para ayudar a sus
amigos a caer sobre Iriondo y Bayo, y los hombres del gobierno, no bien
sonaran los primeros tiros. Alarcón mandaría el asalto, y echaría un
pelotón de hombres sobre la casa de Montarón, para ayudarles.
La trama del complot era simple; y a Insúa sólo le preocupaba la
ausencia de Iriondo, que por ser la verdadera cabeza del gobierno,
podía hacer abortar los planes no concurriendo a la fiesta.
Pero terminados los primeros lanceros, a cosa de las diez, cuando los
caballeros agradecían a sus damas y las llevaban del brazo hasta los
sillones colocados a lo largo de las paredes, se produjo un repentino
silencio por la entrada de alguien.
Era Iriondo; venía solo, circunstancia que no escapó a los
revolucionarios, pues era ese un gesto habitual de él, cuando
sospechaba que había peligro, y a fin de mostrar su valor personal o
su presencia de espíritu; Montarón, más solícito que nunca le salió al
encuentro, deshaciéndose en cumplimientos, que Iriondo acogía con una
reservada cortesía, gustando la impresión que causaba con su presencia.
No era ya la actitud algo bravía de Insúa, lo que atraía las miradas:
era su manera superior de presentarse, natural y elegante, tranquilo
y serio, correspondiendo todos sus ademanes, a motivos exteriores,
sin que tuviera que sonreír ni saludar, para imponerse a los que lo
rodeaban.
Más de un año hacía que Insúa no se encontraba con él, y al verle así,
tan dueño de sí mismo, adelantándose a saludarlo, a él que si no podía
vencerle estaba resuelto a matarlo, sintió conmovida la confianza que
hasta ese momento lo animaba.
Montarón, inquieto y movedizo, exageraba visiblemente sus atenciones
descuidando a los otros visitantes y provocando, sin duda, mayores
sospechas en el jefe de policía, que se había vuelto a sentar en un
rincón solitario, después de saludar a Iriondo.
Cullen, acostumbrado a aquellas emociones, disimulaba perfectamente
y en sus ademanes no se transparentaba nada que no fuese su finura
de hombre culto, capaz de alternar sin esfuerzo con sus propios
adversarios.
Bayo parecía ignorarlo todo, atendiendo solamente lo que Pizarro le
relataba con animada mímica.
Ocupaban los dos un pequeño sofá de nogal acolchado de damasco, y
sobre ellos caía la luz de un candelabro lleno de bujías, puesto a sus
espaldas sobre una consola.
Tenían al frente, sobre otra consola igual, un gran espejo que les
permitía mirar todo el salón sin volver la cabeza.
Iriondo con algunos amigos, se refugió en uno de los saloncitos, y su
ausencia calmó un tanto los nervios de Insúa, que volvió a mezclarse en
las danzas, con una ardiente fiebre de placer, como si la lucha cercana
en que podía morir, no le preocupase, o redoblara su entusiasmo por
gozar de aquellos fugitivos minutos.
Montarón salió hasta la galería, por esquivar las pupilas de Jarque,
cuyos ojos semicerrados nadie sabía dónde miraban, aunque él en todo
momento sentía la impresión de que estudiaban cada uno de los gestos
que él hacía.
La hora en que habían convenido que Insúa saliera, estaba próxima y no
se veía cómo podría abandonar el salón sin hacer notar su ausencia.
El banquero empezaba a ponerse nervioso; desde la penumbra de la
galería vió a Cullen, en apariencia tranquilo, conversando con algunas
señoras, pero puesta la mano sobre el reloj, como si él también
sintiera la ansiedad de los minutos que volaban.
Montarón vió pasar a su hija, radiante, del brazo del joven militar, y
empezó a torturarle un remordimiento, que durante el día lo acosara, y
que ahora despertaba de nuevo en su corazón angustiado.
Habían convenido los revolucionarios que en gracia de aquel amor, cuya
fiesta servía a sus planes, pondrían empeño especial en ahorrar la vida
de Carmelo Borja, pero aun así comprendíase el gran peligro que debía
correr.
Por encima de todas sus ambiciones, Montarón miraba a su hija, como
el motivo de todas ellas. Y ahora que la suerte estaba echada, y
pronunciada quizás, la sentencia de muerte de muchos de aquellos
brillantes militares que llenaban el salón, presentía el rencor de la
joven, perdurable y sangriento, cayendo sobre la cabeza de aquel que
atentara contra la vida de su novio.