José Golondrina no podía olvidar que Alarcón le había privado a él

de esos mismos cargos, y tenía, para agravar sus enconos, motivos

especiales que venían de muy lejos.

El padre de Insúa poseía una gran estancia en los quebrachales de

Calchaquí.

Allí había nacido José Golondrina, hijo de una india criada al amparo

de las casas.

Contábase que un cacique poderoso, jefe de una de las tribus más

grandes que hubo en aquellas regiones, perseguido por el ejército de

línea, se refugió en la estancia de Insúa, y al huir de nuevo cuando la

tropa se acercaba, dejó entre otras mujeres, a su hija, que encomendó

al amo, diciéndole que alguna vez volvería a buscarla de su Chaco

misterioso, donde criaría hermosos caballos para él.

La indiecita llegó a ser una hermosa muchacha y no faltó quien dijera

que el niño que un día nació de ella, el indio José, mayor que

Francisco Insúa algunos años, era el hijo primogénito del dueño de

la estancia, y habría sido el heredero de toda aquella riqueza a no

cruzarse en su destino el niño blanco, de casta noble.

Fuese que Insúa creyera realmente en aquel parentesco, que se había

hecho una leyenda, fuese que se hubiese acostumbrado a los servicios de

José Golondrina, éste permanecía siempre con él, mas no en la estancia

de Calchaquí, a donde no le había enviado desde niño, sino en la de la

costa, donde estaba el centro de sus recursos, y que era generalmente

el punto de cita de los revolucionarios en la campaña.

Pero el indio conservaba en la memoria la impresión indeleble de los

paisajes de Calchaquí, y el recuerdo de aquel hermoso campo, cubierto

de bosques de veinte leguas cuadradas, donde podría albergarse toda

su tribu, que ahora vagaba errante por el Chaco, lo perseguía con

implacable tenacidad.

Un día, siendo él niño, muerta ya su madre, una india vieja, de las

que quedaron en la estancia cuando el cacique huyó y que pasaba por

hechicera entre las gentes simples de aquellos lugares, le contó su

historia y le enseñó a malquerer al hijo del amo, a Francisco Insúa, a

quien allí no conocían aún, pero de cuya existencia en la ciudad lejana

se hablaba entre los peones.

"Todos estos campos eran de la tribu antes de venir los cristianos--le

dijo la india, abarcando con un gesto el vasto quebrachal, donde tenía

su rancho, lejos de las otras casas.--El abuelo de tu abuelo, era

el cacique más poderoso del Chaco, y una vez puso, en contra de los

blancos, mil lanzas y ganó la batalla.

"Y yo he visto en las estrellas, que este monte será otra vez de la

tribu, cuando muera ese niño que ha nacido en Santa Fe, y vuelva a ser

amo nuestro un hombre que sea hijo de los hijos del último cacique."

En el espíritu taciturno de José Golondrina, aquella predicción

engendró una llama que le consumía.

Callado, sumiso, bravo en todos los trabajos, se preparaba

pacientemente para los días que habían de venir.

Lo que hubiera en él de sangre blanca estaba anegado en la ola

ancestral de sangre orgullosa de cacique, que le hacía sentirse indio

hasta la médula de los huesos, y encendía en su corazón la silenciosa

esperanza de ser algún día el redentor de su tribu.

Insúa recelando quizás aquella ambición, nunca lo mandó a su estancia

de Calchaquí y como el volver a los campos donde pasó su sombría

niñez, era la secreta obsesión de José Golondrina, nunca quiso él,

por su parte, alejarse de la otra estancia, donde se fraguaban las

revoluciones que alguna vez podían servir a sus planes.

Y así vió prepararse aquélla, en cuya aventura se encontraban lanzados

ya, y fué desde el primer momento el más activo de los colaboradores

del capitán sin lograr con ello deshacer totalmente las prevenciones de

Alarcón.

Caminaba ahorra al lado de éste, hacia la Casa de los Cuervos, royendo

sus pensamientos, cuando el otro que marchaba en silencio, como si le

costara cambiar palabras con el indio, le dijo de pronto:

--Me has dicho que conocías al capataz.

--Sí, señor.

--Yo soy de estos lugares, y sin embargo no lo conozco.

--No es raro; murió ya el dueño; se vendió la estancia y cambiaron el

personal.

--¿No era el finado Liborio Borja?

--Sí, señor.

--Y hoy, ¿quién es el dueño?

--Será su viuda, que vive en la estancia...

Se calló un momento, como si hubiera deseado no hablar más, pero

Alarcón lo interrogó:

--¿No es de la viuda ya?

--No, señor, la vendieron.

--¿Sabés a quién la vendieron?

El indio vaciló un momento.

--A don Braulio Jarque--respondió luego.

--Jarque... ¿Quién es Jarque?--preguntó Alarcón deteniéndose en medio

del campo, a tiempo que hacia el Este se dibujaban las copas sombrías

de unos grandes eucaliptus.

José Golondrina agachó la cabeza y dijo no saber quién era Jarque,

aparte de lo dicho, y Alarcón volvió a ponerse en marcha, repitiendo

aquel nombre, seguro de haberlo oído en alguna parte.

La Casa de los Cuervos estaba sobre una altura adonde no llegaban

las más altas crecientes, sobre la margen misma del arroyo de Leyes,

caudaloso y profundo, comunicándose con el Paraná, como un brazo de él

que era.

La construcción era buena y antigua, dos alas de piezas bajas techadas

con firmes totoras, formando una escuadra con anchas galerías a uno

y otro lado, pintada toda de rosa, con puertas y ventanas verdes, y

poblado de naranjos el patio anchuroso, y todo el cuadro envuelto en un

bosque de eucaliptus, a través de cuyo espeso follaje apenas se veía la

casa como una mancha clara.

En los últimos tiempos, la estancia había cambiado varias veces de

dueño, quedando siempre en la familia, y a la muerte de Liborio Borja,

ocurrida un año atrás, su viuda, para redimir las deudas que pesaban

sobre ella la vendió a Braulio Jarque, el marido de su hija Gabriela,

la cual vivía con ella.

Como el nuevo propietario no manifestara afición a la vida campera,

encargóse doña Carmen de Borja de administrarla junto con la hacienda,

que pastaba en esos campos, y que era ahora toda su fortuna.

Al llegar a la calle de eucaliptus, que se abría en dos hileras a un

costado de la casa y conducía hasta su entrada principal, Alarcón,

preocupado siempre por el nombre de Jarque, que alguna vez había oído,

se acordó de quién era.

José Golondrina calmaba a los perros, que habían salido a ladrar a los

visitantes, y que se acallaron súbitamente al sentir su voz.

Alarcón tuvo la sospecha de que el indio había querido adelantársele,

para hacer llevar a Jarque en la ciudad con algunos de los peones de la

estancia, la noticia de la expedición.

Había salido el capataz y Alarcón miró a José, mas no advirtió que

parecieran reconocerse.

El indio se hizo a un lado, sin hablar palabra, y el capataz saludó

a Alarcón que le pidió una ternera para carnear y dar de comer a su

gente, colonos y leñeros que iban a la ciudad a surtirse de víveres

diversos.

Así habló, y agregó para evitar toda suspicacia en aquel paisano

reservado, que le atendía frunciendo el ceño:

--Compraría una ternera, si no me pide caro.

El capataz entró en las casas a consultar con el ama, cuya silueta se

vió aparecer un momento en la galería, y volvió con el permiso de

arrear el primer animal gordo que hallaran en el potrero.

Montó a caballo y los guió hasta el sitio en que a esa hora debía

hallarse la mayor parte de la hacienda.

Alarcón y su compañero caminaban a pie, detrás de él, que iba

enumerando las buenas condiciones de los campos aquellos, cuya tierra

negra daba unos pastos de engorde superior.

Cuando encontraron lo que necesitaban, una vaquilla mansa, que se

dejó echar el lazo en los cuernos pulidos y negros, Alarcón pagó

sin regatear los quince pesos que le pidieron por ella y se juzgó

afortunado viendo que el capataz no insistía en acompañarles hasta la

costa.

--Tengo que encerrar los terneros de las lecheras--dijo--y se despidió

allí mismo.

Marcharon los dos, José tirando del lazo, arrastrando a veces al animal

que empezaba a rebelarse, y atrás Alarcón arreándolo con una varilla

y pensando que si el capataz hubiera llegado hasta la costa no habría

dejado de recelar de tanta gente reunida allí.

Y aquella imprudencia que le había hecho cometer el indio, no le

pareció que fuera involuntaria.

Mientras marchaban por un senderito en el tupido pastizal verde, que

alfombraba la altura desprovista allí de monte, vieron venir una majada

de ovejas que parecía vagar sin pastor y sin perros.

José Golondrina mostró las ovejas a Alarcón.

--La cuidan los cuervos--le dijo--y por eso es el nombre de la estancia.

Y era así en efecto.

Desde muchos años atrás en la propiedad de los Borja, dos cuervos

criados en las casas cuidaban la majada, con un maravilloso instinto,

que rayaba en leyenda.

Por la mañana al salir el sol, en verano, y en invierno a la hora en

que el frío amenguaba, los dos cuervos, que dormían sobre un algarrobo

seco, frente a una de las ventanas de la casa, volaban hasta el

corral de las ovejas, y a aletazos y a picotones las hacían salir,

las conducían a través de los campos, en las lomas donde el pasto era

tierno y la tierra seca y al caer la tarde las obligaban a volver.

Los tímidos animales, acostumbrados ya, obedecían a los cuervos como

habrían obedecido a un pastor, y de tal manera los dos pajarracos se

habían vinculado a la vida de la estancia, que ésta tomó su nombre de

ellos, y se rodeó de una fama misteriosa.

--Son eternos--dijo el indio José--y cuentan los viejos que ellos saben

y anuncian las cosas tristes que han de ocurrir.

La majada pasó cerca de los dos hombres que llevaban la vaca.

Sobre una de las ovejas de adelante, prendidas sus garras sobre el

vellón iba uno de los cuervos y de igual modo el otro se dejaba llevar

por la que iba atrás de todas.

Era risueño el caso, y no obstante Alarcón no sintió ganas de reír,

cuando los ojuelos de uno de los cuervos, como dos pequeños brillantes

negros se posaron sobre él.

Atardecía rápidamente, y debieron apretar el paso para no extraviarse

en el sauzal, si los tomaba la noche antes de haber alcanzado las

barcas.

En aquellos terrenos bajos no era fácil hallar los senderos, por donde

podían pasar sin hundirse en las aguas muertas de los bañados.

Debían a más carnear la vaca y asar la carne en una hoguera y esa

operación preocupaba a Alarcón porque el fuego en la noche podía atraer

sobre ellos algunas de las partidas de policianos que solían recorrer

la laguna Setúbal y llegar hasta el arroyo de Leyes, a caballo unas

veces por la costa y otras en un vaporcito del puerto siguiendo el

curso del río.

La noche caía rápidamente, porque en esa estación los días eran cortos.

Llegaron al sauzal con las últimas luces del crepúsculo.

Estaba silencioso y sólo se oía el ruido de los pájaros asustados que

levantaban el vuelo, atropellando las ramas.

--Es raro--dijo Alarcón.--¿Nos habremos perdido?

El indio lo miró y los ojos le brillaron en la sombra.

Alarcón echó a correr hacia la orilla del río. No se veía a nadie.

Saltaba sobre los camalotes que cedían como un colchón bajo sus pies.

Extrañaba el silencio, porque estaba seguro de haber dejado a su gente

en esa dirección, y de no verla, por lo menos debía oír el ruido de las

hachas cortando la leña.

Cuando llegó al borde de la isla, que lamía el riacho curvo y lento,

al sitio mismo donde fondearon las chalanas, lo que se conocía por

estar las carrizas pisoteadas y sembrada la tierra de varas de sauce

cortadas, soltó una maldición.

Las lanchas habían desaparecido y sobre el agua, tersa como un cristal

negro, a esa hora, no se divisaba hacia ningún rumbo la mancha más

obscura, que en la noche,--que envolvía ya todas las cosas,--le hubiera

indicado la presencia de sus embarcaciones.

VIII

El baile de Montarón

Temprano, en la noche del baile, se encendieron las guirnaldas de

faroles que corrían a lo largo de las cornisas, llenando la calle de

luz.

En la casa de Montarón, el piso bajo estaba destinado a la familia. Se

subía a los salones del baile, situados arriba, por una ancha escalera

de caracol, adornada esa vez con flores y cubierta por un camino

rojo de tripe, hasta una galería interior cerrada con una mampara de

cristales.

Allí se abrían las tres anchas puertas del deslumbrante salón, que

ocupaba todo el frente de la casa, y se doblaba en dos alas, a cada

extremo, constituídas por varios saloncitos suntuosos, dispuestos

para el ambigú los de la derecha, y los otros para la tertulia de las

señoras mayores o de los hombres que no gustaban de la danza.

Las ventanas del corredor de la calle estaban cerradas, mas alcanzaba

a oírse la algazara de los curiosos agolpados abajo, en el pórtico,

sirvientes del barrio en su mayoría, que daban las buenas noches a cada

pareja que entraba.

Poco a poco, a medida que se animaba la escena, fueron estrechando

el cerco, hasta bloquear totalmente la puerta del zaguán, con zócalo

de mármol blanco, que reflejaba la luz de un gran farol de bronce,

pendiente del techo.

Hacia las nueve de la noche habían comenzado a llegar los invitados.

Era lo más distinguido de la sociedad de Santa Fe.

Las damas en cabeza, para lucir mejor los altos peinados; y con amplios

y crujientes vestidos de seda; escotadas las jóvenes y aun algunas que

habían dejado de serlo; y los hombres de frac y chistera, envueltos en

sus capas.

Con una nerviosa solicitud, hacía Montarón los honores de la casa.

Atravesaba pausadamente, con una dama del brazo, el vestíbulo iluminado

por los faroles chinescos colgados de las ramas de los naranjos, en el

patio inmenso como una huerta; subía la escalera, y después de cambiar

algunas palabras corteses arriba, en el gran salón, bajaba, saltando de

dos en dos los escalones.

Su fisonomía habitualmente regocijada, tenía esa noche un sello visible

de preocupación, y el mismo empeño que ponía en disimular, había

chocado a Syra, la cual seguía a su padre, en todos sus movimientos,

con ojos angustiados.

Rasurado prolijamente, pequeño, y rosado como un jovencito, su

fisonomía no era ciertamente la de un conspirador, y el mismo Jarque,

observándolo esa noche, no estaba seguro de que al rededor de aquella

movediza personilla pudiera tejerse una revolución.

El jefe de policía llegó temprano, con su secretario, el teniente Borja.

Montarón, que se sentía espiado por su hija, para desorientar sus

sospechas se puso a hablar con Jarque, mientras ella más tranquila

junto a su novio, paseaba de su brazo por el salón.

La luz de las arañas de caireles, doraba su negra cabellera, recogida

en un peinado bajo y prendida sobre la nuca, con dos o tres alfileres

de brillantes.

La inquietud de esa tarde, manteníala aún aturdida y apasionada,

fulgurantes los magníficos ojos, que habrían querido penetrar en las

almas para ver qué nefastos designios se ocultaban en ellas, que

pudieran hacer peligrar la vida del hombre que amaba, en cuyo brazo

firme se apoyaba su mano trémula.

Borja sabía, que por falta de nuevos indicios, los recelos de Jarque

habían disminuído, y confiado en su sagacidad sólo pensaba en la gloria

de esa fiesta, en que Syra mostraba su amor a los ojos de todos los que

pudieran haber dudado.

Festejábase su compromiso, y las amables visiones con que se llenaba

su espíritu, no daban lugar a las sombrías sospechas que su novia le

sugiriera esa tarde.

Conocíanse todos los hombres que podían entrar en la revolución, por lo

cual, a cada nuevo concurrente que llegaba al salón, Borja, habituado

a su oficio, indagaba si era de los sospechosos, sin interrumpir, no

obstante su charla con Syra.

Don Servando Bayo entró de los primeros con el doctor Pizarro, su

ministro.

Llegó de rigurosa etiqueta, correcto y tranquilo, y Syra viéndolo se

sintió aliviada.

Un momento después llegó Cullen, a quien seguía la mirada cautelosa

de Jarque, situado afuera del salón, en la galería de cristales,

conversando con Montarón, mas sin perder un solo gesto de los hombres

que le interesaba vigilar.

La fisonomía despreocupada de Cullen, sus maneras afables,

distinguidas, su palabra suave, superficial y amena con las damas,

desorientaban toda sospecha.

Acercóse a los novios y al cumplimentarlos su voz fué tan natural que

Borja sintió desvanecerse sus últimos recelos, y al apartarse de él,

buscando el refugio discreto de uno de los salones de las alas, donde

podía hacer sus confidencias a la niña, le dijo, aludiendo por primera

vez en el baile, a las alarmas que ella le confiara esa tarde:

--Ya ves, Syra; si Cullen está aquí, siendo el jefe de los opositores,

es porque nada se prepara. ¿Estaría así, tan afable y tranquilo si

hubiera el peligro de una revolución?

La mano de Syra temblaba. Alta, maravillosamente esbelta, vestida de

blanco, pálida por una emoción que, a pesar de esas buenas razones no

podía dominar, permanecía de pie al lado de él, que se había sentado en

un sillón invitándola.

Él no pudo ver quién era el que entraba al salón, haciendo cesar el

rumor de las conversaciones, de tal modo que sólo se oía la música de

la orquesta en la galería de cristal; pero ella, atenta a los detalles

de la fiesta, sintió como un golpe en el corazón, pues lo que faltaba

para confirmar sus sospechas, era la presencia en la ciudad del capitán

Insúa, y era él, precisamente, el que acababa de entrar.

Borja, a quien Jarque le había confiado el encuentro de la noche

anterior a la puerta de la escuela, se alzó del sillón, calmoso y

tranquilo, cuando Syra, con los labios apretados por la nueva emoción,

le dijo:

--¡Insúa! ¡Allí está Insúa! ¡Oh, Dios mío!

Hacía más de un año que Insúa no venía a la ciudad, y no obstante su

vida de hombre de campo, era en los salones un perfecto caballero que

llevaba con fácil elegancia el traje de etiqueta y dominaba todos los

secretos de la cortesía.

Jarque al verle llegar sintió que se derrumbaba el laborioso edificio

de sus conjeturas, porque si Insúa estaba allí, vestido de frac;

si tenía a su lado a Montarón, que le contaba prolijamente cómo se

injertaban los rosales; si Cullen se pajeaba en el salón atendiendo a

las damas, todos con la más natural despreocupación, era porque el

temido complot sólo existía en su imaginación.

Para no prolongar su actitud de vigilante, con un poco de despecho,

abandonó su sitio junto a la puerta de la galería y entró al salón.

La orquesta, cuyos principales elementos había hecho venir Montarón de

Buenos Aires, empezaba a animar el ambiente con sus piezas de baile.

Tocó lanceros y se formaron las parejas para sus elegantes y armoniosas

figuras.

Syra y su novio ocuparon un sitio frente a Insúa, que parecía absorto

en decir gentilezas a su compañera en la danza.

--Si debiéramos temer algo--murmuró Borja al oído de la hija de

Montarón--Insúa no estaría aquí. Es el brazo derecho de Cullen y el

verdadero jefe de todos los ataques de caballería.

Syra tranquilizada por aquellas razones, miraba al arrogante caudillo,

que en las combinaciones de la danza, le daba la mano para acompañarla

en algunas figuras.

Habría deseado saber, si ya no era para esa noche, para cuándo serían

los siniestros designios que se ocultaban en aquella altiva cabeza

juvenil y enérgica, que los saludaba con tanta gracia, al pasar por su

lado, a ella y a su novio.

Insúa, desde que entró en el salón, comprendió que algunos ojos lo

vigilaban.

En un rincón, Jarque sentado, parecía dormitar, pues según su

costumbre, entornaba los párpados. Insúa, no obstante esa disimulada

apariencia, sentía sobre él la mirada del jefe de policía.

En otro lugar, Bayo, con Cullen y Montarón, atendía algunas damas

indiferentes al baile.

Insúa miraba de cuando en cuando ese grupo. Iriondo no había llegado

aún, y su tardanza le tenía inquieto, pues podrían verse obligados

a modificar sus planes, si todas las cosas no pasaban como estaban

previstas.

Su misma presencia en la fiesta, no era lo que habría convenido, mas

debió ir para despistar a Jarque, el cual, sin duda alguna, lo había

conocido la noche anterior cuando entró él a la escuela, de regreso de

la barraca de Fosco.

Estando en la ciudad, más extraño habría sido no ir, que ir a casa de

Montarón, al que lo ligaba una antigua amistad.

De acuerdo los tres principales conjurados, se fijó la hora de la

revolución.

Insúa saldría del baile a las once, procurando no ser visto, y se

reuniría con su gente en la orilla del río, y desde allí invadiría la

ciudad, marchando sobre la policía.

Antes de atacar, Insúa volvería a la sala de baile, para ayudar a sus

amigos a caer sobre Iriondo y Bayo, y los hombres del gobierno, no bien

sonaran los primeros tiros. Alarcón mandaría el asalto, y echaría un

pelotón de hombres sobre la casa de Montarón, para ayudarles.

La trama del complot era simple; y a Insúa sólo le preocupaba la

ausencia de Iriondo, que por ser la verdadera cabeza del gobierno,

podía hacer abortar los planes no concurriendo a la fiesta.

Pero terminados los primeros lanceros, a cosa de las diez, cuando los

caballeros agradecían a sus damas y las llevaban del brazo hasta los

sillones colocados a lo largo de las paredes, se produjo un repentino

silencio por la entrada de alguien.

Era Iriondo; venía solo, circunstancia que no escapó a los

revolucionarios, pues era ese un gesto habitual de él, cuando

sospechaba que había peligro, y a fin de mostrar su valor personal o

su presencia de espíritu; Montarón, más solícito que nunca le salió al

encuentro, deshaciéndose en cumplimientos, que Iriondo acogía con una

reservada cortesía, gustando la impresión que causaba con su presencia.

No era ya la actitud algo bravía de Insúa, lo que atraía las miradas:

era su manera superior de presentarse, natural y elegante, tranquilo

y serio, correspondiendo todos sus ademanes, a motivos exteriores,

sin que tuviera que sonreír ni saludar, para imponerse a los que lo

rodeaban.

Más de un año hacía que Insúa no se encontraba con él, y al verle así,

tan dueño de sí mismo, adelantándose a saludarlo, a él que si no podía

vencerle estaba resuelto a matarlo, sintió conmovida la confianza que

hasta ese momento lo animaba.

Montarón, inquieto y movedizo, exageraba visiblemente sus atenciones

descuidando a los otros visitantes y provocando, sin duda, mayores

sospechas en el jefe de policía, que se había vuelto a sentar en un

rincón solitario, después de saludar a Iriondo.

Cullen, acostumbrado a aquellas emociones, disimulaba perfectamente

y en sus ademanes no se transparentaba nada que no fuese su finura

de hombre culto, capaz de alternar sin esfuerzo con sus propios

adversarios.

Bayo parecía ignorarlo todo, atendiendo solamente lo que Pizarro le

relataba con animada mímica.

Ocupaban los dos un pequeño sofá de nogal acolchado de damasco, y

sobre ellos caía la luz de un candelabro lleno de bujías, puesto a sus

espaldas sobre una consola.

Tenían al frente, sobre otra consola igual, un gran espejo que les

permitía mirar todo el salón sin volver la cabeza.

Iriondo con algunos amigos, se refugió en uno de los saloncitos, y su

ausencia calmó un tanto los nervios de Insúa, que volvió a mezclarse en

las danzas, con una ardiente fiebre de placer, como si la lucha cercana

en que podía morir, no le preocupase, o redoblara su entusiasmo por

gozar de aquellos fugitivos minutos.

Montarón salió hasta la galería, por esquivar las pupilas de Jarque,

cuyos ojos semicerrados nadie sabía dónde miraban, aunque él en todo

momento sentía la impresión de que estudiaban cada uno de los gestos

que él hacía.

La hora en que habían convenido que Insúa saliera, estaba próxima y no

se veía cómo podría abandonar el salón sin hacer notar su ausencia.

El banquero empezaba a ponerse nervioso; desde la penumbra de la

galería vió a Cullen, en apariencia tranquilo, conversando con algunas

señoras, pero puesta la mano sobre el reloj, como si él también

sintiera la ansiedad de los minutos que volaban.

Montarón vió pasar a su hija, radiante, del brazo del joven militar, y

empezó a torturarle un remordimiento, que durante el día lo acosara, y

que ahora despertaba de nuevo en su corazón angustiado.

Habían convenido los revolucionarios que en gracia de aquel amor, cuya

fiesta servía a sus planes, pondrían empeño especial en ahorrar la vida

de Carmelo Borja, pero aun así comprendíase el gran peligro que debía

correr.

Por encima de todas sus ambiciones, Montarón miraba a su hija, como

el motivo de todas ellas. Y ahora que la suerte estaba echada, y

pronunciada quizás, la sentencia de muerte de muchos de aquellos

brillantes militares que llenaban el salón, presentía el rencor de la

joven, perdurable y sangriento, cayendo sobre la cabeza de aquel que

atentara contra la vida de su novio.

La Casa de los Cuervos · 第 4 / 14 段