al salón, buscando un sitio vacío en los bancos, todos la reclamaban
para tenerla cerca, y aun cuando fuera la clase de gramática, si estaba
ella, y los niños podían ver sus ojos animadores y su boca juvenil que
sonreía, y su vestido alegre, en la pesada tristeza de las cosas viejas
que llenaban el aula, los minutos parecían tener alas y volar.
El maestro no se inmutaba por la presencia radiante, y seguía llamando
al pizarrón, uno por uno, a los chicuelos, para que dieran la lección.
Les entregaba un mezquino pedacito de tiza, y se calaba las gafas para
vigilar los garabatos que la trémula mano trazaba en el tablero. Y
cuando el niño se equivocaba, corría él con el desgarrado faldón de su
levita en la mano y borraba lo escrito.
--¿Quién mató a César?--decía a modo de comentario invariable, y los
alumnos en coro gritaban:
--¡Bruto!
Don Serafín tenía una regla larga como un puntero, que manejaba
nerviosamente. Se quitaba su casquete de seda, porque el mucho hablar
le hacía sudar el cráneo; alzaba las gafas hasta la frente, donde
revoloteaban algunos mechoncitos grises, con aire más divertido que
el de los alumnos, y aquello era señal de que comenzaba la clase de
gramática.
Llamaba a uno de los niños hasta su estrado; se envolvía cuidadosamente
en la capa, celoso del misterio de su levita, y preguntaba alzando la
regla y mirando al alumno con sus ojillos glaucos:
--¿Cuántos son los acentos?
El interrogado se quedaba pensativo, y don Serafín le insinuaba,
marcando cada palabra con un reglazo en el pupitre:
--¡Tres! Agudo, grave y es... drú... julo.
Cuando decía "drú" se iba a fondo, con la regla a guisa de florete
y pinchaba al niño en la barriga, con gran regocijo de la infantil
concurrencia.
La lección de los acentos era, por su episodio, lo más ameno de la
gramática.
Concluída la clase, los niños se ponían de pie y rezaban un avemaría,
que entonaba el maestro, y luego con sus libros y sus gorras en la
mano, salían en ruidoso tropel a la calle, dejando en el aire confinado
del salón el polvo de los rojos ladrillos, flotando en un rayo de sol,
que entraba a veces como una espada fulgurante.
Si estaba Rosarito, la última mirada era para ella, que se quedaba con
el corazón estremecido, porque los amaba a todos.
Cuando su padre volvió, la mañana en que fué al Cabildo, no era ya hora
de iniciar la clase, por lo cual despidieron a los niños que jugaban
en las galerías, cerraron la puerta de calle, y llamaron a Insúa, que
bajó de su buhardilla, contento como un prisionero libertado.
A él y a Rosarito les relató don Serafín su conferencia con el jefe
de policía, detallando prolijamente la manera en que eludió toda
contestación comprometedora.
Nunca había querido dejar adivinar de Insúa su pobreza rayana en la
miseria, mas tuvo esa vez que confesar el episodio de la levita,
mezclado con su pequeña aventura de esa mañana, y todo lo dijo
sonriente, enrojeciendo a veces de vergüenza, pero satisfecho de su
inesperada habilidad para burlar al fino sabueso del gobierno.
--Hoy Jarque vendrá a comer tus empanadas, Rosarito, hija mía...
La niña se alarmó oyendo aquello, porque sospechó que eso podría ser
un pretexto para una visita del jefe, pero no el verdadero motivo. Sin
duda quería comprobar lo dicho por su padre.
Se vistió con su sencillo traje de salir, y se fué al boliche de don
Pablo Ferrer; pagó la cuenta, y se aprovisionó de lo que le hacía falta
para confeccionar sus empanadas; y luego corrió a casa de don Patricio
Cullen.
Llena de confusión refirió al caudillo de los revolucionarios aquella
aventura de la levita, que la obligaba a pedir una, a fin de que Jarque
la hallara, en verdad arreglándola al cuerpo de su padre. Y fué tan
afortunada y hábil, que esa tarde, a la hora de la siesta, en que el
jefe de policía acudió a la escuela, pudo obsequiarle con empanadas
sacadas del horno, sirviéndoselas en una punta de la mesa del comedor y
atendiéndole ella desde la otra, donde a toda prisa descosía una levita
de don Patricio Cullen, para adaptarla al mezquino cuerpo de Aldabas,
cuya voz se oía explicando la lección de los acentos.
Pero Jarque no se dejó engañar del todo. Los indicios que había
sorprendido de estar cerca la revolución eran tan evidentes, que
perdida una pista, buscaba otra, seguro de sorprender el complot.
Se estuvo toda la tarde en la escuela, porque teniendo la certeza de
que la revolución no estallaría sin que Insúa llegara a la ciudad,
quería a toda costa saber si él estaba ya en Santa Fe o iba a llegar de
un momento a otro.
Cuando anocheció, algo decepcionado se despidió del maestro, que había
concluído su clase y de su hija que seguía trabajando en la levita. Mas
se fué tranquilo, porque la ausencia de Insúa podía significar que la
revolución aún tardaría.
No bien se hubo marchado bajó Insúa de su escondrijo, donde había
pasado cuatro mortales horas oliendo el cedro secular de las vigas del
techo; y como era necesario prevenir para esa misma noche al dueño de
la barraca donde se refugiarían los revolucionarios que llegaran por
el río, aprovechó para salir la obscuridad que reinaba, con el cielo
nublado, amenazando lluvia.
La barraca de Fosco, al Sur de la ciudad, a pocos pasos del arroyo
Quillá, un brazo del río, era un vasto recinto cuadrado, con paredes
de tapia, detrás de las cuales se amontonaban cargamentos copiosos de
frutos del país, cueros, cerdas, huesos, lanas a la espera de un barco
que los llevara a Buenos Aires.
El anterior dueño de la barraca se había arruinado, y un colono suizo
de Helvecia, que logró algunos años de buenas cosechas, se quedó con
ella y abandonó el campo.
Era Fosco; vivía con su familia haciendo un modesto negocio que le
permitía tener influencia entre sus compatriotas, partidarios de Cullen
todos, y esperar el triunfo de la revolución, que estaba dispuesto a
ayudar, para tumbar el gobierno.
En la obscuridad de la noche Insúa vió aparecer a lo lejos la masa
negra de la coposa arboleda que rodeaba la barraca, haciendo más
discreto el refugio.
En esos lugares no había ya casas ni calles. Las carreteras, acolchadas
de tierra blanda, transformadas por la lluvia en profundos barrizales,
descendían la barranca hasta el desplayado del riacho. Cerca del agua,
que no se veía en la sombra, al borde mismo de la pequeña barranca,
crecía un aromito y a su sombra se alzaba una casucha de paja y de
barro, de algún barquero, que vivía allí a la vera de su barca.
Ladraban los perros al áspero rumor de los árboles, que se mecían al
viento en la sombría y misteriosa quinta de Fosco.
Insúa no pudo dejar de sentir un estremecimiento, como un aletazo del
miedo, al llegar a aquellos lugares en que podía hallar la muerte, si
Jarque daba con su pista.
Marchaba a grandes trancos, hundiendo sus botas en el barro para no
perder tiempo en buscar senderos enjutos. Iba embozado en una capa, con
que en las calles del centro había disimulado su figura, para pasar sin
que le reconocieran.
Desde el portón de fierro que servía de entrada a la barraca, cerrado a
esa hora, vió la casa blanqueando en la sombra, sin luz, como dormida.
Llamó con las señales que sus dueños conocían.
Fosco estaba advertido por el mismo don Patricio de la inminencia de
una revolución, a la que se disponía prestar su concurso, tanto más
apreciable, cuanto que la ubicación de la barraca debía esa vez hacerla
poco sospechosa.
Generalmente los revolucionarios invadían la ciudad por el Norte,
viniendo de las estancias de Cullen o de Insúa, y era casi seguro que
el mayor empeño de la policía se pondría en vigilar el camino de Santa
Rosa, descuidando la barraca a orillas del río, excelente lugar de
desembarco, por la menor distancia a que de allí estaba el Cabildo, que
iban a atacar.
A la señal de Insúa, un poderoso mastín de largas lanas se echó
sobre la puerta, que poco después abrió Fosco, acallando al perro y
recatándose aún, por si no eran los amigos que esperaba.
De una numerosa familia, Fosco no conservaba consigo más que a su mujer
y a una hija, a quienes halló Insúa en la pieza del piso bajo de la
casa, cuando entró con el suizo por guía.
--¡Señor capitán!--le dijeron al saludarle, y él notó en sus ojos la
misma luz de inteligencia con que le acogiera el dueño de casa. Era
gente fiel, dispuesta a servirle hasta la muerte.
Fosco andaba cerca de los sesenta años, pero de recia musculatura, y
buen tirador, podía ser un buen soldado.
En el comedor, al lado de la alhacena, veíase colgado un rémington,
enaceitado y limpio, señal del aprecio en que lo tenían.
Insúa sonrió echándole una mirada significativa.
--Señor capitán--le dijo Fosco.--En Helvecia éramos cien familias
suizas. Todos los hombres tiraban como yo, y todos estaban y están hoy
dispuestos a hacerse matar en la revolución.
Insúa le apretó la mano, sin decirle palabra, y tomó asiento al lado de
la mesa, bajo la luz de la lámpara. Fosco y las dos mujeres permanecían
de pie. Sabían que en aquella intentona por derrocar al gobierno se
jugaban la libertad, la paz, la fortuna y quizás la vida, pero estaban
dispuestos.
Como Insúa vacilaba en hablar, Fosco mandó a las mujeres que salieran
del cuarto, y una vez solos dijo:
--Son fieles y discretas, pero es mejor que ignoren lo que ha de
ocurrir.
--Así es--respondió Insúa.--Mañana vendrán nuestros amigos. Viajan en
chalanas cargadas de leña, por el río, y atracarán en la costa del
arroyo, a cien metros de aquí. Otros están llegando desde ayer, en
carros y a caballo, como si fueran gente de campo que viene a hacer
provisiones. Esta noche, llegarán los que faltan, y, sin duda, buscarán
albergue en la barraca, para estar al habla. Son los más seguros los
que así vienen, pero en las chalanas está el grueso de las fuerzas. Las
manda Alarcón que sabe hacer las cosas y el indio José...
--¿José Golondrina?--preguntó vivamente Fosco.
--Sí; ¿lo conoce?
--Lo conozco; lo conocí en Helvecia--vaciló un momento y dijo:--Yo no
lo creía bueno para esto.
--¿Por qué?
--No sé, a la verdad no sé; pero nunca me ha parecido hombre de
confianza.
--Es mi asistente hace años--observó Insúa.
--Entonces debe ser bueno--contestó sin mucha convicción el colono.
Insúa continuó dando instrucciones, para que todos obraran de acuerdo y
no se perdiera ni un minuto ni un hombre. Las revoluciones fracasaban
siempre por falta de organización, y con esa dura experiencia, habían
aprendido lo que valía el orden en toda batalla.
Cuando no tuvo más que recomendar, volvió a la ciudad, donde se
encontraría con Cullen y Montarón.
Veíanse algunos faroles encendidos en las esquinas, uno precisamente
en el ángulo que hacía cruz con la iglesia Matriz. Derramaba un fulgor
mezquino, que parecía más débil ante el gran cuadro sombrío de la
plaza, con sus negras acacias, que un viento suave mecía desgranando
sus hojas secas.
Insúa tranquilo por la soledad de las calles, se atrevió a pasar
cerca del farol, y al llegar a la esquina de la escuela, se encontró
bruscamente con Jarque.
Supo que era él, porque al moverse para no cruzarse en su camino,
observó que rengaba, mas tuvo la esperanza de que no lo hubiera
conocido, por lo que iba embozado en la capa, y para despistar sus
sospechas no se detuvo ante la puerta del maestro, sino que pasó de
largo, como si allí no viviera.
Sintió que le seguía y apretó el paso, con la seguridad de
adelantársele y anduvo así, un cuarto de hora, haciendo recodos, y
cruzando calles; cuando supuso que el jefe de policía había abandonado
su persecución, regresó a la calle de la Matriz.
El farol de la esquina se había apagado, y era extraño, porque el
viento apenas soplaba.
Nada se veía en la calle lóbrega. El almacén de Ferrer estaba cerrado,
y todo el barrio, parecía dormido bajo los oscuros tejados a dos
aguas. En una guardilla, a lo lejos temblaba una luz.
Llegó Insúa hasta la puerta de la escuela, y la empujó de golpe, y al
entrar vió que del hueco de una puerta casi contigua, salía un hombre,
que sin duda estuvo al acecho.
Comprendió que Jarque en vez de seguirle a través de las calles,
sospechando quién era, lo había aguardado allí, para cerciorarse de
ello, y averiguar lo que tanto le interesaba.
Era un episodio lamentable, porque obligaba a los revolucionarios a
variar sus planes.
VII
El indio José
En los sauzales del arroyo de Leyes acamparon los hombres que mandaba
Juan Alarcón.
Era la época de las lluvias y los campos bajos del litoral estaban
anegados. El Saladillo Dulce, riacho que allí cerca se juntaba con el
arroyo de Leyes, y que suele ver mermar su caudal de agua hasta secarse
enteramente, entonces tenía un ancho de media legua y avanzaba en
una turbia napa que el viento rizaba en olas pequeñas, fatigando las
plantas acuáticas que se alzaban del fondo y salían al sol, sirviendo
de guía a los que se aventuraban por el curso tortuoso y difícil.
Insúa había ideado bien aquella invasión de la ciudad por el río. La
inundación había hecho huir a los escasos pobladores de las márgenes,
y la pequeña expedición que se embarcó en el Saladillo, a la altura de
Helvecia, de donde había llegado cruzando a caballo campos de Cullen,
hizo el viaje sin hallar a nadie.
Navegaba en dos grandes lanchones de fondo plano que podían marchar en
dos cuartas de agua, y llevaban a popa del mayor una pequeña canoa para
explorar los bañados.
En las isletas verdes y montuosas, que se alzaban como una ondulación
de aquellas tierras bajas, veíanse ranchos, de los cuales uno que otro
seguía habitado por míseros paisanos, que vivían en el agua, pescando
con espinel o cazando nutrias para trocar sus cueros en las pulperías
de tierra adentro por azúcar y yerba o tabaco.
Al ver pasar los lanchones llenos de gente, acostumbrados como estaban
a las repetidas intentonas revolucionarias, y vecinos de los Cachos,
paraje donde los Cullen tenían una de sus estancias, habitual refugio
de los opositores, adivinaban el objeto de la expedición.
Una de las lanchas llamábase "Mocoretá".
Era la mayor, tenía un medio puente y a bordo cabían holgados 30
hombres. Una trinquetilla que hinchaba el viento húmedo del Este la
hacía marchar.
A popa un baqueano, conocedor de las inverosímiles revueltas del cauce,
llevaba el timón. A proa un mocetón flaco y ágil, con una larga caña
sondeaba la hondura, cantando rítmicamente con voz aniñada:
--¡Cuatro cuartas! ¡cuatro largas! ¡cinco escasas! ¡cuatro a la marca!
Algunas veces cruzaban un remanso y la punta de la caña no alcanzaba el
fondo:
--¡No toca!--gritaba el sondeador, y todos respiraban satisfechos,
porque se alejaba el peligro de una varadura contra aquellas barrancas
de greda pegajosa, donde se adhería con fuerza la panza de la
embarcación, obligándoles a echarse al agua, para sacarla del mal paso
a fuerza de hombros.
El viento era frío y arreaba gruesas y redondas nubes desde el mar
lejano, por lo cual el sol, brillando solo a ratos, no alcanzaba a
secarles las ropas mojadas, y así debían seguir el viaje, tiritando.
La otra lancha se llamaba "La Avispa". En ella iba Alarcón, y navegaba
sin sondear, porque él conocía perfectamente el curso del Saladillo;
pero siendo menos marina, por sus perfiles pesados, era más lenta y
marchaba detrás, impulsada por una velita triangular a proa y por los
botadores, largas perchas que dos hombres afirmaban contra la costa o
contra el fondo del río, conforme a la hondura.
En ambas lanchas, por orden de Alarcón se guardaba silencio. Solamente
se oía el grito agudo del sondeador en la primera y de cuando en cuando
la voz breve y ronca del indio José Golondrina que la mandaba.
Pero cuando pasaban cerca de alguna de las isletas de la costa y
divisaban algún cazador de nutrias, inmóvil, en la orilla, afirmado en
su largo fusil, compañero inseparable de su soledad, o en la "fija",
especie de arpón terrible en su mano segura, no siempre los hombres,
aburridos de la inacción, acallaban un saludo o un comentario malicioso.
Los cazadores de nutrias eran generalmente hombres enflaquecidos por la
vida miserable que llevaban viviendo en los esteros, consumidos por las
sabandijas, rudos y huraños, descalzos, vestidos con una camisa y una
manta o un pedazo de arpillera que les rodeaba las piernas.
Y los de las lanchas, peones de estancia o colonos de Helvecia, mejor
alimentados y vestidos, reíanse de su miseria o de su flacura:
--¡Lindo cebo para un chicharrón!--decía un gringuito joven, rubio,
de la colonia suiza, donde don Patricio encontraba sus más fieles
partidarios.
Llamábase Moor; iba en la lancha "Mocoretá".
A pesar de su juventud se le tenía en mucho porque manejaba el fusil
con una insuperable destreza.
Alarcón lo reprendía cada vez que hacía reír a sus hombres a costa
de algún "nutriero". Después de todo, no era muy difícil que alguno
de éstos, picado por las bromas o simplemente deseoso de ganarse una
recompensa, saltara en su canoa, que podía navegar a través de los
esteros, cortando los campos inundados y llegara antes que ellos a
Santa Fe, con la denuncia de que los revolucionarios marchaban sobre la
ciudad.
Tal peligro crecía a medida que se aproximaban a la laguna de Setúbal,
región más poblada, que se vigilaba con gran cuidado por la gente del
gobierno.
Hacia mediodía el sol abrió y cambió el viento. Navegaban ya en
el curso profundo y encajonado del arroyo de Leyes, cuyas orillas
cubiertas de sauzales, solían servir de escondite a los gauchos
matreros, ladrones de haciendas, que huían de los policianos.
Alarcón dió orden de atracar en una isleta de la margen izquierda y los
dos lanchones se arrimaron lentamente a la costa, cubierta de carrizas
verdes y de camalotes aguachentos que chupaban los sábalos.
Siguiendo como hasta entonces en aquella marcha, y ayudados por la
correntada más fuerte del arroyo de Leyes, debían llegar al puerto de
la ciudad poco después de la oración, y eso era un peligro.
Insúa había ordenado que no entraran antes de las once de la noche,
hora en que menguaba la vigilancia de la policía.
Además era necesario cargar de leña las dos lanchas, en forma que
permitiera ir a los hombres a bordo, disimulando su presencia. Se
necesitaban para ello largas varas flexibles, y allí el tupido sauzal
ofrecía cargamento fácil de cortar, para toda una flota.
Teniendo, pues, varias horas libres, antes de ponerse en marcha
nuevamente, los tripulantes saltaron a tierra, regocijados con la
perspectiva de poder encender fuego en el centro de la isleta y tomar
mate sin riesgo de llamar la atención de los policianos, si es que
merodeaban por allí.
La presencia de las lanchas con tres o cuatro hacheros cargándolas, no
despertaría sospechas, porque el negocio de la leña ocupaba a muchos en
Santa Fe.
Bajo la bóveda sombría que formaban los sauces, creciendo estrechados
unos por otros, el suelo estaba lodoso y cubierto de pastos de agua.
Cuatro hombres, con sendas hachas, se pusieron a la obra.
Los troncos delgados y rectos, vestidos de enredaderas floridas, a
pesar del otoño que llenaba la fronda de hojas doradas, caían sin ruido
sobre el húmedo colchón de pasto.
De la tierra empapada subía un vaho penetrante y cálido, mezcla de
todos los olores de aquellas hierbas corrompidas por la humedad, y del
humus secular que tapizaba la isla con una capa fofa y negra.
Hacia el interior, el suelo se alzaba y aparecía más árido y seco.
Crecían allí los "curupíes" y los aromitos y algún algarrobo de áspero
tronco y vasta copa.
Buscando sitio a propósito para encender el fuego, marchaban en grupo
Alarcón, José Golondrina y Moor, el joven suizo. Pronto hallaron lo
que deseaban: un espeso rodeo de árboles, donde había leña fuerte en
abundancia y podía hacerse una hoguera con ramas secas, que no dieran
humo.
--Mi teniente--dijo Moor a Alarcón, así que la llama flameó alegremente
en el discreto reparo del boscaje--yo estoy gordo y tierno, y los
compañeros tienen hambre. Si me dejo estar aquí, mientras ellos
matean, me van a asar con cuero. Si me voy a rodar tierras, todavía
puedo dar con alguna ternera orejana que me libre y nos quite el hambre.
Los paisanos en cuclillas, alrededor del fuego, unos, echados otros de
bruces sobre el musgo seco que alfombraba la tierra, y de pie los más,
tranquilos, esperando los sucesos, comentaron aquella salida con una
carcajada aprobatoria.
Alarcón vaciló un momento.
Había sido poco previsor y sus hombres estaban casi en ayunas, desde el
amanecer, hora en que les repartió un churrasco, la última ración de la
carne que le dieron en Helvecia.
Iba a autorizar al suizo para que se rebuscase la ternera, entre las
haciendas numerosas que pastaban en los alrededores, cuando habló José
Golondrina, que había callado hasta entonces.
--Mi teniente--dijo alzando apenas la voz, en cuclillas, según estaba
mirando al suelo, como si hablara para sí mismo--no hay necesidad de
carnear ajeno; si usté quiere, aquí cerca hay relaciones que pueden
darnos o vendernos una vaquilla.
--¿Dónde?
--A media legua al naciente, en la Casa de los Cuervos.
--¿Conocés el paraje?
--Sí, mi teniente.
--¿Conocés a los dueños?
--Sí, mi teniente.
--Bueno, andá.
El indio se levantó; era petizo, gordo, de tez amarilla, con tonos de
aceituna, pero de facciones extraordinariamente finas.
Hablaba poco y era habitualmente esquivo a la compañía de los hombres.
Fuerte, diestro, conocedor de todos los secretos recursos de las islas,
nadador como uno de los yacarés que poblaban las aguas fangosas de
aquellos riachos, Insúa lo consideraba elemento indispensable en sus
excursiones y le daba cierta jerarquía sobre todos, después de Alarcón.
Y esto era motivo de un oculto rencor del indio hacia su amo,
considerándose pospuesto con injusticia, en la tropa revolucionaria.
Disimulaba sus sentimientos bajo una untuosa sumisión, que no había
logrado engañar, sin embargo, el ojo experto de Alarcón, el cual
recelaba de la fidelidad de José Golondrina.
Por eso, cuando lo vió alejarse hacia el centro de la isleta, buscando
un sendero para ir hacia donde él había dicho, lo llamó con un silbido.
--Vamos los dos--le dijo.
--Vamos,--contestó José Golondrina sin volver la cara.
Y quedaron los hombres allí, mandados por Moor, que era el tercero, no
obstante su juventud, en la jerarquía establecida por Insúa.
Y el fuego chisporroteaba alegremente, devorando las secas ramillas de
los aromitos, y haciendo brasas grandes y rojas con la madera fuerte de
los algarrobos.
Tres pavas de hierro, negras de hollín, empezaban a cantar la alegre
canción del agua dispuesta para el mate, confortante y engañador para
los estómagos vacíos, y mientras eso ocurría, aquel muchachón que
sondeaba en la lancha la profundidad del río, y que era a la vez el
despensero, distribuía "los vicios"--azúcar y yerba--entre los que
habían de cebar el mate.
Un pichel de ginebra, tasado por Alarcón, circulaba en la rueda,
despertando a su paso las conversaciones, chispeantes como la hoguera.
Juan Alarcón marchaba al lado del indio chafando con su paso firme los
camalotes que cubrían la tierra en las hondonadas, señalando los sitios
hasta donde había llegado el agua de las crecientes.
Era un mozo de treinta años, vestido con esmero, chambergo de alas
rectas y anchas, botas amarillas y cuidadas, tirador guarnecido de
monedas de plata y largo facón que le cruzaba la espalda, a más del
revólver que brillaba al alcance de la mano.
Difícilmente se habría hallado un tipo de criollo más hermoso. Era
nativo de San José del Rincón, donde una mezcla ignorada de sangres, ha
producido una casta absolutamente especial de morenos de ojos azules y
facciones caucásicas.
Alarcón era en los rodeos el más fuerte entre toda la peonada, y sus
brazos firmes como un palenque, y sus manos sólidas, como un torno,
bastaban para sujetar un novillo arisco, cogiéndolo por los cuernos y
clavándolo en la tierra sobre las cuatro pezuñas rígidas.
Insúa que no toleraba superioridad en nadie, porque él también poseía
suma destreza para los trabajos del campo, y su vigor se comentaba aun
en los sitios donde no se le conocía sino por el relato de sus hazañas,
había concluído por resignarse a ser menos fuerte que aquel hermoso
gaucho de tez ligeramente tostada y de ojos profundamente azules.
Se habían conocido de niños, en las andanzas de Insúa por el Rincón,
como años después Alarcón anduviera rodando de estancia en estancia,
buscando un patrón que supiera apreciar su trabajo en lo que valía,
el joven caudillo lo llevó a su lado y lo hizo su capataz en el
establecimiento y su teniente en las campañas revolucionarias.