--Estos no; tienen sus cuchillos, que pueden ser lanzas, atados en una
caña tacuara.
--¿Y los otros?
--Los que vienen en las chalanas son los suizos de Helvecia, armados
con carabinas y con rémingtons. Algunos criollos tienen trabucos. La
munición es escasa, pero no se necesitará mucha.
--Así es--observó Cullen--el éxito está en sorprender a la policía. Si
no entramos en el primer asalto, la batalla está perdida, y no habrá
más que desbandarse y buscar refugio donde sea posible hallarlo.
La luz de la lámpara le molestaba, por lo cual había buscado la sombra
y hablaba desde allí. Sólo Insúa permanecía al lado de la mesa y sus
ademanes y el brillo de sus ojos se armonizaban con todos los rasgos de
su lujosa juventud.
--Y los que han llegado--interrogó--¿dónde están?
--En la barraca de Fosco, a orillas del río, al Sud, que es donde
atracarán las chalanas, para estar más cerca de la policía.
Hubo una pausa, en que los tres prestaron oído al rumor de la lluvia,
que de cuando en cuando se ahogaba en el fragor de un trueno.
--Mi mayor confianza está en lo que hagamos en el baile--dijo Montarón,
bajando la voz--Iriondo y Bayo irán; Jarque ciertamente no faltará, y
como no estarán prevenidos, en cuanto suenen los primeros tiros en la
plaza podremos tomarlos como en una ratonera.
Insúa no parecía participar de esa opinión.
--Eso no es pelear--objetó--eso es entrampar a los hombres, como si
fueran ratones. Prefiero el ataque, lanza en ristre, al frente de mi
caballería...
--Ellos son más y están mejor armados.
--Nuestros hombres no pelean por la paga, como los de ellos; y esa es
una ventaja que compensa el número y la diferencia de las armas.
--Tendremos que ir contra el batallón "7 de Abril", que es de línea,
capitán--observó Montarón.
--Mejor; eso enardece. Lo que desmoraliza es pelear contra flojos que
se esconden o disparan.
Tras un momento de silencio, Cullen, deseando armonizar las dos
opiniones, dijo acercándose a la luz:
--Las dos cosas deben hacerse. Es necesario el asalto a la policía,
y al mismo tiempo la celada del baile. Una maniobra sin la otra nos
llevaría al fracaso, que ha sido siempre el término de nuestras
revoluciones. El capitán Insúa mandará el asalto; y nosotros, en el
baile, en cuanto suenen los primeros tiros, aprovechando la sorpresa
de los iriondistas, caeremos sobre ellos. Apresados Iriondo y Bayo, la
tropa del gobierno se rendirá. Hay entre ellos partidarios nuestros que
iniciarán el desbande.
Hizo una pausa, esperando alguna observación, y como no la hubo,
prosiguió, con su voz suave y sus ademanes tranquilos:
--Por otra parte, ni Bayo, ni Iriondo son niños. Es verdad que toda
nuestra mozada distinguida estará en el baile, y se pondrá a nuestro
lado, pero las cosas no se llevarán a cabo sin riesgos; porque supongo
que no serán esos dos los únicos iriondistas que habrá invitado usted a
su fiesta.
--He invitado a todos los que significan algo--respondió Montarón--no
sé quienes irán, mas podemos contar con que no faltarán ni el ministro
Pizarro, ni el doctor Zavalla, y habrá que tenerlos en cuenta;--y
agregó haciendo uso de un término gauchesco--no son gente de arriar con
la mano.
Insúa acabó por aceptar la importancia de aquella maniobra, que, en
verdad, podía ser más eficaz que las briosas acometidas de sus paisanos
a caballo, sembrando de muertos las calles de Santa Fe y huyendo una
hora después del ataque.
Mediaba la noche y la lluvia había escampado, cuando los conspiradores,
después de precisar los detalles de su plan, disolvieron la reunión.
Don Pedro Montarón escurrióse de nuevo hacia la huerta, y saltó la
tapia. Don Patricio Cullen, se envolvió en una capa obscura, con
vueltas de terciopelo, y salió franca y gallardamente a la calle, como
si nadie pudiera sospechar de él.
Al cruzar la esquina de la Matriz, no vió entre los arcos del pórtico
una sombra cautelosa, que acechaba su paso. Era Jarque, quien no había
querido confiar a nadie la delicada misión de averiguar las andanzas
del jefe de los revolucionarios.
Don Patricio llegó a su casa, tranquilizado por la misma siniestra
lobreguez de la ciudad dormida entre los barriales de sus calles sin
empedrado.
Cuando Insúa apagó la lámpara y salió del comedor para llegar hasta
el escondrijo en que debía pasar la noche encontró en la galería a
Rosarito, cuyos ojos fieles radiaban en la sombra.
Insúa le estrechó la mano y le dijo con voz baja una frase que a ella
la hizo estremecerse:
--¡Has nacido para mujer de un revolucionario!
IV
La levita de Cullen
Fué ese el primer día frío del otoño que empezaba a dorar el follaje
de los árboles caducos y las frutas de los naranjos entre el verde
lustroso de sus hojas persistentes, y alfombraba el suelo húmedo de las
huertas, con el manto amarillo de las hojas secas.
La lluvia de la noche había lavado el cielo, y el sol se miraba
esplendoroso en los charcos de las calles, donde los niños, que no iban
a la escuela, chapoteaban el barro con los pies desnudos.
A las ocho en punto, la puerta de la escuela de Don Serafín, estaba
sitiada por una banda turbulenta de escolares, sorprendidos por lo
extraordinario del caso.
¿Qué podía haberle ocurrido al puntualísimo "Curuña", que no había
abierto a la hora precisa, como acostumbraba, para que esa fuera la
señal de arreglar los relojes del barrio?
A las ocho y cuarto empezaron los chicuelos a armar una tormentosa
baraúnda, ante la puerta cerrada.
Los de familias pudientes habían sacado esa mañana por primera vez
en el año, sus capas o sus abrigos de invierno, porque el pampero
que traía el frío de las nieves del Sur, daba la señal de cambiar de
ropa. Los más pobres, habrían tiritado bajo sus trajecitos de brin,
si la algazara y el movimiento no les hubiera hecho bullir la sangre.
Casi todos, en bolsas de tela, suspendidas de un bramante que les
cruzaba la espalda, llevaban sus librejos envejecidos por el manoseo de
algunas generaciones de escolares, que se los pasaban unos a otros, al
abandonar las aulas.
Algunos revelaban su pobreza, no sólo en su traje inadecuado para la
estación, sino en el detalle sobrado elocuente de carecer de libros y
cuadernos, lo cual les obligaba a aprender en los Mazos rotosos que don
Serafín ponía a disposición de ellos en la clase.
No eran los menos bulliciosos, empero. Todos, pobres y ricos, picados
por la curiosidad golpeaban la puerta gritando ansiosos por entrar
no al aula, donde se aburrían, sino al patio bajo cuyas anchurosas
galerías podrían jugar a la rayuela o las bolitas si es que "Curuña"
estaba enfermo o había muerto y se imponía la vacación.
No estaba muerto el mísero, mas habría deseado estarlo, porque en ese
momento pasaba las angustias de un ajusticiado, bajo el ojo severo de
su amigo Jarque.
Se levantó más temprano que de costumbre, y por lo menos una hora antes
de las ocho, estuvo dispuesto para acudir a la cita que le diera el
gobernador la noche antes.
No era cosa mayor su traje, pero envuelto en su capa--regalo del
capitán Insúa--podía disimular la fementida levita y engañar al
espectador en cuanto a la integridad de los pantalones.
Cuando empezó a trepar las escaleras del Cabildo, hacia el despacho
del gobernador, recordó su pecado de esa noche dando albergue a los
conspiradores y le temblaron las rodillas.
Parecióle un calvario aquella ascensión y cuando llegó a la sala de
espera, donde aguardaban los postulantes, consultó su reloj para
comprobar la marcha de un péndulo que allí había.
En este momento se le acercó Jarque y lo tomó del brazo y lo llevó
con alguna prisa, que llenó de pavor al maestro, ó la oficina de la
Jefatura de Policía, que formaba cuadro con el salón de espera, en una
de las alas del edificio.
Entraron al despacho, una pieza grande y fría, con pobrísimos muebles,
una mesa de caoba y algunas sillas de estera. Jarque cerró la puerta,
aumentando la confusión del maestro, que todo trémulo, buscó asiento,
sin atreverse a despegar los labios ni a hacer más gesto que el de
consultar su reloj, el cual marcaba las ocho menos cuarto.
Por fin, mientras el jefe acercaba otra silla, se animó a decirle con
cierta altivez que sonó bien en sus propios oídos:
--Te advierto, Braulio, que tengo una cita con el señor Gobernador.
--¿A qué hora?
--A las ocho; y estaba haciendo tiempo...
Jarque echó una despreciativa mirada sobre el reloj que don Serafín
tenía en la mano, y sentándosele al lado, le dijo con tono zumbón:
--Tu reloj atrasa, muchacho. Hace un cuarto de hora que el gobernador
te esperaba; ahora, me ha encargado tu asunto, porque él atiende a
otros visitantes.
Don Serafín se había puesto de pie, con el pelo encrespado por la
indignación.
--¡El "Losada", señor jefe de policía, no atrasa nunca!
--Entonces está parado--le respondió Jarque, haciéndolo sentar de nuevo.
El maestro acercó al oído su maravillosa máquina, y constató con horror
que en efecto se había parado algunos minutos antes, falto de cuerda.
--¡Ah, miserable!--exclamó golpeándose la frente.--He deshonrado
mi reloj. Por primera vez en treinta años, anoche por culpa de las
visitas, me acosté sin darle cuerda.
Jarque sonreía.
--¿Tuviste visitas, Serafín? ¿Haces tertulia ahora? ¿Estás por casar tu
hija?
El maestro, que daba cuerda a su "Losada", se quedó frío al oír
aquello. Un poco más y en su turbación habría puesto al astuto jefe de
policía sobre la pista de la conspiración tramada en su casa.
Jarque observó la ingrata impresión que causó su pregunta, y para no
espantar la caza, se puso a hablar del asunto que más interesaba a su
amigo.
--Realmente--le iba diciendo--era una iniquidad que un hombre del
mérito de don Serafín Aldabas, que servía a la provincia con tanta
abnegación, educando a los futuros ciudadanos, pasara miserias por
negligencias del gobierno en cumplir sus promesas.
--¿No es verdad?--exclamó encantado el maestro--es lo que digo; un
maestro es un servidor de la provincia.
La misma subvención--seguíale diciendo el jefe--era irrisoria; ya el
Gobernador se lo había dicho. Debía dársele cuarenta pesos por lo menos.
--¿Cuarenta pesos? Es lo que tengo ahora.
--¿Sí? Bueno; eso mismo es poco; habría que ponerle cincuenta...
--Cien me dijo ayer el señor Gobernador.
--Bueno; cuanto más mejor; ya me encargaré de recordárselo.
--Y sobre todo--insinuó dulcemente don Serafín--que me paguen los seis
meses que me adeudan.
--¡Oh, por supuesto!
--¿No sería posible hoy?
El jefe sacudió la cabeza.
--¿No hay fondos, quizás? ¿y la mitad... la tercera parte... un mes
siquiera?
Jarque hacía señas de que no era posible.
--Hay fondos--dijo--y la voluntad del Gobernador era mandar pagarte;
pero hoy mismo le han traído una denuncia que te compromete.
Don Serafín sintió que las piernas le empezaban a temblar, y echó mano
del reloj.
Jarque se puso a mirarlo y sus ojos astutos lo turbaron más.
--Deja el reloj, Serafín; y si no quieres perderte dime la verdad: ¿a
qué fué don Patricio Cullen a tu casa anoche?
El maestro se quedó lívido, pero decidido a morir antes que delatar a
sus amigos, contestó con un soplo de voz:
--A visitarme...
--Aprovechando la bondad de la noche... ¿eh? ¡Serafín!, ¡Serafín!
--No; la noche era mala, muy mala, quizás la peor que he pasado en mi
vida...
--Sí, lo creo; y esa visita a esa hora, y la turbación que muestras y
que dice estás mintiendo, han puesto en peligro la subvención de tu
escuela, y lo que es más grave, tu seguridad personal. ¿Por qué me
engañas? Don Patricio no fué a visitarte.
Don Serafín tuvo entonces un rayo de luz. Se acordó de algunos rasgos
nobilísimos del carácter de Cullen, el cual disimulaba sus caridades
con tacto exquisito y se animó a echar una mentira salvadora.
--¡Oh, Braulio! ¡Desconfías de mí! Sabrás, entonces, toda mi vergüenza:
Don Patricio fué a llevarme una levita.
--¿Una levita?--exclamó Jarque sorprendido.--¿Para qué te fué a llevar
una levita?
--¡Mira!--contestó don Serafín, poniéndose de pie, y dejando caer la
capa, con el gesto de Friné delante de sus jueces.
Y Jarque pudo ver, en efecto, que su amigo tenía urgente necesidad de
una levita, porque la que llevaba no merecía tal nombre, pues a más
de los faldones que le faltaban, empleados en menesteres escolares,
carecía de forros y los bolsillos no habrían podido cumplir su misión
de tales.
La capa de don Serafín guardaba celosamente aquel secreto y por eso, de
su levita ningún ojo extraño conocía más que las solapas.
Jarque se echó a reír, ante la figura desguarnecida de su amigo, y éste
se puso rojo de cólera.
--¿Lo ves? ¿Lo sabes ya? ¿Comprendes ahora todo el valor del obsequio,
y toda la nobleza de ese hombre, que no ha querido enviármelo con una
criada charlatana, sino que ha ido él mismo, en persona, en una noche
desagradable, a llevármelo, como una prueba de afecto?
Se arrebozó de nuevo en la capa y se dejó caer sobre una silla.
--¿Y por qué no te la has puesto?
Don Serafín tartamudeó un instante:
--Pues, porque--¡ahí verás!--no tenemos el mismo cuerpo, y Rosarito ha
debido encargarse de achicarla.
Jarque pareció satisfecho y el maestro se quedó íntimamente halagado
por su destreza, que había despistado al astuto jefe de los polizontes,
y pensó que bajo su capa se ocultaba un fino espíritu revolucionario.
Hablaron luego de otras cosas, y de pronto Jarque preguntó:
--¿Siempre es tu hija tan bonita?
--Es como antes.
--¿Y siempre tan hacendosa?, ¡aquellas empanadas que ella hacía!...
Rosarito tenía una habilidad muy celebrada entre sus relaciones para
confeccionar empanadas exquisitas, con que alguna vez obsequió a
Jarque, como a algunos otros personajes de la ciudad.
--Cuando las haga--dijo el maestro--te haré mandar media docena.
--Gracias; prefiero ir un día de estos a comerlas en tu propia mesa.
--Cuando gustes, Braulio--respondió tristemente don Serafín, pensando
si su hija no habría perdido ya la habilidad, dado el tiempo que no se
hacían empanadas en su casa, por falta de recursos.
El jefe se había quedado caviloso.
--¿No sería posible hoy?--dijo.
El maestro vaciló. ¿Cómo iba a costear el gasto?
--Te seré franco, Braulio. Si hoy me pagaran, siquiera un mes, podría
surtirme de nuevo en el almacén, y habría en casa cómo hacer empanadas.
Si no...
El jefe de policía no aguardó más. Escribió unas líneas, que metió en
un sobre y mandó con un ayudante a su destinatario, que don Serafín no
pudo saber quién era, pero que debía ser el ministro o el Gobernador
mismo, porque volvió al cabo de pocos minutos con otro sobre en que
venía el dinero de cinco de los meses atrasados, doscientos pesos.
Deslumbrado por aquella fortuna, el maestro bajó tambaleando las
escaleras del Cabildo, atravesó la plaza a grandes zancadas, sin
cuidarse de su capa que flotaba a sus espaldas como dos alas abiertas,
permitiendo a los ojos profanos iniciarse en el secreto de aquella
levita misteriosa.
V
En la tarde del baile
La imagen de Syra Montarón, a los veinte años, debe perdurar en la
memoria de los que la conocieron, como queda en los ojos la impresión
del sol, cuando se lo mira.
En los países tropicales, el tipo de la hija de Montarón, es más común
que en las orillas del Paraná. Pero aun así, en la pequeña ciudad de
entonces, que los naranjos de las huertas sahumaban de azahar, con
sus calles desiertas y sus tapias oscuras, roídas por el musgo, y sus
siestas estivales, silenciosas y largas, y sus dos ríos y su gran
laguna, que la ceñían en un abrazo de frescura, Syra Montarón estaba
más en el marco apropiado para su belleza de reina mora, que la suave
hija del maestro, con su vestido blanco y su manto azul, como una
aparición.
Durante cinco años había permanecido enclaustrada en un colegio de
Buenos Aires, saliendo solamente en los veranos, que pasaba en una
quinta próxima a la gran ciudad, en casa de sus abuelos; y cuando al
cumplir veinte años, volvió a Santa Fe, traía con las galas novedosas,
adquiridas allí, y que eran raras en las tiendas santafesinas, una
sabia coquetería de porteña.
Su madre, una paraguaya melancólica, con quien Montarón se casó en uno
de sus viajes, pasábase los días en su dormitorio, que daba a la calle,
chupando naranjas y leyendo novelas.
Syra tenía de ella la cabellera negra y abundante con reflejos de oro
a la cruda luz del sol, y la tez pálida, con un leve color de trigo en
la era. Pero sus ojos, negros también, no aparecían, como los de ella,
anegados en la penumbra de un alma perezosa; sino encendidos en la
llama de una voluntad imperiosa, que se adivinaba, asimismo, en su boca
algo grande, roja, de firme dibujo.
La casa de Montarón en la calle del Cabildo, a media cuadra de la
plaza, era de dos pisos, recién construída con un lujo desusado
entonces, por el mismo arquitecto que edificó la de don Simón de
Iriondo, lo cual halagaba la vanidad del opulento banquero.
Bajo los corredores que daban a la calle, enlosados de mármol, paseaban
los galanes. En los primeros tiempos de la llegada de Syra, fueron
muchos, hasta que ella los alejó con sus desdenes, que sólo uno de
ellos perdonó, porque estaba profundamente enamorado.
Era Borja, el teniente de milicias, joven y gallardo, con su vistoso
uniforme, su chaqueta de paño azul, galoneada de oro, pantalón rojo con
franja dorada, su deslumbrante espadín que rozaba las paredes, con un
ruido metálico, que un día fué para Syra la señal de salir al balcón a
verle pasar.
Y eso ocurrió en la pasada primavera, cuando en la plaza se vestían
las acacias de racimos blancos, cuyo perfume penetrante trastornaba el
corazón y la cabeza. Syra sintió llegar el amor, como un sol que nace,
y ella le confesó que lo amaba, y que había tardado en decírselo, para
probar su constancia.
El opulento Montarón quería festejar el compromiso oficial de su hija
con una fiesta, que sería a la vez una hábil celada.
En la tarde del baile, Syra llena de presentimientos que la
angustiaban, fué a casa de una vecina amiga, donde solía encontrarse
con su novio.
Vestía de luto, por un duelo de familia, y el traje negro, que esa
noche dejaría de usar, ponía en su soberana figura una nota trágica,
que Carmelo Borja observó con frío en el alma.
Se hallaban solos, en un patio de naranjos que la tarde llenaba de
sombras. La tierra vertía agua, por la lluvia reciente, y entraron
a una pieza, que tenía sobre el patio una ventana enrejada, en cuyo
dintel se sentaron, buscando las últimas luces del crepúsculo.
Sin haberse hablado, habíanse trasmitido la indefinible pesadumbre que
embargaba sus almas.
Syra conocía las opiniones políticas de su padre, y día por día
aguardaba el estallido de una revolución en que él o su novio,
combatiendo en filas opuestas, podían hallar la muerte.
Montarón conservaba una relación lo más estrecha posible, dadas sus
ideas, con las familias de los hombres contra cuyo gobierno conspiraba,
y cuando su hija le anunció el noviazgo con el joven militar,
secretario de Jarque, ni por un momento vaciló en franquearle la
entrada de su hogar.
Y en las tertulias frecuentes que se hacían los días de visita,
Montarón siempre dueño de casa y dueño de sí mismo, sabía ser
exquisito, aun con los adversarios que asistían a ellas, y en quienes
producía la impresión de que Jarque lo había curado de sus veleidades
revolucionarias, no dejando llegar a término ningún complot.
Syra comprendía, empero, que su padre tramaba la caída de Bayo.
Continuos y misteriosos "chasques" o mensajeros, que llegaban de noche,
y entraban, sin llamar, por una puertecilla falsa, le daban a entender
que se aproximaba, quizás, el desenlace temido.
Montarón disimulaba ante ella, no queriendo exponerse al evento de su
discreción de mujer enamorada.
En la noche de la lluvia, Syra sorprendió a su padre llegando de la
huerta, con el traje embarrado, indicio elocuente de su excursión harto
sospechosa a esa hora y con ese tiempo, y como en los últimos días
habían aumentado las maniobras sospechosas, que la alarmaban, adivinó
que los sucesos estaban próximos, y se llenó de terror.
En cualquier movimiento revolucionario, su novio, por su cargo, tenía
señalado un puesto de peligro.
¿Cómo advertirle sin descubrir a su padre?
Doña Celia, que pasaba su vida en la hamaca o en un sillón frente a una
ventana de la calle, anegada en su modorra habitual, no era capaz de
desahogarla del peso de aquellos temores.
En la tarde del baile, vió a su padre alistar unas armas, y sintiéndose
morir, bajo la angustia, corrió a la casa vecina donde al entrar la
noche solía encontrarse con su novio.
Cuando se halló frente a él, le faltó la voz, y se echó a llorar,
escondiendo la cara sobre el hombro de él.
Borja también presentía los sucesos que se aproximaban. Jarque se
había apoderado de los hilos de la conjuración, y aunque ignoraba las
circunstancias en que se desarrollaría el episodio revolucionario,
comprendía que estaban envueltos en una intriga, que no podía tener más
que un sangriento desenlace.
Aquel llanto de Syra, cuyo padre debía ser de los más comprometidos,
aumentó su zozobra, porque era evidente señal de que ella había
sorprendido algo que no podía confiarle.
--¡Syra! ¡Syra!--le dijo--antes me hiciste sufrir con desdenes, y ahora
me haces sufrir con misterios, ocultándome lo que te apena.
--Es cierto--dijo ella, apartándose y dejando de llorar.--Has sufrido,
porque no adivinaste que te quise desde el primer día en que te ví,
aunque no lo pareciera, porque fuí injusta y coqueta. Y ahora sufres,
porque tengo un secreto y no te lo puedo confiar.
Sospechó él de qué se trataba, y no quiso hablar, por no obligarla a
traicionar a su padre.
Ella continuó diciéndole:
--Estoy llena de miedo. Yo no sé nada, me parece que he soñado lo que
he visto, porque ni siquiera puedo decir que he visto algo; y me parece
que todo se vuelve en contra de nosotros. Estamos a tres horas de la
fiesta, y me vengo a llorar...
Él le acarició la cabeza que había vuelto a apoyar en su hombro, como
buscando un refugio que la salvara de las visiones que la acosaban.
--Me da miedo la tarde, y me da miedo la noche que llega. Carmelo...
¿no temen nada, nada?...
--¿Qué podríamos temer? Todo está tranquilo, a su fiesta irán amigos
y adversarios del gobierno, y será ésa una ocasión de acercarse, de
tratarse, quizás de hacer la paz que todos anhelan.
Un rato habló así, tranquilizándola, y sintiendo que sus propias
razones le tranquilizaban a él mismo, haciéndole ver cuán vanos y
ridículos eran los recelos.
--Esta noche, Syra, te pido que cantes los versos del doctor Goyena,
los que comienzan así: "Cuentan los sabios que la blanca luna..."
Ella no lo había besado nunca, pero esa vez, dominando todo su pudor,
acercó su cara a la de él y lo besó apasionadamente, como si fuera a
partir para un largo viaje.
Y salió huyendo de la casa, sin saludar a nadie, atravesando medrosa el
patio, en que la noche había caído como un crespón negro, envolviendo
los sombríos naranjos de amargo perfume.
VI
Una sombra en el hueco de la puerta
Borja no ignoraba que el día anterior Jarque, su jefe, había tenido un
encuentro que podía ser un grave indicio.
Por la mañana a eso de las nueve, don Serafín volvió a su escuela que
resonaba con la bulla de los niños, a los cuales Rosarito les había
franqueado la entrada para que jugasen en el recinto abrigado de las
galerías.
Ella misma, después de llevar el desayuno a Insúa que se aburría en
la soledad de su escondrijo, bajó a jugar con ellos. El patio estaba
empapado por la lluvia, pero las galerías anchas, con su techo de
cañas, cubierto con largas pajas de las islas, y sostenido por sólidos
pilares de algarrobo, tenían un piso de tierra endurecida, donde los
chicuelos más hábiles podían dibujar sus complicados cuadros de rayuela.
Rosarito se sentó en un rincón, donde la cocina formaba un reparo, en
el extremo del corredor, y los más pequeños corrieron a ella, para que
les contara aquellos cuentos que iluminaron la niñez de su madre.
La niña era como un hada en el sombrío recinto de la escuela.