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LA CASA DE LOS CUERVOS
OBRAS DE HUGO WAST
NOVELAS
=Alegre.=--6.ª edición.--Librería Ollendorff, París
(en prensa).
=Pequeñas Grandes Almas.=--Montaner y Simón,
Barcelona.
=Flor de Durazno.=--5.ª edición.--Librería Ollendorff,
París.
=Fuente Sellada.=--Librería Ollendorff, París.
=Golondrina de Presidio.=--(Cuentos).--Biblioteca
Patria, Madrid.
=Fantasías y Leyendas.=--(Cuentos).--Agotada.
=La Casa de los Cuervos.=--Biblioteca del Ateneo Nacional.
Buenos Aires.
POESÍAS
=Rimas de Amor.=--2.ª edición.--Fernando Fe, Madrid.--(Agotada).
VARIOS
=¿A dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?=--3.ª
edición.
=El Enigma de la Vida.=--(Estudio biológico).--Librería
Alfa y Omega, Buenos Aires.
=Un País mal administrado.=--(Estudio económico).
Arnoldo Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada).
EN PREPARACIÓN
=Las bases de la sociología.=
=Un País mal administrado.=--2.ª edición.
HUGO WAST
LA CASA DE LOS CUERVOS
PRIMER PREMIO
EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL
NUEVA EDICIÓN
6.° MILLAR
BUENOS AIRES
Agencia General de Librería y Publicaciones
1571--Rivadavia--1573
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
Pág.
I.--Don Serafín Aldabas 9
II.--¡Una voce poco fa! 22
III.--La conspiración 34
IV.--La levita de Cullen 49
V.--En la tarde del baile 58
VI.--Una sombra en el hueco de la puerta 65
VII.--El indio José 76
VIII.--El baile de Montarón 95
IX.--El pañuelo rojo 113
X.--La noche trágica de Syra 128
XI.--La derrota 139
SEGUNDA PARTE
I.--¡Por el alma de los muertos! 161
II.--La mala nueva 174
III.--La mano suave 184
IV.--La yerra 194
V.--El secreto 208
VI.--Sobre las huellas de Insúa 224
TERCERA PARTE
I.--En la casa de Bayo 245
II.--El aviso 259
III.--El incendio del garzal 267
IV.--Yo lo maté, pero voy a morir 293
V.--La batalla de los Cachos 304
PRIMERA PARTE
LA CASA DE LOS CUERVOS
I
Don Serafín Aldabas
En los días de sol, durante el húmedo invierno, aquellas casas viejas
toman su expresión evocadora y triste.
Detrás de sus tapias roídas por el tiempo y coronadas a veces de
enredaderas, asoman las copas redondas de los naranjos, con su espeso
follaje y su fruta dorada.
En la parte que el sol no calienta, el musgo extiende su terciopelo
verde, como un suave tapiz. Crecen los yuyos en las grietas de los
oscuros adobes manchados por la cal del antiguo revoque; se ve en un
muro el hueco de una alhacena con estantes de algarrobo, y sobre un
tejado, que en las noches de luna ya no se anima con el paseo de los
gatos, la ventana de una bohardilla y una chimenea, que ha tiempo no se
envuelve en el humo azulado y tibio del hogar.
En los barrios centrales de Santa Fe, ese tipo de casa ha ido
desapareciendo, mas quedan vestigios de ellas en los barrios del Sur
y hasta hace poco manteníase intacta, en la calle que en los tiempos
de este relato llamaban "de la Matriz derecha", la casa en que durante
cuarenta años, don Serafín Aldabas enseñó a leer a los niños, que por
alguna razón no hallaban sitio en el colegio de los Jesuítas.
Estaba en la acera del Sur, casi en la esquina de la plaza, vecindad
que aprovechaba don Serafín para oír la banda, que tocaba, jueves y
domingos, en invierno, a la hora precisa en que terminaba su clase.
Cubierto el cráneo puntiagudo, mondo ya, con un casquete negro de
lustrina, enfundado en una estrecha levita, enjuto de carnes, los ojos
azules, fugitivos, las piernas flojas, las manos largas e inhábiles,
cuando no esgrimían el puntero o la palmeta, en la silueta obscura de
don Serafín, no había más detalle interesante que la gruesa cadena
de plata de su reloj, un hermoso reloj de oro, de una antigua marca
inglesa, toda la fortuna que trajo de su patria.
Envolvíase severamente, aun en los días de calor, en una capa con forro
de terciopelo carmesí, y como a todo propósito, para salir de una duda,
para eludir una respuesta, para resolver un problema consultaba el
reloj, un buen tercio de la vida del maestro se pausaba en desabotonar
y abotonar su levita.
Era de la Coruña, y sus traviesos discípulos que habían sorprendido
la imperceptible dificultad con que pronunciaba la o, llamábanle
"Curuña", mote al cual, después de treinta años, se iba acostumbrando.
Llegado al país en los tiempos más sangrientos del gobierno de Rozas,
tímido como una polla, conservaba, no obstante, una extraordinaria
afición a la política que sólo concebía rodeada de misterios, de tal
modo que su imaginación enviciada transformaba las cosas más simples en
espeluznantes incidentes.
Y en la Santa Fe del año 77, no necesitaba forzar la fantasía para
llenarse de sobresaltos, sin que, en verdad, como en los tiempos de
Rozas, corrieran peligro los vecinos madrugadores de tropezar en la
acera con el cuerpo de algún unitario degollado a cercén, mientras
por otra calle los mazorqueros paseaban un carro cargado de cabezas,
pregonando su siniestra mercancía como si fueran zapallos.
Pero, aun sin llegar a esos extremos, la vida era angustiada por las
frecuentes revoluciones que se tramaban contra el Gobierno, para
derrocar a don Servando Bayo, y destruir la influencia omnipotente del
doctor Simón de Iriondo.
En Santa Fe no era posible desinteresarse de la política: o se era
opositor, o se era gubernista.
Sólo el mísero don Serafín Aldabas, no tenía derecho a ser ni lo uno
ni lo otro. Por su escuela habían pasado casi todos los jóvenes que
militaban en el partido liberal, y esto lo vinculaba con hondos afectos
a la causa de la revolución.
Mas no le era permitido dejar traslucir sus inclinaciones, sin
riesgo para su escuela, que no vivía de las insignificantes cuotas,
impagas con frecuencia, de sus alumnos, sino de una subvención de
cuarenta pesos mensuales que le otorgaba el gobierno, y que algunas
indiscreciones habían puesto ya en peligro.
Hacía un mes que funcionaban las clases, después de las vacaciones,
mediaba Abril, y todavía el humilde "Curuña" no había percibido un solo
peso del vencido semestre.
Don Pablo Ferrer, el catalán dueño del almacén de la esquina en que
don Serafín se surtía, empezaba a torcerle el gesto, cuando concluida
la clase el maestro, envuelto en su capa que le prestaba un poco de
majestad, cruzaba la calle, hacia la plaza, persiguiendo la ocasión
de encontrarse con el gobernador Bayo, que a esa hora abandonaba su
despacho del Cabildo.
La plaza era entonces, como hoy, de una manzana entera, pero
encuadrábanla construcciones más bajas, y eso parecía agrandarla.
Al naciente tenía el colegio de los Jesuítas ocupando las dos terceras
partes de la cuadra, que completaban algunas casas de tejas. Al Sur,
alzábase el Cabildo, con su mole blanca y pesada, sus dos pisos con
recova de gruesos pilares y arco romano y su azotea resguardada por una
sencilla baranda de hierro.
Todavía se ve en la esquina de San Gerónimo, una de las raras casas
de alto que había entonces, y que parecían ser indicio de riqueza, no
obstante sus paredones lisos, sin adornos ni pilastras, y el pobre
hueco de sus ventanales y de sus puertas pequeñas y su baranda de
hierro en el tejado.
De las casas que formaban el costado del poniente, quedan muchas, con
algunos cambios que las modernizan sin embellecerlas, revoques de
portland, balcones y adornos del más abominable Luis XV.
Ha desaparecido el local en que durante años funcionó el café del
Plata, lugar de cita de los opositores; pero subsiste al lado de la
construcción que hoy se levanta en lugar del célebre café, el vetusto
caserón que ocupara el Club del Orden, centro de aristocracia y de
conspiraciones.
La Iglesia Matriz en el lado Norte de la plaza permanece tal cual era,
con sus dos torrecillas humildes y el enmohecido gallo de su veleta,
pero el resto de la cuadra ha sufrido un cambio profundo a excepción de
la casa que don Simón de Iriondo inauguró por aquellos años y que era
con sus dos pisos de galería a la calle y lo estudiado de sus líneas,
la más hermosa de la ciudad.
Invariablemente, al dar las cinco de la tarde don Serafín Aldabas
suspendía la clase. Su magnífico reloj "Losada", según podía leerse en
la esfera, abierto sobre el pupitre, le señalaba la hora sin discrepar
un minuto en un año con el cuadrante solar del colegio de los Jesuítas.
En el preciso momento cortaba la lección, aún cuando fuera en mitad de
una frase, poníase de pie, imitado por sus bulliciosos alumnos, que al
levantarse tumbaban los escaños y coreaba un "Ave María".
Y después, mientras ellos se desparramaban por la plaza, espantando
a las pacíficas gallinas del vecindario, atraídas por el trébol que
crecía alrededor de la glorieta, don Serafín seguía el ancho camino
enarenado, con la secreta esperanza de encontrar al Gobernador, al
doctor Iriondo o a cualquiera de los hombres poderosos, para brindarles
un saludo y una sonrisa que prolongara la existencia de la subvención.
Cuando veía acercarse a alguien, don Serafín procuraba imprimir a su
persona un andar solemne; mas su casquete de lustrina, sus largas
piernas deformadas por las rodilleras de sus pantalones, su capa en
lo más recio del verano, y sus pies juanetudos, le quitaban toda
solemnidad.
No obstante, la gente le apreciaba, y retribuía su saludo con afecto,
aunque no tan ceremoniosamente como él habría querido; y era un triunfo
para él, cuando alguno se acercaba a preguntarle la hora.
Su "Losada" era famoso en la ciudad, y aun el Gobernador solía rendirle
ese homenaje consultándole.
Don Serafín, con el casquete en la mano, miraba el reloj y respondía:
--Son las cinco y siete minutos y medio, excelentísimo Señor.
Y luego agregaba, con la emoción de un desacato, a la suprema autoridad
que a un paso de él, le atendía de igual a igual:
--¿Se podría saber qué hora es en el reloj de V. E.?
El Gobernador, con un leve gesto de impaciencia, sacaba una antigua
saboneta de llave, y constataba alguna diferencia, que provocaba el
invariable comentario de don Serafín.
--¡Si V. E. tuviera un "Losada"...!
Cuando finalizó el sexto mes impago, como coincidiera con el término
de las vacaciones, durante las cuales don Serafín no había percibido
un ochavo de sus alumnos, se encontró en apuro tan grave que resolvió
confiar su cuita al Gobernador en la primera ocasión que tuviera el
honor de ser consultado por la hora.
Pero fuese que el reloj de don Servando Bayo marchase mejor, o que su
propietario hubiera perdido su afición a la exactitud, el hecho es
que don Serafín irritaba sus juanetes dando vueltas innumerables a la
plaza, sin que el Gobernador se dignara hacer más que contestar sus
saludos.
Y aun esos encuentros se hicieron raros. El Gobernador salía tarde
de su despacho, acompañado siempre por alguien, y sin detenerse
llegaba hasta su casa, a la vuelta del Cabildo, y se encerraba como si
tuviera un cúmulo de trabajo o la estadía en la calle se hubiera hecho
peligrosa.
Solamente una vez, en aquellos primeros días de Abril se detuvo en la
plaza, y fué porque se encontró con don Simón de Iriondo, que lo tomó
del brazo y lo llevó por las callejas enarenadas del centro.
Era jueves y la banda de policía tocaba un trozo del "Barbero de
Sevilla", música que en la vida sin pasiones de don Serafín, había
llegado a ser una pasión.
Por eso, en cuanto sonaron los primeros compases de la sinfonía, se
acercó hasta el kiosco del centro, rodeado de acacias, sentóse en un
banco resecado por el sol, y se puso a escuchar, sin acordarse del
mundo.
Las retretas en verano se hacían a la noche; pero ya en Abril, con
el tiempo fresco, se adoptaba el horario de la tarde. La gente
desacostumbrada, en los primeros días apenas concurría, por lo que en
esa ocasión, aparte de don Serafín y de algunos niños que jugaban en el
trebolar del centro, sólo se veía la pareja de personajes oficiales, el
Gobernador y el doctor de Iriondo, conversando frente a la casa de éste.
La alta y elegante figura de Iriondo, contrastaba con la de Bayo,
hombre grueso y bajo.
Don Simón vestía de levita, y en ese momento llevaba en la mano el
sombrero de copa gris, lo que permitía apreciar la extraordinaria
hermosura de aquella cabeza inteligente de caudillo, que tenía con el
cabello profuso, peinado hacia atrás, la elegancia violenta y a la vez
fácil de los gestos del león.
Los dos, solos, estaban de pie bajo una acacia. Iriondo hablaba con
vehemencia pero en voz baja, y el Gobernador le escuchaba, rayando con
la contera del bastón la arena del suelo.
En el aire tibio y como dorado de aquella tarde otoñal, se
desparramaban las notas animadas y profundas de "Una voce poco fa".
Don Serafín bebía con fruición la música admirable, alejado mil leguas
de su escuela arruinada, de su semestre impago, de sus botines que
reclamaban la media suela, de sus pobres pantalones, cuyo decoro se
salvaba aún, gracias a la amplitud de la capa.
Distraído así, no vió llegar hasta él a Bayo y a Iriondo, y sólo cuando
éste apoyó su mano firme sobre su hombro, advirtió su presencia.
--¡Doctor Iriondo! ¡Excelentísimo señor Gobernador!--exclamó don
Serafín, alzándose del banco, con una profunda reverencia y echando
mano al reloj.
--¿Qué hora es, don Serafín?--le interrogó Iriondo, complaciente con la
inofensiva manía del maestro.
--Las cinco y cincuenta y siete minutos y algunos...
--¡Don Serafín!--le interrumpió el Gobernador,--¿percibe siempre la
subvención de la escuela?
--¡Ah, señor don Servando!--exclamó el mísero guardando su reloj con
mano trémula--mi escuela se muere de hambre...
--¿Con maestro y todo?--insinuó risueñamente don Simón.
--Hace seis meses, Excelentísimo Señor...
Don Serafín vacilaba, porque era un cargo que iba a arrojar sobre el
gobierno. Mas Iriondo, que conocía el estado precario de las finanzas
no tuvo reparo en concluir la frase.
--¿Seis meses que no le pagan?
--Así es, doctor Iriondo; y cómo...
--Mañana cobrará--dijo el Gobernador--Vaya a verme al despacho a las
ocho en punto.
--Ah, Señor...
Iba a explicar que a esa hora empezaba su clase, pero se calló. Daría
vacación, inventando algún pretexto; los alumnos le agradecerían y él
iría a cobrar.
Mientras hablaban desarrollábanse los últimos compases de la música de
Rossini. Calló luego la banda y los músicos empezaron a enfundar sus
instrumentos para marcharse.
Don Serafín reventaba de vanidad, viendo que todos miraban su compañía
con los dos hombres poderosos de la provincia.
Iriondo saludaba a cada uno de los que pasaban frente a él, con
un gesto amable. El Gobernador golpeaba el suelo con el bastón.
Aquella nerviosidad, en él, hombre flemático, era señal de graves
preocupaciones.
El director de la banda se acercó a saludarlos, pero Bayo no le
dispensó una acogida muy afectuosa y el pobre músico se fué, consolado
con el cordial apretón de manos de Iriondo. Don Serafín comenzaba a
sentirse intranquilo, ignorando si debía irse o quedarse.
Anochecía rápidamente. Los niños que jugaban, habían desaparecido, con
lo que la plaza quedó silenciosa y desierta.
Don Simón tomó del brazo al Gobernador, y dieron algunos pasos. Bayo
se volvió a don Serafín, el cual echó mano al reloj.
--¿Hace mucho que no ve a Cullen?
El maestro pensó un momento sin comprender.
--A don Patricio Cullen--explicó Bayo.
--¡Ah! Dos meses a lo menos, señor don Servando.
--¿Y a Montarón?
--Don Pedro Montarón estuvo ayer en mi casa--respondió con cierta
vanidad el maestro.
--¿Fué de visita?--¿No le preguntó por...?
Don Simón hizo un gesto que contuvo al Gobernador en mitad de la frase.
Se mordió los labios, y entonces Iriondo, poniendo la mano sobre el
hombro de don Serafín, le dijo con insinuante diplomacia:
--La subvención de su escuela es de cien pesos ¿no?
--¡Oh, qué esperanza! ¡Cuarenta pesos, no más!
--¿No más? ¡Señor Gobernador! Este meritorio servidor de la provincia
no podrá vivir con eso...
--Vaya mañana a verme--dijo Bayo--a las ocho en punto.--Y luego
agregó:--¿Tiene en su escuela algún niño pariente de Montarón?
--No, señor Gobernador. Don Pedro Montarón fué a pedirme nuevas de mi
sobrino el capitán Insúa...
No bien don Serafín oyó el sonido de su propia voz, pronunciando aquel
nombre, se le estrechó el corazón, porque recordó que Insúa y Montarón
constituían con don Patricio Cullen el eje de las revoluciones contra
el gobierno de Bayo y al revelarle a éste el objeto de la visita,
quizás estaba comprometiendo algún plan.
No hablaron más y allí se separaron.
En el crepúsculo escaso ya, don Serafín vió a Iriondo entrar en su
casa, llevando siempre del brazo al Gobernador.
El se quedó sólo un momento, en la plaza, perseguido por el rumor de su
propia voz indiscreta.
La luz de la lámpara recién encendida en el boliche de don Pablo
Ferrer, frente a la Matriz, hizo variar el rumbo de sus pensamientos.
Ahora podría pasar, sin avergonzarse, por aquella esquina, porque le
iban a pagar la subvención y su desgraciada cuenta sería cancelada.
Se encaminó a su casa, cruzó la calle acercándose al almacén, para que
Ferrer lo viera y si acaso, lo llamara. Mas cuando él pasó, el áspero
catalán estaba arreglando el tubo de su humosa lámpara, pendiente de
uno de los tirantes del techo, y no lo vió.
Cruzó de nuevo el arroyo y entró en su escuela, empujando la puerta de
calle, asegurada por una gruesa piedra.
--¡Rosarito, Rosarito!--gritó.
Rosarito era su hija, toda la poesía de la vida del pobre hombre, y
todo lo que le había hecho amar el trabajo y soportar la miseria.
Tenía diez y ocho años, y su sola presencia llenaba la casa.
A la voz de su padre corrió la niña hasta el zaguán obscuro, y antes de
que él le hablara de su extraordinaria aventura, ella le dijo al oído
con voz trémula:
--Está Francisco Insúa, papá, y no quiere que nadie lo sepa.
Los remordimientos de Don Serafín recrudecieron y empezó a sospechar
que todo, desde las ausencias del Gobernador hasta la invitación a ir a
su despacho, tenía relación con la repentina llegada del capitán Insúa.
II
Una voce poco fa!
La vida del maestro encerraba una novela que el mundo había olvidado.
Muchos años antes, tantos que él mismo ya no quería contarlos, porque
su recuerdo se hacía más doloroso cuanto más lejano, él, joven, lleno
aún de las ilusiones que le habían hecho cruzar el mar, recién llegado
a Santa Fe, encontró un puesto de cajero y tenedor de libros en la casa
de comercio de don Agustín Insúa, uno de los estancieros más fuertes
del país.
Insúa tenía muchos hijos, pero sólo una hija, la menor, que en el
tiempo en que don Serafín comenzó a hacer números en los grandes
libros de su padre, era una deliciosa chicuela de siete años, rubia y
de ojos azules, que más de una vez volcó el tintero sobre las páginas
que el tenedor de libros iba llenando con signos misteriosos para
ella. Él se encadenó a la casa obscura y triste en que su patrón vivía
enriqueciéndose, por aquel rayo de sol que entraba casi a la misma
hora, cuando su padre abandonaba el escritorio y quedaba el empleado
solo.
Éste fingía no verla, para gozar mejor de la sorpresa que ella misma
simulaba, cuando sintiéndola detrás se volvía de pronto y la alzaba en
los brazos y la ponía encima del alto pupitre donde él trabajaba de pie.
Allí se quedaba Rosarito--era su nombre--muy seria, esperando que su
amigo concluyera la tarea; y había que ver cómo volaba la pluma de ave
sobre el áspero papel de hilo de los libros, trazando esos viriles y
hermosos números españoles, hoy pasados de moda.
Cuando era invierno hacía un intenso frío en la pieza de techo de paja,
paredes de adobe encalados y piso de ladrillos desnudos; mas el cajero
sentía que los ojos de la niña, siguiendo los movimientos de su mano
desde lo alto del pupitre, le caldeaban el corazón y le desentumecían
los dedos.
Y cuando era verano, y la lóbrega estancia sofocaba como un horno, la
sola idea de que ella estaba allí, mirándolo siempre, aunque él no la
mirara, le refrescaba la frente y le aligeraba el monótono trabajo.
Ella aguardaba seriecita y silenciosa, a que el cajero espolvoreara de
arenilla las páginas frescas, señal de que el trabajo había concluído,
y cerrara con estrépito aquellos libros enormes, que le daban la
ilusión de un saber inconmensurable en su gran amigo, y guardara su
reloj de oro, su hermoso reloj más seguro que el sol, según decían.
Entonces él la bajaba del pupitre, la sentaba a su lado o en sus
rodillas y le contaba cuentos de reyes y de sultanes y de moros; y
acordándose de su pueblo, le hablaba de los pescadores que salen al
alba en sus barcas de velas abigarradas y vuelven al entrar la noche,
cuando alguna tormenta no los deja dormidos para siempre bajo las olas
del mar.
Pasaron largos años, variando apenas los episodios de aquella amistad
que iba trocándose en amor silencioso y apacible.
Don Agustín Insúa, viudo desde el nacimiento de su hija, absorto en sus
complicados negocios, no sospechó nunca el idilio que se iba tejiendo
en su propia casa, y cuando un día alguien le contó lo que pasaba,
montó en cólera y cayó como un huracán sobre el cajero y sobre la niña,
que era ya una linda joven de diez y ocho años.
Ambos confesaron la verdad; el empleado fué despedido, por haber alzado
los ojos hasta la hija del patrón, y ella enviada a un colegio de
Buenos Aires, para que olvidara su locura.
Ni él ni ella olvidaron, y cuando algunos años después volvió Rosarito,
mayor de edad y libre para disponer de su corazón y de su persona,
con una férrea voluntad que nadie habría sospechado bajo su grácil
hermosura, huyó de su casa y fué a pedir asilo a una tía, y se casó
con su fiel amigo, desafiando el rencor de toda la familia.
Durante muchos meses el episodio fué en Santa Fe el asunto palpitante,
que se comentaba en todas las reuniones.
El padre se vengó de la hija, traspasando sus bienes cuantiosos en
forma que a su muerte, que ocurrió poco después, los hijos lo tuvieran
todo y ella nada.
Uno de sus hermanos, sin embargo, condolido de su situación, le donó la
casa en que don Serafín instaló su escuela, único medio de vida que le
quedó después de su aventura.
Pero eran felices en su humildad, rayana en la miseria, y cuando tres
años después Rosarito murió al nacer su hija, el pobre maestro creyó
que el mundo se iba a quebrar y que él se hundiría en el espacio como
un pedazo de estrella.
No ocurrió la catástrofe. Las gentes continuaron haciendo su vida
ordinaria; sus cuñados ni siquiera fueron al entierro, y él mismo
siguió viviendo una vida más obscura, envuelto en inofensivas manías
que amortiguaban su dolor, y odiando casi a la chicuela, que crecía
ignorante del mal que había hecho; hasta que un día, como un volcán que
renace, irrumpió en el corazón del maestro, que se hacía viejo, un amor
inmenso hacia la niña, que llevaba el nombre de su madre.
No tenía de ella otro rasgo que los ojos azules, profundos como el
cielo en las noches de luna, y aquella amable seriedad que la hacía
estarse horas enteras mirando trabajar al maestro.
La niña creció sola en el antiguo caserón de la escuela. Una mulata
fiel, hija de una esclava de los Insúa, sirvióles allí hasta que murió,
y enseñó a Rosarito a rezar y a ser dueña de casa, mientras su padre la
atiborraba con su ciencia, y después de las lecciones, le llenaba la
cabeza con los mismos cuentos de reyes y de sultanes y de pescadores,
que le conquistaron el amor de la madre.
Cuando murió la criada, se resignaron a vivir solos, cargando Rosarito,
que tenía quince años, con todo el quehacer de la casa.
El maestro daba sus clases en un largo salón, enladrillado, que tenía
una puerta a la calle, y un techo de madera labrada, como si toda la
riqueza de sus dueños, en los tiempos en que se construyó, hubiera
querido hacerse ver en las gruesas y profusas vigas de cedro, con
prodigiosos adornos a escoplo.
Ya en los años de don Serafín, aquella casa más que secular, se
apreciaba como un tesoro, por los que a ojo calculaban el valor del
cedro empleado en sus techos.
Y don Serafín en los días de hambre, llamaba a su hija y le mostraba
aquello:
--¿Sabes? ¡si nosotros quisiéramos!
Cuando la niña era pequeña, asistía a las clases y aprendía a la par
de los otros alumnos: cuando fué mayor, y quedaron solos, mientras su
padre repetía las lecciones, ella adentro trabajaba como un ama y como
una criada, en la cocina, en el lavadero, en el jardín.
El patio era grande y cuadrado. En dos de sus lados había corredores
de teja, con pilares de algarrobo. En los otros dos, que daban al Sur
y al Oeste, solamente la tapia cubierta de plantas de diamela, que
se encaramaban hasta el borde, y en primavera se nevaban de flores
capitosas.
En el centro del patio, crecían profusamente las plantas que entonces
se estilaban, cuidadas todas por la mano experta de la niña.
Por una puertita falsa abierta en la tapia del Sur, pasábase a una
huerta contigua, llena de naranjos, en la que había además una
antiquísima higuera, maravillosa por su frondosidad, que había hecho
alrededor de su tronco, a causa de sus ramas perezosas, caídas hasta
el suelo y sostenidas por puntales, una enorme estancia, a donde sólo
se podía entrar por algunos boquetes, abiertos disimuladamente en el
ramaje.
En la huerta se criaban las gallinas, que completaban la fortuna del
maestro.
Rosarito amaba su jardín y su huerta, donde estaban todas sus
amistades. Las gentes parecían olvidadas de la novela del maestro, pero
continuaba pesando sobre ellos un inexplicable ostracismo, del que por
su parte no trató nunca de salir.
Orgullosa por instinto de raza, lastimábala el poco aprecio que hacían
de su padre, cuyo apellido Aldabas, no tenía realmente la sonoridad
aristocrática del de su madre.
Rara vez salía, como no fuera a la misa del alba, los domingos, y
algunos días en que estaba triste, y anhelaba un consuelo más alto que
el que podían darle las gentes, que apenas la conocían. Pasaba por la
plaza, para llegar al colegio de los Jesuítas, y en su ignorancia de
las modas, se vestía siempre como le enseñó la mulata que la criara, de
blanco y con un manto celeste.
Algunas veces llevaba a la Virgen de los Milagros un ramo de flores
de su jardín, y cuando cruzaba por la calle, las gentes se volvían a
mirarla, porque era su figura como un sueño que pasa.
Por eso prefería las horas en que las calles estaban solitarias y
cerradas las puertas.
En la humildad de su vida también ella, que había heredado la ternura
de su madre, iba siguiendo la trama de un romance, desconocido de
todos, y cuya intriga le ponía en los ojos azules una pincelada de
ensueño, y en la frente pura una arruga leve, en que se adivinaba su
voluntad, templada para todas las batallas que podía reservarle el
destino.
La tía lejana, en cuya casa halló refugio su madre, muerta hacía
tiempo, dejó un niño al cuidado del maestro.
Francisco Insúa entró así en la casa de Rosarito, mayor que ella
bastantes años, de tal modo que cuando ella no era más que una
chicuela, él era ya un precoz hombrecito que jugaba a las revoluciones.
Se criaron juntos en la escuela. Él la protegía como a una hermanita,
y los otros alumnos, que alguna vez se hubieran vengado en ella de las
penitencias del maestro, debieron respetarla porque Francisco Insúa
estaba siempre pronto a repartir puñetazos entre los que hubieran osado
tocar uno solo de los rebeldes cabellos castaños que llenaban de sombra
sus ojos inocentes.
Pero Francisco debió abandonar la escuela de don Serafín, porque ni la
estéril gramática ni la complicada aritmética, las dos materias fuertes
de la institución, llegaron a interesarle nunca, y de la Historia
Sagrada, que se les hacía leer en la obra de Mazo, no sacó en limpio
más que una profunda admiración por los filisteos gigantes y por el
incontrastable Sansón.
Lo hicieron ingresar entonces en el colegio de los Jesuítas, donde
no pudo estar tres años; disgustóle la férrea disciplina y se hizo
expulsar.
Turbulento y fuerte, acaudillaba a todos los muchachos de su edad,
sometidos a él por la destreza insuperable con que boleaba patos y
chorlitos en las orillas del Salado, y por su bravura en las peleas y
aun por su descreimiento en las cosas que no se veían.
Una noche hizo una apuesta, saltó las tapias del cementerio de San
Antonio y se fué a apedrear las lechuzas entre las cruces de los
sepulcros; y para más estupor de sus camaradas, se quedó a dormir en la
capilla, que habían dejado abierta.
A la mañana siguiente llegó a casa del maestro, pálido pero sonriendo,
para disipar la angustia de Rosarito que había pasado la noche llorando
por él.
Sólo a ella le confió la verdadera historia de aquella aventura, que le
había ganado para siempre la admiración de cuantos llegaron a saberla,
pero que dejó en su alma un germen de terror supersticioso.
--"Ya ves--le dijo--yo no creo en las ánimas, pero anoche tuve miedo,
miedo de veras. La capilla estaba obscura, y para que entrara un poco
de luz cuando saliera la luna, dejé entornada la puerta y me eché a
dormir sobre la tarima del altar. Me despertó el ruido de la puerta
que se cerró de golpe, como si alguien la hubiera atropellado; pensé
que era el viento, pero cerca del techo había una claraboya y a la luz
de la luna, alta ya, se veían las ramas de un ciprés inmóvil. No era
el viento. Quise saber quién había entrado, pero no me animé; tuve
miedo de moverme, sin saber por qué. Me quedé quieto, sin respirar,
pareciéndome que algo andaba cerca de mí, no por el suelo como un
hombre, sino por el aire como un ave, o como un alma en pena, y que era
algo tan grande que llenaba la iglesia. Sentí un aletazo en la cara y
me quedé helado, la cabeza pegada en la tarima, cerrando los ojos para
no ver, pero conteniendo la respiración para oír mejor. Me pareció
entonces que "aquello" estaba allí, a mi cabecera y que respiraba como
un niño. No sé cuánto tiempo pasé de ese modo; oí las campanas de Santo
Domingo que tocaban antes del alba y abrí los ojos. La iglesia negra y
silenciosa, parecía atravesada por una espada de oro, y era un rayo de
luna.
"Por la claraboya veíanse las ramas del ciprés, que empezaban a temblar
al viento de la mañana. Sintiendo siempre cerca de mí aquello que había
entrado a pasar la noche conmigo, me atreví a mirar y ví un cuervo
inmóvil como un adorno del altar, posado en una esquina, negro, de
cabeza pelada y de ojos brillantes que me miraban fijamente. Me paré
de un salto, pero él no se movió, y entonces ví una mano blanca, larga
como de una mujer, con un anillo en el dedo, que el cuervo tenía entre
las garras. Tuve miedo, porque no miraba su comida, me miraba a mí,
como si me hubiera penetrado el olor de cadáver que despedía la mano, y
el cuervo creyera que yo era el muerto."
A los años, aquella aventura que él le confió, permanecía viva como un
relato reciente, en la memoria de Rosarito.
Él le había dicho: ¿No contarás a nadie que tuve miedo? Y ella se lo
prometió y había cumplido.
Francisco Insúa, heredero de una gran fortuna en campos y haciendas,
desde que fué hombre pasaba lo más del tiempo en sus estancias, bajando
rara vez a la ciudad, casi siempre con propósitos revolucionarios.
Un gobernador amigo, caso extraordinario, pues era enemigo por sistema
de todos los gobiernos, agracióle con el cargo honorífico de capitán
de guardias nacionales, y con esa designación llegó a los tiempos
de Iriondo y de Bayo, que no conocieron adversario más perseverante
y activo, por lo cual, cada vez que llegaba a la ciudad, la policía
echaba detrás de él sus mejores pesquisantes, para seguirle los pasos.
Una tarde--aquella tarde en que don Serafín tuvo la buena fortuna de
hallarse con el Gobernador y con Iriondo,--Rosarito, sola, en la gran
casa que empezaba a anegarse dulcemente en la sombra de la noche,
sentada sobre un poyo del jardín, en el centro del patio cuadrado,
escuchaba la música de la retreta, que llegaba a oleadas, mezclada con
el perfume otoñal de las magnolias, que se deshojaban a su vera.
Sentía el alma entristecida por la soledad en que les dejara el hombre
que la quería como a una hermana y a quien ella amaba como a un novio.
El día anterior estuvo don Pedro Montarón a pedir noticias de él, y eso
era señal para ella de que algo se tramaba. Llenábasele de angustia el
corazón, adivinando los riesgos de aquellas aventuras, pero alegrábala
el presentimiento de que él vendría.
"Una voce poco fa", tocaba en la plaza la banda de policía, y las
frases vehementes de esa música, le daban la impresión de que si ella,
alguna vez no se decidía a confesarle su amor, él pasaría a su lado sin
sospecharlo.
Sintió que la puerta de calle se abría, arrastrando la piedra que la
calzaba, y creyendo que fuera su padre, se quedó allí, persiguiendo su
ensueño, entre las sombras de la noche que habían ganado el jardín.
Sólo vió que era Francisco Insúa, cuando él la apretó en sus brazos y
la besó en la frente.
--¡Francisco!
Él la hizo callar.
--Que nadie sepa mi llegada. ¿Tu padre? ¿Está en la plaza? ¿Mi cuarto?
En el caserón de la escuela había siempre lista para él una pieza, que
Rosarito cuidaba con incansable esperanza.
Pero esa vez tenía otros designios.
--Ahora no quiero dormir allí. Es necesario que si alguien viene y
entra de improviso, no sospeche mi presencia. Debo esconderme; dos o
tres días, nada más. Arriba, en la guardilla del techo, sobre las vigas
del cielorraso, estaré seguro y cómodo.
Ella lo miraba hablar, penetrada de admiración y de ternura, y llena de
recelos.
Cuando llegó don Serafín, ya el capitán Insúa tenía su escondrijo,
difícil de encontrar, y podía aguardar, sin peligro, la visita de los
que con él tramaban la revolución.
III
La conspiración
Al toque de ánimas esa noche, la ciudad parecía desierta.
En la calle de Comercio, que cruzaba los barrios más poblados, no se
veía un solo farol encendido. Durante el día se había estado anunciando
la tormenta, que a esa hora barría con impetuosas rachas de viento y de
lluvia el polvo del arroyo, que pronto fué un lodazal.
Cuando el trueno callaba sentíase la voz lamentable de la campana de
San Francisco, obstinada en anunciar a las gentes que habían dado las
ocho y debían rezar por las almas de los muertos.
Don Patricio Cullen, el jefe de los adversarios del gobierno, tenía su
casa en la calle principal, a poco más de dos cuadras de la plaza, y
no lejos de una esquina, donde esa noche, a la luz de los relámpagos,
podía advertirse la presencia de dos hombres, embozados en capas
obscuras, que desde hacía más de una hora desafiaban allí el vendaval y
la lluvia.
Uno de ellos era don Braulio Jarque, jefe de policía, a quien el
gobernador Bayo encomendaba la seguridad de su gobierno; y el otro
era su secretario y cuñado, el joven teniente de milicias nacionales
Carmelo Borja.
Jarque era español, amigo, casi camarada de don Serafín Aldabas, aunque
más joven y llegado al país muchos años después que él.
Ocupado en la policía como escribiente en los tiempos de Iriondo,
eleváronle al rango de comisario, y de tal manera acreditó su sagacidad
en descubrir los planes revolucionarios y hacerlos abortar, la más
grave misión de la policía de aquel tiempo, que Bayo, en su gobierno,
lo hizo jefe, y los revolucionarios tuvieron que reconocer en él un
enemigo terrible, que por vías misteriosas se apoderaba de todos sus
secretos.
Y así las revoluciones dejaron de ser calaveradas repentinas e
improvisadas, hechas sin plan y sin más propósito que mantener la
alarma entre los hombres de gobierno, y debieron transformarse, a
lo menos mientras Jarque estuviera en la policía, en un arte de
conspiración prolijo y difícil.
Era el jefe un hombre frío y perseverante, de físico mezquino, calvo
a los cuarenta años, con una pierna más corta que le hacía rengar,
defecto que él procuraba disimular, porque era vanidoso, y comprendía
lo mal que sentaba a la majestad de su cargo.
Hacía dos años que se había casado con Gabriela Borja, casamiento
inesperado, que no debía ser feliz, por cuanto él vivía en la ciudad,
mientras ella se quedaba al lado de su madre, viuda, en la antigua
estancia de los Borja, que llamaban "la casa de los cuervos", como a
ocho leguas al Nordeste de Santa Fe, sobre el arroyo de Leyes.
Desde algunos meses atrás, Jarque, gracias a los espías que tenía
diseminados en las estancias de los opositores mismos, Cullen,
Montarón e Insúa, comprendía que se estaba urdiendo una revolución,
cuyo desenlace no parecía lejano, a juzgar por lo frecuente de ciertas
visitas sospechosas, y de algún movimiento de peonadas en las colonias
del Norte, Helvecia y California, donde los revolucionarios tenían una
gran popularidad entre los colonos extranjeros.
Lo que desorientaba todos los cálculos era la inacción, aparente a
lo menos, del capitán Insúa, quien no se movía de su estancia, ni
demostraba preocuparse por la "yerra" de su hacienda, que se anunciaba
para dos o tres meses más tarde.
Cuando Insúa marcaba los terneros de sus vacadas, cosa que hacía en
el otoño, era una fiesta de dos semanas para todos los criollos de
aquellos lugares, que acudían a prestar su ayuda, con el propósito de
participar en el interminable jolgorio de la faena; y había años que
los "tarjadores", que llevaban la cuenta de los animales marcados,
haciendo tarjas con el cuchillo en ramitas peladas, contaban al final
de la "yerra", diez mil rayas, que significaban diez mil terneros
puestos bajo la célebre marca de Insúa, un corazón partido por una
flecha.
Aquellas fiestas en que llegaban a reunirse hasta doscientos peones,
solían servir de preludio a la revolución. Las conversaciones, el
relato de aventuras políticas, el licor repartido sin tasa, caña del
Paraguay, apenas rebajada con agua, encendían el entusiasmo opositor, y
sin más preparativos, se ponían en marcha a caballo, hacia la capital,
a la que entraban de noche, rumbo a la policía, mal armados, disparando
trabucazos al azar, siendo rechazados fácilmente y con escasas pérdidas.
Cuando Jarque se hizo cargo de la policía, hiciéronse más raras
tales asonadas. Sabíase que el jefe no deseaba que se concluyeran
los movimientos revolucionarios, sin que él tuviera ocasión de hacer
un escarmiento. Creíasele capaz de fusilar sin proceso alguno a los
cabecillas que cayeran en sus manos, aunque eso hubiera de costarle
el cargo a él y el gobierno a los suyos; pero todos, hartos de la
intranquilidad en que vivían, cerraban los ojos y le dejaban hacer.
Las revoluciones entraron así en un período de laboriosa preparación,
pues los opositores habían comprendido el riesgo de toda aventura
mientras aquel hombre estuviera contra ellos, y era preciso no jugar
ningún lance, sino con las mayores probabilidades de éxito.
Hacían la revolución, como una función normal en su vida política, sin
grandes odios personales, por el sólo deseo de tumbar un gobierno, que
los mantenía a raya; y se resignaron a esperar hasta que se ofrecieran
las circunstancias propicias, que un día Jarque tuvo la sospecha de que
habían llegado.
Don Pedro Montarón iba a dar un gran baile, celebrando el compromiso de
su hija Syra con el teniente Carmelo Borja, secretario de Jarque.
Montarón era el Creso de los opositores, la bolsa abierta siempre para
costear las revoluciones.
El jefe de policía sospechó que aquel baile podía ser un pretexto
para atraer a los hombres del gobierno, relacionados con él, y que
no obstante la diversidad de opiniones políticas, no se negarían a
asistir. Retenidos en la fiesta, podía el capitán Insúa con su gente
caer sobre la ciudad desprevenida, y aun hacer prisioneros a los
asistentes a ella.
Sus sospechas se confirmaron cuando le hicieron saber que Montarón
había visitado al inofensivo don Serafín, y por el Gobernador supo el
objeto de aquella visita, indicadora de que en la ciudad se esperaba la
llegada de Insúa.
Pero el joven revolucionario astuto y acostumbrado a aquellos lances,
logró entrar en Santa Fe, sin que lo advirtiera la policía de Jarque,
de modo que esa noche, mientras el jefe con su secretario, se
guarecían de la tormenta bajo el alero de aquella esquina que les
permitía observar la casa de don Patricio Cullen, estaban lejos de
sospechar que él ya estuviera en sitio seguro, aguardando precisamente
a Cullen y a Montarón con quienes debía planear los detalles de la
revolución para la noche del baile.
Hacia el extremo de la galería del naciente, había en la escuela una
extensa pieza, cuyas puertas y ventanas daban al patio. Era el comedor,
el punto de cita, por estar lejos de la calle y próximo a la huerta,
para el caso de una sorpresa de la policía.
Al toque de ánimas, esa noche, había concluído la cena frugal, y
don Serafín buscó su silla hamaca, en que solía dormitar después de
comer, la acercó a la puerta entornada, para mirar el patio, inundado
de lluvia, que chispeaba a la luz de los relámpagos, y se quedó
allí distraído mientras llegaba el sueño, persiguiendo las siluetas
esfumadas de sus antiguos recuerdos.
Junto a la mesa--una mesa de algarrobo lustrado, con aletas que se
plegaban o se abrían para agrandarla--sentáronse Rosarito e Insúa, a
relatar la historia de los días pasados sin verse.
Una lámpara con pantalla de cartón, fabricada por la niña, diseñaba un
disco luminoso en el centro de la mesa, acusando con fuertes contrastes
las facciones del joven, sus ojos grandes y obscuros, su tez pálida
tostada por el sol, su barba negra recortada al uso de entonces, su
pecho fuerte, sus manos poderosas, que de cuando en cuando se posaban
sobre la tabla, donde ella, que lo miraba con los ojos iluminados por
los pensamientos cariñosos, tenía puesta una de las suyas, que se
abandonaba confiada en la de él.
Los ángulos de la pieza quedaban en la sombra. Dos escaños, arrimados
a la pared, a uno y otro lado, recordaban el tiempo en que don Serafín
tenía pupilos en su escuela, y mayor concurrencia a su mesa. Una
alhacena, en el fondo, cubierta con una cortinilla rosada, y una
rinconera con un vaso de flores, completaban el mueblaje de la pieza
enorme y fría, con sus paredes pintadas a la cal, y su cielorraso de
lienzo, que a cada racha de viento se alzaba como un pecho fatigado y
crujía como si fuera a rasgarse.
A cada ruido Insúa intranquilo miraba a su alrededor, y Rosarito
sonreía.
--Siempre es así--le decía.
Y él continuaba el relato de su vida, que ella atendía con ansiedad,
buscando en los innumerables cuadros de aquel tiempo en que tanto
pensara en él, la huella de algún pensamiento que él le hubiera
dedicado enteramente.
Montarón fué el primero en llegar a la cita. Entró al lóbrego caserón
de la escuela, no por la puerta de calle, sino por la huerta, cuyas
tapias escaló, porque daban a los fondos de su casa.
Era un hombre de cincuenta años, bajito, regordete, pero ágil y
movedizo. Todo rasurado y muy pulcro, con los tupidos cabellos grises
cortados al rape, su fisonomía rubicunda, animada por una constante
sonrisa, tenía algo de eclesiástico.
Era muy rico, y al revés de Insúa, no tenía una sola vaca, pero sí
mucho dinero contante, ganado en empresas bancarias.
Uruguayo, radicado en Santa Fe desde largo tiempo atrás, se hallaba tan
vinculado a su suelo por sus negocios y sus amistades, que allí pensaba
morir.
Al ruido que hizo sacudiéndose las botas y la capa embarrada, despertó
don Serafín, que se alzó de la silla alarmado, sacando su reloj.
--¡Señor don Pedro!--dijo con profunda reverencia.
--¡Señor don Serafín!--respondió estrechándole la mano, y entró al
comedor, desvaneciendo con su llegada la tela de ensueño que envolvía,
a los ojos cándidos de Rosarito, aquel cuadro familiar.
Abrazó fuertemente a Insúa, arrastró uno de los escaños hasta la mesa,
negándose a aceptar ninguna de las sillas que le ofrecieron, y se sentó
buscando la sombra de la pantalla, para observar mejor.
Su sonrisa maliciosa hizo ruborizar a Rosarito.
Antes de que hablara ninguno de ellos, cohibidos como estaban por
diferentes sentimientos, un empujón dado a la puerta de la calle, cuya
piedra se arrastró sobre las losas del zaguán, les anunció la llegada
de un nuevo contertulio.
Debía de ser don Patricio Cullen, por lo cual Insúa salió a recibirlo
y a trancar la puerta, que dejaron entornada, a fin de que el jefe de
los revolucionarios entrara sin llamar.
Don Serafín, que no le esperaba, viéndole llegar sintió crecer su
alarma y tornó a mirar el reloj, con aquel gesto a que recurría en los
casos apurados.
Adivinó qué podía significar aquella reunión y cuchicheó al oído de
Cullen:
--¿Así pues, señor don Patricio, se trata de una revolución?
Don Patricio le apretó la mano con una gran cordialidad y le respondió
sonriendo:
--Si fuera así, mi amigo, ¿podríamos contar con usted?
--¿Conmigo?--exclamó el maestro, retirando su silla del hueco de la
puerta, como si la palabra comprometedora de Cullen hubiera resonado en
toda la ciudad y él temiera la repentina irrupción de la policía.
--Sí, don Serafín; necesitamos que usted nos dé la hora para que
todos nuestros relojes estén de acuerdo. El secreto del éxito en las
revoluciones está en que se produzcan en el momento preciso.
--¡Ah, señor don Patricio!--respondió súbitamente interesado el
maestro--si ustedes tuvieran un "Losada"...
El ex gobernador de Santa Fe había tomado asiento ya en la silla que le
ofreció Rosarito, junto a la de Insúa, la que ella ocupaba.
Don Serafín en pie, aguardando una explicación que no vino, miraba con
nueva angustia el cuadro alarmante que alumbraba su pacífica lámpara.
Era amigo de aquellos tres hombres reunidos para conspirar, sin duda, y
era como el padre de uno de ellos, y a pesar de eso y de su afición a
las intriguillas políticas, la cosa parecía más seria que de costumbre,
y la conspiración se realizaba allí, bajo el techo de su escuela, cuya
existencia estaba en mano del gobierno, que la subvencionaba.
--¡Señores!--les dijo; pero la voz se le anudó en la garganta.
Los tres lo miraron.
--Usted nos dará la hora;--volvió a indicarle don Patricio, con amable
sonrisa,--hasta entonces sea sordo, ciego y mudo.
--Mudo sobre todo, mi tío--añadió Insúa, haciendo luego una seña a
Rosarito para que los dejasen solos.
El maestro salió suspirando y palpando su reloj, con una explicable
angustia, desde que acababan de manifestarle que en su preciosa máquina
estaba encerrado el minuto decisivo de la revolución.
--¡Mi reloj, mi reloj!--exclamaba, siguiendo dócilmente a su hija, que
lo hizo acostarse.
--¿Es seguro ese hombre?--preguntó Cullen cuando quedaron solos.
La luz de la lámpara daba de lleno sobre la figura majestuosa de don
Patricio, y su barba castaña, abierta sobre el pecho adquiría tonos
dorados.
--Completamente seguro--respondió Insúa--y su casa debe ser hoy el
punto de cita menos sospechoso.
Montarón arrugó la nariz, con gesto de duda.
--No tanto. Ayer me crucé en la puerta con uno de los pesquisas de
Jarque. Por lo que se hizo el indiferente al verme, sospecho que no
dejó de notar mi presencia en el sitio. Por eso he venido hoy como un
ladrón o como un enamorado, saltando las tapias, procedimiento que
aconsejaría a don Patricio, si viviera más cerca.
Don Patricio sonrió; era muy grueso y lo que para aquel hombrecillo
rechoncho, pero ágil, resultaba un juego, para él habría sido lo más
difícil de la revolución.
--La noche es a propósito para merodeos de esta clase--observó
Cullen.--Yo he podido salir sin que nadie me viera, porque en toda la
calle Comercio, embarrada y tenebrosa, no se hallaría alma viviente.
La luz de los relámpagos me guiaba, para no estrellarme contra las
rejas salientes de las ventanas, y para cruzar sin riesgos mayores los
fangales de cada esquina.
Hablaba despacio, con voz suave, insinuando más que diciendo lo que
pensaba. Montarón le escuchaba con una sonrisa que podía seguir
siendo un gesto de duda; Insúa, grave y triste, como oprimido por un
presentimiento.
Afuera, la lluvia, más intensa que a la hora de ánimas, seguía cantando
en los caños de teja, de donde caían chorros sonoros que corrían luego
por los albañales a engrosar el torrente de la calle.
Un momento prestaron oído a los rumores que venían de afuera. Insúa
pensó en Rosarito, dormida quizás, y comenzó luego a explicar su plan
revolucionario.
Tenía listos ciento veinte hombres, acampados a esas horas en los
sauzales del arroyo de Leyes; a la mañana se pondrían en marcha sobre
la ciudad, según las órdenes que les había dejado, y entrarían a la
oración.
Tenían dos chalanas cargadas de leña, en que llegarían al puerto,
cruzando la laguna. Otros estaban ya en la ciudad, adonde habían
llegado en carros de colonos, tirados por buenos caballos, que les
servirían para montar, o habían entrado como peones de estancia, a
buscar provisiones.