--¡Basta, doña Tula, basta!
--Déjeme usted, don Oscar, déjeme usted decir a este caballero los
motivos que tengo de agradecimiento para con usted.
--Ya ha dicho usted bastante. Ahora le ruego nos deje solos, porque
tengo que hablar con él reservadamente.
--Está bien, don Oscar, está bien.
Se despidió de mí con el acento meloso que la caracterizaba y se
apresuró a salir de la estancia, con una sumisión que me sorprendió
altamente. Verdad que el tono de Don Oscar y sus ademanes firmes y
resueltos parecía que no daban lugar a contradicción.
Luego que el bendito señor se quedó a solas conmigo, volvió a instruirme
severamente acerca de mis deberes para conmigo mismo. Otra lección en
toda regla, durante la cual me apeteció más de una vez cerrarle la boca
de una puñada. Al final me ofreció con naturalidad y modestia ocupación
en la casa, haciéndome observar que el sueldo sería corto, veinte duros
al mes, mientras la fábrica no diese más producto.
--Poco, muy poco es para la categoría que usted tiene ya en el ejército;
pero los tiempos corren malos lo mismo para ustedes que para nosotros.
Acomódese usted por ahora, que tal vez más adelante...
Di las gracias con efusión, pensando que aquel empleo me acercaría a
Gloria y me facilitaría el camino para hacerla mía. Don Oscar,
figurándose que tal calor dependía del mal estado en que me hallaba,
dirigiome una mirada de compasión, que me avergonzó. Púsome una mano
sobre el hombro (mientras estaba sentado podía hacerlo) y tornó a
alentarme con mayor protección aún al trabajo y al ahorro. Nos
despedimos cordialmente. Al trasponer la puerta volvió a llamar con
recia voz a D.ª Tula, que se presentó con la misma sonrisa dulzona, y me
extendió la mano, dejándola suelta para que yo la estrechase. Aunque mis
ojos iban presurosos de un lado a otro, no logré ver a Gloria. En
cambio, al acercarme a la cancela en compañía de don Oscar tuve un
encuentro, que por poco se convierte en catástrofe y da al traste con
todos mis planes. Al tiempo de salir entraba en el portal Paca, quien,
al verme, abrió unos ojos como puños, y dilatándose después su rostro
con sonrisa placentera, exclamó:
--¡Madre mía del Rosío! ¿Uté aquí, señorito?
Pero yo le eché una mirada tan furibunda que la pobre mujer, aterrada,
cambió instantáneamente de expresión, y con la viveza y la astucia que
caracterizan a andaluzas, dijo con perfecta naturalidad:
--Uté dispense, señorito... Le había confundío con don Celipe el inpetor
del taller de pitiyo.
El cíclope enano no hizo alto en esta equivocación, y pude salir a la
calle satisfecho del éxito de mi visita.
¡Cómo reímos por la noche Gloria y yo de la famosa entrevista y del
peligroso encuentro! Mas al día siguiente tuve ocasión de ponerme serio,
cuando, al presentarme a Don Oscar, éste me entregó un papel doblado,
diciéndome:
--Ahí tiene usted la lista de sus obligaciones o de los trabajos que ha
de desempeñar en esta casa.
Lo desdoblé, y vi una especie de cuadro sinóptico de los que se usan en
las escuelas para determinar los trabajos de los niños, lleno de claves
artísticamente trazadas y de rayas admirablemente hechas con tinta de
China. Era la obra de un gran calígrafo: _Mañana_. De tal hora a tal
hora: Examen de cuentas. De tal hora a tal hora: Correspondencia. Luego,
media hora para almorzar, un cuarto de hora de descanso. Apenas me
quedaba tiempo para rascarme. Aquella portentosa obra de caligrafía me
puso de muy mal humor, sobre todo porque advertí que debía pasar la
mayor parte del día en las oficinas de la fábrica, situada en las
afueras de la ciudad, hacia el barrio de San Bernardo. Cuando con acento
de amargura se lo dije a Gloria, ésta se echó a reír locamente.
--¡Pobrecillo mío, ya te ha caído el cuadro sobre la cabeza! Consuélate,
hijo, que tu Gloria ha vertido muchas lágrimas sobre otros parecidos.
¡Qué hombre más apestoso! Cuando niña, en vez de traerme confites, se
entretenía en dibujar cuadritos distribuyéndome las horas. De tal hora a
tal hora gramática castellana. Después lección de solfeo. En seguida
bordado. Por la tarde lección de dibujo... Y como mamá le apoyaba, no
había más remedio que sufrirle... ¡Maldita sea su estampa!... ¿Quieres
creer que ahora ha tenido la desvergüenza de hacer lo mismo? Verás tú.
Al día siguiente de llegar del convento, al pasar por delante de su
despacho, le veo muy atareado con el pocillo de la tinta de China a un
lado y el tiralíneas en la mano... ¡Vaya, cuadrito tenemos! dije para
mí. ¡Ya verás, saleroso, lo que hago yo con tus litografías! Por la
tarde me lo entrega con mucha ceremonia. Yo lo recibo con la misma y le
doy un millón de gracias. En seguidita me voy a mi cuarto y hago con él
una pajarita preciosa... Ninguna me ha salido tan bien... El papel era
gruesecito, ¿sabes?... Tenía el piquito levantado, que apetecía
comérsela... Voy muy callandito a su alcoba y se la coloco sobre la mesa
de noche. Al día siguiente le encontré con un hocico de media vara, que
aún dura, y a mamá lo mismo... pero no me han dicho palabra.
Me dispuse a cumplimentar las tareas del cuadro sinóptico, con la
esperanza de que aquello no duraría mucho tiempo. No dije nada a Villa
ni a Matildita, ni a Isabel siquiera. Se hubieran reído de mí
grandemente. Aunque pasaba la mayor parte de las horas en _La
Innovadora, gran fábrica de jabones comunes y finos perfumados_ (que por
cierto examiné cuidadosamente, como quien cuenta ser pronto dueño de
ella), algún tiempo me tocaba estar también en casa de Gloria, dando
cuenta a D. Oscar de mis trabajos o escribiéndole algunas cartas. En
estas ocasiones veía rara vez a mi novia, y cuando llegaba este caso, en
los corredores, pasábamos el uno al lado del otro sin aparentar
conocernos. El primer día que la vi le pregunté a D. Oscar, que iba
conmigo:
--¿Quién es esta joven?
Tardó en contestar, y dijo al cabo con acento donde se traslucía sorda
hostilidad:
--La hija de doña Tula.
--¿Tiene más que ésta?
--No... Y es bastante.
Me abstuve de insistir, porque el tono del enano era concluyente y
revelaba mal humor.
Por detrás de él Gloria me solía hacer mil muecas, poniéndome en grave
peligro de perder la serenidad y echarlo todo a rodar. Dos veces, en el
espacio de ocho días, me invitaron a comer. Los manjares predilectos de
aquellos seres eran tan extravagantes como ellos. Don Oscar cogía a
puñados los berros y se los metía en la boca y los rumiaba como un buey.
Además, hacía uso inmoderado del vinagre. Hasta lo echaba en la sopa.
D.ª Tula, con empalagosa solicitud, se lo advertía.
--¡Don Oscar! ¡don Oscar!
--Déjeme usted, doña Tula. Atienda usted a su estómago, y no se meta en
el de los demás--respondía con su voz formidable el enano, trayendo
hacia si la vinagrera.
En cambio, D.ª Tula abusaba fuertemente del azúcar. Era cosa que me
causaba náuseas verla echar cucharadas colmadas en cuantos platos se la
presentaban. D. Oscar comía rajas de naranja con aceite y vinagre. D.ª
Tula espolvoreaba de azúcar los pimientos.
Así se pasaron diez o doce días. La exactitud de don Oscar me abrumaba.
Estuve por mandarlo al diablo más de veinte veces. Cuando me encargaba
de cualquier comisión, sacaba del bolsillo su enorme cronómetro.
--Tiene usted que llevar estas letras a la presentación. Después debe
usted pasar por casa de Ricardo y ver si le quiere dar algún dinero, a
cuenta de las cincuenta cajas que se llevó el mes pasado. Son las diez y
treinta y cinco. Para ir al despacho de Arias, en la calle de San Pablo,
le bastan a usted ocho minutos; cinco más para presentar las letras, son
trece; echemos diez para ir a la Campana, a casa de Ricardo, son
veintitrés; ocho para tratar con él la cuestión de los cuartos, son
treinta y uno, y seis para venir de la Campana hasta aquí... echemos
nueve... son cuarenta... A las once y cuarto, o a todo más a las once y
veinte, puede usted muy bien estar de vuelta.
No había más remedio que caminar por Sevilla con la lengua fuera, si no
quería incurrir en el desagrado de aquel enano autoritario, que lo
expresaba en frases corteses, sí, pero firmes y severas. Invariable,
infaliblemente, D. Oscar iba a misa de ocho a San Alberto con doña Tula
todos los días. Gloria les acompañaba unas veces sí y otras no. Cuando
lo hacía, se iba lo menos veinte a treinta pasos delante. El bendito
señor no asistía a ningún café, ni iba jamás al teatro, ni salía a
paseo. Sus horas de recreo, que tenía tan bien clasificadas como las de
trabajo, las invertía en jugar a las _damas_ con D.ª Tula. Ésta pasaba
la vida limpiando la casa o en brega con las flores, por las cuales
profesaba idolatría. Cuando la tropezaba en los pasillos, rara vez
dejaba de llevar en brazos alguna maceta que iba a colocar al sol o a la
sombra, según conviniese.
--Agur, querido; voy a llevar este geranio a atrás, porque el pobrecito
se me está requemando aquí en el patio. ¿No ha visto usted este
rosalito? Mire qué botoncito más lindo y más rico tiene ya, y eso que no
hace siquiera un mes que lo he plantado... Voy a aprovechar el rayo de
sol que cae ahora en la ventana de la sala para que se alegre un
poquito...
Y en busca de los rayos de sol o de las rayas de sombra, la pobre señora
no paraba un instante, llevando y trayendo las macetas. En la tarea de
regarlas por la mañana y por la tarde, no sólo se ocupaba ella, sino que
empleaba también a las criadas. Era uno de los quehaceres mayores de la
casa. D. Oscar no estaba de acuerdo con esta manía, pero la toleraba
bondadosamente como una debilidad femenina. Algunas veces le decía
sonriendo con superioridad:
--Vamos a ver, doña Tula, ¿quiere usted decirme qué utilidad reportan
las flores?
La señora quedaba desconcertada.
--¡Las flores son muy bonitas, don Oscar!--exclamaba llena de despecho.
--Bonitas, convengo en ello... pero no son útiles.
Otro de los quehaceres que más tiempo la exigía era el tocado; caso
raro, porque exceptuando a misa, jamás salía de casa, y en casa apenas
se recibía visita alguna. Aquella serie de rizos tan iguales, tan
primorosos, pegados a la frente con esmero, no tenían más ojos que los
viesen, salvo los de las cuatro viejas que se reunían a oír misa en San
Alberto, que los de su hija, D. Oscar y las criadas. D.ª Tula conservaba
vivo el sentimiento de la belleza, que reside sin excepción apenas en
todas las andaluzas. Cuando me tropezaba y no iba muy ocupada, solía
detenerme y charlar conmigo, mostrándome siempre la misma compasión.
¡Las veces que me habrá llamado pobrecito aquella buena señora!
¿Qué clase de relaciones eran las que existían entre ella y D. Oscar? Si
fuera a dar crédito a las insinuaciones y reticencias que había oído, el
bendito señor era su amante. Mas, aparte de que la edad de ambos no lo
hacía probable, en los días que frecuenté la casa no pude observar nada
que lo confirmase. Se trataban siempre con igual ceremonia, D. Oscar con
cierta superioridad intelectual, D.ª Tula con humildad afectuosa. Ni una
mirada donde se pudiera traslucir un sentimiento más íntimo, ningún dato
que los acusara. D.ª Tula tenía sus habitaciones en el piso bajo; el
bendito señor, en el alto. Esto no obstante, yo no juraría que lo que se
decía careciese en absoluto de fundamento.
La vida que llevaba en aquellos días era por demás asendereada y
trabajosa, y lo que es peor, no veía la utilidad de ella, como D. Oscar
la de las flores. Mi entrada en la casa, aunque otra cosa pensase
Gloria, no había facilitado la solución del problema que ambos
tratábamos de resolver. Por el contrario, me parecía que cuando se
descubriese el engaño quedaría en peor estado. Además, ni un minuto más
de plática con mi novia me había concedido tal entrada. Cuando le hice
presente a aquélla mis quejas y le expuse amargamente los abrumadores
trabajos que D. Oscar me imponía, exclamó riendo:
--¿Te habías figurado, hijo, que el conquistar esta plaza no había de
costar ninguna pena? Si fuese en otro tiempo, estarías a estas horas en
un calabozo de la Inquisición por haberte atrevido a galantear a una
monja.
Vi en la obscuridad brillar sus ojos negros, gozosos y blanquear las
filas de sus dientes moriscos, y se huyó de repente mi tristeza. Sin
embargo, dije exhalando un suspiro:
--¡Oh! Si esto dura mucho tiempo, me voy a quedar como una flauta...
Mira, las sortijas se me salen del dedo.
--Mejor, cuanto más delgadito menos galleguito. Ya verás, chiquillo, ya
verás lo que voy a quererte después que hayas pasado esta crujía.
Conviene que mamá te tome algún cariño y don Oscar te estime. ¡Uf! Ya
habla de ti como si hubiera tropezado con un tesoro escondido. Cuando
llegue el momento damos el golpe... Te presentas un día con aquella
levita tan larga que tienes... Mira, te ruego por Jesucristo vivo que no
te me presentes delante con ella. Pareces el hermano mayor de la Paz y
Caridad... Pero ese día sí, ¿sabes?... Es para que don Oscar te tome
algún miedo... Pides mi blanca... digo, mi negra mano. A don Oscar se le
erizan los bigotes y muge. Mamá llora y dice: «¡Pobrecita hija! Si se la
ha de llevar un hombre, más vale que sea este señor de la levita larga,
que ya entiende de jabones». Ya veras qué bien se arregla todo.
No participaba yo, como he dicho, de su optimismo. El cuadro sinóptico
del bendito señor me traía loco. La curiosidad de Matildita estaba
fuertemente excitada al verme salir temprano de casa y no volver hasta
la noche, pues la mayor parte de los días almorzaba de prisa y corriendo
en un café. En la tertulia de Anguita ya empezaban a correr bromas sobre
mis desapariciones misteriosas. Excusado es decir que la que más
preocupada andaba con ellas era Joaquinita. Isabel también se me quejó
de que no iba por su casa ni le daba cuenta de la marcha de mis amores.
Dijo que había estado un día a visitar a su prima, y que por ella sabía
que hablábamos a la reja. «¡Parece mentira que sea usted más reservado!»
Estuve tentado a soltar en su pecho el fardo que tanto me pesaba, pero
un instinto de prudencia me retuvo. Quién sabe si me tomaría por un
mentecato, viéndome en aquella ridícula situación. Por fortuna o por
desgracia, vino un suceso inesperado a sacarme muy pronto de ella. Un
día, al entrar en el despacho de D. Oscar, me encontré repantigado en
una butaca al malagueño que había conocido en Marmolejo, a Daniel
Suárez, mi presunto rival en el amor de Gloria. Quedé sin gota de sangre
en el rostro. Toda debió fluir al corazón. Apenas tuve fuerzas para
hacer una mueca que quiso y no pudo parecer sonrisa.
--¡Hola! ¿Usted por aquí?--dijo al verme, levantándose a medias del
asiento y extendiéndome la mano.--No contaba verle tan pronto, amigo.
¿Cómo lo ha pasado usted?
--¿Se conocen ustedes, a lo que veo?--preguntó don Oscar con su voz
recia y profunda.
--Hemos sido compañeros de cuarto en Marmolejo hace unos tres meses,
poco más o menos... cuando Gloria estaba allí tomando las aguas,
¿sabusté?
Era el mismo hombre cínico y displicente. Sus ojillos negros y aviesos
bailaban, sonrientes, de mí a D. Oscar, reluciendo de malicia. Si fuera
posible quedar más desconcertado y confuso de lo que estaba, quedaría,
seguramente, con estas palabras. Sentí la mirada de don Oscar en la
mejilla, como una bofetada que me la enrojeció; pero no volví los ojos
hacia él.
--¿Viene usted de Málaga?--pregunté, por preguntar algo.
--Sí, señor, vengo de Málaga... Me trae aquí un asuntillo, ¿sabusté?...
un asuntillo--dijo, dando un chupetón y soltando el consabido chorrito
de saliva. Al mismo tiempo me clavaba una mirada risueña, donde quise
leer cierta burla despreciativa.--¿Usté también habrá venido a sus
negocios?
--Sí, señor, aquí me ha traído un asunto que, por fortuna, ya tengo casi
arreglado--respondí con tonillo impertinente, contestando a su mirada
burlona con otra de desafío.
El amor propio herido hizo despertar la cólera en mi pecho. Y sin entrar
en más contestaciones y sin volverme hacia D. Oscar, cuyos ojos sentía
siempre posados sobre mí, dije:
--Vaya, señores, ustedes tendrán que hablar... Hasta la vista.
--Vaya usted con Dios, amigo... Y que el asunto se arregle del todo--me
respondió Suárez.
Don Oscar no dijo una palabra. Pero al salir arrogante y altanero del
despacho, resuelto a cualquier violencia si se me provocaba a ella,
todavía sentí su mirada luciente y acerada en el cogote.
X