Hago amistad con un bendito señor.
Recibí al día siguiente una carta de D. Sabino el capellán, invitándome
a que pasara por su casa. Era para decirme, con mucho misterio, que
Gloria había salido del convento. Le di las gracias por la noticia, y,
haciéndome cargo de que esperaba algo más que esto, le pregunté si tenía
intención de permanecer en el cargo que ocupaba, o si aspiraba a otro.
Me confesó su ardiente deseo de un beneficio en la catedral. Le prometí
escribir a mi tío, y en efecto, así lo hice. Por cierto que me contestó
severamente, preguntándome si no creía que eran bastantes las cien
recomendaciones que todos los días recibía, para que un sobrino viniese
también a concluir con su paciencia. No le di cuenta, por supuesto, a D.
Sabino de esta carta.
El coloquio de la noche siguiente, si no tan prolongado, no fue menos
dulce para mí que el de la anterior. Gloria, más fértil en astucias que
el prudente Ulises, tenía ya un proyecto en la cabeza. Expresándole yo
con tristeza mi desconfianza de que algún día llegáramos a unirnos,
porque su madre no lo consentiría, exclamó riendo:
--¡Oh, qué pajarito eres tan madruguero! ¡Quién piensa todavía en esas
cosas!
Con disgusto cambié de conversación, temiendo haber cometido una
imprudencia; pero al cabo de un rato, ella misma volvió a sacarla de la
manera espontánea y graciosa que caracterizaba su charla.
--Mira tú, cuando nos casemos, haremos un viaje a Francia, y pasaremos
por las Provincias, ¿verdad? Tengo deseos de ver otra vez el colegio de
Vergara, donde estuve dos años... Porque nosotros nos casamos; es cosa
resuelta... Mi madre podrá tener intención de dedicarme a vestir
imágenes, pero desde ahora renuncio al empleo. Ni me siento en el
polletón, ni quiero que San Elías me apunte en su libro de memorias.
--¿Qué es eso de San Elías?
Me explicó que por Semana Santa sale un paso donde va San Elías con una
pluma en la mano y mirando a los balcones. Se dice en Sevilla que va
sacando una lista de las solteronas.
Reí de buena gana, porque me halagaba aquella resolución, y volví sobre
la idea de matrimonio y a dolerme por anticipado de los obstáculos con
que íbamos a tropezar.
--¿Sabes lo que se me ocurre en este momento?--dijo de pronto, mirándome
fijamente.--Pues se me ocurre que debías entrar en casa y ser amigo de
mamá... y de don Oscar.
--¿Quién es don Oscar?--le pregunté insidiosamente, pues, aunque vaga,
ya tenía noticia de quién era y qué representaba este personaje en la
casa.
--Don Oscar--dijo con alguna vacilación--es un señor que administra la
hacienda de mamá... Es amigo antiguo de la familia...
--¿Y vive con vosotras?
--Sí, desde hace tres o cuatro años... Como es un señor viudo sin hijos
y a mamá le sobraba mucha casa... se vino a vivir aquí...
Después me explicó que le era muy antipático, por el afán que tenía de
meter la nariz en todo y dirigirlo y mangonearlo.
--¡Las lágrimas que me hizo verter ese maldito en los meses que estuve
en casa hasta que volví al convento! Me puso un reglamento más estrecho
que el del colegio. Desde que me levantaba hasta que me iba a la cama,
no tenía un momento mío. Ahora quiso hacer lo mismo... ¡pero ya me lo he
sabido sacudir!... Bueno--añadió, haciendo un gesto con la mano, como si
alejase ideas enfadosas de la mente.--Importa mucho que tú te hagas
amigo de este señor, porque mamá no ve más que por sus ojos. Lo mejor
para ello es que vengas recomendado por algún carlista de los gordos,
porque este señor es muy beato, ¿sabes?...Si te fingieras oficial de don
Carlos, ¡qué gran golpe! Te recibiría, de seguro, con los brazos
abiertos... Y tú tienes tipo de militar, con esos bigotes retorcidos y
esa perilla. Además, eres buen mozo...
--Muchas gracias...
--Hombre, déjame que te diga alguna mentirilla, en pago de las que me
has ensartado desde que nos conocemos... Pues nada, te finges oficial,
pides una carta de recomendación a cualquiera y vienes a hacernos una
visita.
Por la obstinación con que sostuvo este plan y por el modo resuelto y
habilidoso con que iba descartando las dificultades que a él se oponían,
entendí que lo tenía muy meditado. Quedé convencido de que, a pesar de
lo dicho, había madrugado tanto como yo a pensar en nuestro matrimonio.
El mayor obstáculo era que yo no había estado en la guerra y no podía
hablar de las batallas y los sitios, que sólo conocía de oídas o por los
datos vagos de los periódicos.
--Mira, don Oscar tiene una porción de historias y documentos de la
guerra. Mañana te traigo dos o tres libros, los lees, y luego vuelvo a
colocarlos en su sitio. Aunque los echase de menos, ¿cómo iba a presumir
que yo se los había llevado?
--¿Y la carta de recomendación?
--Para eso entiéndete con tío Jenaro. Él es también un poco carlista y
tiene un hermano que ha sido general con don Carlos... Sabe muchas cosas
de la guerra, y podrás aprovechar algo de lo que él te diga.
El plan era arriesgado; pero Gloria me infundía aliento, y me dispuse a
llevarlo a cabo con la prudencia y astucia que me fuera posible. No
quise pedir la recomendación al conde. Comprendía que, siendo él también
carlista, le había de repugnar algo esta farsa, por más que su
amabilidad le hiciera consentir en ella. Me dirigí a Villa, a quien
había oído decir que tenía un tío en Cádiz, presidente del comité
carlista. En cuanto le manifesté mi plan, se apresuró con júbilo a
secundarlo. Escribiole a su tío pidiéndole una carta de recomendación
para D. Oscar, destinada a un oficial carlista amigo suyo, y no se hizo
esperar. Provisto de ella, y después de haber convenido con Gloria la
hora y las circunstancias de la visita, me personé en su casa a eso de
las once de la mañana, preguntando por D. Oscar.
La criada que salió a abrirme me condujo, al través del patio que yo
había mirado tantas veces desde fuera, a la sala de recibo, desde donde
Gloria me hablaba. Aunque turbado y tembloroso, no pude menos de echar a
la ventana una mirada enternecida. Sobre su alféizar se sentaba mi
saladísimo dueño todas las noches. ¿Dónde se encontraría ahora? El
corazón me decía que no debía de andar muy lejos; pero, por más que miré
con atención a todos lados, desde que traspuse la cancela, no había
logrado ver ni el borde de su vestido. La estancia donde me hallaba no
era grande. Tenía el sello característico de las salas donde no se hace
vida de familia y se destinan solamente a las visitas. Los muebles,
antiguos todos, se hallaban esmeradamente cuidados y colocados en
perfecto orden y simetría: las sillas forradas de seda color oro viejo,
de alto respaldo terminado con unas bellotitas de poco gusto. El suelo
tapizado de estera fina de paja. Con el sombrero en la mano y las manos
colocadas sobre los riñones, comencé a dar vueltas examinando los
cuadros que colgaban de las paredes. Lo primero que llamó mi atención
fue un retrato al óleo que representaba una mujer joven y agraciada, con
lejano parecido a Gloria. Llevaba en la cabeza la alta peineta que se
gastaba a principios del siglo, lucía hermoso pecho y tenía entre las
manos una paloma. Presumí que sería la madre de Gloria. A entrambos
lados había dos cuadritos al pastel que decían debajo: «_Les petits
favoris du jeune âge_». El uno representaba un niño dando de comer a
algunos conejos. En el compañero se veía a otro niño abrazado a un
corderito. Frente a estos cuadros, en el lienzo opuesto, había un reloj
en forma de cuadro, igualmente representando un paisaje; por el día
señalaba las horas un pequeño disco que figuraba ingeniosamente el sol;
por la noche debía de señalarlas otro que figurase la luna. A los lados
había dos medallones bordados sobre papel con sedas de colores y en el
centro la firma de Gloria Bermúdez, y debajo una fecha bastante
atrasada.
Aquella salita tenía extremado carácter, como hoy se dice. Respirábase
una atmósfera donde se mezclaba el sosiego, la mojigatería, el bienestar
físico, el misticismo, la soledad y la riqueza, que no sabría decir si
la hacía grata o desagradable. No era de esas estancias que acusan al
instante los gustos, la vida y hasta el carácter de sus dueños. Detrás
de aquel orden, de aquella limpieza y esmero, no se notaba más que
cierto apego a la tradición y una vida retraída, sin saber por qué
causa. Lo mismo podía vivir allí una familia de la Biblia que de una
tragedia de Shakspeare. Olvidábaseme decir que no sólo en el patio, sino
en todo el tránsito que había recorrido, en los rincones de la sala y
hasta en el medio de ella, se veían tiestos con flores. Luego que hube
examinado todo lo que allí había, acerqué la nariz a estas flores,
claveles, alelíes, rosas, y me pasé algunos segundos tratando de
embriagarme con su perfume para calmar la inquietud que me atormentaba.
Escuché entonces algunos golpecitos como dados en un cristal. Alcé los
ojos, y vi pegado a las vidrieras de la puerta de la alcoba el rostro
sonriente de Gloria. Con la agradable sorpresa que puede imaginarse me
dirigí rápidamente allá; pero se retiró, poniendo un dedo en los labios,
y no volví a verla.
Habían transcurrido diez minutos lo menos desde que la criada me había
dejado en la sala, y D. Oscar no parecía. Aún transcurrieron otros
cuantos. Al fin la puerta, que estaba entornada, se abrió y dejó paso a
un hombre de figura por cierto originalísima. Era de estatura mucho
menos que mediana, lo cual dependía, a no dudarlo, de la cortedad de las
piernas, pues el torso era grande, robusto, casi atlético. Las facciones
correctas, los ojos saltones y negros adornados con espesas cejas. Pero
lo que caracterizaba fuertemente a aquel rostro eran unos enormes
bigotes blancos que tapaban lo menos la mitad. Podría tener sesenta y
pico de años.
--Servidor de usted, caballero--me dijo con desembarazo al entrar,
clavándome sus ojazos.
La voz me dejó aún más confuso. Era un vozarrón poderoso de bajo
profundo, áspero y seco, como si las cuerdas vocales fuesen de cáñamo.
Saludele cortésmente, y venciendo la agitación que quería dominarme, le
presenté sonriendo la tarjeta del tío de Villa.
--¡Ah! De don Alfonso.
Y enterándose rápidamente de lo que decía, levantó la cabeza, exclamando
con satisfacción:
--¿Conque es usted de los netos? ¿Y ha hecho la campaña en el Norte?
Apriete usted esa mano, compañero. A nadie se la doy yo con más
satisfacción que a los soldados del rey y la religión... ¿Con qué
general ha estado usted?
--He servido a las órdenes de Ollo y Dorregaray. En dos días me había
tragado un número harto considerable de noticias referentes a la
guerra, sacadas de la biblioteca misma de aquel extraño personaje. Tenía
la cabeza mareada y corría grave peligro de equivocar los datos y decir
algún disparate. Pero, comprendiendo que en la situación en que me
hallaba hacía falta serenidad y osadía, me dispuse a responder con
aplomo a todas las preguntas.
--¡Pobre Ollo!--exclamó D. Oscar.--¡Qué lástima de hombre! Era uno de
los mejores generales que el rey tenía.
--Estaba yo a treinta pasos de él cuando cayó muerto--dije con la mayor
desvergüenza.
--¿Un casco de granada?
--Le hizo pedazos la cabeza.
--¿Qué graduación tenía usted?
--Teniente de la cuarta del primer batallón navarro.
--A la entrada del rey en Francia, le habrá a usted hecho capitán.
--Eso es; todos ascendimos un empleo.
Invitome a sentarme con vivas instancias, y hablamos un rato de la
guerra y de nuestras esperanzas, quiero decir, de las suyas, porque las
mías se cifraban en cosas bien distintas y de las que él, por fortuna,
estaba ignorante. Creo que puedo decir, sin faltar a la modestia, que
salí no sólo bien, sino con lucimiento, del compromiso. Mi imaginación
supo llenar los vacíos que en las noticias de los libros existían,
describiendo interesantes y pintorescos pormenores, los accidentes de
los combates en que me había hallado, los sitios, las personas,
reconstruyéndolo todo con los vagos datos que tenía. Al mismo tiempo
huía con cuidado de aquellos sucesos de más bulto, que mi hombre podía
tal vez conocer bien. No insistí más que en las escaramuzas. En una de
ellas, mientras esperábamos un convoy enemigo ocultos en un bosque de
robles, sentí cierto campanilleo extraño y temeroso. Eran las espuelas
de los soldados de caballería, que chocaban, por el temblor de las
piernas, con las vainas de los sables.
--¿Cómo por el temblor? Yo pensé que los valientes voluntarios del rey
no temblaban jamás.
--¡Oh! Crea usted, señor, que cuando se entra en batalla, al que más y
al que menos se le encoge un poco el corazón. Es cosa de un momento. En
cuanto se entra en la pelea, pasa.
Este dato, que yo había oído a un oficial amigo, como era en perjuicio
nuestro, imprimió gran sello de verdad a todas mis noticias. Mientras
departía con él, no dejaba de observarle. Hablaba con gran firmeza y
aplomo, no parecía tonto, y mostraba cierta superioridad que me
humillaba, aunque yo no fuese lo que estaba aparentando. Alguna que otra
vez me interrumpía extendiendo la mano; hacía una observación en
términos precisos, y cuando terminaba, volvía a extender la mano,
diciendo lleno de condescendencia: «Puede usted continuar». Cuando me
dirigía alguna pregunta y yo me disponía a contestar como Dios me
sugiriese, solía atajarme exclamando; «¡Método! ¡método! No comience
usted por el fin, porque no nos entenderemos». Escuchaba después con
cortesía no exenta de severidad, dignándose aprobar con la cabeza
mientras yo llevaba la palabra. En suma, los modales y las palabras de
aquel señor, lo mismo que su rostro, parecían los de un ser superior, un
poderoso gigante confiado en su fuerza, seguro de que su destino era el
de dirigir a los demás seres que pueblan la tierra. De aquellas míseras
piernas con que el cielo le había dotado hacía caso omiso. Por ventura
se forjaba la ilusión de que correspondían perfectamente al ciclópeo
torso y a su espíritu altanero. Preguntome por algunos personajes del
carlismo que él había conocido, y dio la casualidad que siempre me había
hallado algunas leguas distante de ellos. En cambio le hablé largamente
del Pretendiente, a quien conocía por las fotografías, y de su esposa
D.ª Margarita.
Por fin llegó la pregunta que esperaba.
--¿Y qué vientos le traen por aquí, señor Sanjurjo?
Como tenía bien preparada la respuesta, le expliqué prolijamente las
desgracias que me habían acaecido desde la paz. Primero, había residido
dos años en Bayona, manteniéndome con los recursos que nos
proporcionaban a los emigrados algunas personas acaudaladas del partido.
Cuando cesaron, me vi precisado a venir a España, y vivir a expensas de
un hermano que tenía en Galicia, ayudándole en la administración de sus
rentas. Pero este hermano había fallecido, y su esposa, a quien
pertenecían todos los bienes, tenía un carácter que me había hecho
padecer bastante, hasta que al fin rompimos definitivamente. Quedé sin
medio alguno para vivir. Durante algún tiempo me sostuve como pude un el
pueblo; pero ya, últimamente, lo pasaba tan mal, y me daba tal vergüenza
deber algunas mensualidades en la posada, que decidí marcharme y buscar
en cualquier parte una colocación honrosa.
D. Oscar escuchó con atención mi relato. Después comenzó a hacerme
observaciones severas sobre los males que acarrea la falta de previsión
y de ahorro, dándome una verdadera lección de economía doméstica. Para
él, todas las desgracias humanas dependían de la falta de previsión y de
método en la vida. «Distribuya usted bien el tiempo, distribuya usted
bien el dinero, y todos seremos felices, y el mundo será una balsa de
aceite.»
--Aquí, en Andalucía, casi, casi nos podemos creer dentro de ella. Todo
lo componen con aceite las cocineras--dije sonriendo.
No le pareció bien la bromita. Permaneció grave y severo, y prosiguió
desenvolviendo su tesis. No es que supusiera que yo había sido un
malversador... pero se autorizaba el dudar que hubiese aprovechado todo
el tiempo en cosas útiles.
--¡Oh, en cuanto a eso!...
--¿Lo ve usted?--exclamó con aire triunfal.--Pero, en fin, usted es muy
joven aún, y puede corregirse.
Quedose después algunos instantes pensativo, y al cabo dijo, como si
tomase una resolución importante:
--Voy a presentarle a la señora de la casa, una persona de grandísimo
talento y consejo. Lo hago porque es usted un oficial de S. M., y deseo
serle útil.
Agradecí el inusitado favor que me hacía. En cuanto se levantó del
asiento, le perdí el respeto que le había tenido mientras permaneciera
sentado. En esta posición, y no mirándole a las piernas, lo infundía
realmente por sus bigotes, por su corpulencia, y sobre todo por su
extraordinario vozarrón, que atronaba los oídos. Mas en cuanto ponía los
pies en el suelo, volvía a ser el enano ridículo que me había excitado
la risa al entrar. Olvidado siempre de sus piernas, o equivocado sobre
su valor intrínseco, avanzó hacia la puerta pisando muy fuerte, la abrió
y gritó como un trueno:
--¡Doña Tula! ¡doña Tula!
Al instante se oyó una vocecita lejana:
--¿Qué se ofrece, don Oscar?
--Tenga usted la bondad de venir un instante--volvió a decir el
cíclope-enano.
--En seguidita.
Tornó a sentarse a mi lado, diciéndome en voz que para ser confidencial
tuvo que semejar a un sordo gruñido:
--Va usted a ver qué talento tan portentoso. La penetración de esta
buena señora asombra a todo el mundo...
Me eché a temblar, pensando que con tanta penetración no podría menos de
descubrir al instante que yo no era oficial carlista, sino el novio
gallego de su hija Gloria.
--Y a su inteligencia, verdaderamente extraordinaria, se une una piedad
ejemplar... verdaderamente ejemplar... ¡Oh, es más entusiasta que yo
todavía por los héroes de la guerra!... Luego, tiene un tacto
maravilloso para conducirse en sociedad, aunque sus costumbres austeras
no le permitan estar mucho tiempo dentro de ella... ¡Es una santa! En
cuanto usted la conozca un poco, le inspirará un profundísimo respeto.
Le apetecerá prosternarse y besar la orla de su vestido...
«Por conducto de las mejillas de su hija, no diré que no», pensé.
--Luego, inocente, a pesar de sus años, como una paloma... Pero ya me
extraña que no venga--añadió, levantándose y avanzando otra vez a la
puerta con más fuerte y poderoso taconeo.
--¡Doña Tula! ¡doña Tula!
La voz del medio cíclope hizo retemblar la casa.
--Ahorita.
Todavía tardó algunos segundos, durante los cuales D. Oscar permaneció
inmóvil, cogido a la puerta como uno de esos enanos decorativos que se
colocan a la entrada de los panoramas para atraer a la gente.
Llegó al fin D.ª Tula. Era una señora bajita también, pero bien
proporcionada, de tez pálida, ojos claros y facciones regulares. Sus
cabellos rubios, donde brillaban muchas hebras de plata, estaban
peinados formando un número considerable de ondas o rizos pegados a la
frente con goma. Su traje era un poco extravagante, o por lo menos
impropio de una señora de su edad, pues frisaría ya en los sesenta.
Consistía en falda oscura y pañuelo color crema de seda atado a la
cintura, como lo gastan las artesanas en mi país, y otro pequeñito de
batista anudado a la garganta a guisa de corbata. De joven habría sido
una mujer muy linda, aunque sin la gracia que caracterizaba a su hija,
con quien guardaba cierto parecido, que más bien debiera llamarse aire
de familia. El conjunto no era simpático. Había en aquella figura un
nosequé de estrafalario y misterioso que chocaba y repelía. Mas el
pensamiento de que era la madre de Gloria hacíame mirarla con vivo
interés, y hasta cariño.
--Tengo el honor de presentar a usted al señor Sanjurjo, oficial de los
ejércitos de S. M. don Carlos, que ha hecho la campaña del Norte.
--¡Oh! ¡Es usted militar carlista!--exclamó con vocecita dulce y
sonriendo.--¡Cuánto me alegro de conocerle! ¡Pobrecito! ¡pobrecito!
No dejó de sorprenderme aquella compasión tan prematura, cuando yo no
había narrado en su presencia desgracia alguna, ni siquiera había
abierto la boca.
--Señora, la alegría y el honor son míos--pronuncié algo turbado.
--Y viene usted a hacer un viajecito por nuestro país, ¿verdad? ¡Cuánto
me alegro! ¿Le gusta a usted Sevilla?
--Muchísimo. Es una ciudad encantadora.
--Muchísimo, ¿verdad? ¡Pobrecito! ¿Y piensa usted permanecer aquí todo
el verano?
--Señora, eso depende de las circunstancias--dije echando una mirada de
inteligencia a D. Oscar, quien se dignó aprobar con la cabeza.
--Vamos, al parecer, trae usted asuntos pendientes con don Oscar.
¡Cuánto me alegro! No le pesará a usted nada de ello, porque este
bendito señor se pinta para arreglar cualquier negocio, por intrincado
que sea. ¿De dónde viene usted ahora, de Navarra?
--No, señora; de Galicia, donde he nacido.
--¡Ah, de Galicia! Entonces, no me asombra que esté usted encantado con
este país. ¡Qué diferencia! ¿eh?
--Sí, señora, mucha... Pero aquello también es bonito.
--¿Lo encuentra usted así? ¡Ay, pobrecito, cómo quiere a su patria!
Y volvió los ojos hacia D. Oscar, para hacerle participe de la compasión
que sentía, no sé si por mí o por Galicia, o por ambos a la vez.
Doña Tula, en su acento, era una andaluza más cerrada, si cabe, que
Gloria. Si ésta se comía la mitad de las letras del abecedario, su madre
se comía lo menos las dos terceras partes. Su amabilidad era tan melosa
que no despertaba agrado. Al cabo de un momento se veía que decía las
cosas maquinalmente, y que debajo de aquel aparente interés no había más
que indiferencia. En el espacio de pocos minutos me hizo un sin fin de
preguntas, muchas de ellas tan insustanciales que era dificilísimo
contestarlas. Sus ojos estaban siempre clavados en mí con expresión
dolorosa de piedad, como si le estuviese dando cuenta de los más tristes
y amargos pesares. Confieso que aquella mirada insistente y
ridículamente compasiva llegó a irritarme la bilis.
--¿Conque no ha estado usted en Sevilla hasta ahora? ¡Pobrecito!
¿Entonces no habrá usted visto la Semana Santa? ¡Ay, madre mía, no haber
visto nunca las procesiones del Jueves y Viernes Santos, no haber visto
las cofradías ni los pasos, no haber visto al divino Señor del Gran
Poder ni a la Santísima Virgen de la Esperanza!... ¡Parece mentira,
vamos, parece mentira! ¡Pobrecito!
Si me hubiera dejado llevar del genio, le habría dicho que había muchas
cosas en el mundo que me gustaría ver más que aquéllas. Pero en vez de
hacerlo, le manifesté con el mayor servilismo que lo consideraba como
una gran desgracia, y que aceptaría cualquier sacrificio por verlas
algún día. Llegó mi rebajamiento hasta suplicarle me indicase cómo me
arreglaría para visitar algunas de aquellas santas y primorosas imágenes
en sus santuarios. Entonces, D.ª Tula, con el acento de una persona que
va a mostrar a un moribundo el medio de librarse de sus dolores y volver
a la vida, me fue dando noticia de las iglesias, las calles en que
estaban situadas, las horas en que podían verse y los parajes de las
capillas en que las imágenes se hallaban colocadas.
Yo escuchaba con afectada atención, pero el severo D. Oscar comenzó a
dar señales de impaciencia y concluyó por decir:
--Bueno, doña Tula; ya le irá usted dando esas noticias poco a poco,
pues de una vez todas no es fácil que las retenga.
--Verdad, don Oscar, verdad. Tiene usted mucha razón. ¡Como soy tan
polvorilla!... Lo mismo era mi difunto. Nos juntábamos un par, que no
hacía falta más que un tantito así (_señalando con el dedo_) para que
saltásemos por la chimenea.
--Ya se ve bien por el resultado de tal unión--dijo el enano con mal
humor.
--Es verdad... Lo dice por mi hija Gloria (_dirigiéndose a mí_).
--¿Tiene usted una hija?--preguntele yo con la mayor indiferencia.
--Sí, señor, tengo una hija, que parece amasada con rabos de lagartijas.
¡Jesús, qué criatura! Desde que ha venido al mundo, no se ha estado
quieta un minuto en ningún sitio.
«Señora, no mienta usted. ¡Pues si está dos horas lo menos todas las
noches sentada a la ventana hablando conmigo!»
Esto me apeteció decirle, pero me lo guardé. En su lugar pregunté,
afectando cada vez más indiferencia:
--¿Hace muchos años que es usted viuda?
--¡Oh! Sí, bastantes. Mi marido tenía el pobrecito un genio demasiado
vivo para poder vivir mucho tiempo. La pobrecita de mi hija se quedó
huérfana a los siete años...
Y con fastidiosa prolijidad para cualquiera, menos para mi a quien
interesaba aquella historia, me la contó, perdiéndose en un mar de
pormenores, mientras D. Oscar, impaciente y cejijunto, tocaba el tambor
con los dos sobre el brazo del sofá.
--¡Oh! ¡Si viera usted cuántos trabajos he pasado por todos estilos! Las
travesuras de mi hija no me dejaban ni un ratito de sosiego. Luego, Dios
nuestro señor quiso probarme con unos dolores tan fuertes de cabeza, que
pensé volverme loca. Estos dolores me vinieron, sin duda, al ver que la
fortuna ganada por mi pobrecito esposo se iba deshaciendo poco a poco y
no podía hacer nada para remediarlo. Claro, a nosotras las mujeres nos
engañan con mucha facilidad. ¿Qué sabía yo de administrar ni regir unos
negocios tan complicados? Entonces fue cuando pedí auxilio a este
bendito señor que usted tiene delante. Y en seguidita que él se puso al
frente, las cosas cambiaron de golpe, y todo comenzó a ir como una seda.
Él fue quien puso en claro las cuentas, se entendió con los acreedores,
hizo marchar la fábrica, que estaba en pérdidas... En fin, ha sido la
Providencia de mi hija y la mía. A este bendito señor debemos el poder
hoy comer, porque si no hubiera sido por él, Dios sabe si estaríamos
pidiendo una limosnita en las calles. ¡Si usted supiera la cabeza que
tiene este bendito señor y lo dispuesto que es para todo!...