TROPIEZO CON UN GRAVE ESCOLLO

Cuando se hubieron pasado los primeros momentos de sorpresa y de cólera

y, ya en la calle, pude reflexionar, caí en un profundo abatimiento.

Creí que todo había venido al suelo, todo lo que constituía mi

felicidad. La intención del malagueño no podía ocultárseme. Lo que

seguiría después de doña Tula y el bendito señor se enterasen de mi

intriga podía sospecharlo. Maldije la hora en que había conocido a aquel

antipático sujeto, y le deseé de todas veras la muerte. Hecho lo cual,

me dije con heroica decisión que yo no renunciaría por él ni por todos

los malagueños diseminados por el globo al amor de Gloria y que nos

veríamos las caras.

Sin embargo, el horizonte se presentaba muy oscuro, había que

reconocerlo. Era menester comenzar de nuevo y urdir otras intrigas. Se

urdirían. ¡Vaya si se urdirían! Pero ¿cómo empezar, si cortaban toda

clase de relaciones entre Gloria y yo y se la llevaban a otro sitio, a

un convento quizá? Pues la seguiría adondequiera que fuese y armaría un

tejido tal de invenciones, que concluyesen por marearlos y hacerles

ceder. Ceder, ¡ay! Si no estuviesen los cien mil pesos de Gloria por el

medio, ya lo creo que cederían. «Pues yo no renuncio tampoco a ellos,

aunque me hagan tajadas--dije con energía, entre dientes--. Podría

renunciar si no se tratase más que de mí, y aun, si se quiere, de ella,

pero hay que tener presente que mañana tendremos hijos, y que yo no

puedo, en conciencia, despojarlos de lo que es suyo.» Pensando en estos

hijos nonatos, despojados sin culpa del haber materno, me enternecí.

Pasé aquel día en un estado de fuerte excitación, ideando mil

monstruosidades y majaderías. Por la noche, al llegar las once, a

sabiendas de que Gloria no podía estar en la reja, las piernas me

llevaron a la calle de Argote de Molina. Calcúlese mi sorpresa y alegría

cuando al pasar por delante de la casa vi la ventana abierta y percibí,

como todas las noches, blanquear la figura indecisa de mi adorado sueño.

Acerqueme con precaución, temiendo una emboscada; pero en seguida me

convencí, al escuchar su voz, de que eran infundados mis temores. Me

saludó muy enfadada, llamándome chinchoso, feo, ente, fatuo...,

¡gallego! Este era siempre el último insulto y el que, en su opinión,

resumía y compendiaba todos los demás. La razón de aquella granizada de

denuestos: que hacía diez minutos largos que eran sonadas las once y que

esperaba. Quedé estupefacto.

--Pero, chica, ¿no sabes?

--¿Qué?...

Quise contarle el encuentro que había tenido por la mañana.

--Toíto lo sé; no me cuentes... ¿Y qué hay con eso?

--Pensé que tu mamá y don Oscar, al saber el engaño, te regañarían...

--¿Regañar?... Me armaron una escandalera atroz... Por supuesto, yo te

negué con más desvergüenza que San Pedro a su Maestro... ¡Qué quieres,

hijo..., las circunstancias!... Me preguntaron si te conocía... «En mi

vida le he visto», contesté. «Pues ha estado en Marmolejo cuando tú.»

«Pues no he reparado en él.» No es fácil que se hayan tragado la bola,

porque es muy gorda; pero Daniel no debió de decirles nada. Se ha

portado mejor de lo que podía esperarse.

--Si no lo ha dicho, lo dirá--manifesté con mal humor, producido por

oírle llamar al malagueño por su nombre de pila, lo cual me parecía ya

una infidelidad.

--¡Pues que lo diga! Si me aburren mucho, me planto como los

borriquillos gallegos... (¡perdona, chico!) y digo: Señoras y

caballeros, hasta aquí he llegado...

Me enteré de la edad que tenía, diecinueve años cumplidos, y propúseme

consultar a algún abogado para saber si podría casarme contra la

voluntad de su madre. Le dije también que, aunque Suárez hubiera sido

discreto, tenía el convencimiento firme de que tramaba algo contra

nosotros y que pronto se había de ver el resultado. Convino conmigo en

que era imposible que volviese a presentarme en su casa. Aunque

ignorasen los pormenores, lo mismo don Oscar que su madre estaban

seguros de que yo no era tal oficial carlista y que venía en seguimiento

de ella desde Marmolejo. Cuando le expresé mi temor de que cortasen

aquellos coloquios a la reja, me respondió con resolución:

--Si me quitan la reja, ya buscaremos otro medio.

El ánimo de Gloria y la confianza que mostraba en los recursos de su

imaginación me la infundían a mí también y me tranquilizaban. Al día

siguiente, no conociendo a más jurista en Sevilla que a Olóriz, que

estaba en el último año de la carrera, le consulté sobre los requisitos

del matrimonio. Aunque se atusó gravemente la preciosa barba y metió dos

o tres veces los dedos por la rizada selva de sus cabellos, masticando

algunas generalidades, comprendí que sabía tanto como yo sobre el

particular. Fui con él a su cuarto y examinamos los libros donde se

declaraban. Allí vi que mi adorada pronto estaría en edad de casarse con

quien quisiera. Por la noche comuniqué a ésta la noticia; pero, en vez

de recibirla con alegría, se me puso muy enojada.

--¿Qué? ¿Un año todavía? ¿Y me lo cuentas con esa tranquilidad?...

Ceferino, mira que te lo digo yo, ¡tú no tienes corazón!

--¡Oh Gloria!--respondí, todo sofocado, llevándome la mano al pecho--.

No me digas eso. Aquí lo siento latir sólo por ti. Si dejases de amarme

algún día, tengo la seguridad...

--Pero, hombre, repara que te estás llevando la mano al lado derecho, y

ahí no puede estar el corazón.

Después dijo proféticamente, con una resolución que me inundó de

alegría:

--¿A cuántos estamos hoy? A cuatro de agosto, ¿verdad?... Bien; pues el

día primero de octubre será nuestra boda.

Sin estorbo alguno, con igual seguridad y placidez que antes,

proseguimos nuestros coloquios nocturnos a la reja. Yo estaba algunas

veces inquieto, sin embargo, imaginando que la hora menos pensada una

delación del malagueño podría concluir con ellos. Su mismo silencio me

daba miedo, haciéndome pensar en terribles asechanzas. Pero Gloria no

sentía preocupación alguna. Cuando le interrogaba acerca de Suárez, me

respondía que frecuentaba, en efecto, la casa, porque traía negocios

mercantiles con don Oscar, que le hablaba alguna que otra vez; mas

nunca, en su conversación, había hecho alusión a nuestras relaciones, ni

tampoco se había propasado a galantearla más que en los términos vagos

que en Andalucía carecen por entero de significación. Poco a poco me iba

serenando. Allá, en el fondo, estaba quizá contento por haber sacudido

de los hombros el tremendo cuadro sinóptico de don Oscar.

Las noches eran calurosas, asfixiantes. Cuando no iba a casa de Anguita,

después que dejaba al amigo Villa, me agradaba dar vueltas por la ciudad

en espera de las once, a pasos cortos y lentos, arrastrando los pies.

Pasear a aquellas horas por las calles de Sevilla era lo mismo que

visitar lo interior de las casas. Las familias y los tertulios se

hallaban reunidos en los patios, y los patios se veían admirablemente

desde la calle, al través de las cancelas. Veía a las jóvenes, con

trajes claros, columpiándose en las mecedoras, los negros cabellos en

trenza, adornados con alguna flor de vivos colores, mientras sus

galanes, montados sin etiqueta en las sillas, departían con ellas en voz

baja o les daban aire con el abanico. En algunos patios se tocaba la

guitarra y se cantaban alegres malagueñas o peteneras, de notas

prolongadas, melancólicas, coreadas por los «¡olés!» y el palmoteo del

concurso. En otros, una o dos parejas de niñas bailaban seguidillas. Los

palillos sonaban con gozoso chasquido; las siluetas de las bailaoras

pasaban y repasaban por delante de la cancela, en actitudes ora

arrogantes, ora lánguidas y desmayadas, siempre provocativas, llenas de

promesas voluptuosas. Estos eran los patios que podían llamarse

tradicionales. Los había también modernos o modernizados, donde sonaban

en el piano los valses de moda o los trozos más notables de las

zarzuelas estrenadas en Madrid recientemente, cuando no se cantaba el

_Vorrei morir_, o _La stella confidente_, u otra de las piezas que los

italianos componen para recreo de las familias sensibles de la clase

media. Habíalos, por último, de carácter misterioso, donde la luz andaba

sobradamente regateada, silenciosos, tristes, en la apariencia.

Fijándose un poco, solía percibirse, a la media luz que reinaba entre el

follaje de las plantas, alguna pareja amartelada. Y si el transeúnte

detuviese el paso, quizá llegara a su oído el leve, blando, rumor de un

beso, aunque no lo doy por seguro.

De todos modos, aquellos fuertes toques de luz que salían de los patios,

aquel soplo rumoroso que pasaba a través de la enrejada puerta, animaban

la calle y esparcían por la ciudad ambiente de cordialidad y de alegría.

Era la vida meridional, franca, bulliciosa, expansiva, que no teme la

mirada curiosa del paseante, antes la solicita y se huelga con ella,

donde aún late vivo, después de tantos siglos, el sentimiento de la

hospitalidad, la religión de los árabes. Sevilla ofrecía a tal hora un

aspecto mágico, un encanto que turbaba el ánimo y convidaba a soñar.

Creíase estar dentro de una ciudad calada, transparente, de un inmenso

cosmorama de aquellos que, cuando niños, inquietan nuestra fantasía y

despiertan en el corazón ansias invencibles de lanzarse a otras regiones

misteriosas y poéticas. Aspirábanse aromas embriagadores. Ni un leve

soplo de brisa refrescaba la frente. Mis pasos eran cada vez más cortos

y más tardos, recorriendo, mareando, el confuso laberinto de las calles,

animadas con vivas ráfagas de luz, regaladas de músicas y vibrantes de

gritos y carcajadas femeninas.

Llegaban las once, y entonces mis pies se movían presurosos por la

revuelta calle de Argote de Molina, hasta alcanzar la casa de Gloria. El

misterio daba a nuestras entrevistas un encanto infinito. Con la frente

apoyada en las rejas de la ventana, sintiendo el hálito blanco de mi

amada y el roce de sus cabellos perfumados, dejaba transcurrir las

horas, que tal vez serán las más felices de mi existencia. Gloria

hablaba, hablaba sin cesar. Yo, ofuscado por la luz de sus ojos, que,

como dos acumuladores eléctricos, iban lenta y suavemente

magnetizándome, la escuchaba sin pestañear, acariciado por aquel acento

andaluz, dulce y salado a la vez, cuyo recuerdo hace suspirar a más de

un inglés en las brumas de la Gran Bretaña. ¿De qué hablaba? Apenas lo

sé: de los sucesos insignificantes del día, de las nonadas de la vida;

algunas veces, de lo por venir, imaginando mil proyectos contradictorios

que me hacían reír; algunas también, de sus recuerdos de convento.

Gozaba extremadamente oyéndole contar las travesuras de su época de

colegiala, los mil incidentes, tristes o cómicos, que le habían pasado

en el colegio.

De niña era un diablejo irresistible, lo reconocía ingenuamente. Apenas

se pasaba día sin que dejase de proporcionar algún disgusto a las

hermanas. La vida triste y monótona del colegio no era para ella. Se

levantaban muy temprano y hacían media hora de oración en la sala de

clases. Luego oían misa. A la salida se hablaban, preguntándose por la

salud únicamente. A la hora de recreo, o _récréation_, como allí se

decía, también se hablaban. Fuera de estas horas estaba prohibido

comunicarse. Pero ella nunca había cumplido esta orden, ni mientras

colegiala, ni cuando hermana. «No podía, hijo, no podía. Se me agolpaban

las palabras a la lengua, y, o salían, o estallaban.» En cierta ocasión,

por haberse burlado de la hermana San Onofre, la habían encerrado en la

buhardilla. Desde allí se veía un cuartel, y, oyendo gritar al

centinela: «¡Centinela, alerta!», contestó a grito pelado: «¡Alerta

está!» Esto produjo un verdadero escándalo en el colegio, y le acarreó

un castigo ejemplar. Pero se burlaba de los castigos lo mismo que de las

hermanas. Muchas veces le imponían por penitencia entrar en todas las

clases, hincarse de rodillas en medio de ellas y hacer algunas cruces en

el suelo con la lengua. No le importaba. Al contrario, lo que hacía era

excitar la risa de las otras niñas con sus muecas. Quise saber algo de

la madre Florentina. Lo que me había dicho la monja francesa había

despertado mi curiosidad.

--¡Ah! La madre Florentina era muy buena. Nos llamaba siempre _filletas_

y nos dejaba hacer cuanto queríamos, menos cuando tocaban a trabajar.

¡Oh! Entonces no había más remedio que apretar durito. No consentía en

nuestros cuartos ni un tantico así de polvo. Nos tenía barriendo hasta

que quedaban como un espejo. ¿No sabes que ella también pagó caro el

bailoteo de Marmolejo? Se la depuso y se la obligó a pedir perdón de

rodillas a la comunidad. ¡Pobre madre! Por culpa nuestra..., quiero

decir, por culpa tuya.

--He sabido que no era ya superiora por la monja que salió a abrirme en

el colegio; una monja guapa, por cierto, con ojos muy severos y acento

extranjero.

--¡Ah, sí! La hermana Desirée.

--Mal genio debe de tener.

--¡Condenadísimo! No somos amigas. Cuando era educanda no me dejaba

vivir. Hasta que un día vino el trueno gordo, ¿sabes?, quiero decir,

hasta que le rompí la cabeza. Desde entonces quedó como un guante.

--¡Romperle la cabeza!--exclamé, sorprendido.

Me lo explicó con lujo de pormenores. Un día, a la comida, advirtió que

su cuchara tenía cardenillo, y lo dijo en voz alta. La hermana Desirée,

que tenía la intención de un veragua, tomó la cuchara, la limpió y se

fue a la superiora con el cuento de que no quería comer con ella por

capricho. La superiora, entonces, le había mandado lamerla delante de la

comunidad y de las otras niñas. Lo hizo por no dar mal ejemplo; pero en

seguida se levantó y se fue a encerrar en su celda. La hermana Desirée

la siguió y quiso traerla de nuevo a la mesa, a viva fuerza. Comenzó a

reprenderla ásperamete, diciéndole mil insultos, y hasta trató de

golpearla. Entonces, al sentir la mano de la profesora en la mejilla,

había perdido la razón, cogió un taburete y se lo zampó sobre la cabeza.

«¡Qué susto, chiquillo, al verla con la cara llena de sangre!» Se

precipitó a socorrerla, limpiándola con el pañuelo, lavándole la herida,

y, llorando como una Magdalena, se arrojó a sus pies, pidiéndole perdón.

Luego, cuando quisieron que hiciese lo mismo delante de la comunidad, se

negó a ello. La misma hermana Desirée intervino para que no se la

violentase ni castigase. Desde este suceso parece que la miraba con

mejores ojos o, al menos, no la reprendía tanto como antes. Gloria había

advertido que alguna que otra vez, muy rara, la hermana se enternecía.

Cuando pensaba que nadie la miraba, quedábase largo rato con los ojos en

el vacío, pasaba por ellos una ráfaga de ternura y concluían por

arrasársele. Entonces se ponía guapa de veras. Apetecía ir a besarla.

Mas si se advertía que la estaban mirando, volvía a poner aquellos

ojazos crueles que a todas nos asustaban. Más tarde se había enterado de

que se había hecho monja por unos amores desgraciados.

Además de esta, pintábame con gracia el tipo de otras hermanas que había

tenido por profesoras. Había una, francesa también, llamada la hermana

Saint-Etienne, a quien remedaba con singular donaire: «Oh, silence,

enfant! Oh malheureux enfant, je vous mettrai en cachot!» Era delicioso

oírle pronunciar el francés. «Tenía razón la pobrecita--concluía

riendo--, porque yo era un bicharraquillo muy malo.»

En aquellas noches me enteró también de los pormenores de su profesión.

Estaba tan aburrida en casa, que resolvió volverse al convento. No

quería, sin embargo, profesar. Pero su estancia allí, de otra suerte, se

haría imposible. Al fin, obligada por la necesidad y bajo la presión

continua y persistente de cuantos la rodeaban, se decidió a hacerlo. Era

el día 9 de mayo. Su madre y algunas tías y primas que tenía en Sevilla

habían ido al convento para asistir a la toma de hábito.

Después que había oído una plática del confesor en la capilla y habían

terminado todas las ceremonias, una hermana la llevó a su celda y la

dejó sola para que se vistiera el hábito y se pusiera la cofia. El

hábito se lo había metido sin vacilar; pero al llegar a la cofia le

había entrado una repugnancia tan grande, que por tres veces la arrojó

al suelo diciendo: «¡Yo no me pongo este gorro!» Y otras tres la había

recogido. Por fin, se la puso. Llegó otra vez la hermana y le pidió un

espejo. En el colegio no lo había; pero dijo que iba a llevarla a la

sacristía, donde lo encontraría y podría verse bien. No quiso ir. Estaba

de un humor de todos los diablos. Al pasar por delante de una puerta

vidriera que tenía cortinillas encarnadas había podido ver su imagen

reflejada.

--¿Y sabes que no me pareció que estaba feílla con la cofia?

--Al contrario--repuse yo--: te sentaba admirablemente, estabas

guapísima.

--¡Chitón! Déjame concluir. Después que me vi en la vidriera me animé un

poquirritillo. Fui otra vez a la capilla y allí me abrazaron todas mis

amigas. ¡Ay hijo, entonces comencé a soltar lágrimas a chorro! ¡Me dio

una perrera, que pensé liquidarme!

Pero, como era una chiquilla, pasó al instante de la tristeza a la

alegría. La comunidad celebró su toma de hábito con un refresco

espléndido y una comedia en que trabajaron las educandas. Aquel día

había estado fuertemente excitada: tan pronto reía como lloraba. Después

que se vio monja se había modificado un poco. Hasta hubo temporadas en

que se había creído realmente con vocación, en que exageraba como

ninguna hermana las penitencias y los escrúpulos. Poco faltó para que la

creyeran santa. La más leve falta le producía tal escozor en la

conciencia, que no se contentaba con ir a pedir perdón de rodillas a

aquella a quien había ofendido, sino que, al reunirse la comunidad a la

hora de comer, se arrodillaba delante de todas y decía con lágrimas:

«Hermanas mías, me acuso de haber ofendido a Fulana, de este o de otro

modo, dando mal ejemplo a la comunidad», y también se acusaba de sus

pensamientos malos: «Hermanas mías, me acuso de ser soberbia, de tener

mucho amor propio y creer que hago las cosas mejor que ninguna. Hermanas

mías, ¿me perdonan vuestras caridades el pecado de haberme distraído

durante la misa?»

--En fin, hijo: que las traía fritas a perdones. No sé cómo me

aguantaban.

Después pasaba al extremo opuesto. Había temporadas en que le daba por

ser mala y mortificar a todo bicho viviente. Las niñas le temblaban.

Buscaba pretextos para castigarlas. Armaba riñas entre las hermanas. Era

el genio malo del convento. Estas temporadas terminaban, como las otras,

por una gran crisis nerviosa, un fuerte ataque, que la dejaba postrada

algunos días en cama. También tenía momentos de tristeza tan profunda,

que apetecía y aun buscaba la muerte. En cierta ocasión se arrojó al

pozo, y de allí la sacaron medio asfixiada; pero nadie supo, mas que el

confesor, que había tenido intención de suicidarse. Los únicos días

felices fueron algunos que pasó en el convento de Vergara, cuando había

estrechado amistad con Maximina. El cariño ciego, mejor dicho, la

adoración extática de aquella niña, la había consolado de bastantes

pesares. «¡Dios perdone a quien me separó de ella!»

La charla incesante, suave, monótona, de Gloria, donde se percibía el

silbido continuo de la ese, me producía un mareo lánguido, cierto

retardo voluptuoso, al cual contribuía el ambiente abrasador que se

respiraba, el perfume penetrante de las flores y plantas de almoraduj y

albahaca, entre las cuales aquella se sentaba.

Durante estas confidencias íntimas, preocupada enteramente por sus

recuerdos, me abandonaba la mano. El tibio contacto de su piel delicada,

al través de la cual sentía palpitar el calor misterioso de la vida, me

llenaba de dicha, una dicha profunda, incomparable, infinita; jugaba

suavemente con los dedos torneados y creía sentir en ellos tan pronto

febriles estremecimientos como languideces invencibles, ardientes

promesas y ahogados anhelos de ternura. De cuando en cuando separaba la

cabeza, porque me sentía sofocado, y aspiraba fuerte y prolongadamente

el aire con un suspiro extraño que hacía reír a la hermosa. Según

avanzaba la noche, iban cerrándose, uno a uno, los agujeros de luz que

había en la calle. La atmósfera, quieta y abrasada, nos traía rumores

confusos de puertas que se cierran, saludos que se cambian, pasos que se

alejan; los ruidos todos que preceden al reposo. Y este llegaba al fin.

El aire desierto y melancólico ya no vibraba con ningún sonido. Sólo de

tarde en tarde el golpe lento del reloj de la Giralda lo estremecía de

improviso con metálico clamor. La sultana de la Andalucía se entregaba

al sueño debajo de su espléndido dosel de estrellas. Dentro de su

recinto, no obstante, velaba siempre el amor. Hasta el amanecer podían

verse en sus estrechas y misteriosas encrucijadas algunos galanes que,

como yo, yacían inmóviles, con la frente pegada a alguna reja.

Las horas corrían veloces; pero nosotros no oíamos o no queríamos oír

los golpes del reloj sonando lentamente en el silencio y soledad de la

noche. Sin embargo, la seca campanada de la una nos estremecía y nos

llenaba de inquietud. Aún permanecíamos hablando algún tiempo. Sonaba la

una y media...

--Vete, vete.

--Cinco minutos nada más.

Pasaban cinco minutos, y otros cinco después, y yo no me movía. Entonces

Gloria, de repente, a la mitad de una frase, se levantaba enojada

consigo misma y me decía bruscamente:

--Adiós; hasta mañana.

--Dame la mano siquiera para despedirte.

Me la daba, y yo la retenía a la fuerza algunos minutos más. De pronto

alzaba la cabeza en señal de susto, y decía en voz alterada:

--¡Siento ruido!

Yo, estremecido, soltaba la mano, y ella se alejaba riendo del engaño.

De malísima gana también me alejaba yo de aquel rincón oscuro y

discreto, donde dejaba mi felicidad. A paso rápido iba salvando las

estrechas calles anegadas en sombra, no viendo por encima de mi cabeza

más que una banda de azul profundo sembrada de estrellas.

Todos los días me condecoraba, esto es, me ponía en el ojal la flor que

llevaba en el pecho. Al día siguiente era menester llevársela marchita;

la deshojaba cuidadosamente y me ponía la nueva. La idea de que pudiera

regalar aquella flor a otra mujer la estremecía. Empezaba a notar con

deleite que sentía celos, celos inconscientes y vagos que ansiaban

formularse, sin llegar a conseguirlo. Hacíame mil preguntas acerca de la

tertulia de Anguita, me obligaba a describirle minuciosamente todas las

jóvenes que allí asistían, y luego, repentinamente, mirándome con fijeza

a los ojos, me preguntaba:

--Vamos a ver: ¿y cuál es de todas la que más te gusta?

--Ninguna. Todas me gustan por igual.

--¿Por qué sueltas esas simplezas? ¿Crees que me voy a enojar porque te

guste una más que otra? Al contrario, hijo.

--Yo no tengo ojos nada más que para mirarte a ti. Y desde que tú me

gustas he perdido el gusto de todas las demás.

Ella, insistía con calor, llamándome embustero, gitano, comediante. Al

fin, una noche, más por complacerla que por otra cosa, le dije:

--Pues, si he de serte sincero, la que allí me parece mejor es tu prima

Isabel.

¡Dios eterno, qué hice! A pesar de la poca claridad que había, la vi

ponerse densamente pálida.

--¡Ya me lo sospechaba!--exclamó con voz ronca y extraña, que me

asustó--. ¡No había de gustarte una chica tan hermosa! Tú también le

habrás gustado a ella, como si lo viera... ¡Lucido papel me habéis hecho

representar! Pero esa es una infamia; sí, una infamia... Desde el

momento en que has comenzado en recaditos con ella debí comprender que

lo que ella quería era un novio más; mejor dicho, un esclavo más de los

que lleva sujetos con un cordelito...

--Pero, Gloria, ¿qué estás diciendo ahí?

--No me trate usted de tú--exclamó, mirándome con ojos chispeantes de

furor--. Yo no tengo ya nada que ver con usted... Márchese usted y

déjeme el alma quieta...

Asombrado, dolorido, sin saber lo que me pasaba, traté de hacerla entrar

en razón. Todo era inútil. No me escuchaba. Excitada por sus mismas

palabras, que se atropellaban unas a otras, colérica, descompuesta, me

cubría de denuestos, repitiendo a cada instante: «¡Márchese usted! ¡No

quiero verle a usted delante!»

No hubo más remedio que aguardar a que se desahogase. Cuando lo hubo

hecho, cayó en un singular abatimiento. Tapose la cara con las manos y

comenzó a sollozar fuertemente. Aproveché aquellos momentos para decirle

lo que creí del caso, demostrándole con razones irrefutables su engaño y

el agravio que me hacía. Parece que mis palabras y mi actitud firme y

serena hicieron sobre ella impresión, porque no tardó en parlamentar.

Sin embargo, me asaeteó a preguntas, procurando cogerme en

contradicciones, observando mi rostro fijamente con ojos

inquisitoriales. Después me hizo jurar más de cien veces, por todos los

seres queridos que se me habían muerto, por todos los santos del Cielo,

que sólo ella me gustaba de veras y sólo a ella quería. Uno de los

juramentos, el último y más solemne de todos, me obligó a hacerlo de

rodillas sobre las piedras de la calle.

--Si me engaña--concluyó diciendo, con la frente fruncida y mirándome

severamente--, cuenta que te clavo un puñal en el corazón.

--Ahí va el puñal--dije, sacando el que me habían regalado en el Fomento

de las Artes y que llevaba por precaución en mis excursiones

nocturnas--. Te clavarás a ti misma clavando mi corazón--añadí,

sonriendo.

--¡Ah gitano, macareno!--exclamó, mirándome al mismo tiempo con

sorpresa y cariño--. Venga... Lo guardo... Ten por seguro que no escapas

vivo si me haces traición.

--Casi me entran ganas de hacértela por el gusto de morir a tus manos.

Pasó del dolor a la alegría instantáneamente. Las carcajadas se

sucedieron a los sollozos. Como si quisiera indemnizarme del susto y de

las injurias que me había dicho, ninguna noche estuvo tan cariñosa y

zalamera. Tirándome por las manos y sonriendo con sus ojos llorosos aún,

exclamaba:

--¿No parece mentira que haya llegado a enamorarme de este modo de un

gallego?

No obstante, desde entonces había días en que me hacía padecer mucho con

sus celos injustificados. Tenía un miedo tan grande a que se la pegara,

como ella decía, que sólo con la idea se estremecía y empezaba a

injuriarme. Después me pedía perdón, riendo de sí misma.

Cerca de su casa había un establecimiento de bebidas, que solía estar

abierto hasta hora muy avanzada. Una noche, hallándome, como de

costumbre, en coloquio amoroso, se me presentó de improviso un chico,

trayendo en la mano una batea de cañas de manzanilla. Acercose a mí y me

dijo:

--De parte de unos señores que están ahí bebiendo, que haga usted el

favor de beber a la salud de la señorita.

Quedeme estupefacto mirándole, y pensando después que era una broma,

dije con malos modos:

--Yo no conozco a esos señores ni sé cómo se atreven...

Pero Gloria me tiró de la manga, diciéndome:

--Bebe.

La miré sorprendido.

--¿Hay que beber?

--Sí, hombre, sí; bebe.

Hice como me mandaba, apurando una caña, y luego dije:

--Deles usted las gracias.

Cuando se hubo alejado el chico, me dijo:

--¡Buena la hubieras hecho si no aceptas! ¡Menuda bronca te arman esos

gachós!

Luego me explicó que aquello en Andalucía no solo no tenía nada de

particular, sino que era un acto de cortesía y franqueza que debía

agradecerse. Me recomendó que no dejase de pasar después por la tienda a

darles las gracias, pero encareciéndome mucho que no permaneciese allí

más tiempo que el indispensable, porque a menudo había reyertas. Algo

maravillado de aquellas singulares costumbres, así que me despedí de

ella, apresureme a cumplir su encargo. En la taberna hallé hasta media

docena de individuos con trazas de personas decentes, que comían

alcaparras y langostinos, remojándolos con tragos de manzanilla.

Pregunté al chico si eran los que me habían convidado, y habiéndome

respondido afirmativamente, le encargué que sacase unas copas de jerez,

corriendo de mi cuenta. Fui a darles después las gracias, y me

recibieron con una cordialidad tan rara como grata. A los cinco minutos

de hallarme entre ellos parecíamos camaradas de toda la vida. Creo que

si estoy allí una hora, salimos tratándonos de tú. Me hicieron de Gloria

unos elogios que, aunque un poco vivos y si se quiere brutales, tuve que

aceptar y aun agradecer, pues se comprendía que eran dichos de buena fe

y con ánimo de agradar. Brindamos y bebimos por ella más de una docena

de veces, y se invitaron con la mayor alegría para beber unas cañitas a

la salud de los novios el día de la boda. Iba ya a despedirme,

acordándome de la recomendación de mi novia, cuando creí escuchar ruido

de dinero y murmullo de gente arriba.

--¿Qué hay arriba?--pregunté a uno.

--Timbirimba. Si usted quiere echar una miraíta, suba usted esa

escalera.

Aunque no soy jugador, siempre he tenido alguna inclinación a los

naipes. Subí, pues, por donde me señalaban, con cierta curiosidad, y al

llegar a la sala de arriba vi, en efecto, hasta veinte o treinta

personas reunidas en torno a una mesa de juego. Procuré ver las cartas

asomándome por encima de los hombros, y lo primero que observé, ¡caso

chistoso!, fue al famoso Llagostera, mi compañero de fonda, aquel

catalán eterno detractor de la holgazanería andaluza, con la baraja

entre las manos tirando un entrés. Si hubiera visto al arzobispo en

persona en aquella forma, no me hubiese sorprendido más. Manejaba los

naipes con singular maestría, como jugador de oficio. De cuando en

cuando, así que las apuestas estaban hechas, decía en voz alta, con el

acento rudo que le caracterizaba: «Juego, caballeros.» Después de la

sorpresa acudió a mí cierta irritación, no exenta de risa. ¿Este era el

hombre que todos los días nos mareaba con el trabajo de Cataluña y

mostraba tal desprecio al resto de los españoles? «Pues no te escapas

sin verme», dije para mí, y a fuerza de trabajar con los codos logré

ponerme en primera fila. Saqué un duro del bolsillo y, tirándolo sobre

la mesa, dije: «Ese duro al cinco, señor Llagostera.» Levantó la cabeza,

y al verme se inmutó ligeramente; pero, reponiéndose en seguida, me

saludó con la mayor desvergüenza: «Buenas noches, compañero.»

Cuando le conté la aventura a Villa, se tiraba en la cama de risa.

Luego, a la hora del almuerzo, comenzó a cantar las excelencias del

trabajo, llamando a cada paso en su apoyo al catalán: «¿Verdad, señor

Llagostera, que no hay otra fuente de riqueza?--al mismo tiempo hacía

con disimulo el ademán de tirar de una carta--. ¿Verdad, señor

Llagostera, que el único medio de prosperar las naciones y los

individuos es el trabajo honrado? ¿Eh? ¿El trabajo decente?--la misma a

mueca--. Yo no conozco más que a los catalanes que sepan tirar..., tirar

bien del carro de la riqueza, ¿eh?--tirando de la carta imaginaria--.

¡Oh, si los andaluces tirásemos tan bien!...» Los comensales no podíamos

reprimir la risa. Yo estaba temiendo un conflicto. Pero no lo hubo.

Aquella misma noche se mudó el catalán de la casa.

Aunque no tan asiduamente como antes, continuaba asistiendo a la

tertulia de las de Anguita, cuidando, por supuesto, de salir antes de

las once. Joaquinita seguía persiguiéndome con sus cuartos de hora de

conversación zalamera, empalagosa. Vagamente, sin embargo, porque lo

mismo Villa que Isabel habían guardado reserva absoluta, entró en su

mente la idea de que yo estaba enamorado en otra parte, y no me dejaba

vivir con su «Uté etá chiflaíto, Sanhurho. Se le conose a uté en los

oho. A vese lo pone uté entornaíto, entornaíto, que paese que se quea

uté dormío.» Y era verdad. Más de una vez y más de dos me tengo dormido

escuchándola. Isabel se había ido aquellos días con su padre a Sanlúcar,

a la boda de una prima suya. Pepita proseguía la persecución de Villa, y

éste, desembarazado por la ausencia de Isabel, continuaba dando caza a

la criadita de la casa en las mismas narices de la señorita. El señor

Anguita, que no se calentaba, a pesar de hallarnos en los días más

terribles de agosto, había adquirido recientemente un pandero con el

retrato de una chula, y se había vuelto loco y casi nos había vuelto

locos a todos. Ramoncita, siempre en conversación grave, importantísima,

con sus amigas jamonas y solteras. Don Acisclo, esparciendo el humorismo

a un lado y a otro, y con él un vivo deseo de venganza en los pechos de

los pollastres a quienes maltrataba. Lo único que me interesaba un poco

eran los amores del presbítero don Alejandro con su discípula.

A pesar de la vigilancia exquisita de Pepita, se los veía tan pronto en

un rincón como en otro, cuchicheando lo mismo que en el confesonario. El

presbítero andaba tan revuelto y acongojado, que apenas si había

contestado a lo que le preguntaban. Se había puesto pálido, ojeroso, y

cuando alguna vez cantaba cosas de ópera, arrastraba de tal modo las

notas, que parecía que se las paseaba a uno por las tripas. Observé que

Elenita no estaba acongojada ni mucho menos, antes se mostraba

alegrísima, acribillándole a sonrisitas y miradas tiernas, lo cual no

era óbice para que las prodigase también a todos los jóvenes «en

disponibilidad» que asistíamos a la tertulia. Llegué a imaginar que

aquella vivaracha joven se gozaba en las angustias y los desvelos de su

maestro.

Un suceso inesperado vino a sacudir el letargo y aburrimiento que la

tertulia me causaba. Daniel Suárez, el odioso malagueño que me había

inspirado tantos recelos y que aún me los inspiraba, fue presentado a

las de Anguita por un pollastre en que no me había fijado. Esto no tenía

nada de particular. Por aquella tertulia pasaban todos los forasteros,

como habían pasado ya todos los naturales. Sin embargo, me produjo

cierta emoción y, ¿por qué no decirlo?, bastante malestar. Disimulé

cuanto pude, mostrándome afable. Él, por su parte, observó conmigo una

conducta irreprochable, hablándome con naturalidad, como a un conocido

que se estima y que no llega a amigo, ni buscándome ni huyéndome.

Por supuesto, no dejaba aquel acento displicente y aquellos modales

bruscos y frases cínicas que le caracterizaban. En los breves momentos

que departía con él no me habló palabra de Gloria, ni de don Oscar, ni

mentó para nada aquella casa. Se contentaba con despellejar a los dueños

de la en que estábamos o a cualquiera otra persona que tuviéramos

delante. De tan antipático, aquel hombre daba frío. Procuré que su

presencia no alterase poco ni mucho mis costumbres; esto es, pasaba mis

ratos charlando con Joaquinita o con Villa, y al llegar las once menos

cuarto me despedía. Su mirada, fija, luciente, me seguía hasta la

puerta; pero no me importaba. Al contrario, con cierta complacencia

feroz decía entre dientes: «Ya sabes adonde voy. ¡Rabia, antipático;

rabia!» Alguna vez, cuando estaba charlando con Joaquinita en un rincón,

sentía posarse sobre mí sus ojos pequeñuelos y malignos. Mas al levantar

la cabeza hacia él los separaba inmediatamente.

En estos días, la segundogénita de Anguita me dio una noticia que no

dejó de causarme pena. Me dijo que estaba concertada la boda de la

condesita del Padul con un primo suyo, el duque de Malagón.

--¿Y Villa?--le pregunté, sorprendido.

Joaquinita me dirigió una larga mirada burlona.

--Pero ¿usted se ha imaginado que Isabelita le trae al retortero para

casarse con él?

--No lo sé..., pero sí creía que le profesaba algún cariño.

--Atienda usted al cariño...

Y con cierta complacencia, que me molestó, contome algunos pormenores

recientes de los amores de Villa. Al parecer, éste había escrito

últimamente una carta a la condesita suplicándole le desengañase de una

vez. En vez de hacerlo, ella le había respondido de un modo ambiguo y

artificioso. Le decía que la había puesto en un compromiso serio, que su

corazón le estaba pidiendo una cosa y que le era imposible escucharle;

que obstáculos gravísimos le impedían responder como quisiera, etc.; una

serie de palabras melosas para disfrazar unas calabazas muy amargas. El

pobre Villa, en vez de darse por enterado, había replicado que le dijese

cuáles eran esos obstáculos, para salvarlos si era posible, tornando a

hacer protestas vivas de su amor y constancia.

--Pero ¿por dónde se supo eso?--pregunté bastante desabrido.

--Pues por la misma Isabel, que se lo ha contado en confianza a

Ramoncita.

Me pareció aquello muy mal y formé de Isabel idea distinta de la que

tenía. Desde entonces no podía hablar con Villa sin sentirme animado de

compasión, que, por supuesto no dejé traslucir.

Por una de esas simplezas que los hombres inexpertos solemos tener, viví

aquellos días en un estado de feliz confianza, que aún hoy, al

recordarlo, me irrita contra mí mismo. Creía de buena fe que todo

marchaba a pedir de boca, que don Oscar y doña Tula no pensaban ya en el

engaño que les había hecho, que Gloria inventaría algún medio para

casarnos antes que llegase a la mayor edad, y (¡esto es lo más

original!) que Daniel Suárez había desistido por completo de sus

pretensiones respecto a ella y me dejaba el campo libre. Pronto tuve

ocasión de arrepentirme de tal confianza.

El día de Nuestra Señora, 15 de agosto (siempre recordaré la fecha),

estuve a primera hora de la noche en la Británica con Villa. A eso de

las diez, aunque ya era tarde para mí, se empeñó en dar una vuelta por

casa de Anguita, y le acompañé no de buen grado. Estaba allí Daniel, más

locuaz y alegre que de costumbre, conversando animadamente en un grupo

de niñas. Al entrar, su mirada, casi siempre agresiva, se clavó en mí,

con expresión maliciosa de burla y desprecio, que me lastimó como una

bofetada. Le pagué con otra fría y desdeñosa, y me dispuse a sentarme al

lado de Joaquinita por no unirme a aquel grupo. Pero el malagueño vino a

mí muy risueño y se sentó también al lado de la de Anguita, y le dijo

con una rudeza que todos se autorizaban con aquellas jóvenes, y él, por

su carácter, con más razón:

--¿Para qué me perzigue usted a este gachó, si ya está amartelaíto

perdío por otra niña zevillana?

--¿De veras está usted enamorado, Sanjurjo?--me preguntó Joaquinita,

visiblemente contrariada.

--Cuando el señor lo dice...--repuse muy fríamente.

--Diga usted que zí... Es una morena hasta allí..., con unos ojos como

dos negros bozales..., ¡ham!, dispuestos a comérselo a uno... ¡Y unos

andares..., que el suelo cruhe de gusto cuando se siente su

taconeo!...¡Luego un arma que ni la de un violín... y más zentío que un

miura!...

Aquellos elogios brutales, que más parecían dichos en son de

menosprecio, despertaron en mí profunda indignación, y dije, sonriendo

rabiosamente:

--Le falta a usted lo mejor.

--¿Qué?

--Que tiene cien mil duros de dote.

El sarcasmo no le hizo efecto alguno.

--¡Ezo e! Y, además, se encuentra uno con el inconveniente de los cien

mil duros. ¡Diga usté ahora que este zeñó no es má zabio que Víctor

Hugo!

No sé en qué hubiera parado aquella conversación si no llega a

levantarse y despedirse. Mi sangre estaba dando más vueltas que un

argadillo. Luego que se fue me calmé un poco, aunque todavía tardé

algunos minutos en contestar acorde a las preguntas que Joaquinita me

dirigía. Disimulando mal su turbación y enojo, me pedía noticias de mi

novia con una insistencia y una melosidad tan empachosa que yo no sé si

hubiera preferido las insolencias del malagueño.

--Vamos, Sanhurho, no disimule uté má... ¿Es tan guapa como Daniel la ha

pintao?

--Señora, ya le digo a usted que no ha sido más que una broma para

divertirse un poco a mi costa.

--¡Jesú, qué pesao y apestoso está uté hoy, amigo! ¿Se figura uté que

por hablar de ella se va a disipá en el aire como el álcali volátil?

Sufrí aquella mosca el tiempo que pude, que no fue mucho, pues me

llegaban las once menos cuarto. No me dejó hasta la puerta y me prometió

enterarse de todo, «porque sacar algo de mí estaba visto que era

imposible». Tomé, al fin, el camino de la calle de Argote de Molina.

Según me acercaba a ella, se iba desvaneciendo la negra bruma de odio y

de tedio que la desvergüenza del malagueño y la fatuidad de la de

Anguita habían echado en mi espíritu. Cuando entré en ella y alcancé a

ver la casa de Gloria, me hallaba en la misma feliz disposición con que

acudí siempre a la cita. Pero en el mismo instante, al echar una mirada

a la reja, veo arrimado a ella, o próximo a ella al menos, el bulto de

un hombre. Me detuve estupefacto. Lo primero que imaginé fue que era el

sereno. Después pensé que se trataba de un borracho; luego, que aquel

hombre no estaba arrimado a la reja donde Gloria me hablaba, sino a la

de otra ventana. Todo esto en menos de un segundo. Anduve tres o cuatro

pasos más y me convencí de que, en efecto, era un hombre, que estaba

arrimado a la ventana de mi novia, en la misma posición que yo solía

estar. Di otros tres o cuatro, y vi que aquel hombre era, sin género de

duda, Daniel Suárez.

Es horrible decirlo, pero lo diré, porque quiero que este libro sea una

confesión. Si me hubiesen dicho en aquel momento: «Se ha muerto tu

padre», no hubiera recibido impresión más cruel. Miraba y no quería

creer a mis ojos. Estaba a unos veinte pasos de distancia. En la media

luz que el farol de la esquina esparcía en aquel rincón se destacaba

bien clara la silueta del malagueño recostado sobre la reja, con su

americana corta, pantalón claro ceñido y sombrero cordobés de alas

rectas. Sin darme cuenta de lo que hacía, avancé con lentitud, el paso

vacilante, y me cercioré de que detrás de la reja se hallaba Gloria. Fui

tan estúpido o estaba de tal modo aturdido, que, en vez de retroceder y

alejarme pronto de aquel sitio, continué avanzando y pasé por delante de

ellos con el rostro vuelto hacia la ventana. Daniel se volvió

enteramente de espaldas. Luego que pasé oí un animado cuchicheo y risas

comprimidas. No acierto a describir lo que pasó por mí entonces.

A pesar de hallarnos en una de las noches más calurosas de agosto, sentí

la frente cubierta de un sudor frío y vacilé como un beodo. Necesité

apoyarme en la pared un instante. Luego, por un esfuerzo, mejor dicho,

un sentimiento de amor propio, seguí resueltamente mi camino. Anduve a

paso largo no sé cuánto tiempo por entre calles; no recuerdo cuáles.

Sólo tengo una idea de que estuve en el muelle y que me apeteció

arrojarme al agua. Entré en un café y me bebí unas cuantas copas de

coñac. En lugar de contribuir a turbarme, el licor sirvió para

despejarme y aclarar mis ideas. Al menos, esto me pareció entonces.

Contemplé con decisión el suceso y reconocí al instante que había tenido

la desgracia de caer en manos de una redomadísima coqueta. El lance no

era nuevo. Esto mismo había pasado a muchos millares de hombres antes y

pasaría después. Confieso que me acometió un vivo sentimiento de

venganza, no por el acto en sí, sino por la forma grosera y humillante

en que había sido llevado a cabo. De ella no podía tomarla, al menos por

entonces. Pero de él, sí. Él era, seguro estaba de ello, quien había

imaginado tal escena vergonzosa. A él era a quien debía exigir la

responsabilidad.

Luego que me hube aferrado bien a esta idea, bebí otra copa de un trago,

me levanté y salí decidido a entendérmelas con aquel guapo. Mientras

caminaba a paso largo hacia la calle de Argote de Molina, discurrí que

acometerle de improviso a bofetadas era indigno. Además, una cachetina

no era lo que yo apetecía. En aquellos momentos me sentía inclinado a lo

trágico. Una estocada que le traspasase el corazón, un tiro que le

deshiciese la cabeza; esto era lo que mejor representaba mis sencillos

deseos, y en ello me detuve con voluptuosa complacencia. Si yo fuera un

hombre aturdido, falto de previsión y de cálculo, quizá hubiera hecho

aquella noche una barbaridad muy gorda. Mas, por mucho que me halagase

la consoladora idea de abrir un boquete en la cabeza o en los intestinos

de mi rival, comprendí al instante que los hombres civilizados no pueden

proporcionarse estas puras satisfacciones sin tropezar con la Policía,

el Juzgado y el presidio. Forzoso era renunciar a ella si no apelaba al

desafío. Esto ya no me halagaba tanto. Sin embargo, aunque agucé cuanto

pude el entendimiento, no hallé otro procedimiento.

Penetré en la calle por la parte baja, esto es, por la de Mercaderes y

Conteros, y fui siguiéndola cautelosamente, ciñéndome bien a las paredes

hasta poder avistar la casa de Gloria. Pude notar, sin ser notado, que

Suárez continuaba en el mismo puesto. Fuerza de voluntad necesité para

no correr allá y patearle. La tuve, no obstante. Esperé con paciencia un

rato, asomando de cuando en cuando la cabeza para cerciorarme de que no

se había movido. El corazón me latía fuertemente. Difícil me hubiera

sido continuar en aquel estado mucho tiempo; pero quiso la suerte que no

sucediese. Al dar el reloj las doce se cerró la vidriera de la ventana y

Suárez se separó de ella. No debo ocultar que experimenté cierta

satisfacción pueril al pensar que conmigo se estaba hasta la una y media

y aún más algunos días. Me detuve un instante a ver qué dirección tomaba

mi enemigo, y observando que seguía calle abajo, corrí cuanto pude

delante, perdiéndome en sus recodos. Cuando di la vuelta a la esquina de

la calle de Conteros, me detuve y esperé. No tardó en aparecer.

--Una palabra, amigo--le dije, saliéndole al encuentro y colocándole una

mano en el hombro.

Se puso atrozmente pálido, retrocedió dos pasos y llevó rápidamente la

mano al bolsillo de la americana, sin duda en busca de un arma. Mas al

verme tranquilo y como sorprendido de su movimiento, la dejó caer otra

vez y me preguntó:

--¿Qué se ofrece?

--Tengo que hablar con usted dos palabritas.

--Las que usted quiera.

--Aquí en la calle estamos mal. ¿Tiene usted inconveniente en que

entremos en cualquier establecimiento? Muy cerca hay uno.

--Vamos allá.

La idea de entrar en un café le había serenado por completo, como es

natural. Anduvimos algunos pasos por la calle arriba otra vez y

penetramos en la taberna donde me habían convidado no hacía muchos días.

Se encontraban en ella los mismos alegres compadres, que me recibieron

con igual agasajo y cordialidad. Todos a un tiempo elevaron sus cañas,

invitándome a beber. Uno de ellos me dijo:

--¿Qué tal la morenita?

La pregunta me turbó extremadamente en aquel momento.

--¡Pchs!... No anda mal.

Echamos un trago para no desairarlos y nos fuimos a sentar en un rincón.

Suárez y yo nos miramos un instante a los ojos sin disimular el odio. Yo

fui quien rompió el silencio, diciendo:

--Ante todo, hablaremos bajito para que no se enteren esos señores...

Quiero decirle a usted que, después de lo que ha pasado esta noche,

usted comprenderá que necesito matarle.

--Compare, no comprendo esa necesidá; pero si uté lo ziente, no debía

darme aviso, porque ahora va a coztarle una mijita más de trabajo.

--No soy un asesino. Aunque lo que usted ha hecho conmigo es una

indignidad..., una porquería, voy a hacerle a usted el honor de batirme

con usted.

--Eztimando ese honor, amigo. ¿Zabe uté una cosa que estoy pensando?...

Que está uté un poquirritiyo...--apoyando el dedo índice en la sien--.

No se ofenda uté.

--No me ofendo. Sí; loco debo de estar cuando, en vez de patearle a

usted la cara hace poco, he aguardado para decirle muy cortésmente que

es usted un canalla.

El malagueño cambió su natural color aceitunado por otro algo más bajo;

pero no pareció alterarse. Guardó silencio unos momentos, dio un par de

chupetones al cigarro, que eternamente tenía entre los dientes; separolo

después de la boca, soltó el consabido chorrito de saliva por el

colmillo, quitó la ceniza con el dedo meñique y dijo tranquilamente:

--Vamo; uté quiere, por lo vizto, buya.

--Bulla, no. Quiero matarle a usted. Ya se lo he dicho.

--E igual, porque yo no he de morir zin un poquito de buya. Pero voy a

decirle a uté un sentimiento que tengo ayá dentro, y no lo eche uté a

mala parte... Creo yo que todo ezo del duelo, y lo padrino, y la espada,

y lo zable ez una guaza, ¿zabuté? Cuando un hombre le hace a otro mala

zangre, para deshogarze no necesita tanto compá de espera. Pero, ademá,

el matarse en este cazo me paece, ¿zabuté?, una gran zimpleza.

--Será lo que usted quiera--repliqué con viveza--, pero estoy dispuesto

a que nos matemos.

--¡No ze apure uté, buen hombre! Nos mataremos.

Hablábamos en voz muy baja y procurábamos ambos sonreír diciéndonos

estas ferocidades; de suerte que los que allí estaban creían que

departíamos amigablemente.

--Nos mataremos, zi uté tiene tanto empeño... Pero conzte que yo cuando

le he vizto a uté a la reha con eza niña no he ido a buscarle buya.

--¡Hombre, tiene gracia! ¿Y por qué me la había usted de buscar?

--Puez por la misma razón que uté me la busca a mí... ¿Es uté el marío

de eza joven?... ¿Es uté zu padre o zu hermano?... Pue entonce, ¿con qué

derecho me quiere uté privá de hablar con eya zi eya tiene guzto en

hacerlo?... Uté la ha conoció en lo mizmo día que yo...¿A uté le ha

guztao zu palmito y zu aquel? También a mí. ¿A uté le han apetecío lo

cien mil duro de la dote?... Lo mizmito me ha sucedío a mí, compare. Uté

ha comenzao a hacerle rozca... Yo también ze la he hecho. Por

conziguiente, igualito. Llevará el gato al agua el que la niña quiera.

Paece que ahora zoy yo. ¿Qué quiere uté hacerle?

--No estoy enteramente de acuerdo con esa opinión; pero no discutamos...

Tiene usted un modo de apreciar las cuestiones demasiado..., demasiado

prosaico, por no emplear otro calificativo... Se preocupa usted mucho de

los duros...

--¿Y uté les ezcupe, compare?

--Voy a suplicarle a usted un favor..., y es que no me llame usted

compadre.

--Hombre, uté me dizpensará que pida un vazo de limón para que uté

reflezque... Etá uté muy nervioziyo... Cuando le haya a uté pazao eze

fogonazo de celo que ahora le ha dao, ze reirá de lo que etá diciendo y

haciendo... Que no le haga buena tripa el verme a la reha con la niña

que uté creía chalaíta, se comprende bien; pero que uté se dizpare de

ese modo, vamo, compare (uté dizpense, amigo), me paece a mí..., digo

que no eztá en lo regulá.

--No me disparo porque esa mujer u otra cualquiera deje de quererme o

prefiera a otro, entiéndalo usted bien. Es muy libre de hacerlo. Lo que

no tolero es lo que usted ha hecho, con bien poca delicadeza por

cierto..., preparar una escena tan fea y vergonzosa con el solo

propósito de humillarme. Si usted se hubiera dirigido a mí, diciéndome:

«Gloria ya no le quiere a usted; me quiere a mí», en cuanto lo

comprobase convenientemente le dejaría a usted el campo libre y

quedaríamos tan amigos, al menos en la apariencia.

--Alto ahí, amigo. La escena de que uté habla no ha zío preparada por

mí, sino por eya. Por empeño zuyo fui a la reha un poco antes de las

once. Es maz: quize oponerme a eyo porque zabía que eza era la hora en

que uté echaba zu parrafiyo; pero la niña lo tomó por too lo alto, y no

hubo má remedio que conformarze.

--Permítame usted que lo dude.

--Uté ez mu dueño. Zi uté quiere convencerze, véngaze mañana de noche

conmigo a la reha y ze lo preguntamo. Seguro etoy de que no me dejará

por embuztero.

--Yo no tengo para qué presentarme otra vez delante de esa

p...--exclamé, poniéndome rojo.

Creí que aquel insulto dirigido a su amada le iba a exasperar. Nada de

eso. Siguió tan tranquilo como si nada fuese con él.

Ambos guardamos silencio. Yo quedé profundamente pensativo. Las últimas

palabras del malagueño me habían llegado a lo profundo del corazón. Era

imposible dudar ya de que la ofensa había venido directamente de ella. A

pesar de que tenía la mirada fija en la mesa, sentía sobre mí los ojos

de Suárez, observándome, serios y recelosos. Levanté al cabo la cabeza y

dije gravemente:

--Está bien. Puesto que es ella sola la que ha querido ofenderme, nada

de lo dicho. Quede usted con Dios.

Al mismo tiempo me alcé del asiento y salí de la taberna, un poco

sorprendido, en verdad, de que Suárez me dejase ir tan tranquilo, pues

en nuestra corta plática le había dirigido algunas injurias que merecían

explicación.

La hermana San Sulpicio · 第 20 / 32 题