—¿Qué vas a hacer?
Mi mujer asomaba entre las cortinas su cara de cera, los planchados y
brillantes bandos de su tocado y un brazo, envuelto en seda tornasolada.
—Nada —contesté—; hacía un simulacro de suicidio. Esto siempre es
grato... no llegando hasta el final.
Y guardé la pistola impertérrito en uno de los cajones de la mesa.
—¿No piensas realmente en matarte?
—No. ¿Por qué he de pensarlo?
Me hizo mucha gracia la cara de espanto y desconcierto que tenía mi
mujer.
Por un momento pensé, a seguida, que todo aquello había sido una farsa
y que debía terminar ya.
—Bueno: dejémonos de tonterías. Es muy tarde; vamos a acostarnos —le
dije con la mayor naturalidad, a tiempo que acudí a enlazarla por la
cintura. Fue la última vez que toqué la realidad con la punta del pie.
Mi mujer vaciló un momento; pero después me rechazó con asco.
—¿Olvidas que no soy tuya, que pertenezco a otro hombre?
¡Otra vez el obstáculo! ¡Qué lata! Era como cuando se hace un nudo en
los cordones del zapato. Y como cuando esto ocurre, me puse furioso.
Habrá que cortar ese nudo —me decía sin remates—. Y lo corté.
X
No recuerdo exactamente las palabras que precedieron al suceso. Sé
que mi mujer me repitió muchas veces que no podía ser mía, que me
odiaba. Yo apuré hasta el último instante mi paciencia. Cuando esta se
acabó, cogí un puñalito que de cortapapeles me servía y con él corté
el nudo de mi zapato en la garganta de mi mujer, que de allí a poco se
extinguió, repitiendo dulcemente el nombre el su amante.