VIII

Sentí un desconsuelo imponderable. El frío del conticinio se me había

metido en los huesos. Tosí, y aquella tos seca de fumador impenitente

me hizo sentir cómo estaba de desganado por dentro. Advertí por

primera vez todo el asco y la podredumbre de una muela que nos ha

roído la carie; todo el frío de las canas que se acusan como alfileres

en los parietales entre la negrura del cabello, fuerte aún. Me

molestaban los omóplatos: mis piernas habían adelgazado, y la barba,

crecida en unas horas, se me antojó la excrecencia de mi sangre, que se

fosilizaba allá dentro. Volví los ojos hacía mi interior y me encontré

reseco, extinto. Bajo la bóveda craneana un gusanillo tragón rebañaba

lo poco que de mi sustancia quedaba ya.

Me levanté con la premiosidad de una maquinaria desarticulada. Alcé el

brazo hacia una de las panoplias que decoraban mi estudio y engarfié

una pesada pistola de desafío. Metí el ojo por la boca del cañón. ¿Cómo

se cargaban estas pistolas? —pensé—. ¡Ah, sí! Se cargaban por la boca.

Saqué de un armario la carga. Esto es, el fulminante, la pólvora, la

bala... Ahora hay que atascarla bien con la baqueta. Hay que ajustarla

bien: luego fallan y se hace el ridículo. Ea, ya está. Ahora...

Abrí la ventana y el jardín se escondió más aún en la sombra y se quedó

muy calladito, esperando en qué pararía aquello. ¡Cómo va a retumbar la

detonación!

Volví a sentarme a la mesa con la pistola en la mano. ¿Qué me falta?

Nada, nada. Me sonreí. Había pensado en un espejo. ¡Qué tonterías se le

ocurren a uno! Es muy difícil, a veces, mantener la serenidad, por muy

discreto que se sea.

Alcé la pistola hasta la sien...

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 58 / 67 题