Recogí aquel paquete de cartas que me atrevería a decir me quemaba las
manos si no fuese porque aún había un resto de sensatez en mí que me
hacía ver todo lo que estaba ocurriendo con un desapasionado interés
capaz de resistir a las fuertes sugestiones de la escena.
Dejando a mi mujer frente a los leños, me fui a mi estudio. Encendí
allí una lamparita eléctrica que había sobre la mesa y su luz cayó
sobre el paquete de cartas. Lo demás de la vasta pieza quedó en
sombras, poblado por los mil y un espectros de mis preocupaciones
artísticas. Desaté la cinta que unía aquellas cartas y empecé a
repasarlas profundamente emocionado.
Había triunfado en mí el diablillo espectador, sobreponiéndose a todos
los otros yo que pugnaban por salirme a la superficie. El diablillo
les hizo callar a todos, golpeándoles con sus vejigas, mientras yo
me arrellanaba en el sillón y me disponía a leer aquellas cartas del
amante de mi mujer, un poco complacido. ¡Qué diablo! No tengo más
remedio que decirlo.
Esperaba hallar uno de esos estúpidos epistolarios amatorios que sirven
de burdo disfraz al apetito sexual y me regodeaba pensando que mi
espíritu crítico iba a desnudar a mi rival, dejándolo a la intemperie.
Leí la primera carta. Si no hubiese seguido leyendo todo, se habría
evitado. Era una carta tan desconcertante, tan extraña, tan anacrónica,
que parecía mentira hubiese sido escrita por uno de esos hombres que
andan por la calle, suben a los _taxis_, presencian los partidos de
fútbol y se adueñan de las mujercitas inconsistentes de esos otros
hombres distraídos que comentan a Spengler y asisten a los congresos
científicos y las exposiciones artísticas. ¿Cómo no vi el anacronismo
de aquellas cartas? No sé; esperaba hallar algo tan distinto, fue
tan grande mi sorpresa que como por encanto perdí pie y me lancé al
absurdo. Únicamente así me explico cómo pude dar crédito y realidad a
lo que leía.
Hallé en aquellas cartas tal énfasis, tal engolamiento, una tan
retórica versión del sentimiento amatorio, una tan plástica concepción
de las pasiones que, por encima de todo principio, me arrastró el
dramatismo de aquellas cartas, y ya abierto y vulnerable sucumbí
fácilmente a la emoción que destilaban los ayes lastimeros, el rendido
enamoramiento, el desesperanzado afán y el furioso deseo de aquel
desconocido amador, que tan alto rango poético daba a su inclinación
por mi mujer.
Me dejé llevar. Leyendo aquellas cartas obtuve la misma satisfacción
que me proporcionaría el mejor poema romántico. Olvidé por completo la
realidad, me desprendí de mi propia vida y durante una hora no alenté
más que en pos de aquella avasalladora pasión. Admiraba la resistencia
de la heroína, que se adivinaba a través de las apremiantes súplicas
del enamorado doncel; medía el alcance de su dolor fluctuante entre el
deber inexorable y el deseo invencible. A medida que las cartas iban
pasando veía cómo su voluntad se quebrantaba a los certeros golpes
de aquel inflamado amor, que con tan altas y vibrantes palabras se
ofrecía, y llegó a parecerme excesiva su esquivez, fría su condición y
empedernido su pecho.
Únicamente cuando se hablaba de él, del otro —el otro era yo—,
recobraba el sentido de la realidad, dejaba a un lado la emoción
retórica y examinaba fríamente la situación: pero aun entonces lo
hacía como el actor principal de una comedia que atiende cuidadoso al
desempeño fiel del papel que se le fía. Pero a poco que seguía leyendo
volvía a dominarme la grandilocuencia del amante y ya no sentía más
que el interés novelesco de aquella pieza retórica que tenía entre las
manos.
En el orden cronológico de las cartas había una laguna. Aunque no
estaban fechadas, se adivinaba que el epistolario se hallaba dividido
por un lapso, en el que los amantes debieron verse y hablarse a diario.
Había sido un verano, durante el cual el esposo —tenía que hacer un
gran esfuerzo para recordar que el esposo era yo— había estado ausente.
Dejé las cartas sobre la mesa y calculé. Aquella laguna correspondía
a los meses del verano anterior, que yo dediqué a viajar por Italia.
Esto me hizo identificar ya exactamente aquella novela epistolar con mi
propia idea, el adulterio de mi mujer y la infelicidad que tan inocente
y desprevenido me cogía.
Se me llenó el alma de amargura. Seguí leyendo. Aquellas cartas eran ya
las cartas del amante. Durante mi ausencia, mi mujer había sucumbido.
El amante, que había probado las mieles de la convivencia con el objeto
de su amor, no se resignaba a la separación que mi regreso había
impuesto y, un poco tirano ya, obligaba a mi mujer a dedicársele
por entero. Menudeaban las furtivas citas. La espoleaba para que me
abandonase. Ella debía resistir heroicamente aquellas sugestiones, y
él, desesperado a veces, clamaba al cielo y a la tierra por su amada
cautiva en el argel de mi hogar, mezquina y sombría cárcel para el amor
que uno y otro se tenían.
¡Qué tristeza más grande la de ver mi casa tan clara, tan confortable y
reidora, convertida en dura cárcel de un amor castigado! ¡Qué infeliz
papel el mío, trocado de amante esposo en brutal cancerbero, guarda
roñosa de un tesoro vivo, anhelante por sortear a cuerpo limpio las
asechanzas del mundo, el demonio y la carne!
Las últimas cartas eran cada vez más apremiantes. Loco de amor, de
celos y de rabia, el amante de mi mujer la obligaba a abandonarme,
esgrimiendo contra ella terribles amenazas. La última carta fijaba un
plazo improrrogable: mañana...
Miré la ventana. Pronto estaría alboreando.