VII

Recogí aquel paquete de cartas que me atrevería a decir me quemaba las

manos si no fuese porque aún había un resto de sensatez en mí que me

hacía ver todo lo que estaba ocurriendo con un desapasionado interés

capaz de resistir a las fuertes sugestiones de la escena.

Dejando a mi mujer frente a los leños, me fui a mi estudio. Encendí

allí una lamparita eléctrica que había sobre la mesa y su luz cayó

sobre el paquete de cartas. Lo demás de la vasta pieza quedó en

sombras, poblado por los mil y un espectros de mis preocupaciones

artísticas. Desaté la cinta que unía aquellas cartas y empecé a

repasarlas profundamente emocionado.

Había triunfado en mí el diablillo espectador, sobreponiéndose a todos

los otros yo que pugnaban por salirme a la superficie. El diablillo

les hizo callar a todos, golpeándoles con sus vejigas, mientras yo

me arrellanaba en el sillón y me disponía a leer aquellas cartas del

amante de mi mujer, un poco complacido. ¡Qué diablo! No tengo más

remedio que decirlo.

Esperaba hallar uno de esos estúpidos epistolarios amatorios que sirven

de burdo disfraz al apetito sexual y me regodeaba pensando que mi

espíritu crítico iba a desnudar a mi rival, dejándolo a la intemperie.

Leí la primera carta. Si no hubiese seguido leyendo todo, se habría

evitado. Era una carta tan desconcertante, tan extraña, tan anacrónica,

que parecía mentira hubiese sido escrita por uno de esos hombres que

andan por la calle, suben a los _taxis_, presencian los partidos de

fútbol y se adueñan de las mujercitas inconsistentes de esos otros

hombres distraídos que comentan a Spengler y asisten a los congresos

científicos y las exposiciones artísticas. ¿Cómo no vi el anacronismo

de aquellas cartas? No sé; esperaba hallar algo tan distinto, fue

tan grande mi sorpresa que como por encanto perdí pie y me lancé al

absurdo. Únicamente así me explico cómo pude dar crédito y realidad a

lo que leía.

Hallé en aquellas cartas tal énfasis, tal engolamiento, una tan

retórica versión del sentimiento amatorio, una tan plástica concepción

de las pasiones que, por encima de todo principio, me arrastró el

dramatismo de aquellas cartas, y ya abierto y vulnerable sucumbí

fácilmente a la emoción que destilaban los ayes lastimeros, el rendido

enamoramiento, el desesperanzado afán y el furioso deseo de aquel

desconocido amador, que tan alto rango poético daba a su inclinación

por mi mujer.

Me dejé llevar. Leyendo aquellas cartas obtuve la misma satisfacción

que me proporcionaría el mejor poema romántico. Olvidé por completo la

realidad, me desprendí de mi propia vida y durante una hora no alenté

más que en pos de aquella avasalladora pasión. Admiraba la resistencia

de la heroína, que se adivinaba a través de las apremiantes súplicas

del enamorado doncel; medía el alcance de su dolor fluctuante entre el

deber inexorable y el deseo invencible. A medida que las cartas iban

pasando veía cómo su voluntad se quebrantaba a los certeros golpes

de aquel inflamado amor, que con tan altas y vibrantes palabras se

ofrecía, y llegó a parecerme excesiva su esquivez, fría su condición y

empedernido su pecho.

Únicamente cuando se hablaba de él, del otro —el otro era yo—,

recobraba el sentido de la realidad, dejaba a un lado la emoción

retórica y examinaba fríamente la situación: pero aun entonces lo

hacía como el actor principal de una comedia que atiende cuidadoso al

desempeño fiel del papel que se le fía. Pero a poco que seguía leyendo

volvía a dominarme la grandilocuencia del amante y ya no sentía más

que el interés novelesco de aquella pieza retórica que tenía entre las

manos.

En el orden cronológico de las cartas había una laguna. Aunque no

estaban fechadas, se adivinaba que el epistolario se hallaba dividido

por un lapso, en el que los amantes debieron verse y hablarse a diario.

Había sido un verano, durante el cual el esposo —tenía que hacer un

gran esfuerzo para recordar que el esposo era yo— había estado ausente.

Dejé las cartas sobre la mesa y calculé. Aquella laguna correspondía

a los meses del verano anterior, que yo dediqué a viajar por Italia.

Esto me hizo identificar ya exactamente aquella novela epistolar con mi

propia idea, el adulterio de mi mujer y la infelicidad que tan inocente

y desprevenido me cogía.

Se me llenó el alma de amargura. Seguí leyendo. Aquellas cartas eran ya

las cartas del amante. Durante mi ausencia, mi mujer había sucumbido.

El amante, que había probado las mieles de la convivencia con el objeto

de su amor, no se resignaba a la separación que mi regreso había

impuesto y, un poco tirano ya, obligaba a mi mujer a dedicársele

por entero. Menudeaban las furtivas citas. La espoleaba para que me

abandonase. Ella debía resistir heroicamente aquellas sugestiones, y

él, desesperado a veces, clamaba al cielo y a la tierra por su amada

cautiva en el argel de mi hogar, mezquina y sombría cárcel para el amor

que uno y otro se tenían.

¡Qué tristeza más grande la de ver mi casa tan clara, tan confortable y

reidora, convertida en dura cárcel de un amor castigado! ¡Qué infeliz

papel el mío, trocado de amante esposo en brutal cancerbero, guarda

roñosa de un tesoro vivo, anhelante por sortear a cuerpo limpio las

asechanzas del mundo, el demonio y la carne!

Las últimas cartas eran cada vez más apremiantes. Loco de amor, de

celos y de rabia, el amante de mi mujer la obligaba a abandonarme,

esgrimiendo contra ella terribles amenazas. La última carta fijaba un

plazo improrrogable: mañana...

Miré la ventana. Pronto estaría alboreando.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 57 / 67 题