Sentí el acicate en los ijares y me alcé magnífico yendo con mensurados
pasos hacia el rincón donde mi mujer yacía entregada a sus lloros. Iba
amasando mis insultos, disponiéndome a echarle las garras al cuello y
convenciéndome de que mi honor (mi honor, mi honor, cómo retumbaba la
palabreja allá dentro) exigía una cruenta satisfacción. Pero al mismo
tiempo había en mí otro yo, cándido y simple que procuraba asirse a
la realidad diciéndose que todo era una fantasía, que no había tal
adulterio y que pasadas unas horas aquella lucubración dolorosa se
desvanecería. Y aun había dentro de mí un tercer personaje, diablillo
maligno que asistía como espectador a la tragedia o el sainete, que
se preparaba frotándose las manos de contento mientras repasaba el
programa de la función.
Cuando sintió que me acercaba, mi mujer se alzó con presteza, sacó sus
ojos con sobrio ademán y me conminó:
—No te acerques a mí.
—Como quieras. De cerca o de lejos hemos de hablar —le respondí.
—No hablemos más; no me atormentes ni exijas de mí una explicación que
no sabría darte.
—¿Eres de verdad culpable?
Un prolongado silencio y una leve inclinación de su cabeza, cuyos ojos
se cerraron, me dieron la respuesta. Aquella certeza de mi mal acabó
con todos mis distingos. Ya no había en mí más que aquel extraño ser
que quería acusar su hombría, su animalidad. Era un tipejo bárbaro con
los ojuelos encendidos de furor, los labios gruesos, el pecho cubierto
de vello y las piernas musculosas y torcidas que se agazapaba dentro
de mí, dispuesto a saltar sobre su presa. Le tiré de la cadena y seguí
interrogando a mi mujer.
—¿Por qué me has abandonado?
—No me preguntes nada. No sé.
—¿Cómo has podido mentir un día y otro? ¿Es posible que tu alma no te
haya traicionado?
—No sé; no sé.
—¿Cómo has podido aceptar sin repugnancia mis caricias siendo culpable?
¿No has sentido siquiera el deseo de librarte de mí? Si no me amabas,
si querías a otro, ¿por qué no me lo dijiste?
—Ahora te lo he dicho.
—Ahora es tarde ya. Me has injuriado sin necesidad. Tú sabes que te
hubiese dejado seguir libremente tu deseo. Has sido así conmigo porque
eres torpe y ruin. Solo quisiste ofenderme. Nada sé de culpa, pero
adivino que tu caída ha sido una baja apetencia de bestezuela sensual.
¿No amas a ningún otro hombre? Si verdaderamente estuvieses enamorada
de tu amante, ¿le hubieses hecho pasar por la abyección de compartir tu
cuerpo entre él y yo? No digas que le quieres, ramera.
—Le quiero; por quererle con toda mi alma soy culpable. Tuya soy; te
pertenezco; puedes vengarte en mí; pega, insulta, mata, que por amor de
ese hombre he de sufrirlo todo.
—Mientes, mientes. No le quieres, dime que no le quieres. Ningún daño
te haré; pero no me digas que le quieres. Dime que caíste con él
porque sí, porque te vino en gana; que caíste con él y con otro y con
otro. Pero no mientas, no blasfemes invocando el amor para cubrir tus
liviandades de cortesana.
A mi pesar, el tono exaltado que empleaba mi mujer íbame arrastrando
las palabras, las inusitadas y retumbantes palabras de los melodramas
que salían de mis labios, llegaron a sugestionarme. El hombrezuelo
bárbaro saltaba y el diablillo no recataba su contento.
—Puedes ofenderme cuanto quieras —repuso con voz sombría mi mujer—;
pero no me harás renegar de este cariño a un hombre por quien lo
he sacrificado todo. Le amo más que a mi propia vida. No me hagas
repetirlo. Castiga, insulta, mas no intentes arrancarme una confesión
de liviandad que sería un engaño más. Bastante te he mentido ya.
—Mientes ahora, como mentiste antes. Quieres a ese hombre como a mí; te
burlarás de él como a mí me has burlado. Yo te daré libertad. Te irás
con él y cuando más confiado esté en tu cariño iré yo o irá otro y con
flores, con golosinas o dinero, ¿con dinero mejor, verdad?, te haremos
mentir de nuevo. ¡Pobre hombre si cree en ti, pobre!
—Basta, basta.
—¿Crees que no lo sé? Tú te vendes a poco precio y hay muchos
compradores para golosina tan deseada como tú. ¿Qué? ¿Cuándo le serás
infiel? ¿Por qué no le engañas ya? ¿A qué esperas? ¿Y por qué no ahora?
¿Y con quién mejor que conmigo?
Al decir esto me acerqué a ella suavemente. En mis labios había una
sonrisa que debió parecerle feroz, porque apartó los ojos de mí
horrorizada y con una entereza dramática que no pude prever cogió
uno de los largos y terribles agujones de su peinado y asestándolo
exactamente al lado del corazón, me dijo:
—Si te acercas, me mato.
Vacilé un momento; pronto me repuse; sin embargo, vi claramente el
ridículo de aquella actitud, me pareció todo aquello tan inusitado, tan
absurdo y grotesco que me eché a reír con una carcajada tan honda que
no creo fuese yo quien la lanzase; más me inclino a creer que fuese
cosa del diablillo que seguía muy complacido presenciando la escena
desde la última butaca de mi conciencia.
Cautelosamente me acerqué a mi mujer y de improviso, con un rápido
ademán le sujeté la mano, torcí el blanco brazo y arranqué de entre
los dedos el aguijón que aspiraba a honores de arma mortífera. No
resistió ella más y volvió a echarse de bruces en el diván, llorando
sin consuelo.
—Vete, vete —me decía.
—¿Tanto le quieres? —le pregunté—. Es raro. Dicen que el amor no puede
estar oculto y yo nunca te he notado ese desaforado amor.
—Vete, vete —repetía acongojada.
—Me iré —le dije—; no volverás a verme; tuya será esta casa, tuyo
cuanto tengo. No oirás de mis labios un reproche ni una queja. Pero
pruébame que es cierto ese amor. Demuéstrame que tu traición ha
tenido por causa una noble apetencia y me iré. Te dejaré ser feliz si
me convences de que mereces serlo. No me digas que amas a ese hombre;
pruébamelo. ¿Callas? ¿Qué pruebas de amor podrás dar tú que no sea el
ardoroso contacto de tu piel?
Se levantó furiosa.
—¿Quieres saber cómo le amo? —me preguntó.
—Sí.
—Espera.
Salió un momento; la sentí revolviendo en su secreter y a poco volvió
con un paquete de cartas que sin mirarme arrojó sobre la mesa.
—Ahí tienes —dijo— el rastro de mi amor.
Se volvió hacia la chimenea. Cubrió sus desnudos hombros con un chal de
cachemira y allí, de espaldas a mí, se quedó quieta y silenciosa.