VI

Sentí el acicate en los ijares y me alcé magnífico yendo con mensurados

pasos hacia el rincón donde mi mujer yacía entregada a sus lloros. Iba

amasando mis insultos, disponiéndome a echarle las garras al cuello y

convenciéndome de que mi honor (mi honor, mi honor, cómo retumbaba la

palabreja allá dentro) exigía una cruenta satisfacción. Pero al mismo

tiempo había en mí otro yo, cándido y simple que procuraba asirse a

la realidad diciéndose que todo era una fantasía, que no había tal

adulterio y que pasadas unas horas aquella lucubración dolorosa se

desvanecería. Y aun había dentro de mí un tercer personaje, diablillo

maligno que asistía como espectador a la tragedia o el sainete, que

se preparaba frotándose las manos de contento mientras repasaba el

programa de la función.

Cuando sintió que me acercaba, mi mujer se alzó con presteza, sacó sus

ojos con sobrio ademán y me conminó:

—No te acerques a mí.

—Como quieras. De cerca o de lejos hemos de hablar —le respondí.

—No hablemos más; no me atormentes ni exijas de mí una explicación que

no sabría darte.

—¿Eres de verdad culpable?

Un prolongado silencio y una leve inclinación de su cabeza, cuyos ojos

se cerraron, me dieron la respuesta. Aquella certeza de mi mal acabó

con todos mis distingos. Ya no había en mí más que aquel extraño ser

que quería acusar su hombría, su animalidad. Era un tipejo bárbaro con

los ojuelos encendidos de furor, los labios gruesos, el pecho cubierto

de vello y las piernas musculosas y torcidas que se agazapaba dentro

de mí, dispuesto a saltar sobre su presa. Le tiré de la cadena y seguí

interrogando a mi mujer.

—¿Por qué me has abandonado?

—No me preguntes nada. No sé.

—¿Cómo has podido mentir un día y otro? ¿Es posible que tu alma no te

haya traicionado?

—No sé; no sé.

—¿Cómo has podido aceptar sin repugnancia mis caricias siendo culpable?

¿No has sentido siquiera el deseo de librarte de mí? Si no me amabas,

si querías a otro, ¿por qué no me lo dijiste?

—Ahora te lo he dicho.

—Ahora es tarde ya. Me has injuriado sin necesidad. Tú sabes que te

hubiese dejado seguir libremente tu deseo. Has sido así conmigo porque

eres torpe y ruin. Solo quisiste ofenderme. Nada sé de culpa, pero

adivino que tu caída ha sido una baja apetencia de bestezuela sensual.

¿No amas a ningún otro hombre? Si verdaderamente estuvieses enamorada

de tu amante, ¿le hubieses hecho pasar por la abyección de compartir tu

cuerpo entre él y yo? No digas que le quieres, ramera.

—Le quiero; por quererle con toda mi alma soy culpable. Tuya soy; te

pertenezco; puedes vengarte en mí; pega, insulta, mata, que por amor de

ese hombre he de sufrirlo todo.

—Mientes, mientes. No le quieres, dime que no le quieres. Ningún daño

te haré; pero no me digas que le quieres. Dime que caíste con él

porque sí, porque te vino en gana; que caíste con él y con otro y con

otro. Pero no mientas, no blasfemes invocando el amor para cubrir tus

liviandades de cortesana.

A mi pesar, el tono exaltado que empleaba mi mujer íbame arrastrando

las palabras, las inusitadas y retumbantes palabras de los melodramas

que salían de mis labios, llegaron a sugestionarme. El hombrezuelo

bárbaro saltaba y el diablillo no recataba su contento.

—Puedes ofenderme cuanto quieras —repuso con voz sombría mi mujer—;

pero no me harás renegar de este cariño a un hombre por quien lo

he sacrificado todo. Le amo más que a mi propia vida. No me hagas

repetirlo. Castiga, insulta, mas no intentes arrancarme una confesión

de liviandad que sería un engaño más. Bastante te he mentido ya.

—Mientes ahora, como mentiste antes. Quieres a ese hombre como a mí; te

burlarás de él como a mí me has burlado. Yo te daré libertad. Te irás

con él y cuando más confiado esté en tu cariño iré yo o irá otro y con

flores, con golosinas o dinero, ¿con dinero mejor, verdad?, te haremos

mentir de nuevo. ¡Pobre hombre si cree en ti, pobre!

—Basta, basta.

—¿Crees que no lo sé? Tú te vendes a poco precio y hay muchos

compradores para golosina tan deseada como tú. ¿Qué? ¿Cuándo le serás

infiel? ¿Por qué no le engañas ya? ¿A qué esperas? ¿Y por qué no ahora?

¿Y con quién mejor que conmigo?

Al decir esto me acerqué a ella suavemente. En mis labios había una

sonrisa que debió parecerle feroz, porque apartó los ojos de mí

horrorizada y con una entereza dramática que no pude prever cogió

uno de los largos y terribles agujones de su peinado y asestándolo

exactamente al lado del corazón, me dijo:

—Si te acercas, me mato.

Vacilé un momento; pronto me repuse; sin embargo, vi claramente el

ridículo de aquella actitud, me pareció todo aquello tan inusitado, tan

absurdo y grotesco que me eché a reír con una carcajada tan honda que

no creo fuese yo quien la lanzase; más me inclino a creer que fuese

cosa del diablillo que seguía muy complacido presenciando la escena

desde la última butaca de mi conciencia.

Cautelosamente me acerqué a mi mujer y de improviso, con un rápido

ademán le sujeté la mano, torcí el blanco brazo y arranqué de entre

los dedos el aguijón que aspiraba a honores de arma mortífera. No

resistió ella más y volvió a echarse de bruces en el diván, llorando

sin consuelo.

—Vete, vete —me decía.

—¿Tanto le quieres? —le pregunté—. Es raro. Dicen que el amor no puede

estar oculto y yo nunca te he notado ese desaforado amor.

—Vete, vete —repetía acongojada.

—Me iré —le dije—; no volverás a verme; tuya será esta casa, tuyo

cuanto tengo. No oirás de mis labios un reproche ni una queja. Pero

pruébame que es cierto ese amor. Demuéstrame que tu traición ha

tenido por causa una noble apetencia y me iré. Te dejaré ser feliz si

me convences de que mereces serlo. No me digas que amas a ese hombre;

pruébamelo. ¿Callas? ¿Qué pruebas de amor podrás dar tú que no sea el

ardoroso contacto de tu piel?

Se levantó furiosa.

—¿Quieres saber cómo le amo? —me preguntó.

—Sí.

—Espera.

Salió un momento; la sentí revolviendo en su secreter y a poco volvió

con un paquete de cartas que sin mirarme arrojó sobre la mesa.

—Ahí tienes —dijo— el rastro de mi amor.

Se volvió hacia la chimenea. Cubrió sus desnudos hombros con un chal de

cachemira y allí, de espaldas a mí, se quedó quieta y silenciosa.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 56 / 67 题