IV

No tardó esta en hacérsenos imperceptible. Nos creímos que habíamos

vuelto a nuestra sinceridad, nos olvidamos de la máscara y, ya sin

precauciones, seguimos charlando a placer arrellanados en un diván que

arrastré cerca de la chimenea. Dejé el comedor a media luz y allí,

enlazando por la cintura a mi mujer, me dejé llevar por el encanto de

aquella confortable y sugeridora ocasión.

Permanecimos algún tiempo en silencio. Mi mujer alargaba sus

piececillos hasta la chimenea y parecía obsesionada con el lengüeteo de

las llamas. Su cara, entintada en rojo, parecía la cara de esas muñecas

de cera furiosamente carmíneas y por un momento temí se derritiese al

calor de la lumbre. Su ensimismamiento era más hondo cada vez. Para

contestar a mis preguntas parecía hacer un largo viaje a través de

unas remotas regiones en las que le sorprendían mis llamadas. Eludía

mis interpelaciones con un monosílabo y volvía a irse. ¿A dónde? Yo

no lo sabía y empecé a sentirme molesto. Le costaba un gran trabajo

atenderme. Hacía visibles esfuerzos para venir conmigo, pero creo que

contra su voluntad volvía a escapar a sus paisajes ideales, por más que

yo la retenía, la acosaba a preguntas y la estrechaba entre mis brazos.

Esta insistencia empezó a causarle molestia. Cada vez contestaba de

peor gana a mis requerimientos. Llegué a serle insufrible; me contestó

al fin violentamente y se separó de mí colocándose al otro extremo del

diván con la cara entre las palmas de las manos y las pupilas fijas en

el fuego.

Me levanté airado ante aquella inexplicable actitud y comencé a medir

la habitación con largos y fuertes pasos. Empecé entonces el monólogo

de las recriminaciones. Debo declarar que al principio fui un poco

farsante. Es más; me agradaba aquella actitud desdeñosa de mi mujer.

Y como me gustaba la escena que estábamos representando, extraje

cuidadosamente de la realidad todas las raíces de los minúsculos

hechos cotidianos que podían hacer florecer en mis labios el reproche.

Estaba muy contento de mi inventiva. Mis quejas sonaban bien. Reproché

a mi mujer su falta de cariño, su desdén por mis preocupaciones, su

incomprensión para mis inquietudes espirituales. Aquel monólogo

tenía emoción y fui subiéndolo de tono con cautela al principio, con

desapoderado entusiasmo después.

Ella, a medida que crecía el énfasis de mis acusaciones, mostrábase

más ceñuda. Estaba a tono también. Mantenía su mutismo con una gran

entereza, una llamita roja ardía en sus pupilas, y sus labios,

aplastados el uno contra el otro, eran como un signo de dolor. Yo, que

la miraba de reojo mientras recitaba mi monólogo, me desconcerté un

poco. Hice una transición, y ya sinceramente y a lo que yo creí sin

farsa, la interrogué:

—¿Pero qué es lo que ha pasado entre nosotros, mujer? ¿Por qué estás

así? ¿Te han dolido mis reproches? Ea, dejémonos de farsas. Mis

reproches no han sido sinceros. Son ganas de jugar a sufrir. A veces,

esta naturaleza nuestra tan adicta al dolor se irrita cuando no lo

siente cerca y, ¡ya ves qué tontería!, lo finge. ¿No te ha pasado igual

algunas veces, chiquita? El dolor es tan consustancial para nosotros

que cuando no aparece en nuestra vida, tenemos necesidad de inventarlo.

¿No has sentido tú nunca el deseo de padecer, y por padecer has

inventado tú misma un sufrimiento? Pues así han sido mis quejas para

contigo. Dolor imaginario. Ganas de sufrir que tiene esta carne viciosa

de que estamos hechos. ¿Qué tengo yo que reprocharme, mi alma?

No respondió la mujer a estas sensatas y sinceras palabras. Seguía

impenetrable, extraña. Sus ojos continuaban fijos en un punto ideal y

su boca contraída hacía una mueca de enojo tan exacta que me exasperé y

cogiéndola por un brazo la sacudí con fuerza:

—Mírame.

No me contestó tampoco. Furioso por aquella estúpida terquedad estuve

a punto de golpearla. Pero sentí la carne de su brazo tan blanda bajo

la presión de mis dedos atenazadores que la solté temiendo desgarrarla.

Volví a mis razonamientos. Jamás he sido tan sensato, tan paciente. Y

eso que una furia infernal iba tomándome por dentro, encendiéndome la

sangre en las venas y cegando los veneros de mi razón.

Conteniendo mi ira me propuse forzar su dureza y llegar hasta el fondo

de su alma con suasorias palabras. Ya entonces no discurseaba. Me

preguntaba a mí mismo qué había ocurrido entre mi mujer y yo para que

de improviso nos sintiéramos extraños, remotos, desconocidos. ¿Qué

era lo que se había interpuesto? ¿Qué obstáculo me había cortado el

camino de su corazón, ancha vía siempre abierta a mi deseo? Suavemente

fui envolviendo a mi mujer en mis blandas caricias. Era indudable

que había sufrido una especie de letargo espiritual y había que

hacerla reaccionar. Extremé mi amoroso afán y entonces sonaba ya mi

voz con aquel mismo tono mayor de las declamaciones románticas. Era

absolutamente sincero, sin embargo.

Me deslicé a los pies de mi mujer y allí, abrazado a sus rodillas, hice

desgarradas invocaciones a su alma, conjurándola para que abandonase

sus lejanías y volviese a mí. Este tono mayor debió ser más eficaz,

porque advertí en mi mujer algunos indicios de una honda lucha y,

creyendo llegado el instante de romper el encantamiento, le sujeté la

cabeza con las manos y alzándola le pedí:

—Mírame.

Lentamente, como obra de un sobrehumano esfuerzo, fue alzando hasta

mí el rostro; pero cuando sus ojos dieron con los míos no pudieron

resistir mi mirada y los vi fundirse en lágrimas y cerrarse vencidos.

Cayó sobre el pecho la cabeza; con un furioso ademán me rechazaron sus

brazos, y allá se fue sollozando avergonzada al más sombrío rincón

de la estancia, donde, con la cara escondida bajo el brazo, estuvo

llorando sin consuelo, tomada de una congoja tal que parecía haber

caído sobre ella todo el dolor del mundo.

V

Fue tal el desconcierto que me produjo aquella actitud de mi mujer que

tardé algún tiempo en reaccionar. Menos aún que su enojo me explicaba

su dolor. ¿Qué pasaba en el alma de mi mujer? Me esforcé en dar una

interpretación racional a tales estados de alma y a poco que medité

creí haber descubierto el sentido de aquel desdén primero y aquellas

lágrimas que le habían seguido. Es indudable —pensé— que mi mujer se

declara culpable. ¿Culpable? ¿De qué? ¿Adulterio? Empecé rechazando la

hipótesis por absurda. Habituado a una absoluta sumisión de mi mujer,

no concebía que su alma, modelada a imagen y semejanza, se volviese

contra mí. Cierto que nunca le presté una extraordinaria atención; pero

no era menos cierto que ella no la requería. A veces estaba días y

días sin dedicar una hora a mi esposa; pero yo sabía a ciencia cierta

que una frase mía, un gesto, bastaban para cubrir sus necesidades

espirituales durante una semana. Tenía un alma pequeñita, a cuya

sustancia subvenía yo con largueza. Mi mujer no necesitaba más.

Reconocer por otra parte la posibilidad de un adulterio de naturaleza

puramente física me parecía más absurdo aún y apenas formulé la

suposición.

Pero allí estaba, sin embargo, mi mujer llorando, con tan claro llanto

de culpable, con la cara escondida y rehuyendo mi contacto con tal

repugnancia que la hipótesis iba tomando cuerpo y perfilándose al

fin netamente como síntesis de la dolorosa escena. Quise rechazar el

supuesto, pero ya no podía. ¿No era así, con aquellas mismas actitudes

e idéntico ademán como todas las heroínas del mundo se han declarado

culpables?

Menos trabajo me costaba aceptar la idea de la culpabilidad de mi

mujer que explicármela. Esto se hallaba fuera de toda previsión y

toda lógica. Pero estaba tan terminada la escena que acabábamos de

representar, tenía tanta plasticidad aquella tácita confesión, que tuve

que rendirme a la evidencia. Mi habitual sensatez, mi cerebralismo, si

se quiere, me hacían rechazar de plano el supuesto, pero son tantos los

hombres sensatos que han hablado de lo ilógico y absurdo de la mujer

en sus relaciones sexuales, se ha dicho tantas veces que las mujeres

son arcanos insondables y que el amor no resiste las disciplinas de

la razón, que abdiqué de mis convicciones, y ya en el vacío, una vez

otorgada personalidad al absurdo, me convencí de que mi mujer podía muy

bien haberme estado engañando a mansalva.

La amargura que este reconocimiento me trajo no fue tanta por el dolor

de sentirme engañado como por el desencanto de ver fallidas todas

mis previsiones. Era un fracaso moral tan grande que a su lado se

empequeñecía la molestia física de sentirse cornudo.

Al rato de estar rumiando pacientemente este dolor, este fracaso,

me revolví airado contra mí. ¿Qué hombrezuelo miserable era yo que

así me entretenía en desmenuzar mi desdicha? Había que dejarse

de disquisiciones. «Ya ves —me decía— a lo que te han traído tus

especulaciones psicológicas. Mientras tú creías jugar con el corazón

de tu mujer como un diosezuelo, ese corazón navegaba a la deriva por

el mundo a merced de las olas y de los pescadores. Sacude tu estúpido

cerebralismo, olvida tus proposiciones y tus razonamientos, alza los

brazos y la voz, grita, patalea, ruge, sé hombre alguna vez. ¿Crees que

ser hombre es encadenar tus sensaciones y tus movimientos a ese eterno

y silencioso devanar de tu conciencia? ¡A vivir, majadero! ¡Triste

cornudo reflexivo! Grita, lucha. ¿No ves que tu mujer se huelga con

algún hermoso animal mientras tú estás rumiando tus meditaciones?».

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 55 / 67 题