Imaginad el desdichado papel que uno de nuestros cómicos actuales,
caracterizado a la usanza del año sesenta, representaría con su
desentono, sus anacronismos y su incomprensión en una auténtica
tertulia de por aquellas fechas. Esta era exactamente mi situación
respecto a mi mujer aquella noche. Milagrosamente, aparecía ella como
un tan fiel trasunto de la juventud de su abuela que, en cada palabra,
en cada gesto, se desviaba medio siglo de mí mostrando lo artificioso
y falso de mi incompleta reconstrucción espiritual de la época. Por
primera vez mi mujer era distinta de ella misma y de mí. No nos
entendíamos. El espíritu de alguien —el de la vieja del desván acaso—
se había metido de por medio.
Al principio hice inauditos esfuerzos por ponerme a tono. Evidenciaba,
sin embargo, a cada momento la naturaleza histriónica de aquella
resurrección mientras mi mujer seguía jugando con maravillosa soltura
aquel vestido de seda tornasol de tan gozoso modo que yo sospeché que
el cuerpo juvenil de mi esposa había estado penando hasta hallar su
propio y natural completo en aquel hábito.
Y así, sugestionado, procuré seguir la farsa.