No soy un espíritu ni otorgo el menor crédito a los cándidos
investigadores de lo sobrenatural. No hay más espíritu que el mío.
Es posible que a mi alrededor vaguen cientos y cientos de almas en
pena, pero todas esas almas no son más que reflejos de una: de la mía.
Las tolero mientras me divierten; cuando empiezan a molestarme las
mato. No concibo, pues, los remordimientos ni todas esas zarandajas
inventadas para hacer odioso el delito. Si el ánima de mi padre viniese
a importunarme, la estrangularía y me iría a tomar el sol. No tengo,
sin embargo, necesidad de usar procedimientos de violencia. Cojo las
almas en pena y las convierto; todas sirven a mis necesidades. Unas me
impulsan al bien, otras a la verdad, otras a la belleza; algunas me
dan saludables lecciones; otras otorgan plasticidad a mi pensamiento;
otras, en fin, me advierten cuándo debo limpiar mi estómago... He hecho
de ellas mis más fieles servidores. A todas las reconozco en cualquier
momento y bajo cualquier disfraz como reconozco la sombra de mi cuerpo
por muy desfigurada que la perspectiva me la presente. Analizo estas
proyecciones de mi alma con la meticulosidad de un profesor alemán; sé,
al céntimo, cómo está con ella mi economía; descubro cuánto me deben
los espíritus superiores y reconozco mi deuda para con los que llamo
kamarrupas. Y, sin embargo...
He aquí una proyección con la que no he podido identificarme.