LA MUERTE DEL ESPÍRITU ADÚLTERO

I

Una hora después de haber cenado, mediada ya la botella de licor de

rosa y cansados mi mujer y yo de nuestras incursiones por frívolos

andurriales, fuimos tomando en nuestra charla el empaque de dos tipos

auténticos de la época romántica en sus últimos años.

En cuanto a mí no me sorprendía verme representando aquel panel tan

fácil, tan hecho, tan visto en libros, museos, archivos y escenarios.

¿Pero y mi mujer? Con la misma gracia, mitad dengosa, mitad desgarrada

—entre el romanticismo y el naturalismo— de una dama de la corte

isabelina, evocaba gestos, ademanes y actitudes de la época que yo

no recordaba haber descubierto jamás en los cuadros de aquel tiempo

ni siquiera en aquellos primeros daguerrotipos que ya hoy tienen la

calidad artística y el valor expresivo de una visión personal. Puedo

decir que en sus maneras, lenguaje e inflexiones de voz revivía

exactamente el espíritu del romanticismo en sus postrimerías. Fue

en aquella ocasión cuando aprendí de una vez para siempre el tono

romántico que desespera a mis émulos y desconcierta a mis críticos,

imposibilitados para contrastarlo.

Debo advertir que mi mujer es adorablemente inculta; no tiene la menor

idea de nada. Es de una blanda humanidad en la que yo con mis pulgares

he impreso algunas huellas y en todo momento me reconozco a mí mismo

allí donde mi mujer se acusa. Pero en aquella ocasión empecé a sentirla

extraña y terminé reconociéndola reveladora.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 52 / 67 题