Cuando la conocí ya estaba hecha una pavesita. Era vieja, tan
retevieja, que hasta la cuenta de los años había perdido. Vivía en uno
de los cuartos del desván desde hacía quién sabe el tiempo y pudiera
creerse que la vertiente del tejado, pesando sobre su cabeza cana,
había ido humillándola, hasta clavarle la barbilla en el esternón y
hacer que su espinazo se arquease tenso ya y a punto de lanzar al
espacio la flecha de su alma.
La mitad de sus días se le iba con el rosario entre las manos y
sentada ante la angosta buhardilla, desde la que admiraba, con sus
ojuelos quietos y blanquecinos, la inmensidad del mundo, la grandeza
del creador y el gracioso ir y venir de las nubes, en las que a veces
cabalgaba su fantasía, yéndose con ellas, en dilatados viajes, a
regiones de ensueño, pobladas con loca confusión por los esmaltes y
colores de su infancia, las tintas planas y aurirrojas de su juventud,
las perlas de sus sartas de lágrimas y el oro viejo de la liturgia.
Entonces era cuando se le iba el santo al cielo.
Un viejo bote de tomates, lleno de tierra negra y coronado de
hierbabuena, representaba ante ella el milagro de la vida inagotable,
y al otro lado de la ventana un jilguero cautivo le renovaba cada día
el espectáculo del dolor. Eran sus asideros a la realidad. Sin la
hierbabuena y el pájaro, la vieja, arrebatada por las nubes, se hubiera
perdido fácilmente en el espacio.
La otra mitad de la escasa vida que ya le restaba se la llevaba la
escalera. Eran ciento y pico de escalones, que ella, al subir y al
bajar, repasaba cuidadosamente, tanteándolos una vez y otra con el
balbuceo de sus piernas, trabadas por el reúma, que de tiempo en
tiempo le obligaba a guardar unas grandes pausas, ilustradas con
hondos suspiros. Arrebujada en sus trapitos negros y recorriendo este
calvario de la escalera la vi por primera vez. Otras muchas veces la
hallé después en el mismo sitio, cobrando fuerzas en los descansillos o
ganando trabajosamente los peldaños.
Mi relación con ella no pasó de ahí. Padecía, según me dijeron, un mal
genio insoportable y no pocas rarezas; esto la hacía andar por el mundo
más sola y desamparada aún, ya que la acritud de carácter, las rarezas
y manías favorecen y disculpan nuestra impiedad para con los viejos.
Vivía con una gran miseria, clara y limpia, eso sí, de la menguada
caridad de unos parientes remotos, que no querían turbar su conciencia
dejando que abiertamente se muriese de hambre. Y así iba tirando la
pobre. Jamás hablé con ella ni le mostré interés alguno. ¡Bah! —me
dije—. Una pobre vieja que espera a morirse del todo después de una
vida humilde y vulgar.
Supe después que aquel invierno lo había pasado muy mal; mi mujer le
envió algunos días un poco de calor para sus pobres huesos ateridos,
unas medicinas, unos alimentos, no sé. Esto me valió, cuando de nuevo
la encontraba en la escalera, unas largas miradas de gratitud, de las
que ni siquiera supe descubrir el significado. ¡Qué pocas veces nos
merecemos la gratitud que se nos tiene!
Un día antes de que llegase la primavera, cuando ya la habían venteado
los gorriones que anidan en el alero, la vieja se sentó una tarde
ante el cuadro azul de su buhardilla y, mirando embelesada al cielo,
satisfizo su aspiración de diluirse en él. Su cuerpo, ya sin vida,
quedose sentado ante la guardilla, mirando con los ojos, más abiertos
que nunca, aquella teoría de tejados y azoteas, que habían constituido
para ella, en los últimos años, todo el espectáculo del mundo. Ni
la hierbabuena ni el pájaro, que seguían trabajando y sufriendo, se
enteraron de lo que había ocurrido.
Cuando se encontraron muerta a la vieja, vinieron a preguntarnos
si queríamos hacer algo por ella, ya que éramos sus protectores.
Advierto que este pomposo título nos había costado apenas el trabajo
de alargarle unas cuantas cosas inservibles. Dispuse todo lo necesario
para su enterramiento, hice decir unas misas por su alma y mandé
recoger del desván sus trastos y cachivaches para conservarlos, por si
alguien aparecía reclamándolos. No vino nadie.
La buena vieja estaba más sola de lo que se creía. Todo su mundo había
desaparecido en el transcurso de unos años y unos tras otros habían
ido hundiéndose en el polvo los parientes, los amigos, los conocidos.
Sin darse cuenta exacta de la catástrofe que presenciaban sus ojos en
aquellos últimos veinte años, veía cómo la muerte barría las lilas
de las personas amadas o simplemente conocidas. Hoy era un hermano,
mañana aquel amigo, el otro tal o cual grande hombre de su época. Había
llegado el fin del mundo y solo ella quedaba ya para llorarlos a todos
y rezar por ellos, sola, trágicamente sola, en un mundo nuevo, con
cuyos habitantes no llegaría a entenderse.
Y no eran solo las personas las que le abandonaban: eran también
las cosas, todas las cosas de aquel viejo mundo tan amado, las que
se deshacían en polvo, disueltas en aquella gran tragedia de su
longevidad. Todo había desaparecido al transformarse, al encarnar en la
carne de aquella nueva humanidad que desconocía la vieja. Las casas,
las calles, los jardines, la ciudad entera habían desaparecido, e
inútilmente buscaba la longeva las antiguas sugestiones del mundo, los
gratos lugares de su juventud, recorriendo torpemente las tradicionales
sendas, que a duras penas podía reconocer. Envuelta en sus tocas
asomábase alguna vez al mundo, después de la gran catástrofe del
tiempo, y los grandes comercios, las calles amplias y rectas, pobladas
de monstruosos palacios, los cafés y las cervecerías, los trenes, la
luz y el estruendo le hacían perder la pista de las viejas veredas
urbanas, por entre las que andaba como entre unas ruinas. Aquella gran
ciudad, enjoyada de luz, cubierta de mármoles y bronces, no era para la
viejecita más que una ruina. La ruina de un mundo, el suyo, aquel para
el que prematuramente había sonado la hora final.
Al morirse murió con ella para siempre aquel mundo a que había
pertenecido. Ya nadie, después de ella, podrá evocarlo con limpieza y
netitud. La nueva humanidad creerá que tiene apresada en sus museos
y sus archivos el alma de aquellas horas, y hasta algunos insensatos
pretenderán hacerla revivir artificialmente con sus evocaciones; pero
la verdad es que aquello murió y jamás volverá a ser vivido. Podremos
escudriñar en el porvenir y saber acaso con absoluta precisión lo que
ha de pasar; pero el secreto del pasado es impenetrable para nosotros.
De lo que fue, nunca sabremos nada. Ha habido en el mundo muchos
profetas; pero nadie ha tenido el don de la historia, de la verdadera
historia.
Esta íntima convicción de nuestra incapacidad historicista me hacía
mirar los viejos trastos que pertenecieron a la vieja con el mismo
respeto con que miro el hacha de sílex en los museos de prehistoria.
Pronto la figurilla feble de la vieja fue borrándose de nuestra
memoria. La hubiésemos olvidado del todo a no ser por la presencia
de aquellos cachivaches que le pertenecieron, y que conservábamos,
aun a sabiendas de que nadie vendría ya a reclamarlos. Me parecía que
malbaratar aquello era como aventar las cenizas de la vieja, borrar
el rastro que había dejado en el mundo. ¡Es tan insignificante lo que
queda de una vida!
La curiosidad de mi mujer profanó un día aquellos despojos. Anduvo
revolviendo en los apolillados cajones de una cómoda de la vieja, que
conservaba intactos los últimos hálitos de su existir, y —Eva siempre—
me hizo tomar parte en aquella profanación.
—Ven, mira las cosas que tenía la vieja.
Toda una tarde estuvimos revolviendo sin piedad en aquellos cajones,
atestados de viejos vestidos de seda, galas convertidas en jirones,
ropa blanca de un blanco ahuesado por el tiempo, refajos remendados,
pelerinas y cortinas de encaje, cuyos tules finísimos se deshacían
entre los dedos. Mi mujer se dedicó al expurgo de los trapos y yo me
apoderé de un crucifijo de marfil y unos paquetes de cartas, documentos
y daguerrotipos. Fue un infame saqueo.
De entre todos los trapajos que conservaba la vieja, únicamente se
halló en buen uso un vestido de seda tornasolada, a la moda isabelina,
que debió satisfacer, con el énfasis de sus encajes, la pompa de
su corte amplio y el brillo de sus lentejuelas, la aspiración de
fastuosidad de la pobre vieja, allá en el momento culminante de su
existencia.
Se me antojó hacer un retrato a mi mujer, vestida con aquellas galas, a
las que por excepción no encontraba ese desconcertante sabor a disfraz
que tienen todos los trajes de época. Le hice, pues, ponerse aquel
vestido y componer su peinado a tono con los figurines del período
isabelino: requerí la paleta y los pinceles y me puse a pintar.
Trabajé con fervor, intentando seguir la sugestión de aquel traje;
ajusté mi técnica a la de aquella época germinadora del impresionismo
y creí hacer una buena obra de arte. No lo conseguí, a pesar de mi
obstinación y mi entusiasmo. Lo que ha sido, no volverá a ser; y como
no me satisfacía aquel pastiche que mi perseverancia fraguaba, empecé a
desesperar.
En cambio, mi mujer, que había vestido aquel traje de difícil
conformación con cierta repugnancia, empezaba a saberlo llevar con
gracia. Al principio le parecieron absurdas aquellas mangas quebradas,
insoportable aquel acinturamiento y entorpecedora y fea aquella cola
redonda que envaraba sus movimientos. No en vano estaba habituada a
las flojas y someras vestiduras de nuestros días. Pero a poco de posar
ante el lienzo, y mientras yo luchaba inútilmente con líneas y colores,
ella había conseguido humanizar de nuevo el traje muerto, se había
identificado con él y sabía interpretarlo fielmente con el ademán, el
gesto y la actitud.
Esto hizo que cada vez pintase menos y mirase más. Me convencí de
la inutilidad de mi esfuerzo y tuve que contentarme con admirar la
instintiva capacidad artística de mi mujer, muy superior a mi impotente
capacidad profesional.
Un día de buen humor hice que mi mujer vistiese el traje de seda
de la vieja, no para posar ante el lienzo, sino para sentarse a la
mesa. Comimos, charlando de cosas indiferentes, que más que nada
eran pretextos para que mi mujer hiciese jugar las vetustas sedas,
que exhalaban suaves murmullos de gozo, estremecidas por el contacto
con la juventud de aquella mujer hermosa, grato contacto con el que
seguramente habían soñado años y años, arrugaditas en el fondo de su
humilde sarcófago.
Mi mujer, identificada ya con el alma del vestido, estuvo deliciosa y
yo fui feliz por unas horas, y conocí entonces toda la sana alegría, el
optimismo y el contento de estar vivo que atesoran esos encantadores
lienzos de los maestros holandeses, titulados, invariablemente, «El
pintor y su esposa».
Al final de la comida hice destapar unas botellas de mistela y de
licor de rosa que había capturado en las profundidades de una antigua
bodega. El inocente licor de rosa tiene, no obstante su candorosa
dulzarronería, una hipócrita malicia de niño travieso que desataba las
lenguas de nuestras abuelas y hacia brillar sus ojos en los saraos
entre las celosías de las mantillas y los pericones.