Pero a la otra mañana, cuando al lucir el sol vio claramente su pecado
recortado en el azul del cielo, sintió un asco invencible, una infinita
repugnancia. Y apaleó a mi madre.
¿Cuánto sufrió aquella mujer? ¿Cómo se explicaría la desdichada
aquellos ramalazos de locura de su amado? ¿Qué infinita bondad no
habría en su alma cuando se los perdonaba?
Trabajando, padeciendo, hambrienta, odiada y apaleada cada día, como un
perro sarnoso, llegó mi madre al noveno mes de su embarazo. No dudo de
que grandes debieron ser sus pecados; mas dificulto que haya habido una
tan terrible expiación como la suya.
Hace no más que veinticuatro horas estaba en un rincón de nuestra
cueva, a la que habíamos vuelto, y era tal su congoja, tan
incomensurable su dolor, que pedía a todos los poderes de la tierra y
del cielo la librasen de la vida.
Los poderes incógnitos no fueron sordos a su súplica. Una vez más
llegó mi padre ebrio de dolor y de vino, y una vez más fustigó las
carnes maceradas de la infeliz. Revolviose ella, por primera vez,
contra el castigo y pidió a mi padre que por los clavos de Cristo no la
martirizase más, o por lo menos le dijese qué causas tenía aquel odio
salvaje.
Mi padre no pudo contenerse por más tiempo y se lo escupió a la cara,
al mismo tiempo que, echándole las manos al cuello, le apretó con
furia, no sé si de odio o de apetito. No sé.
Como no sé tampoco si mi madre murió víctima de la presión de los dedos
de mi padre, engarbados a su cuello, o del horror y el asco de su
crimen.