VI

No creo que al principio la noticia del incesto conturbase mucho a mi

padre. ¡Qué sabía él! El instinto le había llevado hacia una mujer y

el instinto nada le decía en contra de esta querencia, aun después de

saber que aquella hembra era su madre.

Se dispuso a seguir queriéndola, como hasta allí la había querido,

dándosele un ardite de la extraña y absurda circunstancia que infundía

un sentido criminal a su noble y sana apetencia.

Pero aquel que en los primeros momentos se le antojó levísimo

contratiempo, empezó a escarabajearle en el meollo y ya no le dejó

sosegar. Me imagino la estupefacción de mi padre al ver que una cosa

tan nimia, tan insignificante, se le oponía tenaz, dispuesta a torcer

su voluntad. Presto a defender su hembra contra los mayores obstáculos

del mundo, a los que él otorgaba una representación plástica de grandes

moles de granito, hierros, llamas, garras, dientes, veíase acometido

por una imperceptible dificultad, que él no creyó nunca tuviese

valor alguno. Decir a mi padre que una imposibilidad moral había de

obligarle a refrenar su apetito era como torcer el curso de un río con

procedimientos suasorios.

Desgraciadamente, no era mi padre tan entera alimaña como debió ser, y

no obstante su fortaleza contra los corpóreos enemigos, se dejó tomar y

vencer por aquel inaprensible adversario de su dicha.

La agresión de que había hecho objeto al amo le aconsejaba huir de

aquellos parajes, y cuando fue de noche, mi padre, mi madre y yo

emprendimos la marcha, siguiendo los más difíciles atajos y las sendas

más extraviadas.

Durante el camino caviló mucho mi padre, tomado ya por aquel artero

adversario de su instinto, y no tardé mucho en darme cuenta de cómo sin

querer empezó a repeler a la hembra que, atemorizada por la noche y el

frío, buscaba su cobijo.

Anduvimos hasta el amanecer y ya entrado el día topamos con una

cuadrilla de segadores nómadas, a los que nos unimos. Dos o tres

semanas vivimos en su compañía. A lo largo de aquellos días yo pude

darme cuenta de cómo el asco iba venciendo en mi padre aquella

inclinación primera que le llevó al incesto. La cavilación, el dar

y dar vueltas del exiguo meollo en torno a aquella infranqueable

barrera fueron arruinándole y dejándole requemado, correoso, extinto.

Repudiaba, al principio con dulzura, luego con furor, a la infeliz

madre de entrambos, cuyas entrañas no habían sabido adivinar la

tragedia, y pronto la vida fue imposible a su lado. Se separó de los

segadores y muchos días estuvimos vagando y merodeando por los caseríos

de la comarca. Mi madre proveía a nuestra subsistencia buscando

raíces, hurtando racimos, trabajando, a veces, en las duras faenas

del campo, allí donde por caridad querían darle quehacer. Mi padre,

más ensombrecido cada día, íbase, desde que apuntaba el día, a la

bodeguilla, y allí se estaba bebiendo en silencio, jarro tras jarro,

el vino turbio y agrio, hasta que anochecido se reunía con mi madre en

cualquier chozo abandonado. Ella, rendida de la faena del día, de sus

hambres y sus dolores, aún tenía ánimos para ofrecérsele blandamente

enamorada. Entonces él se desataba en denuestos y la golpeaba. Yo he

sentido alguno de aquellos golpes sobre la tersa esfericidad de su

vientre y por ella temí más que por mí.

De mal en peor seguimos arrastrando nuestro dolor por todos los

caminos. Un fatal designio nos iba acercando a nuestra aldea. Creo que

era mi madre la que, sintiéndose próxima a dar a luz, derivaba hacia

el viejo campanario tan amado. Mi padre se dejaba llevar insensible a

todo lo que no fuese su furor. Una tarde que no había bebido demasiado

le sentí llegar suavemente hasta mi madre. Parecía contento. Cantaba,

silbaba, reía con estrépito y se dejaba acariciar por las manos

destrozadas de mi madre, que lloraba de alegría, viéndole otra vez

junto a sí. El infeliz estaba contento aquella tarde. ¡Pobre padre

mío! ¿Por qué te dejaste vencer por aquel invisible enemigo? ¿Por

qué perdiste tu recia animalidad? ¿Por qué dejaste de ser una buena

alimaña de Dios para convertirte en algo menos que un hombre y que una

bestia?

Aquella tarde se dejó llevar de las caricias de mi madre y fue

incestuoso una vez más.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 48 / 67 题