No creo que al principio la noticia del incesto conturbase mucho a mi
padre. ¡Qué sabía él! El instinto le había llevado hacia una mujer y
el instinto nada le decía en contra de esta querencia, aun después de
saber que aquella hembra era su madre.
Se dispuso a seguir queriéndola, como hasta allí la había querido,
dándosele un ardite de la extraña y absurda circunstancia que infundía
un sentido criminal a su noble y sana apetencia.
Pero aquel que en los primeros momentos se le antojó levísimo
contratiempo, empezó a escarabajearle en el meollo y ya no le dejó
sosegar. Me imagino la estupefacción de mi padre al ver que una cosa
tan nimia, tan insignificante, se le oponía tenaz, dispuesta a torcer
su voluntad. Presto a defender su hembra contra los mayores obstáculos
del mundo, a los que él otorgaba una representación plástica de grandes
moles de granito, hierros, llamas, garras, dientes, veíase acometido
por una imperceptible dificultad, que él no creyó nunca tuviese
valor alguno. Decir a mi padre que una imposibilidad moral había de
obligarle a refrenar su apetito era como torcer el curso de un río con
procedimientos suasorios.
Desgraciadamente, no era mi padre tan entera alimaña como debió ser, y
no obstante su fortaleza contra los corpóreos enemigos, se dejó tomar y
vencer por aquel inaprensible adversario de su dicha.
La agresión de que había hecho objeto al amo le aconsejaba huir de
aquellos parajes, y cuando fue de noche, mi padre, mi madre y yo
emprendimos la marcha, siguiendo los más difíciles atajos y las sendas
más extraviadas.
Durante el camino caviló mucho mi padre, tomado ya por aquel artero
adversario de su instinto, y no tardé mucho en darme cuenta de cómo sin
querer empezó a repeler a la hembra que, atemorizada por la noche y el
frío, buscaba su cobijo.
Anduvimos hasta el amanecer y ya entrado el día topamos con una
cuadrilla de segadores nómadas, a los que nos unimos. Dos o tres
semanas vivimos en su compañía. A lo largo de aquellos días yo pude
darme cuenta de cómo el asco iba venciendo en mi padre aquella
inclinación primera que le llevó al incesto. La cavilación, el dar
y dar vueltas del exiguo meollo en torno a aquella infranqueable
barrera fueron arruinándole y dejándole requemado, correoso, extinto.
Repudiaba, al principio con dulzura, luego con furor, a la infeliz
madre de entrambos, cuyas entrañas no habían sabido adivinar la
tragedia, y pronto la vida fue imposible a su lado. Se separó de los
segadores y muchos días estuvimos vagando y merodeando por los caseríos
de la comarca. Mi madre proveía a nuestra subsistencia buscando
raíces, hurtando racimos, trabajando, a veces, en las duras faenas
del campo, allí donde por caridad querían darle quehacer. Mi padre,
más ensombrecido cada día, íbase, desde que apuntaba el día, a la
bodeguilla, y allí se estaba bebiendo en silencio, jarro tras jarro,
el vino turbio y agrio, hasta que anochecido se reunía con mi madre en
cualquier chozo abandonado. Ella, rendida de la faena del día, de sus
hambres y sus dolores, aún tenía ánimos para ofrecérsele blandamente
enamorada. Entonces él se desataba en denuestos y la golpeaba. Yo he
sentido alguno de aquellos golpes sobre la tersa esfericidad de su
vientre y por ella temí más que por mí.
De mal en peor seguimos arrastrando nuestro dolor por todos los
caminos. Un fatal designio nos iba acercando a nuestra aldea. Creo que
era mi madre la que, sintiéndose próxima a dar a luz, derivaba hacia
el viejo campanario tan amado. Mi padre se dejaba llevar insensible a
todo lo que no fuese su furor. Una tarde que no había bebido demasiado
le sentí llegar suavemente hasta mi madre. Parecía contento. Cantaba,
silbaba, reía con estrépito y se dejaba acariciar por las manos
destrozadas de mi madre, que lloraba de alegría, viéndole otra vez
junto a sí. El infeliz estaba contento aquella tarde. ¡Pobre padre
mío! ¿Por qué te dejaste vencer por aquel invisible enemigo? ¿Por
qué perdiste tu recia animalidad? ¿Por qué dejaste de ser una buena
alimaña de Dios para convertirte en algo menos que un hombre y que una
bestia?
Aquella tarde se dejó llevar de las caricias de mi madre y fue
incestuoso una vez más.