IV

Empezó para mí una nueva vida. Me sentí tan a placer en mi flamante

morada, tan bien asistido, que pronto empecé a crecer y desarrollarme.

Me hallaba bien acondicionado, progresaba y empezaba a ser algo en el

mundo. Entonces fue cuando por primera vez di en el hábito de filosofar.

Pero aquel sosiego, que favorecía mi rápido desarrollo, trajo a mi

madre —ya entonces supe que aquella había de ser mi madre— espantosas

desdichas. Pronto empezó a hacerse notar mi existencia, no obstante el

cuidado con que la pobre mujer apretaba los cordones de su corpiño,

reduciendo hasta lo inverosímil la estrecha cárcel que me aprisionaba.

En aquel entonces hubo en la masía un movimiento inusitado. Por lo

que después pude saber había llegado el amo. El amo de la casona, los

ganados, los pastos; el amo de mi madre, de mi padre, y creo que amo

mío también. Aquella llegada del que yo suponía buen dios posesor

desazonó a mi madre sobremanera, y largas horas la sentí llorar con

lentos y difíciles sollozos, allá en el último rincón del sobrado,

donde nadie pudiese verla.

Una noche, después de la cena, sobrevino la catástrofe. El amo había

cenado bien; la morcilla, el tasajo, los alcaparrones y el queso

picante le habían hecho beber mucho vino y los ojos debían brillarle

como dos diamantes negros. Yo adiviné esta furia de sus ojos en el

estremecimiento de terror de mi madre cuando, mandada llamar por él, se

presentó sumisa a su deseo.

El amo estaba contento y quiso que de su alegría participase mi infeliz

madre. Por una vez el amo la libraba de su monótona vida de sirvienta y

la elevaba hasta él, dándole parte de su exuberancia. Había que estarle

agradecida.

Pero mi madre no quería; resistiose largo rato a los deseos de

expansión del amo, hasta que este, fuera de sí, quiso tomar por fuerza

lo que de buen grado no le daban.

—Ven acá, mala pécora —decía con terribles voces—. ¿Qué remilgos para

conmigo son esos? A buena hora mangas verdes, hipocritona.

—Déjeme, mi amo, déjeme —suspiraba mi madre.

—¿Dejarte? ¿A santo de qué? ¿No eres mía, lagarta? ¿No lo has sido

siempre?

—Eso fue antes, amo. Era yo una chiquilla...

—Antes, ahora y después. ¿Olvidas que fui yo mismo quien te quitó de

ser mocita, quien te hizo madre y quien te evitó que cayeses después en

un burdel? ¿No comes honradamente el pan de mi casa, en vez de andar

rodando por las ferias? Anda, déjate de gazmoñerías. Todavía eres joven

y hermosa para arrepentirte, morena.

—No quiero, no quiero.

—Pues querrás, como siempre quisiste, vaca vieja.

—No; aquello se acabó. Sanseacabó. ¡Por estas!

—¿Y por qué, paloma?

—Porque quiero a otro hombre.

—Buena cosa, nena. Yo no te lo impido. Si quieres a otro hombre, yo te

casaré con él, mi reina; tendrás la dote prometida y te diré al fin qué

fue de nuestro hijo para que tu hombre y tú lo recojáis.

—¡Mi hijo!

—Hecho un hombre está. Dieciocho años tiene y gloria da verle.

—Dime, por caridad, dónde está mi hijo.

—Dime tú antes quién es ese hombre a quien quieres.

—Ese hombre es...

—¿Quién?

—Un niño todavía. El zagal que pastorea el rebaño detrás del robledo.

—¿Juan Sin Nombre, el zagal?

—Juan Sin Nombre el zagal, el mismo.

—¡Dios de Dios!

Un nuevo estremecimiento de mi madre me hizo adivinar que algo terrible

había pasado por los ojos del amo. Debieron apagársele las luces de la

lujuria; algo espantoso debió ocurrirle en el alma y, cuando volvió a

hablar, su voz era honda, dura y seca.

—Vete, maldita; vete, perra. Vete, maldición de mi casa y de mi vida.

Sollozando, mi madre se salió de la pieza. Sus lágrimas no podían

disimular su contento por haberse librado milagrosamente de las

zarpas del amo, y no bien entró en su cuartito, abrió la ventana,

recogió entre sus brazos a mi padre, que allí la esperaba, y juntos se

descolgaron por el paredón de la masía y juntos corrieron, sin volver

atrás la cara, mientras el vientecillo de la sierra les azotaba el

perfil, y los perros cortijeros, uno a uno, iban llevando la noticia

del rapto hasta el fin del mundo con sus intermitentes ladridos.

V

Mi padre y mi madre se amaban impetuosamente. Tuve certeza de ello

en aquellos días en los que mi madre, huida de la masía, se escondía

en un socavón, con honores de vivienda, allá en los cerros donde

pastoreaba el ganado. Allí iba mi padre a llevarle sus sabrosos

presentes. La miel, la leche, la fruta que compraba o robaba por los

alrededores. Dormía mi madre en aquella cueva sobre un lecho de hojas

secas; servíanle de fogaril unas trébedes y un agujero abierto en el

techo natural de la cueva, y aún tenía, a pocos pasos, un regato, que

de espejo, baño y fuente le servía. Creo que mi madre se sentía allí

dichosa, y, a mi juicio, aquellos tres o cuatro días fueron los únicos

de paz y gozo que tuvo la infeliz.

El amo no se resignó con su desaparición. Hízola buscar cielo y tierra,

y ya, desesperado de encontrarla, se fue hacia el hato y llamando

aparte a mi padre le abordó sin rodeos.

Con la fría crueldad de un dios o un demonio le hizo saber que estaba

al corriente de sus relaciones con mi madre. Díjole que no le parecían

bien aquellos amoríos, que mi madre era mujer de su casa y servicio y

que para su casa y para sí la quería. Él era el amo y allí no había de

hacerse más que su santa voluntad.

Le oyó mi padre con paciencia felina. Con un poco de imaginación se le

hubiese visto mover el rabo a compás de un lado para otro, y más de una

vez, a lo largo de la filípica, gruñó sordamente, amenazando con saltar

al cuello del amo.

Contúvose, sin embargo; no creo que lo hiciese por prudencia, sino

porque estaba satisfecho y porque tenía a la hembra en su cubil y entre

las zarpas su formidable cayada.

—Búsquela, nostramo, búsquela —le decía con sorna.

—No la buscaré más; has de ser tú quien me la traiga. Ese encargo te

doy.

—No podré cumplirlo, amo.

—Vaya si podrás. Podrás, porque esa mujer, que hasta aquí fue mía, será

mañana de otro, de cualquiera. Menos tuya.

—¿Y por qué no mía?

Irguiose el amo, temblando de furor, y rugió al fin:

—¡Porque es tu madre!

—¡Bah! —repuso el pastor—. ¡Mi madre! ¡Bah! Es mi amante.

—Es tu madre, idiota.

—¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Ea!, largo de aquí con sus cuentos, viejo zorro.

—Ven acá, imbécil. Esa mujer, criada de mi casa, de quien yo dispuse

siempre a mi antojo y a quien le hice un hijo, que eres tú, podrá no

volver a la masía, pero ya nunca será tuya.

—Pero ¿por qué ha de ser mi madre, si yo la quiero para mí, mía, como

hombre y mujer, lobo y loba? Fuera de aquí, ¡ea! ¡Mi madre! ¡Mi madre!

¡Mi hembra! Largo de aquí. Ya verás, amo, para lo que me sirven tus

historias. ¡Largo!

Y, enarbolando la cayada, la volteó sobre su cabeza y la descargó

furiosamente sobre las espaldas del amo, que cuando se repuso y quiso

hacerle cara no consiguió sino que mi padre tirase lejos la cayada, y

ya con uñas, dientes y pezuñas le agredió gozoso, pateándole con furia.

Cuando se cansó le dejó respirar, incorporarse y huir, mientras iba

descargando contra él las piedras más certeras que salieron de su mano

a impulso del brazo más templado de toda la serranía.

Vibrante, excitado por la lucha, la pelambrera revuelta, el pecho

jadeante, al descubierto por entre los jirones de la camisa,

echó a correr hacia el socavón donde mi madre le aguardaba,

sumisa y enamorada, y allí yació con ella a su placer con fieros

estremecimientos de tigre en celo, que rindieron para siempre a la

hembra. Ya dije que tenía mis motivos para estar orgulloso de mi padre.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 47 / 67 题