Un día llegó hasta el hato en que mi padre y yo con él sesteábamos,
una mujer, joven todavía, ancha, fuerte y hermosa. Mi padre le dedicó
desde el primer momento sus toscas zalemas, le hizo probar su queso más
fresco, sus piñones y sus nueces. Ella le regaló un pañizuelo bordado y
le hizo beber el agua fría del regato en la cuenca rosada de sus manos.
Hecho esto, se marchó riendo y no volvió más.
Inquieto se quedó mi padre. Cuando llegó la noche dejó el rebaño al
cuidado de los mastines y echó cuesta abajo hacia la masía. Rondando
las paredes de la casona estuvo hasta que las estrellas le dijeron que
iba a venir el alba, y entonces, pasito a paso, se volvió a la montaña.
Bajamos también a la noche siguiente y a la otra. A la cuarta noche, mi
padre, encaramado en unos aperos, tocó con los nudillos, quedamente, en
el marco de un alto ventanuco, por cuyas rendijas había él atisbado el
cuartito estrecho de aquella mujer que le sonsacara.
La mujer se sobresaltó un tanto; pero pronto logró mi padre calmarla
con sus caricias, que ella gustó a poco sin rebozo. Desde entonces, mi
padre dejaba todas las noches el ganado a la custodia de los perros,
y a buen andar íbase contento y satisfecho hacia la masía, por cuyas
paredes trepaba hasta meterse por aquel ventanuco en cuyo alféizar le
recogían los arremangados brazos de aquella buena y complaciente mujer,
que ya le retenían afanosos hasta la madrugada. Regalábanse entrambos
con mutuas caricias; dábanse el uno al otro fehacientes testimonios de
su amor, y en uno de aquellos transportes mi padre me dio a mí, que ya
no volví con él a la majada.