EL SUICIDIO DEL CADÁVER

Nació; le bautizaron; a fuerza de chupetones y rabietas consiguió

tenerse en dos pies; articuló primero unos gritos y se hizo entender

después con las mismas palabras que usaban sus padres; más tarde

reconoció esas mismas palabras, escritas o impresas; en adelante,

le torturaron con otras muchas cosas que maldito si le importaban;

aprendió que la tierra tiene dos movimientos, uno de rotación y otro de

traslación, y el corazón, otros dos, sístole y diástole; reconoció la

soberanía de las Cortes con el rey; se convenció de que dos y dos son

cuatro; tuvo que creer que a don Favila se lo comió un oso y que San

Hermenegildo fue mártir; aprendió la ley de la gravedad y otras muchas

leyes naturales y contra natura; amó a su patria, temió a Dios, respetó

a la Guardia civil, leyó el _Quijote_ y se hizo bachiller. Entonces

olvidó casi todas estas cosas y aprendió otras que fueron olvidadas

igualmente cuando se hizo licenciado. Tomando y dejando cosas se formó

al fin; prestó dilatados servicios a su patria en cualquier menester

burocrático; hizo el amor, le casaron, le nacieron hijos, y como

suyos los inscribió en el Registro civil; se le cayeron el pelo y los

dientes; le concedieron una gran cruz y se murió.

Muerto y enterrado —pomposamente enterrado— estaba hacía algunos años

cuando por primera vez se puso a pensar seriamente y a fondo. Esto de

pensar en la tumba no es extraño. Los biólogos dicen a todo el que

les quiere oír que no nos morimos de una vez, sino poquito a poco.

Empezamos a morirnos cuando se nos cae el primer diente, cuando nos

sale la primera cana, y muriéndonos tiramos años y lustros, hasta que

nos entierran, o mejor dicho hasta mucho después de habernos enterrado,

porque a veces aunque se nos haya muerto el corazón y estemos tiesos

y estirados, mondos y lirondos, dándonos a la carcoma, aún hay en

nosotros partes vivas que si pudieran actuar libremente protestarían

contra el sepelio prematuro. Hay muertos a los que les crecen las uñas;

prueba de nuestra tesis es también que a veces los cirujanos remiendan

a los vivos averiados con trozos de la piel de esos muertos a medias;

popular es la frase de morirse a pedazos y la de estar medio muerto, y

por si esto fuera poco yo tengo mis dudas respecto de las momias. ¿Por

qué ha de estar muerto Tutankamen y no han de estarlo ciertos senadores

que yo me sé?

No es pues extraño que nuestro ilustre cadáver a los diez o doce

años de estar domiciliado en la huesa se pusiese a pensar. Es por el

contrario naturalísimo. Jamás había pensado nada mientras anduvo por

el mundo. Su pensamiento fue virgen al féretro, no había sufrido el

menor desgaste, no tenía pues por qué morir y en aquella paz del

sepulcro comenzó a actuar vigorosamente. A medida que el difunto fue

desencarnando empezó a moverse el pensamiento con cierta libertad

dentro de su calavera. La poca costumbre de pensar hizo creer al muerto

en los primeros tiempos que aquello que le escarbaba en el occipital

era un gusanillo demasiado ansioso. Pero no; pronto se convenció de que

era él, él mismo, su propia sustancia, lo que le escarabajeaba.

Pensando, pensando, con toda la gravedad y circunspección que le

prestaba su respetable condición de cadáver, abominó de aquel trasiego

de cosas en que se había empleado el venerable puchero que sobre los

hombros sostuvo durante cincuenta o sesenta años. Aquel tomar y dejar

ideas, que por una oreja le entraban y por la otra le salían, le

pareció despreciable. Reconoció que su cerebro había sido un cedazo

por el que la linfa se filtraba, mientras en el meollo se le iban

depositando las arenas de aluvión y los cantos rodados. Nada más.

A los doscientos años de estar dos metros bajo tierra había conseguido

tal lucidez, estaba tan limpio de envoltura carnal, que el pensamiento

rodaba vertiginoso por la órbita de su calavera, proporcionándole ideas

maravillosas. Sus conclusiones fueron radicalmente distintas de las que

obtuvo mientras vivió a flor de tierra. Adquirió el convencimiento de

que la humanidad insepulta es perfectamente estúpida. ¿Para qué ese

ajetreo de la vida? ¿Para qué tanto afán? ¿Por qué apasionarse por tan

grandes errores? Poquito que se reía él de Ptolomeo, Newton y Einstein.

Pero esta clarividencia le llevó a ser humorista y más tarde se le

agrió el humor. Le entró una rabia sorda contra su anterior vida. Había

sido un majadero. ¡Si él hubiese pensado las cosas mientras tuvo cédula

como las pensaba a los doscientos años de estar muerto y enterrado! Le

irritaba la idiotez de los vivos. De buena gana hubiese salido por el

mundo a insultar a la gente; pero no podía. Cuatro metros cúbicos de

tierra sobre su menguado esqueleto pesaban demasiado. Se enfureció por

su impotencia. Tenía que salir de allí y hacer curiosas revelaciones

a la humanidad. Se volvió loco. El gusanillo de su pensamiento, como

una luciérnaga, saltaba frenético dentro de la calavera. No pudo

resistir más. Se dio un chocazo contra el féretro y los dos parietales

desencajados se apretaron el uno contra el otro cogiendo en medio al

bichito de luz, al terrible pensamiento, que murió como un piojo entre

dos uñas. El muerto se había suicidado.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 43 / 67 题