Mi proceso ha sido sonado. El crimen que se me imputaba era una
verdadera obra de arte, con la que los gacetilleros consiguieron
emocionar a los burgueses de suyo indiferentes y estólidos. Una
mujer, una pobre mujer, había aparecido asesinada en su lecho y junto
se encontraron los cadáveres espantosamente mutilados de sus dos
hijitos; además, los muebles se hallaban en desorden y la pobre gaveta
descerrajada y sin un céntimo.
La mujer era viuda; sostenía conmigo relaciones amorosas; algunas veces
me había dado un poco de dinero, y por esto, y porque los niños no eran
muy agradables ni me miraban bien, reñíamos frecuentemente. Dieron en
decir que yo había sido el asesino y me encarcelaron.
Negué con energía; pero no pude probar nada. Viendo que no hacían caso
de mis protestas, decidí fugarme. Lo conseguí a poco. Mi propósito
era buscar por mí mismo las pruebas de mi inocencia, ya que nadie, ni
siquiera mi defensor, creía en mis palabras. Yo era inocente —ya no
tengo empeño en que lo creáis— y había un medio de demostrarlo.
La noche del crimen estuve en casa de mi amante y disputamos; los
vecinos me vieron entrar y me oyeron dar voces. Hacia la media noche
me marché sin que nadie pudiera sentirme. Camino de mi casa encontré a
un sujeto extraño; me pidió le orientase, pues se había perdido en el
dédalo de las callejuelas del barrio. Parecía extranjero; vestía mal y
hablaba peor. Adiviné en él un tipo interesante y charlamos como buenos
amigos. Era uno de esos sujetos estrafalarios que andan perdidos por
el mundo, de los que se puede decir que son la avidez en dos piernas y
unos ojillos curiosos. No supe cómo se llamaba, adónde iba ni de dónde
venía. Mostró empeño en escudriñar aquel barrio viejo y pintoresco a
la luz de la luna de enero y durante tres horas recorrimos todas las
callejuelas, llegamos a los muelles, pasamos el puente y acodados en
el pretil estuvimos viendo cómo la luna hacía cosquillas al río. Ya al
amanecer nos separamos. Me hizo saber tan solo que al día siguiente
abandonaría la ciudad y poco después el territorio. No he vuelto a
saber nada de él.
Transido de frío y lleno de fango llegué a casa y me acosté. Tuve
alguna fiebre y estuve delirando. La patrona ha declarado después que
me oyó pronunciar palabras ininteligibles con gran excitación. Cinco
horas más tarde vino la policía y me condujo ante el juez. Yo era el
asesino de mi amante y de sus hijos.
Únicamente podría probar lo contrario si lograba encontrar a aquel
vagamundo. Así lo dije; hicieron algunas pesquisas infructuosas y no
me atendieron más. Entonces me fugué y durante tres meses empleé toda
mi astucia y mi energía en buscar al maldito extranjero y en huir de
la Justicia. Creí adivinar que había marchado al país vecino y allí
fui a buscarle. Puse anuncios en los periódicos, inquirí en cárceles,
hospitales y cuarteles. Nada. Desesperé, y en este momento volvió a
cazarme la policía. Se consiguió mi extradición y volví a mi antigua
cárcel, corroborando con mi huida al extranjero la sospecha de que yo
fuese el asesino. Los inocentes no huyen nunca, dicen con toda gravedad
esos absurdos y axiomáticos magistrados.
Negando yo y agobiándome ellos con sus acusaciones, se celebró la
vista de la causa. Todos los testigos me han sido adversos; el fiscal,
después de despreciar las pruebas por innecesarias, ha llamado la
atención del Tribunal sobre mi cinismo. El idiota de mi defensor, harto
ya de exhortarme a la confesión, ha dicho una interminable serie de
majaderías. La pasión, la miseria, los hijos del otro, el atavismo...
¡Puaf!
Echando requiebros al jurado estaba mi defensor cuando me asaltó una
invencible repugnancia por todo aquello. Aquel gran aparato, aquellas
enfadosas pruebas, aquellos graves peritos, aquella ciencia, aquellas
calvas, aquellas togas y birretes, y hasta las chaquetas negras
y llenas de arrugas de los menestrales del jurado, me parecieron
ridículas, terriblemente ridículas.
Ante mis ojos y ante mi conciencia, todo, hasta lo más sagrado, se
estaba poniendo en evidencia, en ridículo. Nada podía yo hacer para
desbaratar el error, el formidable error de aquellos sabios y hombres
buenos. Les grité a la cara; me hicieron callar. Después de un ataque
de ira me asaltó una terrible angustia, y, por último, no supe hacer
más que insultarlos y reírme a carcajadas.
Sus términos, sus proposiciones, sus silogismos y sus razonamientos me
parecían espantosamente cómicos. Ya los había dejado por imposible,
y les oía desbarrar y decir sutilezas mientras me reía a mandíbula
batiente. Palabra que me reía con toda mi alma. Así deben reírse los
dioses viendo errar a las criaturas.
Me condenaron a muerte. Al leérseme la sentencia volví a indignarme
y a gritarles. Como si no. Muy metidos en sus togas y sus librotes,
aquellos señores habían fallado en justicia. ¡En justicia! ¡Ja, ja, ja!
Entre carcajadas me volvieron a la celda.
A los pocos días debían ejecutarme en garrote vil. Empleé aquel
tiempo en pensar serenamente sobre lo sucedido y poco a poco conseguí
calmarme. Me daba cuenta exacta de cómo el error, semejante a un
diablillo maligno, se había apoderado de cada una de aquellas
privilegiadas cabezas de los que me condenaron y, ¡qué diantre!, era
divertido verles machacar en el error, darle vueltas, tomarlo, sobarlo,
medirlo, y, al fin, consagrarlo con una monstruosidad: la sentencia.
¿Cómo se atreverán esos presuntuosos a sentenciar y dar muerte a
un hombre? ¿No piensan que si se equivocan, yo, un pobre diablo
cualquiera, puede escupirles a la cara y reírse de ellos?
Y esto es lo que hacía. Reírme; reírme con espantosas carcajadas.
En la mañana de la ejecución vino a verme un sacerdote.
—¿Sabe usted algo, padre? —le pregunté anhelante.
—No, hijo.
—Pues vaya usted con Dios —le dije por no agraviarle.
Me ejecutaron con toda la solemnidad y aparato con que estas cosas
se hacen. El público, llevado allí para la ejemplaridad de la pena,
presenciaba conmovido aquel ceremonial que a mí se me antojaba
altamente grotesco. Quise decirles muchas cosas. Mas ¿para qué?
Di el cuello al verdugo; hizo este funcionar su máquina, y en aquel
momento os juro que mi satisfacción, mi alegría por estar solo en el
secreto, por haber burlado a aquellos graves hombres, me hizo feliz.
Quise reírme por última vez, pero ya no pude. Entonces, no sabiendo qué
hacer para mostrar mi desprecio, mi burla hacia toda aquella gente,
saqué un palmo de lengua.
No lo entendieron. ¡Qué brutos! Menudo bromazo les he jugado. Porque...
¡¡Soy inocente!!