DOS GRANDES ERRORES

Sabemos con absoluta precisión cuando hemos de morirnos. Esto, claro

es, no se dice por ahí porque los que ya están avisados tienen miedo

y lo callan. Los otros, los que aún no están sujetos al emplazamiento

fatal, creen que la muerte es un agente extraño, algo así como el

recaudador de contribuciones de la divinidad y les satisface mantener

el mito de la Pálida, terrible huéspeda que avanza campos y ciudades

provista de sudario y la guadaña, viejas prendas que alguna vez

sirvieron a la poesía lírica, y hoy, pasadas ya de moda, apenas si

preocupan a tal o cual Hamlet de aldea.

Sabemos cuándo hemos de morimos, podemos apreciar la cuerda que nos

queda y a veces paseamos años y años por el mundo con nuestra papeleta

de defunción escondida en el fondo de la conciencia. Este conocimiento

de nuestro fin no es un aviso milagroso de la Providencia ni tiene

complicaciones taumatúrgicas, no. Es suficiente que pongamos un poco

de atención en nosotros mismos; nos basta auscultar cuidadosamente

nuestro ser para adivinar lo que nos resta de vida. Un poco de reposo,

un día entero de lluvia o viento encerrados en nuestra habitación, una

noche de insomnio nos permiten escuchar todos los ronquidos, estertores

y fracasos de nuestro organismo. El que atiende a esos indicios

pronto se entera de cómo está su máquina y calcula su duración como

un experto relojero podría calcular la de un reloj. Esta es una vieja

verdad; ya en los siglos XV y XVI la postulaban unos buenos hombres

que anunciaban solemnemente el día preciso en que había de morirse de

muerte natural. El pueblo los tomó a broma y se divirtió mucho con sus

errores de cálculo; la Inquisición los tomó en serio y dio en la manía

de quemarlos. Error gravísimo; porque una vez cogidos sí que podían

predecir su muerte.

Consecuente con mi teoría, yo supe hace algunos años el tiempo que me

quedaba de vida. Y a juzgar por cómo se me hacían agua en la cabeza no

pocas cosas sólidas y cómo me chasqueaban y crujían otras muchas en el

hígado y en el corazón, deduje que pronto había de morir.

Hombre sensato, deseché las preocupaciones sobrenaturales y me puse

a ordenar mis asuntos. Pensé entonces que, pues me había de morir y

el trance estaba próximo, era una insensatez el seguir afanándose por

las cosas terrenas. Suspendí todos mis trabajos y me di de lleno a

escucharme, a inquirir en los entresijos de mi quebrantada humanidad.

Pero por desgracia yo no tenía bienes y, mientras atendía a las

palpitaciones de mi pobre hígado, mi mujer y mis hijos pasaban grandes

hambres. Tuve que escribir cartas a los amigos pidiéndoles dinero. El

resultado fue menos que mediano. En cambio logré una sólida reputación

de vago y de sablista. ¡Idiotas! ¿Cómo querían que trabajase un

moribundo? Echado día y noche sobre mi jergón, percibía uno por uno los

íntimos derrumbamientos de mi ser, las muertes chiquitas que anunciaban

inexorables la muerte grande y definitiva.

Así transcurrieron unos meses, un año, varios años. Mi situación de

futuro cadáver era ya dificilísima. Seguí pidiendo dinero; ya entonces

revelé algo a los amigos más íntimos; les dije, en una palabra, que

me hallaba moribundo y se apiadaron algo más, no mucho. Pero los muy

brutos, viendo al poco tiempo que no me moría, volvieron a cerrar sus

bolsas. Estaba desacreditado. Si me hubiese muerto —pensaba—, estaría

en buen lugar ante ellos, elogiarían mi memoria y darían dinero a mi

viuda y a mis hijos. De improviso, ¡qué idea!, discurrí que el mejor

medio de asegurar un pasajero vivir a los míos después de mi muerte

era encomendarlos a la piedad de mis amigos en emocionantes cartas

redactadas casi en la agonía. No hay hombre capaz de resistirse a la

súplica de un moribundo. Redacté pues numerosas cartas preñadas de

lúgubres imágenes, de trágicos emplazamientos para la otra vida, de

súplicas, de estertores... Llegué a dominar por completo esto que

pudiéramos llamar literatura agónica. Aquello era una idea genial;

el sablazo de ultratumba. Hice un cálculo de mis amigos y de sus

posibilidades; se me presentaba un pingüe negocio. Hay que morir, me

dije.

Pero no moría aún; son demasiadas las cosas que tienen que quebrársele

a uno allá dentro para morir del todo. Ya me faltaba muy poco, casi

nada. Y, sin embargo, no era posible que esperásemos más.

Decidí aligerar el desenlace. Quiero decir que pensé suicidarme.

No hay que asustarse. Lo mío no tenía realmente los caracteres de

un suicidio. Era un empujoncito, un empujoncito nada más lo que me

faltaba. Cogí una gran pistola, herencia de mi abuelo, y estuve

preparándola. Al examinar la carga me alarmé un poco. ¿No era

demasiado grande aquel pedazo de plomo para matar una cosa tan nimia,

tan insignificante como lo que de mí estaba vivo? ¿No era demasiada

pólvora, demasiada detonación, demasiado escándalo? Una pueril

cerbatana hubiese sido suficiente; pero, por desgracia, la cerbatana

es en nuestros días un arma ineficaz para el suicidio y además un poco

ridícula.

Me resigné; moví aquel pistolón y me hice polvo. Creo que fallecí antes

de que el plomo me llegase a los sesos.

* * *

¿Quieren ustedes creer que me equivoqué? Créanlo; las famosas cartas no

dieron un solo céntimo a mi pobre viuda. En cuanto a mi muerte y a sus

claros indicios...

Baste decirles que hace diez años que yazgo dos varas bajo tierra y aún

siento aquí en la calavera algo que no me deja sosegar: un gusanillo,

un gusanillo...

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 41 / 67 题