EL DESASTROSO FIN DE LA HUMANIDAD

La vida era cada vez más difícil y el malthusianismo crecía. Sus

abominables prácticas habíanse extendido no solo por las grandes

ciudades, sino por las villas y aldeas, y la sencilla pastora como la

dama de gran mundo sabían pecar y eludir la penitencia.

Llegó un momento en que nadie tenía hijos. La humanidad iba a terminar

de un momento a otro. El egoísmo de esta generación postrera no

se contentaba con alargarse la vida todo lo posible, merced a los

repetidos injertos de glándula intersticial, sino que cortaba el camino

implacablemente a todo nuevo ser. No nacían niños. Y eso que los curas

se partían el alma echando bendiciones nupciales y aún se escribían

novelas de gran sentimentalismo.

Próximo ya al acabamiento del género humano, se enteraron los políticos

de lo que ocurría. Los sociólogos dijeron que ellos estaban al cabo de

la calle hacía muchísimo tiempo, pero la verdad es que nadie se dio

cuenta del peligro mientras no faltaron diez o doce años, a lo sumo,

para que se precipitase el juicio final.

Cundió la alarma y los soviets de todo el mundo —porque todo el mundo

era sovietista— estudiaron atentamente el problema y resolvieron

sacar a los sabios de las mazmorras en que a pan y agua los tenían

demandándoles una solución inmediata para el pavoroso problema.

Los sabios —que eran más sabios desde que no comían ostras, ni se

daban banquetes, ni fumaban grandes puros— aguzaron el intelecto, y

propusieron que en adelante los niños se hiciesen en laboratorios

especiales, en los que unos matraces de nueva invención sustituirían

con ventaja al anticuado e incómodo claustro materno.

Se hicieron felicísimos ensayos y se comenzaron a construir los

edificios gigantescos de unas grandes fábricas de niños. El

procedimiento era sencillísimo. Llegaban los presuntos padres,

depositaban una moneda por una ranura, una máquina automática les

extraía de un brazo, o de donde fuese, una pequeña porción de sustancia

vital, se hacía de ella un cuidadoso cultivo y sin más molestia que la

de pasar nueve meses después a recoger el encargo, cátate a un padre y

una madre hechos y derechos. ¿Era sencillo?

Pues ni así iban. Y las fábricas sovietistas de bebés al por mayor

quebraron por falta de clientes.

Los gobiernos, frente al fracaso de este sistema de incubadoras y

ante los apremios del tiempo pues la humanidad se extinguía a toda

prisa, volvieron de nuevo los ojos a los sabios. Les acortaron aún más

la ración, les prohibieron terminantemente las deliberaciones, las

consultas y los congresos, y esperaron inquietos sus soluciones.

Al fin se presentó una, genial, radicalísima, salvadora. El mundo

no se acabaría porque, quieras que no, nacerían hijos y en grandes

cantidades de hijos, como lo demandaba aquella terrible amenaza. Se

había encontrado el medio de que toda semilla vital fuese fecundada. No

habría escapatoria: mediante unos injertos maravillosos de no sabemos

qué glándula de pescado, las mujeres tendrían hijos por cientos, por

millares, por millones. El estudio de los fenómenos de la reproducción

en los peces había dado la clave del problema. Se había llegado a la

hueva humana.

Se empezó a usar el procedimiento y los resultados fueron prodigiosos.

Matrimonios que en veinte años no habían tenido un solo descendiente,

se encontraban con tres o cuatro mil hijos en pocos meses. Hubo

entonces que resolver otro grave problema; el de asegurar la vida a

las miríadas de seres que iban apareciendo. Nuevo injerto a las huevas

y los niños en formación adquirían tal vitalidad, que ni el calor ni

el frío, ni el hambre ni la sed podían aniquilarlos. Se consiguió

captar de la atmósfera los elementos de nutrición necesarios, y bastaba

que los chicos aspirasen un poco de aire libre para que se sintiesen

hartos, como al desprenderse del pecho de las nodrizas.

Empezó a poblarse el mundo con una rapidez incalculable. A la vuelta

de cuatro o cinco años las casas estaban abarrotadas de seres; en las

calles la gente, desbordándose de las aceras, inundaba el arroyo e

interceptaban la circulación de vehículos, los campos se cubrían de

seres humanos que no cabían en las ciudades, y pronto la avalancha

humana llegó hasta las orillas de los mares, cayendo al agua muchos

miles de personas que no tenían un palmo de tierra para posar la planta.

Cuando el Supremo Hacedor, en uno de sus ratos de ocio, revolvió el

arca de sus viejas producciones, encontró a la tierra en tan terrible

situación. Se horrorizó, no dejó de reprocharse su descuido, y cogiendo

el mundo con unas tenazas, lo sacudió violentamente en el espacio para

desprender aquella humanidad parásita. Después, lo lavó cuidadosamente

con un poderoso desinfectante, lo envolvió en unas gasas deletéreas,

y, junto con unas bolitas de naftalina celestial, lo envió al museo

arqueológico que para su solaz y recreo tienen los dioses. Porque por

allá arriba son muy aficionados a la arqueología.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 40 / 67 题