Jamás ha habido en el mundo una cantidad de dinero superior a mil
pesetas o a su equivalencia en francos, marcos, chelines, dólares,
rublos, plumas o cuentas de vidrio. Sobre ese dinero, el único que hay
de verdad, el único que existe, bien por donación espontánea de la
naturaleza, bien por las propinas de la divinidad a los santos varones
que con más celo la sirvieron, se ha levantado el gigantesco edificio
de la economía. Unos hombres que no tenían brazos para producir, ni
ánimos para mover guerras, ni cabezas para pensar, inventaron el
agio. A partir de entonces y merced a los infinitos sofismas de que
se valieron, el dinero inicial, el verdadero patrimonio de Adán ha
ido multiplicándose maravillosamente. Con el advenimiento de la Edad
Moderna, la creación de los bancos, los empréstitos de los estados,
el papel moneda y las sociedades por acciones el dinero ha aumentado
fabulosamente. Se habla de miles de millones con un desconcertante
aplomo. La estafa universal de la moderna economía no reconoce límites
y millares de empleados se inclinan ocho horas diarias sobre las
ventanillas y los pupitres de los Bancos, trabajando afanosamente.
Hace algún tiempo yo no podía explicarme en qué consistía esa labor
abrumadora de los infinitos empleados de banca. Pero ahora estoy
en el secreto y cuando por incidencia tengo trato con ellos procuro
abrocharme cuidadosamente y no dejar de la mano mis escasas monedas de
metal. Esos hombres son capaces de todo. Lo que no me explico es cómo
meten en la cárcel a los que dan el timo del portugués y en cambio
dejan en libertad de operar a esos hombres, mucho más peligrosos.
Pues bien; este secreto de las mil pesetas, únicas que hay en el mundo,
fue descubierto hace seis u ocho años por un judío alemán que ambicioso
de poder emprendió la más atrevida empresa que puede imaginarse. El
vasto plan del judío consistía en apoderarse una por una de las mil
monedas que han servido de base a la monstruosa hipérbole de la moderna
ciencia crematística y una vez capturado todo el dinero que hay de
verdad, no sus astutas ficciones, soplar el castillete de naipes de la
economía universal y verlo caer grotescamente.
La guerra europea vino a favorecerle y mientras los beligerantes se
partían el alma a gloriosos trastazos el judío recorrió Alemania,
Austria, Hungría y Rusia, llevándose los treinta o cuarenta dineros
que por allí había. Pronto empezaron a sentirse los efectos; el falso
dinero iba dando la cara de su falsedad y la gente empezó a rechazar
los billetes de banco, las láminas y los títulos. Los bolcheviques
dándoselas de sinceros quisieron abolir el dinero cuando el dinero se
había abolido a sí mismo al desaparecer la media docena de auténticos
kopecs que el judío alemán pudo encontrar en todas las Rusias.
Los austriacos vieron con espanto que sus coronas de papel tenían la
misma realidad y consistencia que el derecho divino de sus reyes, y
los marcos al sentirse amenazados acrecieron en la multiplicación pero
pronto quedó patente su invalidez.
Así, por donde quiera que el hijo de Israel va pasando se deshace la
ficción monetaria. En Portugal el reis se pierde ya en los recovecos
del cálculo infinitesimal y en España, donde los cuatro cuartos que hay
están en manos de tres toreros y seis tahúres, pronto sobrevendrá la
catástrofe. A menos que Romanones se dé cuenta, que todo puede ser, y
mal negocio entonces para el judío alemán.
Leal y desinteresadamente hago esta advertencia. Desinteresadamente
por que no poseo un solo céntimo y en definitiva me da igual que mi
hipotético dinero esté en las manos del judío alemán o en las del
editor. Tan mal ha de irme con uno como con el otro.
Pero tened cuidado; si el judío se alza al fin con las únicas mil
pesetas que hay en el mundo, tal vez volvamos los ojos con amor a la
memoria de nuestros ilustres financieros.