EL PURGATORIO DE LOS TONTOS

No iba descontento. Llevaba detrás un landó y veinticinco simones.

No iba descontento. Mi entierro se verificaba con toda la pompa y

solemnidad que yo había deseado y previsto.

Me dejaba llevar camino de la necrópolis muy serio y estirado dentro

de una caja de ébano. Hacía una buena tarde de sol y me agradaba pasar

solemnemente ante la buena gente trabajadora que me saludaba con todo

respeto al ver cruzar mi carroza fúnebre seguida de tan lucido cortejo.

En el camino anoté cuidadosamente en mi memoria quienes habían acudido

a mi sepelio y quienes no. Mi espíritu volaba de un simón a otro y si

bien es verdad que oí no pocas conversaciones inconvenientes, quedé

complacido de la corrección de mis deudos, amigos y conocidos, de sus

buenas maneras y de su irreprochable indumento. No se crea que yo era

un muerto frívolo porque me preocupaba de estas minucias, no. Es que

no se muere uno más que una vez en la vida y en definitiva es para

esto, para que le entierren a uno con decencia, para lo que se afana y

atosiga uno en los últimos años de su vida.

Un rato después de haberse verificado mi inhumación sin incidentes,

me asaltó el temor de que me hubiesen enterrado vivo. Los casos de

catalepsia son frecuentes y, además, ¿qué muerto era yo que andaba

después de enterrado pensando en pompas y vanidades mundanas? Una

terrible congoja me dominó y anhelé salir de aquel encierro pero apenas

formulé mi deseo me encontré libre, sano y salvo sobre la haz de la

tierra. Esto me tranquilizó. ¿Si no estuviese muerto del todo cómo me

sería posible andar así desencarnado? Y ya con absoluto sosiego, pasito

a paso, me torné a Madrid.

Dejé pasar la noche y muy de mañana fui a parar sin saber cómo ante

la puerta de mi oficina en la que entré sin ser visto. Los ordenanzas

no me saludaron. Iba a reprenderles pero recordé que estalla muerto.

¡Miserables! ¡Ya no me saludarían más! Había perdido de un solo golpe

mi alta jerarquía administrativa.

Penetré en mi negociado. Pérez con las patas —esto es, las patas—

encima de la mesa leía una revista pornográfica. He aquí el triste

resultado —me dije—, de quince años de amonestaciones y sanos consejos

morales. López liaba cigarrillos, tarareando un chotis y García, el

irreverente García, adueñado interinamente de mi mesa, se complacía en

alterarlo y revolverlo todo. Mudaba de sitio el tintero, el frasco de

la goma y las tijeras, revolvía los expedientes y curioseaba en los

cajones. ¡Oh, terrible perturbador! ¡Cómo gozabas de mi impotencia!

¡Cómo disfrutabas provocando el desorden y el caos! ¿No sabes,

desgraciado, que cada cosa tiene en este mundo un sitio inmutable y que

la prosperidad de un país, su sana administración y creciente riqueza

dependen tal vez de que se sepan colocar en su sitio exacto desde el

más alto jefe de administración hasta el último pisapapeles del reino?

Allí estuve las cuatro horas de oficina que fueron otras tantas horas

de tormento para mí. Los malsines de mis subordinados discutían,

chillaban y escarnecían mi memoria. Estuve decidido a marcharme muchas

veces pero una fuerza irresistible ataba mi alma desencarnada al

ambiente de aquella sala infecta en la que transcurriera la mitad de mi

vida.

Sin saber por qué al salir de la oficina seguí haciendo mi vida normal.

Fui a casa, asistí a la comida, estuve después en el café, presidí

la tertulia, subí al billar, paseé por Recoletos, compré unos dulces

a Pepita y me planté en su casa. Pero un sospechoso rumor hizo que

mi alma se detuviese sobresaltada a la puerta de su alcoba. Y, ¡la

verdad!, ni en espíritu me atreví a entrar.

Volví a casa y me tumbé en mi cama. Al día siguiente se repitió mi

tormento. Estuve en la oficina, en el café, en Recoletos y en casa de

Pepita. Allí parecía que me llamaban con campanillas. O aquella chica

era un prodigio de laboriosidad o yo era un alma en pena bastante

indiscreta. No sé.

Día tras día hice durante algunos meses la misma vida sobrenatural

que, aparte de mi incorporeidad, maldito lo que de sobrenatural tenía.

Llegué a desesperarme y a estar aun en el límite de la desesperación,

pasado el cual no sé adónde se va. ¡Para esto no valía la pena morirse!

Yo había creído que al morir abandonaba uno por completo todas las

miserias, las preocupaciones y los dolores de la vida terrena, pero

al cabo de un año de estar muerto y enterrado me encontraba atado a

cuanto en la vida fue mi obsesión. ¿No dicen que los muertos tienen

una gloria, un purgatorio y un infierno? ¿No se llama reposo eterno

a la muerte? ¿Por qué andaba yo como panderetillo de bruja sin poder

libertarme de tanta y tanta majadería como me rodeó en vida? ¿Qué me

importaba en fin de cuentas que González hiciese las carambolas por

chamba? Pues y las infidelidades de Pepita, ¿qué se me daban ya?

La gracia divina me ha permitido al fin conocer mi culpa y mi castigo.

Esta vida carnal sin carne, este atadijo a las pequeñeces de la

existencia terrenal no es otra cosa que el purgatorio de los tontos.

Por un decreto de la divinidad, los tontos, los memos, los que no

supimos ver más allá de nuestras narices, los que jamás tuvimos una

idea pura, ni un pensamiento elevado, ni una abstracción, ni un atisbo

siquiera del más allá, tenemos aquí nuestro purgatorio, entre los

nuestros, entre nuestros chismes cotidianos y nuestras preocupaciones

habituales. Es un terrible castigo. Imaginarlo en todo su dolor es casi

imposible. ¡Es espantoso este purgatorio de los tontos!

Yo algunas veces tengo un poco de lucidez y comprendo no solo mi dolor

sino el ridículo que hago divagando por el mundo. Antiguamente por lo

menos se nos temía y se nos llamaba almas en pena, trasgos y endriagos;

pero ahora es vergonzoso.

Los espiritistas se entretienen haciéndonos acudir a las patas de

sus odiosos veladores, y por si este ultraje fuera poco han dado en

llamarnos ¡kamarrupas! ¡Yo, un kamarrupa!

Hago estas revelaciones en beneficio de la humanidad entontecida. Hay

que despertarse, abrir el ojo y alambicar un poco. Este purgatorio de

los tontos es terrible.

Voy escribiendo estas revelaciones con tinta simpática en un montoncito

de cuartillas que hay en el fondo del segundo cajón a mano derecha de

mi mesa de trabajo... ¡Ojalá alguno acierte a descifrarlas y sirvan

algún día para aviso de ingenuos!

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 38 / 67 题