Este hombre era un arbitrista con muy pocos arbitrios; un arbitrista
que tenía por todo caudal y por toda familia un perro; un perrillo
costroso con unos ojuelos tristes y un rabito calvo más triste aún. El
perro y el amo eran intelectuales. Y les iba mal en la vida.
El amo, por toda ocupación se plantaba en la Puerta del Sol y arrimado
a una farola se pasaba las horas muertas mordiéndose las uñas con
una voracidad digna de mejor empleo e imaginando al mismo tiempo,
fantásticos arbitrios. Mientras, el perrillo, huroneaba en los montones
de basura de los mercados.
Al anochecer volvía el perrillo en busca del amo. En aquel momento
cambiaban una mirada de inteligencia y mutua conmiseración.
—¿Qué tal te ha ido, perro?
—Mal; muy mal, hombre. ¡Esos guardias! ¿Y a ti?
—Peor. ¡Esos gobiernos!
Pasito a paso íbanse entonces de recogida al agujero en que moraban.
Un mismo jergón se apiadaba de los huesos maltrechos del hombre y el
perro; juntos se prestaban calor el uno al otro.
Un día de hambre —un día— el perro y el hombre al regreso de sus
correrías se miraron a los ojos largamente. Al hombre le pareció que
aquella mirada dulce y pesada del perro era más intelectual que de
costumbre. Lo que el perro quería decirle con los ojos debía de estar
muy claro. Pero el hombre no supo entenderlo. «¡Qué brutos son los
animales racionales!», pensaría el perro.
Aunque habituado a los rasgos de inteligencia del perrillo, se conmovió
el hombre ante la vivacidad, el espíritu que denotaba aquella larga
mirada del can. Y pensando en ello discurrió la más peregrina teoría
que puede imaginarse.
Empezó poniendo todo su empeño en descifrar lo que el perro quería
decirle con los ojos. Sujetándole la cabeza le obligó a mirarle
fijamente mientras él con los ojos muy abiertos escrutaba en el fondo
de las pupilas desteñidas del animalejo con la misma furia y encono
que los hipnotizadores. El pobre perrillo no podía sostener aquella
mirada inquisitiva que se le metía pupilas adentro produciéndole en la
espina dorsal escalofríos que le obligaban a dar fuertes sacudidas.
El signo más claro de la irracionalidad está precisamente en ese terror
instintivo que obliga a todos los animales a bajar la vista cuando se
les mira trente a frente. No hay ningún animal capaz de soportar la
mirada fija del hombre.
Aquel bichejo tan inteligente, tan humano, no tenía más mérito ni más
superioridad que esa; la de haberse acostumbrado a mirar sin miedo
los ojos fascinadores de su amo hambriento. ¡Y cómo estaba preñada de
inteligencia aquella mirada del perro! ¡Cuántas cosas quería decir y en
realidad decía!
«Si de ordinario —pensaba el arbitrista— pudiésemos mirar con atención
a los ojos de los animales, es posible que les concediésemos un poquito,
siquiera un poquito de raciocinio. Les consideramos irracionales porque
no hemos sabido leer en sus ojos y no hemos visto en ellos la chispa de
la inteligencia. Mi perro la tiene, eso es indudable. Pues bien; yo voy
a cultivar esa inteligencia rudimentaria. Voy a dar cultura a mi perro».
Esta fue desde entonces su preocupación ídola. Consultó a varios
biólogos, tomó lecciones de un hipnotizador y sometió a su perro al
plan que se había trazado. Estaba dispuesto a sugestionarle hasta el
punto de sacudir la inteligencia de la bestezuela y despertarla del
sueño eterno a que había sido condenada por el Supremo Hacedor. Miraba
a los ojos del animalejo hasta ponerse bizco y consiguió acostumbrarle
a aquella extraña comunicación espiritual.
El perro se cansaba algunas veces y le miraba estúpidamente con aquella
estúpida tristeza que tienen en los ojos algunos hombres a quienes la
vida les viene ancha. Otras veces el perrillo parecía enloquecer bajo
la mirada del amo y se volvía furioso como atacado de epilepsia. Pero
de vez en cuando, el bichejo, concentrando todas sus potencias, poníase
a pensar las mismas cosas que iba pensando el magnetizador. Era un
simple fenómeno de telepatía. Esto no es extraño; los rayos del sol
concentrados por una lente encienden el fuego y nadie se maravilla. Lo
mismo, exactamente lo mismo hizo el arbitrista con los destellos de
inteligencia de su perro.
En estos mudos coloquios el hombre infundió al perro, primero, algunas
ideas generales, varios principios teológicos, algo de filosofía,
letras y biología. El perro recorrió guiado por su dueño toda la
evolución del pensamiento humano. Cuando ya lo tuvo suficientemente
iniciado en las disciplinas del espíritu, quiso hacer de él un técnico
para que no hiciese mal papel si andando el tiempo quería ser ministro.
Acto seguido le confirió el título de doctor _honoris causa_ y salió
con él a la conquista del mundo. Iba contento. Poseer un animal que
sabe cosas trascendentales es tener la llave del mundo. Algunos
igorrotes han triunfado en la vida solo porque poseían uno o varios
animales bimanos que sabían cosas. Ese es el secreto de todos los
caciques políticos.
Pero de momento el perro sabio no tenía más que un campo abierto a su
actividad. La pista de un circo. Y a ella fueron a dar. Ante el público
estupefacto el arbitrista y su can daban lecciones de hipnotismo.
El perro sabía escribir y vuelto de lomo hacia su amo contestaba
por escrito a las preguntas que al oído hacían los espectadores
al arbitrista. La sensatez con que el perro daba sus respuestas,
la claridad y concisión con que las redactaba de su pata y letra
promovieron una revolución.
Aquel triunfo fue incomensurable. El arbitrista millonario en pocos
meses constituido en empresario del perro sabio pensó entonces en
ampliar su teoría.
Escogió tres o cuatro caballos, dos tigres, tres leones, un elefante y
algunas bestias más. Los sometió al mismo procedimiento que al perrillo
y después de muchos días de terrible labor consiguió por medio del
hipnotismo concentrar las potencias de aquellas bestias haciendo saltar
en todas ellas la chispa de la inteligencia. A todos ellos les hizo
bachilleres y después obligó a cada uno a cursar las disciplinas más
oportunas a sus facultades.
Por fin llegó el momento trascendental de presentarlos en el mundo.
Temblando de emoción dio su última clase a los animales; pero cuando
al final de la lección les anunció que a la noche siguiente los
presentaría ante el público, vio con gran estupefacción que se negaban
a ello categóricamente.
—Nada de exhibicionismos —decía el elefante que se había hecho
bibliófilo.
—Debemos ser respetados —agregaba el tigre convertido en un formidable
economista.
—¡Desprestigios, no! —gritaban todos.
El hombre quiso imponerse por la fuerza; se exasperó ante la
resistencia de las bestias y requirió el látigo para castigarlas.
Los animales se reunieron acto seguido en consejo y tras una breve
deliberación acordaron sentenciar a muerte al hombre como reo de lesa
superanimalidad. La sentencia fue ejecutada y el hombre pereció a patas
de la justicia. En aquel momento los animales constituidos en asamblea
acordaron proclamar la libre república de las bestias, declarar la
guerra al género humano y de momento, hasta hallarse en condiciones de
presentar la batalla, retirarse prudentemente a la selva.
Así lo hicieron. Nadie ha sabido esto. Pero dentro de algunos años los
exanimales que poseerán ya una cultura vendrán a precipitarse sobre la
humanidad. Dios se lo pague al infortunado arbitrista.