Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable
reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas
peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito.
Debía esta postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada
más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones. En mi pequeña barbería
me sentía muy a gusto y mi arte, la suavidad de mis manos y la dulzura
de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes
parroquianos.
Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el cuartel
y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e implacables.
Me abrumaban con el peso de armas y correajes, me rendían con caminatas
terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi naturaleza
dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de resentirse
gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para aquel
bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde
recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo y todos los soldados
reconocieron que yo era un hombre superior por la inusitada suavidad,
el miramiento con que rapaba sus testas esquinadas y sus barbas
salvajes. Vuelto así a mi elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de
mi arte.
Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la mañana,
me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces enemigos
y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había escapatoria;
en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja afeitar —de ello
deduzco yo la barbarie de las guerras—, y quieras que no, se empeñaron
en hacer un bravo guerrero de un humildísimo rapabarbas. Puse todo mi
empeño en conseguirlo, pero no me fue dable.
Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde el
primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente al
enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba junto a
mí dio de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de espaldas
echando sangre por la boca. No pude ver más; se me cerraron los ojos y
así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el zumbido de
las balas.
De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venía
por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me di cuenta
de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía;
estaba muerto, irremisiblemente muerto.
Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba pero por
dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me
sentía.
Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que
los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo.
Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me
sacarían los ojos...
Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos
miramientos y dándome trastazos, me arrumbaron en un furgón automóvil.
¡Oh, si los cadáveres pudiéramos quejarnos!
Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno de
aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera
cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de
buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los
muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus
inyecciones y sus inhalaciones fatigosas hasta hacerme abrir los ojos e
incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se
puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.
Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el mismo
médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sé cómo, pues no
recuerdo el caso de ningún cadáver parlante.
Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a aquellos
señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver, tenía.
Formulé, pues, la petición de que me enterrasen para que aquellos
caballeros perdiesen las vanas sospechas que tenían de que yo estuviese
aún vivo.
Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las
repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal y, poniéndose
en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido me atizaron tal
puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por
segunda vez.
De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un
verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los
castigos más atroces.
Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me
han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro! Como no he
podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde,
nadie me cree. Me han formado consejos de guerra, me han encarcelado,
he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario
profesional.
¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que
soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree.
Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. Muerto, bien muerto
estoy aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido
de todas las cosas de este mundo me hallo, y ni voluntad, ni amor, ni
nada de lo que los vivos tienen he conservado. Pero de vez en cuando,
me asalta una irrefrenable apetencia de callos, longaniza o chuletas de
huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.
Esto me hace tener mis dudas.