Primero pasé grandes apuros que me hicieron recordar la parábola del
camello y el ojo de la aguja; después, anduvieron manoseándome sin
compasión y cuando al fin pude darme cuenta de mi estado, me encontré
fajadito y cubierto de encajes sobre una hermosa cuna. En una rápida
ojeada a los muebles y a las paredes ricamente tapizadas, comprendí
que había venido a caer entre gentes acomodadas. Me resigné a ser un
burguesito ejemplar y en el acto reconocí que las nodrizas, los idiomas
y las asignaturas de Derecho, las izquierdas, la ruleta, el bacarrá y
la dispepsia serían mis enemigos naturales. Descorrido en parte el velo
de mi porvenir, opté por dormirme beatíficamente y esperar sosegado los
acontecimientos.
—¡Oh, qué feo es!
Oí que una voz bastante desagradable —después supe que era la de una
tía solterona, que veinte años más tarde debía resistir heroicamente
a mis peticiones de dinero— pronunciaba estas ofensivas palabras y
abriendo un ojo como Dios y mi falta de costumbre me hacían entender
que debía abrirse, le lancé una mirada furibunda. Ya verás, arpía
—quise decirle—, lo que este feo va a costarte.
Cuando advirtieron que yo estaba despierto, vinieron a importunarme,
uno tras otro, todos los miembros de mi respetable familia. Acudió mi
señor padre, muy alborozado y, a lo que yo pude colegir, más orgulloso
de ser mi padre que de que yo fuese su hijo; advertí en aquel instante
que en el cariño paternal hay mucho de egolatría, y si todos los recién
nacidos adivinasen esto como lo adiviné yo, no se pondrían tan tontos
ni andarían tan envanecidos; acudieron también mis dos hermanitas,
muy lindas y discretas, aunque me pareció que ya se inclinaban más al
cultivo de las artes de seducción que a otras disciplinas domésticas.
Esto me dio mala espina, pues la perspectiva de ser hermano terrible y
calderoniano de dos señoritas de la buena sociedad, en estos años en
que vine a nacer, no me hacía maldita la gracia.
El tío Pepe vino también a arañarme la mejilla con los cañones de su
barba y a atufarme con su peste a coñac. Al tío Pepe todos le querían
mal en casa; era el menos respetable de mi respetable familia; bebía,
jugaba, malversaba fondos y, a no ser por las influencias de papá, ya
hubiese parado en la cárcel. Creo que, ya viejo, llegó a ser jefe de
administración de no sé qué cosa. El tío Lorenzo, antípoda del tío
Pepe, llegó después a rozarme la cara con sus labios fríos y delgados;
dijo que él se encargaría de hacerme un buen comerciante y se marchó.
Yo no sé lo que él entendería por un buen comerciante, o mejor dicho,
lo sé y por pudor lo callo.
Todos me besuquearon y trajeron en palmitas cuanto les vino en ganas,
asegurando todos que me querían muchísimo, pero sin atender a que el
mejor modo de quererme sería el dejarme descansar de mi largo y penoso
viaje. Así son los mayores; nos miman y nos zarandean por lo que
esto les divierte y entretiene, no por el placer que este traernos y
llevarnos como panderetillo de bruja pueda producirnos.
Al fin, se fueron con mil diablos, y yo volví afanosamente a mi
sueño. Cuando desperté de nuevo debía de ser ya muy tarde; papá y
mamá, acostados charlaban animadamente. Fui todo oídos, que no es ser
gran cosa dada mi insignificancia física, y pronto pude entender que
hablaban de mí, de mi porvenir, de mi carrera, de mi posición social.
Me horroricé. Mamá creía que yo debía de estudiar una carrerita corta,
que me permitiera zambullirme en una covachuela administrativa, un
archivo, una cátedra de escaso empeño, o cosa así. Debía esmerarme en
mi educación —también callo por pudor lo que mi señora madre tomaba
por educación—, y bien relacionado, con un sueldecito seguro y unas
pesetejas de herencia, esperar una buena proporción; una señorita rica,
quién sabe si millonaria.
Papá se indignaba —en casa el dinero era de mamá— y quería a su hijo
para más altos empeños. Él había sido hombre de un certero instinto y
de un constante dominio de la realidad; pero para triunfar le había
faltado la base, la cultura inicial. Yo tenía que aprender todas las
cosas que él había ignorado, ¡terrible labor!, y aprovechando su
tingladillo, no recuerdo si político o económico, consagrar con mi
futura sapiencia todas las artimañas, todas las habilidades y despojos
llevados a cabo por mi laborioso y aprovechado progenitor, que en
determinado ramo de la actividad social había conseguido fundar un
valioso cacicato de cuyos pingües beneficios yo sería usufructuario.
Largas horas estuve meditando sobre estas dos inexorables decisiones
que el destino me imponía; pesé y sopesé el pro y el contra de cada
una; consulté a mi conciencia, virginal hasta entonces, pero cuya
doncellez no pasaría más adelante; preví los peligros que toda rebeldía
me traería aparejados...
Y decidí morirme. En efecto; a la mañana siguiente, para morir como
buen burguesito, tomé tal atracón de leche materna, que horas después,
y con gran sentimiento de los míos, que habían visto en mí el modo de
descargar sus monstruosidades y darles perpetuidad, volví al limbo de
donde no debía de haber salido.