Se le hizo tarde. Estaba helando y aún le faltaba una legua de camino.
Ya no tenía fuerzas; sus resortes, aquellos acerados resortes de sus
nervios que siempre la sacaron triunfante del hambre, el frío y el
cansancio respondían mal al espoleo de su voluntad. Temblando, las
manos heladas, las piernas torpes y la vista incierta, anduvo hasta que
cerró la noche. El viento la trabajaba con dureza batiéndole el flanco
derrengado por el reúma y la arterioesclerosis, y la infeliz sentía con
terrible netitud que se le iba quedando helada la osamenta allá en el
fondo de los harapos y el pellejo.
Después comenzó a sentirse bien. Ya no le apretaban tanto el hambre y
el frío. Las manos, racimos de huesos empezaron a llenársele de sangre
calentita y pronto las tuvo negras e hinchadas como dos morcillas.
Estaba a gusto, muy a gusto. Tanto que se sentó en el borde del camino
y sentada se quedó dormida.
Ya entonces le fue más fácil al viento terminar su tarea. De un
empujón la echó a rodar; la metió la nariz entre la grava húmeda
donde empezaban a formarse los cristalitos de la helada y allá se fue
silbando tan satisfecho de su obra. Hora tras hora cayó encima de la
vieja muy acurrucadita sobre el suelo el frío de aquella noche clara.
Fue ya al amanecer cuando la encontraron. En la casa de socorro hubo
que trabajar de firme con ella pero al fin la hicieron reaccionar.
A la primera gota de sangre que entró en su corazón, tan pronto como
tuvo un hálito de vida, se revolvió desesperada. ¡Sus ropas! ¡Sus
ropas! La habían despojado de sus harapos y allí estaban arrebujados en
un rincón. Quiso cogerlos, se lo impidieron, rabió, lloró, luchó por
alcanzarlos y en la lucha las pobres ropas se rasgaron.
Cosidos a las entretelas se hallaron hasta veinte billetes de mil
pesetas. La pordiosera era capitalista; una modesta capitalista. El
caso no deja de ser frecuente.
Hubo un buen hombre con puntas y ribetes de filántropo que tomó sobre
sí la tarea de sacar a la vieja de su miseria. Dura tarea porque
habituada a la mendicidad desde que se sintió vivir, la miseria era en
ella una segunda naturaleza, el cansancio su descanso, el hambre su
satisfacción, y el frío su amigo de siempre. Su mano tendida al mundo
durante cincuenta años de limosnera estaba ya anquilosada y a su pesar
conservaba el ademán pedigüeño.
Pero aquel era un hombre paciente. A sus claros razonamientos la
pordiosera tuvo que rendirse y cambiar de vida. Con aquellos mugrientos
billetes que en años interminables de miseria había ido ensartando en
la mugre de sus ropas le hizo comprar vestidos, arrendar una casita
soleada de las afueras, adquirir muebles, tomar una criada...
La vieja, resignada, veía cómo mermaba su tesoro a medida que alrededor
suyo se acumulaban los instrumentos de bienestar que aquel hombre creía
indispensables para ella. Con ojos asombrados veía cómo las cargas de
leña rellenaban su carbonera, cómo las sábanas blancas y las mantas
tibias guardaban sus caricias en el fondo de las cómodas henchidas de
ropa y cómo la despensa bien abastecida esparcía un grato olorcillo de
los jamones, los quesos y la fruta. Todo aquella era suyo; suyas las
blandas mecedoras en cuyo regazo los huesos doloridos descansaban al
fin, suyas las pieles, las alfombras y suyo aquel gran fuego del hogar
cuya humareda empenachaba la pulcra casita bañada en sol, dulce sol del
invierno, aprisionado por los cristales de colores de la galería.
Cuando así la tuvo instalada el hombre aquel se marchó satisfecho de
su obra. Ya estaba redimida. Le hizo gastar una buena parte de sus
codiciados billetes pero la había dado una vida más fácil, más holgada
y más limpia.
Al verse sola la vieja empezó a dar vueltas a todo aquello. Tentujeaba
las ropas, repasaba los cacharros, palpaba con manos insistentes de
ciega las cortinas, los cuadros y los muebles, abría y cerraba los
innumerables cajones, iba y venía cada vez más aturdida comprendiendo
menos cada vez.
Sentíase extraña. Un agudo sentimiento de extrañeza le hizo irse
retrayendo del contacto frecuente con cuanto le rodeaba. Se recluyó
poco a poco en un cuartito estrecho y oscuro; todo lo demás de la
casa le sobraba y aun dentro de aquella celda no sabía ir más allá de
los cuatro ladrillos en que había de posarse. Despidió a la criada y
su último dispendio fue la adquisición de unos fuertes candados que
taparon las bocas imprudentes de cajones y puertas. Y ya se encerró
—para siempre jamás— en aquel zaquizamí sombrío, ancho mundo inagotable
para sus necesidades. Lo demás de la casa fue empolvándose primero,
agrietándose después y desmoronándose por último.
Se equivocó aquel hombre bien intencionado. La vieja no necesitaba todo
aquello y fue un error y una crueldad imponérselo. Aunque pueda parecer
una blasfemia hay que decir que la necesidad no es igual para todos.
Otra madrugada unos traperos encontraron junto a la carretera el
cadáver de una vieja harapienta muerta de hambre y de frío al parecer.
En su faltriquera se halló junto con unos mendrugos un manojito de
llaves herrumbrosas.