LA TÍA CONCHITA

La tía Conchita fue siempre la preocupación de su familia. Era aquella

una dilatada familia de comerciantes, industriales, militares y

burócratas, gente toda de trapa y garduña, retoñada bravamente de un

recio tronco secular, cuya figura simpática y fuerte se perpetuaba

con honores de icono en los estrados de sus numerosos descendientes,

caracterizado de una vez y para siempre por su testa rapada y

cenicienta, su prognatismo, su levita desencajada y su leontina de oro.

Esta gran familia, que a semejanza de la de Noé se había esparcido por

el universo mundo, no tenía más antecedentes ni más árbol genealógico

que aquel abuelo salido de la nada, cuya vida intensa y laboriosa, a

ratos pintoresca y a ratos sublime, ofrecía constantes ocasiones de

ejemplaridad y era, no obstante los años transcurridos desde su muerte,

el estímulo y el guion más decisivo en las vidas de sus nietos.

Muy poco se sabía de él. Salió como grumete en un velero con rumbo a la

América española que aún era tal. Decíase que ya hombre hecho y derecho

comerció en el «ébano» trayendo y llevando preciosos cargamentos de

esclavos que hicieron la base de su fortuna. Después comerció en mil

cosas diversas, fundó ingenios y haciendas, descubrió y colonizó, ganó

o robó el oro a manos llenas y ya, a la postre, volvió a España,

anduvo en juntas y conspiraciones, se le acusó de filibustero, fue jefe

político, se le otorgaron cruces y murió beatamente a los ciento cinco

años entre las piadosas manos de un sacerdote jesuita.

Tuvo muchos hijos que fincaron unos en España y otros en América

heredando todos aquel ansia posesoria del fundador. Se multiplicaron

en nietos y la vasta red de la familia llegó a ser una verdadera

masonería intercontinental cuya doctrina estribaba en la fuerza, la

tenacidad y el dominio. Aves de presa todos ellos, si estos tiempos

creasen nobleza por derecho propio les corresponderían las águilas

heráldicas. Cual más, cual menos, unos en las covachuelas, otros en las

gerencias, otros en los mismos talleres, todos dedicaron sus vidas a la

consecución del bienestar económico, al acrecentamiento del patrimonio

familiar, que, al escindirse en cada generación, recomenzaba luego a

engrosar ávidamente. Todos tenían el mismo afán. Todos eran hechura del

progenitor. Todos, menos la tía Conchita.

La pobre señora jamás hizo cosas a derechas. Casó mal, error

imperdonable en el seno de aquella familia, en la que hasta las hembras

en el tálamo nupcial procuraban por el bienestar y la riqueza. El

marido después de arruinarla la abandonó y fue pronto a morirse en un

rincón infecto. Quedó viuda, joven y pobre.

Volvió al amparo de la gran familia y tácitamente convinieron sus

deudos en irla manteniendo por turno hasta el fin de sus días. Así,

de unos en otros, resignada y amorosa, vivió desde entonces al margen

siempre de los afanes de sus parientes que ella, en su desasimiento

y renuncia, no supo comprender jamás. Se hizo querer de todos; los

innumerables sobrinos adoraron en la tía Conchita y no deseó más.

Diez o doce años llevaba de viudez cuando un acontecimiento insólito

la arrancó de cuajo de aquella vida muelle y triste de renunciamiento.

Apareció entonces en escena uno de sus primos lejanos, a la sazón

comandante o teniente coronel del ejército, quien en aquellos días

había sido movilizado por causa de la última guerra colonial que

comenzaba a enzarzarse. Era soltero, ya cuarentón, fuerte aún y

típicamente bizarro. Días después debía partir para el campo de

operaciones y bromeando con su familia anunciaba lo improbable de su

regreso. La guerra era dura para los nuestros, había centenares de

bajas, él estaba ya viejo, y, además, ¡le importaba todo tan poco! Era

de los que se quedarían allí. Y con esto echaba sus bravatas.

Alguien de la familia insinuó entonces la peregrina idea. Hubo muchos

cabildeos y cuando el militar se enteró de la endiablada maquinación

comenzó riéndose y terminó aceptando. Tratábase de hacer una obra de

caridad. La pobre tía Conchita no tenía sobre qué caerse muerta; era

una carga para todos. Él, en cambio, tenía una paga considerable y en

el desgraciado caso de que muriese sobre el campo de batalla, a su

viuda le correspondería una pingüe pensión. Claro que como era soltero

ese dinero se lo ahorraría el Estado y..., era una lástima, porque allí

estaba la tía Conchita ¡a quien hacía tanta falta!

Dispuesto a quedarse por allá, como él decía, le daba igual y aceptó.

Ahora bien; era preciso que la ingeniosa y caritativa idea pasase

inadvertida para la tía Conchita cuya susceptibilidad no soportaría

seguramente la humillante donación.

Fue necesario que el militar fingiera una avasalladora pasión por la

tía Concha, que esta correspondiese al amoroso requerimiento, que se

anduviesen los trámites de rigor y se casasen, todo al vuelo. La farsa

se llevó a cabo sin obstáculos en ocho o diez días y cuando a la mañana

siguiente de consumado el matrimonio partió el militar para el campo de

batalla, la pobre tía Conchita quedó anonadada, estupefacta, sin saber

lo que le había pasado y perdida en tales emociones y tal confusión que

ya nunca lo sabría.

Pasó el tiempo y poco a poco fue recobrando su serenidad, caviló

muchas noches sobre aquel extraño suceso, agigantó el recuerdo de los

escasos días en que convivió con el militar, contempló horas y horas

los retratos del esposo y no tardó en sentirse enamorada, blanda y

profundamente enamorada de aquel sujeto casi desconocido, que en seis

días abrió un nuevo cauce a su vida e hizo correr los veneros ocultos

de su corazón.

Las noticias de la campaña eran pocas y tardías. La tía Conchita no

tuvo de su esposo más que algunas referencias indirectas. A la grata

sensación de su enamoramiento sucedieron la inquietud, la zozobra, la

angustia. ¿Por qué no escribiría? ¿Por qué la olvidaba? Los parientes

no fueron tan impíos que le dijesen la verdad y la tía Conchita comenzó

a consumirse en desesperación. Lloraba, rezaba, invocaba a sus Vírgenes

y a sus santos familiares pidiéndoles milagros que salvaguardasen la

vida del amado; todas sus horas estaban dedicadas al culto fervoroso

del ausente.

Pasaron unos meses más. No recibió ninguna noticia. El militar no tuvo

jamás un recuerdo para aquella parienta pobre y tontona a la que había

hecho el regalo de lo que le sobraría después de muerto porque no podía

consumirlo en vida. Guerreó bravamente y cuando le tocó caer murió

con la misma entereza con que había vivido y pensando en que a nadie

causaría pesar su fin.

No fue así.

Tuvieron la culpa aquellos parientes astutos, aquella gran familia de

aves de presa devenida del negrero que creyendo salvar de la miseria

a la tía Conchita labró su infelicidad, su inefable tragedia. Lo que

hicieron con ella fue un crimen.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 31 / 67 题