LA NECROFILIA

Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla, rendía

un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia fuese en ella

una pasión puramente senil, ya que según noticias que posteriormente

pude adquirir, la bendita señora había tenido en su juventud otras

muchas pasiones bien distantes de su final preocupación, aunque de

la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse exactamente su

extremada consideración a la muerte.

Metíase en la cama —una cama altísima de roble primorosamente tallado,

vestida con unas sábanas de Holanda saturadas de olor a fruta— poco

después del toque de ánimas; pero antes sentábase sosegadamente en

una butaquita colocada a los pies del lecho, y allí, a oscuras casi,

perdiéndose y apareciendo entre las vacilaciones de una mariposa

de aceite con la que alumbraba a sus imágenes, rezaba lentamente

credos, avemarías y padrenuestros por las almas de sus padres y de

sus abuelos, de sus hijos muertos, de sus parientes acabados, de los

navegantes, de los combatientes, de los que estaban en pecado mortal.

A veces quedábase aletargada a la mitad de sus rezos y el ánima que en

aquellos momentos salía del purgatorio a sus instancias, debía sufrir

horriblemente ante el temor de que mi abuela se quedase definitivamente

dormida. Ella se daba cuenta perfecta de los sufrimientos de estas

pobres almas pecadoras a las que en sus cabezadas somnolientas, dejaba

colgadas del débil hilo de su piedad y al despabilarse rezaba de nuevo

precipitadamente tal vez pensando que las ánimas salían de su cárcel a

paletadas entre el runrunear de sus oraciones.

El mes grande de mi abuela era el de noviembre; su día, su gran día, el

de difuntos.

Levantábase al amanecer; oía muchas misas en diversas iglesias con gran

atosigamiento, y después, cargada de coronas y ramos de flores, íbase

al cementerio. Visitaba las tumbas de los parientes próximos, después,

las de los parientes remotos, los amigos y los simplemente conocidos;

parábase por último ante los panteones de los potentados, considerando

atentamente las bellezas artísticas de cada uno de los mausoleos y no

salía nunca de la necrópolis sin dar también una vueltecita por los

sepulcros de los hombres que habían sido célebres en su buena época.

Charlaba y discutía amigablemente con los sepultureros, los empleados

del cementerio, los lampisteros, los limpiadores de nichos, los

lapidarios y los chamarileros que le ofrecían verjas y cruces para las

sepulturas.

Cuando el frío de la tarde la amedrentaba, volvíase a su casa con un

puñadito de castañas asadas y unos dulces. En su alcoba, frente al

lecho, tenía ya sobre su cómoda una gran vasija llena de aceite hasta

los bordes en la que ardían veinte o treinta lamparillas, por cuyas

lengüecitas de fuego se quejaban las almas en pena de sendos deudos de

mi abuela. Volvía ella a sus rezos mientras las campanas de la iglesia

próxima doblaban desesperadamente y de tiempo en tiempo levantábase

sobresaltada para colocar una nueva lamparilla en la vasija por algún

alma amiga injustamente olvidada.

Y siempre así; a toda hora, en cualquiera época del año mi benditísima

abuela encontraba ocasión de rendir su culto a los muertos. Eran

para ella una preocupación indesechable, una aberración. Habíase

familiarizado con la muerte y en cualquier momento nos hablaba con

gran serenidad de los detalles de su sepelio que quería tener bien

dispuesto, de las oraciones que habíamos de rezar por su alma y de los

cuidados que habíamos de tener con sus pobres huesos y su piel amarilla

cuando fuéramos a darles tierra.

Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en primer

lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser

sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara

a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje de

retorno y por una gracia única de la divinidad estaba con nosotros.

Tales eran la seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su

comercio diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel

mimo y aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus

amadores. Yo esperaba que algún día ni abuela cerrase sus ojos en una

de sus cabezadas somnolientas y que en ese momento sus amados de ahora

viniesen a raptarla, llevándosela envuelta blandamente en sus finos

sudarios; y en cierto modo no dejaba yo de envidiar aquella serenidad

de la anciana, dispuesta siempre para un tránsito felicísimo.

Cuando le llegó la hora, mi abuela se murió. Yo, que aquella noche

andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve

largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre

abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y

luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al

fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba.

Cuando en el conticinio se declaró vencida, le quedó cuajada en los

ojos una mirada de espanto.

He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en sus

relaciones con los muertos. Estos, sus íntimos amigos, debieron de

informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la pobre

llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía

claramente que «aquello» no era lo previsto. Entonces empecé a

desconfiar de los muertos y alejé de mí la necrofilia.

Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su confianza

a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos para hacerla

presentable en sociedad.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 33 / 67 题