Antes había sido casa de labranza; pero al fin de sus días se convirtió
en burdel. Uno de esos burdeles rurales a los que van los señoritos
todos los días y los braceros todas las semanas. Era una casa chata,
grande y vieja, emplazada en el extremo meridional del pueblo y
separada un tanto de las otras casas hacinadas que reptan empujándose y
sosteniéndose hasta la meseta central, donde se abre la plaza mayor con
su iglesia, su ayuntamiento y su estanco.
En la vieja casona de labradores, el olor fuerte de las lociones
medicamentosas que se daban las nuevas pupilas y el perfume gordo
y molesto de las esencias, los polvos y las cremas que usaban no
habían podido desterrar las añejas y fragantes esencias que pueblan
el ámbito silencioso de estas humildes moradas campesinas; a través
de la penumbra grata que hay siempre en las salas húmedas y austeras
de las gañanías, la luz del sol iba a explotar en la cal viva de las
gruesas paredes, furiosamente enjalbegadas; lucen polícromas las guijas
pequeñitas y pulcras del piso; zumban los moscardones allá entre la
trabazón de las vigas carcomidas; en el alcarracero, las tallas de
barro dejan caer sus gruesas gotas de sudor y las viejas cortinas de
encaje rejuvenecen cuando sus tules remendados y deleznables arden
triunfales como amianto en la llama del sol.
En aquel ámbito poblado de gravedad fue la tía Lunanca a poner su
burdel. La moralidad aldeana lanzó entonces su anatema contra la
venerable casa de labranza, cuya vejez así se veía profanada, y las
mocitas del pueblo pasaban aprisa por aquel lugar, temerosas de que por
los ojos entornados de aquellas ventanas les acechase el Pecado para
sorbérselas como se sorbe el camaleón a las moscas; mosquitas muertas
que ellas se hacían.
También algunas tardes, sobre todo cuando se santificaban las
fiestas, bajaban del pueblo en bandada quince o veinte igorrotes que
se ejercitaban en lapidar la fachada de la casa con el beneplácito
y regocijo del honrado vecindario. Los guijarros de la chiquillería
penetraban inclementes por los huecos de la casa en vergüenza,
rebotaban en los hierros de las ventanas, quebraban los vidrios de
las puertas, desgarraban las cortinas y saltaban impetuosos sobre la
cómoda encinta o los lechos empingorotados cuyos tableros de nogal
tenían frecuentes impactos de las injurias infantiles. La Lunanca,
cerrando puertas y ventanas, maldecía y pedía a sus santos males,
terribles condenaciones para toda aquella tropa de pequeños honderos;
sus huéspedas, displicentes y habituadas ya, buscaban refugio en la
cocina mientras pasaba la nube, suspendiendo sus difíciles toaletas.
Sueltas las matas de pelo abundantísimo, lavadas las caras, cuyos
poros transpiraban dolidos de los afeites baratos, laxos los cuerpos
viciosos de barraganas que cubrían con sus batas de percal exiguas y
entreabiertas, iban a tenderse en los poyos de piedra del hogar, duros
y esquinados como para recibir los cuerpos curtidos de los braceros
que allí se sentarían antes para cambiarse sus escasas palabras de
sobriedad y trabajo.
* * *
Azucena parecía dormida con los ojos abiertos. Largo rato hacía que la
Verduga la contemplaba a su sabor y cada vez admirábase y sobrecogíase
más ante la belleza incomparable de aquella muchacha que sentada junto
a la ventana se bañaba en la luz fuerte de la luna estival, cuyos
reflejos tenían una dura angulosidad sobre las líneas armoniosas de
aquel rostro sereno. La Verduga, haciendo un alto en el trajinar
asqueroso de sus manos humildes y suspendiendo el torpe devanar de sus
pocas y ruines ideas librábase momentáneamente de su dura esclavitud
de sirvienta en el burdel cuando se plantaba silenciosa y conmovida
ante la plácida hermosura de Azucena.
Contemplándola en silencio, con los brazos amarillos cruzados sobre el
alto vientre satisfacía la Verduga su ansia de belleza, esa imprecisa
aspiración de todas las almas, aun de las más humildes y abyectas.
Llegó a sentir una verdadera veneración por la muchacha.
El origen de Azucena era humildísimo. En el olivar, una pobre mujer
aceitunera sintiose un mediodía dolorosamente desgarrada y apenas bajó
del árbol chato cuyos frutos recogía afanosamente, depositó sobre el
santo suelo aterronado una criatura blanca y primorosamente redondeada,
que las aceituneras recogieron como un fruto más de aquella tierra
secularmente próvida. Los braceros festejaron a la recién nacida
levantándola en alto sobre sus cabezas hirsutas y tostadas, y el sol
de fuego de aquel mediodía, el mismo sol que durante todo el verano
había curvado las espaldas de los segadores y encendido las hojas
de las hoces, clavó su saeta implacable en las pupilas de la recién
nacida velándolas para siempre. Aquellos ojos claros de la hija del
olivar no vieron más que aquel día ígneo y después quedaron eternamente
deslumbrados.
La niña nació ciega; las aceituneras, torpes comadres de parir, no
pudieron evitarlo ni advertirlo y todo aquel día la criaturita redonda
y blanca, el pan más blanco y tierno que aquella tierra había dado,
anduvo de mano en mano entre las rudas fiestas de los hombres que
acabaron de cegarla haciendo cabrillear las hojas pulidas de sus hoces
ante los ojuelos blanquecinos de la recién nacida.
Al pie de los olivos, sobre los terrones, frente al sol, la niña
ciega habíase criado y aquella masa blanca y fofa fue teniendo una
corteza morena y dorada, como la de esos grandes panes familiares que
se conservan blandos durante los siete días de la semana, en el fondo
húmedo de las tinajas de barro empotradas en los hogares.
A los quince años era alta, trigueña y fuerte; sus ojos continuaban
quietos y abiertos con las pupilas desteñidas y los párpados rígidos,
pero sus mejillas se habían hecho armoniosas y una intensa vibración
de vida las coloreaba y encendía; el reposo, la contemplación de sus
paisajes interiores alborotados únicamente por los gritos inarticulados
de los mayorales y los silbidos largos de los pastores habían dado
a su cuerpo una serenidad augusta. Sus formas habíanse ido haciendo
suavemente sin el dolor de las faenas duras que tuercen y arruinan los
cuerpecillos cimbreantes de las adolescentes en el agro y ofrecían una
armonía clásica, una promesa firme de belleza perfecta, realzada por
la inquietud y el misterio de aquellos ojos descoloridos que habían
cegado para siempre, después de ver el triunfo del sol en el cénit
cuando están candentes los almiares y los olivos, ahítos de sol, piden
doloridos que libren sus brazos de la preciosa carga.
El amo de la finca, de los olivos y de los gañanes se fijó un día en
ella y la hizo suya sin rodeos. En una de las cuadras del cortijo,
húmeda, silenciosa, sembrada de aperos de labranza, ejerció el amo su
prerrogativa y la niña ciega fue para él como un fruto más de aquella
tierra generosa. Certero y sabio hizo presa con sus dientes en el
cuello de la muchacha, gozándose en las nuevas formas expresivas que el
placer y el dolor, el agridulce de la iniciación, hallaban en aquellas
carnes temblorosas y vibrantes que supieron suplir la inexpresión de
las muertas pupilas, traduciendo al lenguaje torpe de los músculos,
los nervios y la piel la divina palabra que en los instantes de la
conjunción canta en las pupilas húmedas de la iniciada.
Gozó el amo aquel extraño placer dejándolo a un lado cuando ya lo
hubo gustado muchas veces, que la niña ciega fue gustosa también en
la frecuente práctica de aquella transfiguración, de aquellos dones
que hacía de su sensibilidad depurada por la dificultad expresiva de
sus ojos apagados. Jamás pensó que aquella entrega fuese un sacrificio
y cuando el amo no volvió a requerirla, solo se advirtió un poco
apesadumbrada, algo más ciega y ensombrecida de lo que hasta allí
había estado. No supo de odios ni vergüenzas y si algún resquemor
doloroso le quedó, fue su esterilidad, que, en aquellas tierras solares
donde los hijos agarran en la entraña de las madres con la misma
facilidad que las simientes en los surcos, no hay unión natural y noble
que no sea santificada por la fecundidad.
Quedó un poco más hermética y un poco más cerca de la plenitud y
la armonía: su silencio adquirió cierto tinte de eternidad, pero
su alma conturbada que quería irradiar y hallaba una densa cortina
ante las ventanas naturales de los ojos, buscaba en todo el cuerpo
una expansión, quería salir a flor de piel y así era toda ella una
vibración múltiple, un largo estremecimiento que había conseguido
plasticidad en aquellas formas quietas y ardorosas.
Siguió presidiendo inmutables las fiestas y las labores del campo. Pero
no podía resignarse a la esterilidad y como sus ojos no vieron nunca
los rasgos fisonómicos del poseedor, sino que su epidermis lo sentía
sobre ella, no halló razones bastantes para no buscar en otros hombres
la cuerda tensa que hacía vibrar el diapasón de su sensibilidad. Y
como estaba consumiéndose en aquella natural necesidad de ser poseída,
atraía hacia el olivo que le servía de dosel a los braceros cuyos
silbos y gritos le parecían más sonoros, juntándose con ellos en aquel
interminable estremecimiento que era la razón de su gracia.
Las mujerucas tristes de los braceros —el pañuelo negro sobre el rodete
nunca destrenzado y con las puntas anudadas bajo la barbilla— se
soliviantaron pronto y Azucena tuvo que huir de aquellas furias castas
y atormentadas.
Halló refugio en lo profundo de las torrenteras a donde los campesinos
iban a llevarle las pomas, los racimos de uva y las flores, hasta que
un día la tía Lunanca con su certero instinto fue a sacarla de entre
los jarales para confinarla en su burdel que a partir de entonces tuvo
algo de santuario al que los hombres iban ya con cierta compunción para
gozar de aquel sereno goce que a todos por igual brindaban las carnes
blancas y castas de Azucena.
La Lunanca misma y las compañeras de burdel y hasta la Verduga, la
hedionda sirvienta, llegaron a sentir la supremacía que aquella mujer
ciega y hermosa ejercía sobre las gentes y sobre las cosas, sobre todas
las cosas, que se ennoblecían y purificaban al rodearla y tocar de
cerca su indiscutible aristocracia.
Así, la Verduga pasábase las horas muertas ante ja figura inmóvil de
Azucena en cuyo rostro plácido hallaba alguna luz para sus ojuelos
pitarrosos llenos de sombras.
Seis días de la semana andaba la Verduga limpiando los fondos de
aquel bajo fondo social con un trajinar fatigoso y repugnante y al
séptimo día descansaba llorando sin interrupción ni consuelo el largo
rosario de sus desdichas. Durante toda la semana se la veía ir y venir
silenciosa, de un lado para otro, atenta únicamente a sus faenas con
los ojos secos y los labios cárdenos pegados con una saliva congelada
que debía de amargarle el alma. Pero cuando llegaban los domingos
cesaba la Verduga en su afanoso trajinar, vestíase toda de negro,
echábase el pañuelo negro también sobre la frente y acurrucada en el
rincón más escondido del burdel poníase a llorar quedamente con largos
y difíciles suspiros hasta que con los ojos abotargados íbase a su
jergón al toque de oraciones para descansar de sus penas que ya no le
saldrían a flor de labio hasta el siguiente domingo.
En estos festines de dolor era cuando la Verduga se enfrontaba
con Azucena y le hacía entre sollozo y sollozo el relato de sus
pesadumbres. Casó en su juventud con un mocetón aventurero que a poco
de rodar aspeado por todos los caminos, dio en ser el ejecutor de la
Justicia. Y cuando al fin sintió ella en su cuerpo la repulsión hacia
aquellas manazas holgazanas que por holgar se ensangrentaban, volvió
al pueblo prefiriendo el contacto con todas las podredumbres a la
convivencia con aquel hombrachón carnicero que le asqueaba el alma. En
el pueblo la llamaron la Verduga y no hubo un amo que le arrojase un
pedazo de pan. Únicamente la Lunanca la tomó a su servicio y a cambio
de las labores vergonzosas que en el burdel hacía, diole una escudilla
de bazofia y un pañuelo negro para la cabeza.
* * *
Los hombres iban en busca de Azucena y ella los recibía a todos con
la misma ilusión, el mismo estremecimiento de sus carnes sensibles.
Iban los señoritos como jayanes, los enfebrecidos por el juego y los
sacudidos por el alcohol; los que buscan en el burdel la gracia y
el optimismo que en el hogar extinguen el afán por los ochavos, la
religión y el miedo al agua clara; los que pagan con el dinero de las
mujeres desangeladas a las que uncieron, los que derrochan en unas
décadas el patrimonio familiar y los que gastan y triunfan encaramados
sobre los torsos vencidos de los jornaleros. Iban también los viejos
laboriosos que se abstuvieron siempre hasta lograr sus títulos, sus
menciones honoríficas, sus credenciales o sus onzas de oro, y los
ruines comerciantes establecidos en los soportales de la plaza con sus
géneros averiados y sus balanzas ladronas, y los trajinantes rumbosos
y los mercaderes viajeros que buscaban escépticos aquel encanto de la
hembra ciega, y los colonos afanosos que juntaban para la renta y para
holgar un día con Azucena y los pegujaleros y los mocitos imberbes que
sacaban el dinero a sus hermanas a hurtadillas de los padres.
Todos posaban sobre ella que por igual se les ofrecía sumisa e
ilusionada. Aquellas cohortes de hombres diversos eran para Azucena
como un solo hombre, el hombre, que iba a ella siempre enamorado,
siempre ardiente y deseoso; la ciega no supo nunca de desdenes ni de
infidelidades y siempre tuvo propicio al amado que cada día mostraba
ante ella nuevos matices de su alma compleja. Jamás hubo en ella la
sombra del hastío y todas las noches esperaba hallar en las palabras
del amado o en sus varias caricias una grata sorpresa, que reavivara el
fuego de su amor.
Advertir la diferencia de unos hombres y otros era para Azucena un
complicado cinematismo que no podía llegar a su conciencia estando
veladas sus pupilas, y, como eran los otros sentidos, más torpes y
groseros, los informadores, la ciega no llegó a enterarse nunca de las
promiscuidades y admitía el goce de los nervios, los músculos y la
epidermis como una función santificada. Amor purísimo y no liviandad
era, pues, para la hembra ciega aquel darse a todos sin la media tinta
de un recato ni la expiación de una repugnancia. Su ceguera la libraba
del contagio en aquel desfilar de hombres encendidos por la lujuria
y era la castidad misma reflejada en la serenidad de su rostro, en
la frescura de su piel y en la honesta condición que a su contacto
adquirían las cosas prostituidas del burdel.
Mientras las otras mujercitas del prostíbulo se iban agotando
sacrificadas en el ara de la tía Lunanca, Azucena se hacía más ancha y
plena, más luminosa y más fuerte y sus formas adquirieron pronto cierta
rotundidad triunfal, porque no había en aquellos constantes contactos
carnales el virus de ningún vicio.
* * *
Un día llegó al burdel de la Lunanca una mujerona de esas que salen
de la ciudad para hacer por pueblos y aldeas su recluta de hembras de
placer. Puso empeño en llevarse a la ciega y lo consiguió. Abandonó
Azucena la vieja casona de labranza y fue a parar a uno de los
prostíbulos elegantes de la capital. Era una casa silenciosa en la que
los pies se deslizaban quedamente sobre el terciopelo y había un cálido
aliento en el ambiente de los salones, verdaderos laberintos, para
ella, por el desplazamiento irregular y aventurado de los chirimbolos
frágiles, los inútiles objetos de fantasía que se quebraban con
estrépito al roce de las manos inhábiles de la ciega.
Como había de ser explotada su ceguera, el dueño de la mancebía aderezó
hábilmente el retrete de Azucena acomodándolo a aquella extraña
condición de su nueva pupila. Pintó de un solo tono claro las paredes
y el techo, perdió la luz en la pudibundez de los focos esmerilados,
llevose todos los espejos, hasta los que se inclinaban desvergonzados
sobre el lecho y dotó a la nueva pupila de unas largas batas blancas y
unas pieles blancas también en las que se arrebujaba ella complacida.
Y una vez hechos el ambiente y el reclamo comenzaron a llegar los
curiosos tocados de lujuria.
Eran hombres extraños, incomprensibles, frágiles, como aquellas
porcelanas que Azucena derribaba a cada momento, con sus manos
perdidas. Igual que las tanagrillas y las figuras de biscuit, se le
rompían y fracasaban los sutiles y aristocráticos amadores entre el
ritmo acentuado e igual de sus anchas caderas y la simplicidad de sus
caricias que tenían un sabor monótono y ritual para los habituados a
otros placeres.
Ella imaginaba que el amado, su único amado, había envejecido
prematuramente, y recibía siempre una clara sensación de acabamiento
y ruina en aquel varón antes prepotente que sabía conmoverla y
sentirse conmovido con las caricias duras e intensas. También llegaban
frecuentemente unos ancianos estirados y olorosos cuyas carnes
maceradas por el placer constante no tenían aquella viril rugosidad,
aquel sabor a sarmiento de los viejecillos abstinentes del agro. Y
Azucena sentíase desasida por aquel su fiel enamorado que durante las
mil y una noches la hizo vibrar en una larga y múltiple sonoridad.
Pronto se sintió avergonzada y cohibida; hasta entonces todo había sido
en ella expresión clara y concreta de la naturaleza y había en aquella
prostitución rural que practicaba algo que la santificaba y ennoblecía.
Pero en el nuevo ambiente artificioso, entre aquella borrachera de
perfumes exóticos de la que nunca salía al aire libre y sano, en los
brazos de aquel amado lleno de perversión y bubas íbase borrando el
sentimiento de la naturaleza y por primera vez mordieron en su alma el
asco, la vergüenza, el horror de su condición, y el miedo a su culpa.
Entonces sintió el dolor de la deshonrosa misión que hasta allí había
ejercido como un sacerdocio y comenzó a perder en este punto y hora
aquella su augusta serenidad.
* * *
Azucena había perdido su gracia y nunca más volvió a recobrar su
indefinible encanto. Los hombres huyeron de ella definitivamente y
solo muy de tarde en tarde caía un huésped extravagante que tocase,
quedamente con los nudillos, en el olvidado cuartito de la ciega.
El amado de siempre la desdeñaba al fin y entonces vino a embargarle
una infinita tristeza que la hacía sentirse más hundida, más ciega, más
penumbrosa que nunca. Esta pesadumbre que era una losa sobre el corazón
era para los extraños el «mal ángel».
No volvió a sonar el diapasón de su alma y la eternidad, toda
una eternidad, corría con silencio de tumba en aquella estancia
confortable. El frío se le metió en los huesos, traspasando
misteriosamente las pieles blancas y el fuego de sus carnes jóvenes
aún. Era un frío interior que sacudía su cuerpo haciéndolo encogerse,
engarabitarse atormentado por aquellos dardos que le amorataban las
carnes.
A veces, se templaba en el recuerdo de aquellos días felices cuando los
braceros iban jubilosos a poseerla sobre los terrones infundiéndole
aquel optimismo, aquella clara y honda satisfacción de haber pagado la
deuda reclamada por la naturaleza. Recordaba el bienestar de entonces
que la hacía extenderse gozosa en una vibrante distensión de sus
miembros complacidos después de aquellas uniones, y se bañaba en la
evocación de aquella plenitud, de aquella inefable calma, de aquella
honradez.
Ahora se miraba prostituida, sacerdotisa de un rito repugnante y
criminal, mancillada por el contacto viscoso de aquellas manos finas y
ensortijadas incapaces de aquella presión fuerte y sana que sobre sus
carnes estallantes ejercían aquellas otras manos ásperas, y la amargura
la hacía estarse acurrucada junto a los tizones de la chimenea.
Definitivamente Azucena había perdido su gracia.
Era una mujerona desangelada y torpe cuyos brazos oprimían
dolorosamente a los yacentes o les abandonaban laxos y desganados.
Ante aquel fracaso pensaba entristecida en la veneración que le
guardaban los jornaleros de su tierra y el respeto que infundía a
los señoritos impíos que iban a la casona de la tía Lunanca, un poco
recatados y conmovidos, porque allí estaba la ciega hermosa con sus
sahumerios, sus macetas de albahaca en la ventana y su alto lecho
tallado en el que habían de entrar siempre un poco emocionados al
contacto de las sábanas grandes y bastas, que tenían ese olor fragante
de los membrillos guardados en las cómodas entre la ropa blanca.
Esta ruina de su señorío entre gentes aturdidas, refinadas y bárbaras,
le quemaba los ojos fríos y daba una odiosa rigidez a sus brazos,
un ridículo automatismo a todo su cuerpo antes flexible y suave,
ejercitado en esa ondulación de las palmeras y las mieses en las
tierras cálidas favoritas del sol.
En la olvidada estancia de Azucena era una noche interminable. Fuera,
en las otras estancias fastuosas del gineceo triunfaban otras gracias
exóticas, creadas en los laboratorios ciudadanos, conseguidas como se
logra la espuma sobre el turbión de las grandes civilizaciones. Eran
gracias inconsútiles, movedizas sobre un revuelto mar de pasiones,
perversión, exaltaciones, ansias imprecisas y vejez.
Entre aquellas gracias artificiosas fracasaba la gracia lenta, rítmica,
engarfiada en el terruño, dimanada directamente de la naturaleza que se
había hecho carne en la carne vibrante de Azucena.
El dueño de la mancebía, que estaba atento al fracaso de Azucena con
su clientela, pensó luego en deshacerse de ella y no le fue difícil
trasladarla a otro prostíbulo de menos fuste, donde las burlas fueron
más sangrientas y aún más terrible la perversión entre aquellos
oficinistas encorvados de unas largas y lujurias negras que llevaban un
olorcillo agrio en sus ropas sudadas y su piel sebácea.
Allí palpó Azucena con sus manos largas y susceptibles todas las
miserias de esa mesocracia atormentada y anhelante, que sustrae unas
monedas del guisote familiar y del abrigo de los hijuelos encanijados,
para satisfacer sus ansias burguesas en el saloncillo de una mancebía
entre cocineras insumisas o en la sala de un casino con las fatales
posibilidades de un tapete verde.
Eran aquellos unos hombres miopes, apresurados, incapaces, que tenían
siempre un mismo sobresalto, un mismo malestar, como de no hallarse
satisfechos de sus vidas. Topillos desgraciados de las grandes ciudades
que salen precipitados del agujero de sus oficinas, para meterse en
el otro agujero de sus viviendas estrechas, no podían nunca pararse a
contemplar la gracia de Azucena, ni siquiera su suave tristeza. Les
irritaba aquella parsimonia de la hembra ciega, aquella normalidad,
aquella resignación.
Pasados los días curiosos en que aquellos buenos hombres
acudían extrañados a poseer a la hembra ciega, esta tuvo escasos
requerimientos. La patrona quiso a su vez lanzarla de su triste
gineceo, pero Azucena temía verse perdida en aquel caos de las grandes
vías urbanas y se resistía a marchar sufriendo silenciosa las afrentas
de aquel monstruo enfaldado que se propuso hacerle la vida imposible.
Por el prostíbulo iba un ente estrafalario, guitarrista, alcahuete, a
veces recadero diplomático, a ratos valentón, a intervalos sablista,
vago de nativitate, enredador, parlanchín y borracho a cuyo expediente
recurrió el ama para verse libre de la ciega.
Este sujeto habló largas horas con la pobre mujer adolorida y supo
ganar su voluntad incierta. Azucena tuvo confianza en él y se prestó
a abandonar en su compañía la casa sucia de la mesocracia, el último
baluarte de su infame comercio.
La llevó a un tugurio, el más oculto y estrecho de una de esas grandes
colmenas ciudadanas y allí la dejó abandonada a su ceguera. Pasaron
unos días; Azucena sentada en el borde de su camastro se movía
apenas para tomar el mísero alimento que las vecindonas compasivas
iban a comprarle con las escasas monedas que la quedaban. Cuando se
le acabaron vendió sus pieles, sus vestidos y sus medias de seda.
Arrebujada en harapos esperó silenciosa.
El abandono, la ceguera y la miseria no la impresionaban. Le parecía
que había salido de una triste cárcel y tenía una dulce conformidad,
una suave satisfacción interior que aliviaban su alma.
* * *
El hambre la echó a la calle, haciéndola caminar a la ventura. Sin
saber cómo llegó después de mucho andar a los jardines públicos;
tropezó con un banco y cayó en él rendida. Envolvíala un airecillo
suave, viejo amigo que le silbaba en los oídos una antigua canción, y
reían lejanos unos chiquillos y unos pájaros.
Entonces, se dio cuenta de su soledad y le subió del pecho a los labios
una terrible congoja. Estuvo a punto de gritar desesperada; el mismo
miedo la contuvo y unos instantes hallose anodada, como herida por un
terrible golpe. Seguían sonando de vez en vez las carcajadas armoniosas
de los niños y la interminable cantata de los pájaros; las horas se
consumían lentamente y el vientecillo íbase creciendo y subiendo de
punto.
Poco a poco Azucena fue serenándose un tanto, orientándose en aquella
total desorientación en que había caído. La noche venía aprisa y se oía
a los pequeñuelos alejarse charloteando acuciosos con sus ayas, y a
los pajarillos aletear inquietos alrededor de sus nidos. El jardín se
hundía rápidamente en el silencio y ya solo se oía el confuso rumor que
a distancia producen los cien mil estrépitos de las grandes ciudades.
Pasaban perezosos los últimos paseantes y cuando se hubo perdido el
quedo rumor de los pasos sobre los senderos enarenados nada volvió a
oírse.
Azucena se estuvo quieta, quieta, con las manos entrelazadas sobre el
regazo. Después de la emoción de verse abandonada fue recobrándose y
a poco que corrió el tiempo logró cierta calma, mejor dicho, cierta
insensibilidad.
El frío húmedo del jardín bloqueaba sus pies y sus manos y el viento
castigaba su frente, pero había llegado a tan profunda abstracción
que los agentes exteriores se estrellaban incapaces, ante aquella
figura hierática que tenía la misma impenetrabilidad que las figuras
arrancadas del mármol. Mármol amorosamente trabajado parecía aquella
figura blanca de Azucena, que la luz cambiante de la luna iba
contrastando al cubrir su parábola.
Así llegó suavemente el conticinio; acabaron de morir los ruidos
ininteligibles de la urbe y en el silencio absoluto del jardín,
Azucena, que sentía en el fondo del alma una espantosa lucha, halló al
fin la calma, recobró su espíritu y se sintió feliz. Al amanecer se
halló purificada, limpia de toda culpa; con los primeros rayos de sol
fue invadida por una inefable confianza. Vio el sol en el fondo de su
alma y se regocijó.
Ya no volvió a moverse de aquel jardín amable. Halló en la ciudad un
agujerillo limpio donde puso su lecho pobrísimo y todos los días antes
de que amaneciese, íbase con su andar balbuciente hasta aquel banco del
jardín, en el que pasaba los días interminables del verano y los días
fugacísimos del invierno.
Le daban limosnas; pocas, que los más de los transeúntes apenas la
veían en aquel remanso. Pero iban siempre aquellos niños reidores y
nunca le faltó algún resto de las ricas meriendas que las ayas llevaban
en sus faldriqueras enormes.
Los chiquillos fueron acostumbrándose a verla siempre en su banco
escondido y a poco se familiarizaron con ella y llegaron a entenderla
y a amarla. Ella les contaba unos cuentos vistosos, esmaltados,
brillantes, en los que ponía todo el afán cromático de sus pupilas
desteñidas; los chiquillos, conmovidos, enamorados, le daban sus
empanadas sabrosas.
Azucena con el tiempo íbase venciendo. Aún podía imaginarse que era
hermosa pero su extremada sobriedad, aquellas frugalísimas colaciones
que le deparaban la conmiseración infantil, la habían hecho enjuta y la
habían endurecido. Los días inclementes pasados a la intemperie habían
curtido su piel, que lentamente se resquebrajaba tomando ese tinte
amarillento que componían los imagineros para sus crucificados.
No volvió a sentirse desdichada. En el jardín, entre los niños sanos,
fuertes, alegres, escuchando aquel lejano runrún que los afanes
ciudadanos le traían, saludada por todos los vientos, purificada por
su austeridad, ennoblecida por el dolor resignado y suave de los días
sin pan, sumisa por la mendicidad, aromada por la eterna florescencia
del jardín, templada por los rayos de sol en el invierno y esponjada en
la sombra durante el estío, Azucena volvió a poseer su gracia, aquella
gracia natural surgida de entre los terrones al pie de los olivos.
Los niños escuchándola refrenaban sus imaginaciones zigzagueantes al
paso tardío de la palabra amorosa y cálida de aquella mujer ciega que
les hablaba lentamente de las labores penosas de la tierra, de los
sacrificios, de las virtudes legendarias, de las canciones populares,
de las penas de las mujerucas, de las ansias imprecisas de los mozuelos
ambiciosos, del señorito fuerte, del gañán sufrido, de las bestias
incansables con sus altos ejemplos, del viento, del sol y de la lluvia
que en su boca tenían una calidad insospechada, una caracterización
de hadas buenas o de espíritus maléficos con los que los hombres se
debatían para hacer sus vidas fuertes y honradas, extraídas de la
naturaleza, conseguidas como florescencias maravillosas de aquella
tierra secularmente próvida. Y así, hasta que se murió.