Operaba en un gran hotel y conocía y practicaba todas las malas artes
de seducción. Con sus amaneramientos de actriz de la Comedia Francesa,
sus trajes firmados por los más célebres modistos y su melosería
meridional, sabía engatusar a los fugitivos huéspedes de aquel
espléndido palacio de trashumantes adinerados, cuya gerencia la tenía
contratada para retenerles y hacerles agradable el suntuoso hospedaje.
Era gente a la que no duele el dinero: diplomáticos, banqueros,
negociantes en auge, terratenientes que vienen a urdir sus trabacuentas
con el Estado, ganaderos que contratan suministros, directores de
fábricas, alcaldes de poblaciones de más de cien mil almas, turistas,
presidentes profesionales de cuanto pueda ser presidido, diputaditos
espigados que esperan ser ministros antes de que se les acabe la
hijuela y traman sus maquiavelismos en el _hall_ del hotel e improvisan
sus disertaciones y su fama en el ámbito desnudo e infecundo de sus
_appartements_. Esta era su clientela.
Se hacía llamar Palmira, y se decía casada. En efecto; de vez en cuando
aparecía en el _hall_, en el comedor, en el salón de baile, o en la
_brasserie_, del brazo de su esposo, caballero grave y distinguido,
sumido siempre en hondas preocupaciones y afanosos trabajos. Su esposa
le traicionaba con cuanta frecuencia se lo permitía la renovación de
los huéspedes en el hotel, y sus cómplices, en el cotidiano adulterio,
pagaban por la traición tanto como por el placer. El esposo respetable
y distinguido que se dejaba engañar era la salsa del pecado. Y los
buenos _gourmands_ prefieren la salsa a la tajada.
También se decía porteña, aunque con extraordinaria facilidad cambiaba
de un punto a otro del planeta el lugar de su nacimiento. En realidad,
este es un dato que, para practicar el amor, no tiene una exagerada
importancia. Lo cierto es que había nacido en Sevilla y que salió de
allí para ejercer dignamente la prostitución, como en Francia salen
de Marsella casi todas las beneméritas propagadoras del mal gálico,
que extiende su patriótico influjo por todo el universo. El Mediodía
aporta, en todas las naciones, un gran contingente a la prostitución y
a la poesía lírica.
Había nacido en un viejo corral de un barrio silencioso y evocador de
Sevilla, en cuyas callejuelas crecía la hierba por entre los guijarros
del empedrado, y se hacían sonoros, claros y distintos los pasos de los
transeúntes. Entonces no vivía mal la gente corralera; los corrales
eran auténticos palacios, venidos a menos; conservaban cierto señorío,
cierta holgura, que fortalecían a sus pobres moradores, haciéndoles
un poco hidalgos arruinados, firmes y orgullosos, como si también
ellos hubiesen venido a menos. Las modernas casas de vecindad con su
horrible construcción tendinosa, sus patios de cemento y sus celditas
estrechas, son una anticipación de la cárcel, del cuartel o del
hospital.
Pero, sobre todo, aquel patio inmenso del corral, con su fuente de
piedra en el centro y sus arcadas blancas, en las que explotaba el
sol, era la delicia de la chiquillería. Palmira, que entonces no se
llamaba así, y tenía en vez de sus rizados bucles una trenza enhiesta
en el cogote, como el rabo de una lagartija, se pasaba el día entero
en aquel patio del corral con otras cien chiquillas corraleras, que
ejercitaban sus cuerpecillos, casi desnudos y tostados por el sol, en
el aprendizaje de las danzas populares de Andalucía, que dan a las
mujeres esa plasticidad, esa gracia, que después se pagan a tan buen
precio en los prostíbulos.
Palmira recordaba su infancia con agrado. Había mucha hambre y poco
pan en la talega: mal humor en su madre, malos tratos en el padre
alcoholizado, egoísmo en los hermanos y crueldad en las vecinas. Pero
había un solazo vivificador, un desgaire, una exuberancia, un tan claro
optimismo en aquel ambiente mísero de sus primeros años, que la negra
pobreza se arrebolaba y encendía, fingiendo un bienestar y una holgura
que bastaban a la sobriedad de aquellas gentes trabajadoras.
Cuando tuvo diez años y empezó a apetecer todas las superfluidades
fue cuando notó la miseria que la rodeaba. La miseria es una creación
nuestra. No hay nadie en el mundo lo suficientemente pobre para que se
le considere desdichado. A la vida le basta con muy poco, casi nada;
todo lo demás es superfluo. Esta superfluidad llega, sin embargo,
a tener una importancia vital; hay quien fracasa en conseguir una
fruslería cualquiera, un cintajo honorífico, un título de dominio o
unos billetes de Banco, y, por fracasar, se muere realmente de dolor,
como se muere el padre que no consigue preferencias y comodidades para
sus hijos. Y tan superfluo es lo uno como lo otro. Palmira empezó a
desear y se hizo desdichada.
En aquel tiempo, sus padres quisieron comenzar a resarcirse de los
sacrificios que por ella debieron haber hecho y la pusieron a trabajar
en una fábrica. Aprendió el valor del dinero: tantas horas de trabajo
eran tantas pesetas, y tantas pesetas eran unas medias de seda, y
tantas unos zapatos de charol, y cuantas una blusa o unos pendientes.
Así valoradas las cosas, o, mejor dicho, realzado su valor por el
esfuerzo que costaba conseguirlas, se exarcebó su ansia de poseerlas.
Estas fruslerías tomaron a sus ojos tal prestigio, que se le hizo
imposible vivir sin ellas.
En la convivencia con las obrerillas viciosas y ambiciosas de su taller
supo que ella tenía una moneda con la que se podían comprar todas
las superfluidades anheladas, y precipitadamente, antes de tiempo,
siendo aún una niña, cambió su moneda a un experto cambista, ansioso
numismático, coleccionador de estas monedas vivas, las únicas monedas
que tienen un origen divino. Y se prostituyó.
Hay quienes cuentan que la prostitución de Palmira fue una desgarradora
tragedia. De un lado, el hambre, el desamparo, la bestialidad del
padre, la insensibilidad maternal y el dolor del trabajo agotador y
no remunerado; de otra parte, el ansia de vivir, el bienestar y la
tentación constante de las viejas alcahuetas que rastrean a diario
los barrios bajos, husmeando la miseria y la belleza, para servir el
apetito de esos ogros modernos, que de ordinario se contentan con
husmar la carne de las niñas nada más.
Pero este aparato terrorífico es un poco exagerado. Palmira cayó,
si a esto puede llamarse caída, por lo que caen todas las que caen.
Porque les apetece. No hay que buscar complicadas argumentaciones para
justificar un acto tan natural como este. Puede creerse que en el amor
la mujer no pone más que una cosa, bien material y palpable por cierto;
todas las demás cosas las pone la imaginación del varón.
Palmira tuvo suerte en su nueva vida. No es muy corriente, pero tuvo
suerte. Iniciada en el rincón más oculto y profundo de la prostitución,
supo elevarse pronto, gracias al ajetreo laborioso de sus caderas, que
al poco tiempo se hicieron fuertes y rotundas, como se desarrollan
los bíceps de los empedradores y los cargadores del muelle. Sorteó
milagrosamente el escollo de los males secretos, esquivó los bajos
fondos del sentimentalismo y a los dieciocho años estaba hecha toda
una mujer y salía a flote entre las espumas de la sociedad. Empezó
a frecuentar los teatros y los paseos; las señoras decentes se
acostumbraron a verla, desde muy cerca, en las plateas y los salones de
té, y esto hizo que crecieran las pujas a la llana, que decidían sus
favores. Físicamente estaba ya lograda; usó con gran sagacidad de las
artes cosméticas, dio regalo a su cuerpo, que es como decir que cuidó
su herramienta de trabajo, y pudo esperar que aquella lozanía, aquella
frescura de su tez, aquella juventud, fuesen eternas, a lo menos en
el concepto que de la eternidad puede tener una amorosa de dieciocho
años. En otro aspecto, basta notar que el comercio de la carne aviva
la vigilancia del espíritu, y ella, que tan en grande comerciaba con
su cuerpo, tuvo que buscar el equilibrio en algunas satisfacciones
espirituales, logradas a poca costa si, en su caso, se dispone de una
gran intuición y de poderosas ambiciones. No quiere esto decir que se
hiciese literata, no. Pero llegó a tener una noción bastante aproximada
del mundo y de la vida. Ya es bastante; algunos intelectuales no la
tienen, ni siquiera remota.
Pensó entonces que, aunque la prostitución tiene un origen sagrado y
una estirpe nobilísima, en los tiempos que corren no basta su ejercicio
para encumbrarse, y vio que le faltaban algunos factores para el éxito.
Tenía dos caminos por los cuales la mujer prostituida puede hoy
lavarse de toda culpa y contratar de igual por igual con la sociedad:
el matrimonio o el arte. Casándose, o haciéndose artista, era como
únicamente podía seguir avanzando en su carrera. Resistió heroicamente
la tentación de consagrarse al arte y decidió casarse. Esta fue
una de sus mayores pruebas de clarividencia, porque, tratándose de
ennoblecer y purificar su vida, la elección entre cualquiera de los
dos términos aparece dudosa. Cierto que el matrimonio es uno de los
siete sacramentos de la Iglesia; pero, ¡caramba!, las _varietés_, por
ejemplo, son una cosa muy seria; no falta, seguramente, quien les haya
encontrado antecedentes bíblicos y orígenes celestes.
Y se casó; es decir, no se casó, pero fue lo mismo que si se
casara. Andan por el mundo algunos sujetos meritísimos, correctos,
instruidos, laboriosos, a los que no sabemos por qué la corriente de
la vida pone al margen. Son esos sujetos que a veces nos encontramos
como naufragados en el remolino de las calles céntricas. Eran
buenas personas, iban derechamente a un sitio fijo, tenían quién
les aguardase, y, sin embargo, se han perdido, y después de dar
estúpidamente muchas vueltas, se han remansado en una acera, como los
ciegos, los mudos, sordos y tullidos, que piden limosnas en la carrera.
Hay que creer que también a esos sujetos, como a los mendigos, les ha
faltado de pronto algún sentido oculto, alguno de esos misteriosos
sentidos que indudablemente nos sirven con la misma eficacia que los
cinco sentidos corporales. Acaso es que les falla el sentido común, o
que han perdido la brújula, o que se han olvidado de su itinerario.
¿Quién sabe? Lo cierto es que se quedan detenidos en algún cantillo,
inanimados, muertos, real y verdaderamente muertos. Cuando ya empiezan
a corromperse, viene la miseria, con su gran escoba de barrendera
municipal, y les quita de aquel sitio céntrico, llevándoles a los
grandes depósitos de detritus, donde han de esperar en fermentación a
que los utilicen como abonos.
Esperando a que lo barrieran, y con claros síntomas de descomposición,
se hallaba don Gonzalo de los Reyes Pérez, hombre de gran espíritu,
licenciado en Derecho, técnico de numerosas técnicas y profesional de
varios órdenes, cuando Palmira, en trance de buscar esposo que diese
realce y solvencia a su comercio, le echó una mano cariñosa.
Se entendieron pronto. Las capitulaciones de aquel pacto fueron
curiosísimas. Don Gonzalo contraería matrimonio canónico con Palmira:
no era necesario cubrir las formalidades del caso; bastaba divulgar
la noticia, vestida con todas las garantías posibles. Palmira, en su
vida privada, conservaría toda su libertad de acción; pero en la vida
pública aparecería sometida a la tutela conyugal. Fue muy difícil
delimitar cuál era la vida privada de Palmira; pero, al fin, se
consiguió, pasando como sobre ascuas por ciertas escabrosidades. Don
Gonzalo no tendría derecho a reclamar el débito conyugal en ningún
caso, y se obligaba a observar una vida regular, austera, digna y,
al parecer, laboriosa. En cambio, Palmira le facilitaría todos los
recursos necesarios para que ambos viviesen en grandes hoteles, le
vestiría con lujo, le costearía sus investigaciones técnicas y su
coñac, poniendo al mismo tiempo en juego sus influencias para que fuese
reconocido y patentizado el claro talento y la constante laboriosidad
de su noble esposo. Y así se hizo.
Don Gonzalo, que se veía perdido en medio del arroyo, quitándose el
hambre a bofetadas, ensayando el chantaje y fracasando en la esgrima,
aceptó alborozado. Palmira, por su parte, vio con gusto que se hallaba
en posesión de un esposo correcto, sabio y distinguido, con una
venerable barba cenicienta y una prestancia intelectual y académica que
provocaría, seguramente, la intromisión frecuente y productiva de ese
agente maligno que en la intimidad hace infelices y astados a tantos
sabios venerables.
Se casaron —a lo menos dieron publicidad al enlace—, y poco después
se trasladaban a la corte, instalándose suntuosamente en aquel gran
hotel, donde Palmira iba a tender sus deliciosas redes. La pesca no
pasó por alto a la gerencia del hotel, muy celosa de la inmoralidad que
no produce dinero, y como además Palmira vio que había que moderar,
en lo posible, los gastos de la industria, tuvieron don Gonzalo y
su cónyuge que tratar en secreto con el gerente de la casa, que, a
partir de entonces, fue a la parte en las ganancias, reduciéndoles, en
cambio, el precio del hospedaje y dando a Palmira todas las facilidades
estratégicas que fueron precisas.
El negocio iba bien. Don Gonzalo se portaba, en su papel, a las mil
maravillas, y Palmira llegó, en las artes de seducción, a un completo
triunfo. En dos o tres temporadas ahorró unos cuantos miles de pesetas,
que colgó de su cuello y sus orejas, con lo que subieron de precio las
ofertas. Merced a sus tratos íntimos con un ministro de la corona,
llegó don Gonzalo a ser miembro de algunas entidades fundamentales
para la vida del Estado, y, entre tanto, la vida, fácil, muelle,
acariciadora, iba dando plenitud y aristocracia a Palmira y ensanchando
la frente y el abdomen de su venerable cónyuge, que alguna vez, por no
irle a la zaga, llegaría a ser hombre público también.
Pero don Gonzalo se consagró al coñac y al humorismo. Tener un gran
espíritu es peligrosísimo para andar por el mundo. Hubiera sido don
Gonzalo una mala bestia, y es seguro que Palmira le hubiese levantado
cien codos sobre la multitutd llevándole incluso a los más altos
puestos, porque para eso disponía ella sabiamente del punto de apoyo
que pedía Arquímedes para mover el mundo, o por lo menos de un punto
de apoyo que sirve para mover a los hombres que mueven el mundo. Don
Gonzalo, que realmente tenía talento, cuando se vio adulado y envuelto
en nubes de incienso por los que iban a cortejar a su mujer, no pudo
disimular la risilla irónica que le retozaba en el cuerpo y empezó a
perder su prestancia. En vez de consolidar un prestigio tan fácilmente
ganado, comenzó a burlarse de sí mismo y de los que le atacaban, se
dedicó a fraguar frases ingeniosas que fueron consideradas de un pésimo
gusto, hizo befa y chacota de muchas cosas respetables y no tardó en
crearse una peligrosa reputación de hombre extravagante y pernicioso.
Esto y algunos excesos de coñac estaban a punto de dar al traste con su
personalidad y por ende con el pingüe negocio de Palmira.
Adivinó esta con su certero instinto el peligro que la amenazaba y
decidió dar el golpe definitivo, triunfar de una vez y para siempre.
Había llegado el momento preciso de saltar, de conquistar de un golpe
la riqueza. No era difícil. En el mundo hay mucha más gente absurda
de lo que puede creerse y entre aquella turbamulta acaudalada que
desfilaba por el gran hotel había no pocos homunculejos forrados
de dinero que se hubiesen arruinado por Palmira o por cualquiera
otra bestezuela de lujo semejante. Se habla de terribles pasiones,
se complican las cosas, se urden complejidades psicológicas y el
resultado es que un honorable caballero pone sus títulos nobiliarios,
sus billetes de Banco o su talento en manos de una zorra cualquiera
que sabe aderezarse con esmero. Esto es muy divertido y hasta si se
quiere beneficioso y meritorio para la república. Lo repugnante es
el artificio sentimental de que se rodean estas uniones desiguales
que para ser aceptadas en la sociedad, tiene que llevar la cédula de
penitencia de un apasionamiento fatal y melodramático.
Palmira había provocado ya algunas pasiones terribles; pero hasta
entonces sus apasionados habían sido adolescentes de escasa solvencia.
Fue curiosísimo el incidente a que dio lugar con sus arrebatos uno
de estos jovenzuelos exaltados que perseguía día y noche a Palmira,
espiándola e impidiéndola con sus impertinencias el ejercicio de su
profesión. Decidió Palmira desengañarle de una vez y aprovechando la
circunstancia de hallarle una noche en uno de los desiertos pasillos
del hotel, le hizo pasar a su habitación. Justo es consignar que le
llevó sin ningún propósito alevoso. Iba simplemente a desengañarle.
Ocurrió que don Gonzalo, contra lo que ella suponía, se hallaba
allí tumbado en un inefable butacón y entre sorbo y sorbo de coñac
y filosofía. Al ver entrar a su cónyuge levantó el campo y fue a
refugiarse en el cuarto de baño sin desamparar en su fuga su preciada
botella de Domecq. Palmira se dio cuenta y disimuladamente entró
a advertirle que no había peligro. Se trataba simplemente de una
explicación con aquel jovenzuelo. Prometió a don Gonzalo que no
perdería su verticalidad y con esta promesa el sabio se tranquilizó y
se dispuso a esperar tras el débil tabique.
Pero estas cosas de amor no salen nunca a golpe cantado. El jovenzuelo
se expresaba con un ardor romántico digno de ochocientos treinta y
por añadidura tenía una sugestiva figura. El diálogo subió de punto
y don Gonzalo oyó pronto algunas frases que no hubiera querido oír.
Unas pausas, unas sospechosas pausas, le alarmaron aún más. «¡Diablo,
esto se complica!», pensó para su capote. Pidió auxilio a su coñac
y media hora después, estaba completamente beodo. Había conseguido
impermeabilizarse y ya todo el globo terráqueo se le antojaba una
fruslería.
Ideando una interpretación racionalista del Apocalipsis estaba
ya, cuando vino a alarmarle un confuso rumor. No era ese batir de
alas de que hablan los poetas, no. Era algo más alarmante todavía.
Palmira, después de escuchar conmovida todos los razonamientos del
joven recobró su presencia de ánimo y su posición normal. Entonces le
hizo ver la insensatez de su aspiraciones, le amonestó cariñosamente
y ya con cierta dureza le anunció que no seguiría permitiendo sus
asechanzas. Aquella entrevista había sido una liquidación. En todos los
presupuestos que se consagran a las atenciones públicas hay un capitulo
destinado a la beneficencia; Palmira acababa de agotar en aquel momento
su consignación y el joven insolvente y apasionado debía, pues,
retirarse para siempre. Decir esto Palmira y ponerse por las nubes
el fogoso amador fue todo uno. Vinieron apóstrofes, imprecaciones,
amenazas, desesperación. El joven romántico llegó a maltratar a Palmira
de palabra y obra, anunciando que estaba dispuesto a todo antes que
perderla. Don Gonzalo, desde su escondite, se hacía cruces ante la
insensatez de aquel caballerete.
Furiosa por tal insistencia Palmira se cruzó de brazos y piernas
rechazando con desconcertante frialdad las quejas del enamorado.
Llegado este al punto culminante de la desesperación, sacó rápidamente
una pistola automática y la asestó al pecho de Palmira. Esta apenas
pudo lanzar un grito:
—¡Gonzalo!
Gonzalo la oyó y pensó con la celeridad del rayo: ¿Salgo o no salgo?
Dudó unos momentos; la interrogación de Hamlet no era seguramente más
trascendental. ¿Salgo o no salgo?
Salió al fin; pero ya era tarde. Palmira, por instinto de conservación
había sacrificado una vez más su honestidad y el insensato estaba
a punto de quedar inerme. La aparición heroica de don Gonzalo,
esgrimiendo vacilante la barra del toallero, fue épica.
Decidida a que tuviesen término aquellas inquietudes, Palmira puso más
carne en el anzuelo. Se descotó aun más y cruzó las piernas con mayor
holgura. Había que hacer la jugada definitiva, esa jugada que lo mismo
en la vida de los hombres que en la de las mujeres determina el camino
que ya se ha de seguir siempre de modo inexorable. Había que prender
a un amante definitivo; lo suficientemente idiota para enamorarse de
verdad; lo suficientemente rico para poder otorgarle a perpetuidad la
exclusiva.
Y fueron cayendo. Ya hemos dicho que hay mucha más gente absurda de
la que parece. Al final de aquella temporada, cuando ya el mundo
galante deriva hacia las playas de lujo, Palmira se encontró con su
aspiración triplemente satisfecha. Tenía tres amantes ideales entre
quienes escoger; tres hombres maravillosos, cargados de dinero, que
anhelaban consagrarle sus vidas. Era feliz. Había inspirado pasiones
avasalladoras a hombres solventes y había llegado, por lo tanto, al
término de su carrera, ya que las pasiones, que por sí solas nada
valen, se miden y estiman por la responsabilidad económica que llevan
aparejada.
El conflicto estaba en elegir a uno de ellos. En cuanto al dinero, los
tres estaban igualmente dotados; no había diferencia sensible y Palmira
se encontraba perpleja, porque por primera vez en su vida no venía don
dinerito a inclinar de un lado la balanza en que pesaba sus decisiones.
Había, pues, que decidirse aquilatando calidades y no cantidades.
Esto era nuevo para ella. Se encontraba vacilante como esas ingenuas
pastorcitas de los cuentos de hadas que de improviso tienen que escoger
entre tres príncipes igualmente rubios y esbeltos. «Si los tres tienen
todo lo que yo puedo desear, ¿cómo escoger a uno? Si los tres son ricos
en la misma medida, ¿a cuál doy mi preferencia?», pensaba Palmira.
Era preciso mirarlos desde otro punto de vista distinto del interés.
Entonces recordó que vagamente había oído hablar alguna vez de
cualidades morales. «Veamos qué es eso», pensó, y no tardó en enterarse.
Cuando supo formular algunos juicios sobre cosas inmateriales —ella,
que no había sabido más que contar—, aplicó sus nociones metafísicas a
sus tres amantes; pero le ocurrió entonces una cosa terrible. Los tres
tenían idéntica categoría moral o, mejor dicho, los tres padecían la
misma ausencia de valores morales.
El primero era un tipo exótico. Venido sabe Dios de dónde, recorría el
mundo sin descanso, dejando a su paso una estela de plata ganada en
fantásticas empresas radicadas en remotos países. Era difícil saber en
qué rincón del mundo trabajaban y sufrían los mineros, los campesinos o
los artífices que creaban con dolor aquella fabulosa riqueza. Más que
un hombre, era un mito; el mito de la moderna civilización. Tenía algo
de diosezuelo y se movía entre los simples mortales con esa dejadez,
esa inconsistencia, esa ruindad de los antiguos monarcas absolutos a
quienes pesaba demasiado la corona. A duras penas podía entendérsele
cuando hablaba; su idioma natural era un galimatías formado con voces
de todas las lenguas del mundo y en sus hábitos mentales como en sus
costumbres traía el arrastre de vidas exóticas conocidas por él en
sus remotas excursiones. Palmira, que en el fondo de su manera de
ser tenía una rancia solera, una fuerte raigambre en la vida, honda,
sana y natural del pueblo, rechazaba instintivamente aquel artificio,
aquella artificiosa humanidad del millonario incomprensible, refinado,
maniático, ligado únicamente al mundo por el lazo de su dinero. Pensó
que sería muy desdichada uniendo su vida a la de aquel hombre desasido.
Otro de los amantes de Palmira era un viejo prócer de la más acrisolada
aristocracia castellana. Viudo dos veces y enredado siempre con mujeres
galantes, al final ya de su larga vida de placer y ociosidad se había
enamorado de Palmira con toda la insensatez de la senectud. La vida
se le iba a chorros y quería retenerla, fundiéndose con la rozagante
juventud de aquella mujer espléndida. También era inmensamente rico;
los gnomos que creaban su riqueza eran un formidable ejército de
trabajadores, que acampaba disciplinado y silencioso a lo largo de
los valles y los montes, sin pedir jamás aumento en la soldada ni
exigir cuenta de los beneficios que rendía. Eran los alcornoques, los
valientes alcornoques, obreros laboriosos a cuya sobriedad bastaba
un poco de agua y de sol. El viejo aristócrata había derrochado sin
tasa durante toda su vida; pero aquella riqueza, en vez de menguar,
crecía. Invirtió aquel caudal inagotable en pervertir a los demás y en
pervertirse a sí mismo. En el amor, como en los demás movimientos de su
alma, gozó siempre con las torceduras y los desequilibrios inauditos.
Vivió escandalosamente hozando en todos los vicios y cuando encontró
a Palmira era su cuerpo una ruina, hueso y baba, repugnante caracol
blasonado.
El tercero de aquellos modernos príncipes era un cincuentón sebáceo,
rezumante, ventrudo. Como Palmira, procedía del pueblo: pero al
enriquecerse había conservado toda la miseria, toda la podredumbre y
grosería de los necesitados, realzándolas y poniéndolas en evidencia.
Sus manazas ensortijadas y su corpachón de cerdo envuelto en seda
promovían una sensación de asco invencible. Tenía mucho dinero; lo
había conseguido explotando la miseria de los demás; la basura es acaso
lo que más dinero deja y aquel gran cochino sensual había comerciado
con basura. Casas de préstamo, burdeles, salas de juego, bailes y
operaciones usurarias habían sido sus negocios favoritos, y gracias
a ellos, su riqueza era imponderable. Cuando tuvo dinero se limitó a
exaltar sus groseros instintos, y era, en resumen, la animalidad más
baja y ruin consagrada por los ritos de la civilización.
Palmira no supo decidirse. Cuando no miraba a sus tres amadores por
el lado del interés le parecían igualmente horripilantes. Había que
cerrar los ojos y escoger a uno cualquiera, el que fuese. Después de
todo, ¿qué más le daba? Pero ya se había metido en demasiadas honduras;
pudiéramos decir que había perdido su ingenuidad de prostituta, su
angelical ingenuidad que le había hecho caer siempre con los ojos
cerrados del lado del dinero.
* * *
El tiempo apremiaba y Palmira no sabía decidirse. Consultó con Gonzalo;
a pesar del lugar secundario que este hombre eminente desempeñaba al
lado de Palmira, ella no dejaba de tenerle cierta consideración y un
tierno afecto. Le expuso sus dudas y le pidió consejo.
—Tú tienes mucho talento, chiquita —le dijo el falso esposo—, y puedes
enredar a los tres. Eres mucha mujer para uno solo. Creo que al final
ellos mismos te lo agradecerían.
—No se trata de eso —repuso Palmira—; tengo que decidirme por uno de
los tres y consagrarme a él para toda mi vida.
—¿Y conmigo, qué piensas hacer?
—Tendrás una jubilación decorosa. Decididamente, voy a retirarme de la
vida pública.
—¿Cuál tiene más dinero?
—Los tres son igualmente ricos.
—¿Cuál es el que te quiere más?
—Los tres me desean furiosamente.
—¿A cuál prefieres tú por su carácter, por su género de vida, por sus
inclinaciones?
—A ninguno.
—Pues cierra los ojos y carga con cualquiera.
—Eso es terrible. Son unos hombres tan extraños a mí, tan distintos,
tan incomprensibles que temo sufrir un error, que sería fatal. ¿Y si
después no nos entendemos?
—Déjate de tonterías. Tú, si quieres, podrás entenderte con todos los
hombres de la tierra y creo que si bajara por aquí algún selenita no
se escaparía seguramente a tu... comprensión. Las mujeres tenéis una
maravillosa facilidad para adaptaros. Lo mismo te harías a la vida de
los indios patagones que a la de los esquimales, si unos y otros tenían
dinero.
—Pero es que yo quiero ahora proporcionarme de una vez y para siempre
una vida que satisfaga algo mis inclinaciones. No quiero vivir para los
demás, sino para mí misma. Para conseguir esto anhelo el dinero.
—Eso es más difícil para ti que poseer el oro a montones. Déjate de
sensiblerías. Haberte quedado en tu salita del corral allá en Sevilla;
te hubieses casado con un buen mozo que te daría hijos y porrazos.
Andarías sucia, abandonada, envejecida... Pero en cambio vivirías
de verdad, en lo que es tuyo, en lo que realmente puede conmover
tu alma. Todo esto que ahora te rodea, este lujo, esta molicie, son
postizos para ti, lo comprendo; te parecerá falso y despreciable pero
es lo único que tienes. Lo otro, lo hondo, lo sincero, lo que desde el
subsuelo te subía al corazón y te florecía en la boca lo has perdido
para siempre. Sigue bizarramente tu camino. Adelante. La morriña es el
azote de los aventureros.
—Tienes razón, Gonzalo. Sin embargo, una vez conseguida la riqueza,
¿por qué no aspirar a lo otro? ¡Sería yo tan feliz! ¡Volver con los
míos! ¡Llegar con las manos llenas de oro! Triunfar entre ellos, entre
las vecindonas del corral, entre las amigotas de la plazuela, entre
aquella pobre gente que se maravillaría al verme joven, hermosa y rica.
¿Es pueril, verdad? Pues esto valdría para mí más que la admiración de
todos los príncipes de la tierra. Tener después una casita, la misma en
que viví con los míos, en la misma callejuela escondida, respaldada en
la misma iglesia a cuya Virgen haría yo el regalo de mis mejores joyas.
Esta sería mi felicidad, mi verdadera vida.
—Pues eso a bien poca costa puedes conseguirlo. Renuncia a la vida
fastuosa que esos amantes extraños te ofrecen: renuncia a tus sueños de
grandeza y ve a esconderte en tu rincón. Después de todo, lo mismo se
vive en un palacio que en un chozo.
—¿No crees tú que al fin me desesperaría y terminaría por lanzarme
otra vez, ya sin fuerzas, al torbellino del mundo?
—No; en todas partes se puede vivir con la misma intensidad, con el
mismo espíritu. Las preocupaciones de ambiente son para los incapaces.
El turista, al dar la vuelta al mundo, no recibe seguramente más
emociones que el enfermo postrado en su lecho, que alza los ojos al
cielo, traspasando el cuadro angosto de su ventanita. Todo depende de
la capacidad de sensación que se posea.
—¿Me aconsejas entonces que lo deje todo, que olvide mis sueños de
poderío?
—No te aconsejo nada. Pero sí quiero que sepas algo que yo mismo he
creído observar. Casi todas las heroínas del mundo, y tú eres una de
ellas, luchan, fracasan o triunfan; pero al poeta, como al espectador,
no le interesan más que los accidentes de esa lucha, la eficacia de
los golpes que se dan o se reciben y el temple de las armas. Al final
de la epopeya, un epitafio o un arco de triunfo. Pero ¿y después? Yo
te creo capaz de unir tu vida a la de uno de esos potentados. Habrías
triunfado, mas ¿qué sería de ti entonces?
—Gozaría de todos los bienes del mundo.
—Son demasiados bienes para almas tan chiquitas como las nuestras.
Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada
vez que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción
insignificante de lo que poseen. Es la misma pena que a mí me
atormenta al considerar que puedo comprar mucho más coñac del que me es
posible beber. Figúrate cuál sería mi dolor si poseyendo todo el oro
del mundo —es decir, todo el coñac del mundo— me sintiera omnipotente
en la vida, pero a condición de no sorber jamás una copita. ¿Sería una
verdadera tragedia, verdad? Pues esa es tu misma tragedia, la de todas
las mujeres que como tú triunfan y para triunfar han de arrancarse del
alma su propia vida, su verdadero apetito, su copita de coñac. En unas
es el amor de hijas o el amor de madres, en otras la sinceridad, en
otras el pudor, en estas la ternura, en aquellas la veneración a los
penates. Eso, que en definitiva es lo único verdadero en el alma de
las mujeres, tienen que arrasarlo las que como tú esperan triunfar.
Renuncia a tus sueños ambiciosos, olvida para siempre la quimera del
oro y si no te resignas, si eres fuerte y ambiciosa todavía, arranca de
tu alma lo que aún te hace ser mujer, quémalo, avienta sus cenizas y
adelante.
* * *
En un callejoncito de un barrio silencioso, donde crece la hierba entre
los guijarros del empedrado y se hacen sonoros, claros y distintos los
pasos de los transeúntes, hay una casa humilde y llena de vejez, cuyas
paredes pulquérrimas están siempre dispuestas al halago de la cal.
Tiene la casa un pequeño zaguán que una viejecita meticulosa aljofifa
a diario; en él se quedan como cuajados los armoniosos pregones
callejeros, los cantares y las risas de las niñas que juegan en la
plazuela y los trinos de los canarios que filosofan en el patio. Es la
casa de Palmira.
Palmira es ya la esposa real y verdadera de don Gonzalo. Hace una
vida ejemplar, cuida su casa, escatima su dinero, rinde culto a la
Virgen de su barrio y, poco a poco, lentamente, ha ido captándose la
consideración de sus humildes vecinos. Don Gonzalo tiene un destinito,
bebe con moderación e idolatra a su esposa. En la azotea ha construido
él mismo un palomar y dedica sus tardes a observar atentamente —acaso
por una indesechable aberración— las complicaciones sexuales de sus
avecillas, sus arrullos, sus celos, sus leyes morales e inmoralidad.
Tal vez se divertía antes como ahora.
El matrimonio vive con gran modestia. Llegaron con un poquito de
dinero, compraron aquella casita, la arreglaron cuidadosamente, él
se agenció lo necesario para ir viviendo y jamás dieron que hablar
a la vecindad. Doña Palmira hace algunas obras de misericordia y da
saludables consejos a las mocitas del barrio; conserva algunas joyas
de valor que lucen sobre el pecho de la Madre de Dios en la Semana
Santa, mima sus macetas de claveles y albahaca, hace sus novenas y
toda su vida es de una gran ejemplaridad. Dicen que su juventud fue
algo turbulenta; pero, ¡bah!, de todas las mujeres hermosas se dice
lo mismo. Es una santa, no hay más que verla. ¡Qué recato! ¡Qué viva
indignación siente contra la inmoralidad!
No es farsa; no. Es que estas grandes pecadoras, cuando se arrepienten
y pasan los años, son de una santa intransigencia.