¿Será una monstruosidad decir que fuimos felices y que tuvimos hijos
que fueron una bendición del cielo? Confieso que, al principio, anduve
algo desazonado. No eran remordimientos por lo que habíamos hecho
con aquella infeliz mujer. Mi corazón se ha mostrado siempre tan
empedernido, que jamás se dejó vencer por la sensiblería. Era, más
que remordimiento, miedo. Miedo a la crueldad de aquella mujercita
amorosa, cuya impasibilidad ante el dolor yo conocía como nadie. ¿Era
posible que un corazón tan seco, tan implacable; un corazón que había
dejado desgarrarse otro corazón fraterno, por no soltar la prenda que
le había robado, se sintiese alguna vez blandamente conmovido por una
emoción desinteresada? Esta duda puso a prueba mi amor, que, al fin,
salió triunfante. Tuve mil ocasiones de contrastar la delicadeza de
sentimientos de mi mujercita, su capacidad de emoción, su ternura,
su desinterés. Y, por si alguna duda me quedase, no tuve más que
escudriñar en el fondo de mi alma. ¿No había sido yo tan cruel como
ella, y, sin embargo, creía amarla con el más puro afecto y me creía
capaz de cuantos sacrificios pudiera exigirme?
En cuanto a la infeliz a quien habíamos robado el alma, no nos
importunó mucho. Algunas veces la evocábamos, enfundada en sus
tocas negras, inmovilizada por el dolor, vieja, triste y sola. Pero
pronto la evocación cedía el paso a cualquiera otra imagen vistosa
y esmaltada de nuestro presente o nuestro porvenir. Aquel solazo
vivificador del Mediodía, que empalidecía los daguerrotipos de mis
antepasados, acristalados en las paredes de mi despacho, iba también
desdibujando la doliente figura de mi prometida, hasta el punto de que
llegaba a costarme un gran esfuerzo mental el reconstituir las líneas
fundamentales de su figura, que debieran estar marcadas en nuestra
mente con el hierro del crimen. A la vuelta de dos años se había
borrado por completo su imagen; ya solo me quedaba el recuerdo de los
hechos, y, antes de que estos se me pierdan también de vista, quiero
fijarlos de algún modo, y por eso he urdido este relato, que conservo,
y de tiempo en tiempo leo, porque el recordar, el revivir aquellos días
es la única expiación de mi culpa, ya que la divinidad ha sido benévola
conmigo y me ha concedido el ser feliz. Esto es para mí una cosa
inexplicable.
Jamás he podido comprender cómo nos fue posible, lo mismo a mí que a
mi amada, soterrar tan hondo en la conciencia el crimen que habíamos
cometido. Ni una sola vez turbó el remordimiento nuestra felicidad;
ni por un momento se nos interpuso la infeliz muerta en vida. Nunca,
nunca...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Hasta que una vez ella pasó a nuestro lado, arrebujada en sus tocas
negras. Con sus pupilas dilatadas por el espanto nos vio ir. ¿Qué
pasaría por su alma en aquel minuto?