IX

¿Será una monstruosidad decir que fuimos felices y que tuvimos hijos

que fueron una bendición del cielo? Confieso que, al principio, anduve

algo desazonado. No eran remordimientos por lo que habíamos hecho

con aquella infeliz mujer. Mi corazón se ha mostrado siempre tan

empedernido, que jamás se dejó vencer por la sensiblería. Era, más

que remordimiento, miedo. Miedo a la crueldad de aquella mujercita

amorosa, cuya impasibilidad ante el dolor yo conocía como nadie. ¿Era

posible que un corazón tan seco, tan implacable; un corazón que había

dejado desgarrarse otro corazón fraterno, por no soltar la prenda que

le había robado, se sintiese alguna vez blandamente conmovido por una

emoción desinteresada? Esta duda puso a prueba mi amor, que, al fin,

salió triunfante. Tuve mil ocasiones de contrastar la delicadeza de

sentimientos de mi mujercita, su capacidad de emoción, su ternura,

su desinterés. Y, por si alguna duda me quedase, no tuve más que

escudriñar en el fondo de mi alma. ¿No había sido yo tan cruel como

ella, y, sin embargo, creía amarla con el más puro afecto y me creía

capaz de cuantos sacrificios pudiera exigirme?

En cuanto a la infeliz a quien habíamos robado el alma, no nos

importunó mucho. Algunas veces la evocábamos, enfundada en sus

tocas negras, inmovilizada por el dolor, vieja, triste y sola. Pero

pronto la evocación cedía el paso a cualquiera otra imagen vistosa

y esmaltada de nuestro presente o nuestro porvenir. Aquel solazo

vivificador del Mediodía, que empalidecía los daguerrotipos de mis

antepasados, acristalados en las paredes de mi despacho, iba también

desdibujando la doliente figura de mi prometida, hasta el punto de que

llegaba a costarme un gran esfuerzo mental el reconstituir las líneas

fundamentales de su figura, que debieran estar marcadas en nuestra

mente con el hierro del crimen. A la vuelta de dos años se había

borrado por completo su imagen; ya solo me quedaba el recuerdo de los

hechos, y, antes de que estos se me pierdan también de vista, quiero

fijarlos de algún modo, y por eso he urdido este relato, que conservo,

y de tiempo en tiempo leo, porque el recordar, el revivir aquellos días

es la única expiación de mi culpa, ya que la divinidad ha sido benévola

conmigo y me ha concedido el ser feliz. Esto es para mí una cosa

inexplicable.

Jamás he podido comprender cómo nos fue posible, lo mismo a mí que a

mi amada, soterrar tan hondo en la conciencia el crimen que habíamos

cometido. Ni una sola vez turbó el remordimiento nuestra felicidad;

ni por un momento se nos interpuso la infeliz muerta en vida. Nunca,

nunca...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Hasta que una vez ella pasó a nuestro lado, arrebujada en sus tocas

negras. Con sus pupilas dilatadas por el espanto nos vio ir. ¿Qué

pasaría por su alma en aquel minuto?

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 28 / 67 题