No será necesario contar la jugarreta que mi amada había hecho al
inocente conquistador. Declaro que no tuve en ella arte ni parte, y
que, hasta el momento en que ella vino a mí, yo no supe por qué caminos
había llegado. Una vez consumada la farsa de mi fallecimiento, y
refugiado en aquel rincón amable, hice saber a mi joven amor el lugar
del mundo adonde yo había ido a esconderme, y, como dije antes, me
senté a esperar, sosegado. Yo sabía que no tardaría en venir.
Alborozada, nerviosa, riéndose con limpias y sonoras carcajadas, me
contaba los incidentes de la fuga, sus sobresaltos, sus picardías,
la astucia que había tenido que emplear para repeler cortésmente las
caricias que entusiasmado se obstinaba en prodigarle su compañero de
fuga, hasta que llegaron al cruce con el expreso, en cuyo instante
ella, con un pretexto cualquiera, salió, dejando muy sosegadito al
novio, y subió al otro tren.
—No creas —me decía ella—, pasé un miedo espantoso. Me costó mucho
trabajo convencerle de que no me acompañase ni se asomase a la
ventanilla, porque iba a darle una sorpresa; y cuando lo logré y me
encontré, al fin, en tierra, ya habían dado la salida del expreso.
Crucé el andén en dos zancadas, con la falda levantada hasta la
rodilla, para poder correr velozmente. Sentí mucho que me viesen las
piernas; pero no había más remedio. Cuando pude subir el expreso iba ya
en marcha. ¡Que horror! ¡Figúrate que no hubiese podido escaparme! ¿Qué
hubiese hecho con aquel pasmarote? O, mejor dicho, ¿qué hubiese hecho
él conmigo?
—Siempre hubieras sabido escurrirte, diabla.
—En fin, allá se quedó muy quietecito, en su vagón, esperando la
sorpresa.
—¿Qué habrá hecho al darse cuenta de la burla que le has gastado?
—Reflexiones. ¿Qué quieres que haga?
—¿Y no temes que cuente lo ocurrido a tu madre y tu hermana, o lo diga
por ahí y llegue hasta ellas?
—No; no lo dirá. Se arrancará la lengua antes de confesar que ha hecho
el ridículo. Es lo suficientemente necio para ello.
—Sí; pero más adelante...
—Más adelante, él dirá, jactancioso, que me abandonó; la gente lo
creerá, y todos supondrán que ando por algún escenario cantando y
bailando, o tal vez metida en algo peor; me creerán perdida para
siempre. Y lo estoy; perdida para todos y para siempre. Como tú.
—Cierto; el amor nos ha hecho perdernos en el mundo. No te apures; él
nos ayudará a encontrarnos a nosotros mismos.
—Ya nos hemos encontrado —me dijo maliciosamente, tan maliciosamente
que de momento yo no pude descubrir su malicia y ella tuvo que dármelo
a entender a cucharadas.