Algunos días después de mi fallecimiento empezó a rondar a mi cuñadita
un apuesto joven, cazado, acaso, por aquella diabla durante alguna
de las misas que en sufragio por mi alma hizo decir mi malograda
prometida. Por cierto que, a estas horas, no sé qué se habrá hecho de
la intención de aquellas misas; algún ánima necesitada de sufragios
y poco escrupulosa se las habrá adjudicado. Hago mención de estas
pequeñas cosas para que se vea hasta qué inconcebibles maquiavelismos
era capaz de urdir aquella personilla enamorada. No sé si aquel
inocente joven fue cazado con alevosía por mi cuñadita, ya con la
intención preconcebida de destinarle al sacrificio, o si él mismo, o,
mejor dicho, su implacable destino, sugirieron la diabólica idea a la
muchacha, al ir hacia ella reiteradamente y estrecharla en el cortejo.
Con alevosía o sin ella, supo mi cuñadita enzarzar en la red de sus
miradas dulzonas de chicuela a aquel joven, digno de mejor suerte,
que en pocos días hizo, llevado de su pasión, todas las estupideces
necesarias para que la madre y la hermana le considerasen nocivo y
amonestasen a la pequeña, pretendiendo obligarla a que no diese alas a
la pasión de aquel joven insensato.
El insensato estaba gozoso, que no cabía en el pellejo. Era un
hombrecito rubio, blanco y blando, presumidillo, estiradete, con una
gran ansia de gozar la vida, que entonces comenzaba a entrever, y sin
dos adarmes de sal en la mollera. De haberlos tenido, no le hubiese
podido hacer mi cuñadita la jugarreta que le hizo.
¿Cómo se ingenió la muy indina para soliviantarle, hasta el punto
de hacerle realizar las mayores gansadas, sin que ella llegase a
comprometerse nunca? En pocos días le hizo entrar en la casa, hablar
formalmente con la madre, pedir permiso para continuar las relaciones
y después cometer tal serie de inconveniencias y locuras que la buena
señora, por buena y desentendida que fuera, no tuvo más remedio que
plantarle de patitas en la calle. Ya estaba. El amor contrariado. Lo
que ella necesitaba para su plan.
Lloró, gimoteó y amenazó con suicidarse, todo con tanta propiedad,
con tanta gracia, que la pobre madre llegó a creer firmemente en el
infortunio de su hija empujada por un amor imposible. Diose tal maña,
que supo hacer de un tonto un personaje diabólico, y de un capricho
juvenil, un terrible apasionamiento. La madre y la hermana leían
frecuentemente novelas. Y creyeron en la tragedia.
Llegó a creer en ella el mismo inocente cortejador que, sin saber cómo,
sin comerlo ni beberlo, se vio asimismo héroe novelesco, seductor
terrible, fiero amante, capaz de todo por lograr su amor. Cuando el
horno estuvo para bollos, aquel geniecillo del mal con faldas empezó
a sugerir al mozo su atrevido plan en cartas que clandestinamente
se cruzaban, y en furtivas entrevistas que iban arrebatando y
enloqueciendo al pobre bobalicón, metido de hoz y coz en aquella
maravillosa aventura.
Pero nuestro hombre no era tan insensato como parecía. Náufrago en
medio del oleaje pasional que le movía mi cuñadita se agarraba a la
realidad como a un leño, y se resistía heroicamente a ser arrastrado.
No quería seguir adelante. Ni él era un terrible seductor ni el
cristo que lo fundó, ni aquello debía tomar otros derroteros que los
que son lógicos y naturales. Fueron precisas toda la astucia, toda la
tenacidad y la malicia del mundo para desprender a aquel mastuerzo
de la realidad, a la que se aferraba como un alcornoque a la tierra,
balancearle en el vacío y lanzarle al espacio como un pelele. Al fin
perdió pie, se dejó arrastrar y pensó en raptar a la muchacha.
Con sus dengues, sus escrúpulos y su hipocresía, avivó ella el furor
satánico de aquel buenazo, que llegó a creerse de buena fe que aquella
perversa idea del rapto se había cocido en el puchero que tenía sobre
los hombros, y que habían sido sus palabras, sus diabólicas palabras de
seducción, las que habían enloquecido a su inocente amada, víctima de
sus asechanzas.
Ultimaron cuidadosamente todos los detalles de la fuga. Ella dejó
escrita una carta, dirigida a su madre y su hermana, a las que
anunciaba su huida con aquel joven, «al que amaba más que a su propia
vida». Les pedía perdón y olvido. Hizo, además, que el joven donjuán
escribiese una carta análoga a sus padres, y ya se encargó él, sin
necesidad de nadie que se lo recomendase, de divulgar, ufano, la
noticia de su conquista entre sus amigos. La fuga de mi cuñadita fue,
pues, casi una ceremonia pública, y tuvo toda la repercusión que a ella
y a mí nos convenía que tuviese.
Una tarde quedaron citados en la puerta misma de su casa; procuró ella
que les viese la portera y juntos marcharon después hacia la estación
del Mediodía, donde tomaron billetes para el tren correo, que diez
minutos después partía en dirección al sudoeste. A la tercera estación
del trayecto, la línea se bifurcaba y el correo daba paso al expreso
del sudeste, el mismo que ya al amanecer pasaba allá, a lo lejos,
frente a mi casita, desde cuyas ventanas yo lo veía ir, esperando
siempre el día que había de traerme la felicidad en forma de una
viajerita recién casada que ha perdido al esposo y trae los azahares de
la boda guardados en el cabás porque el viaje no se los marchite.
Así vi llegar a la mañana siguiente a mi cuñadita.