VII

Algunos días después de mi fallecimiento empezó a rondar a mi cuñadita

un apuesto joven, cazado, acaso, por aquella diabla durante alguna

de las misas que en sufragio por mi alma hizo decir mi malograda

prometida. Por cierto que, a estas horas, no sé qué se habrá hecho de

la intención de aquellas misas; algún ánima necesitada de sufragios

y poco escrupulosa se las habrá adjudicado. Hago mención de estas

pequeñas cosas para que se vea hasta qué inconcebibles maquiavelismos

era capaz de urdir aquella personilla enamorada. No sé si aquel

inocente joven fue cazado con alevosía por mi cuñadita, ya con la

intención preconcebida de destinarle al sacrificio, o si él mismo, o,

mejor dicho, su implacable destino, sugirieron la diabólica idea a la

muchacha, al ir hacia ella reiteradamente y estrecharla en el cortejo.

Con alevosía o sin ella, supo mi cuñadita enzarzar en la red de sus

miradas dulzonas de chicuela a aquel joven, digno de mejor suerte,

que en pocos días hizo, llevado de su pasión, todas las estupideces

necesarias para que la madre y la hermana le considerasen nocivo y

amonestasen a la pequeña, pretendiendo obligarla a que no diese alas a

la pasión de aquel joven insensato.

El insensato estaba gozoso, que no cabía en el pellejo. Era un

hombrecito rubio, blanco y blando, presumidillo, estiradete, con una

gran ansia de gozar la vida, que entonces comenzaba a entrever, y sin

dos adarmes de sal en la mollera. De haberlos tenido, no le hubiese

podido hacer mi cuñadita la jugarreta que le hizo.

¿Cómo se ingenió la muy indina para soliviantarle, hasta el punto

de hacerle realizar las mayores gansadas, sin que ella llegase a

comprometerse nunca? En pocos días le hizo entrar en la casa, hablar

formalmente con la madre, pedir permiso para continuar las relaciones

y después cometer tal serie de inconveniencias y locuras que la buena

señora, por buena y desentendida que fuera, no tuvo más remedio que

plantarle de patitas en la calle. Ya estaba. El amor contrariado. Lo

que ella necesitaba para su plan.

Lloró, gimoteó y amenazó con suicidarse, todo con tanta propiedad,

con tanta gracia, que la pobre madre llegó a creer firmemente en el

infortunio de su hija empujada por un amor imposible. Diose tal maña,

que supo hacer de un tonto un personaje diabólico, y de un capricho

juvenil, un terrible apasionamiento. La madre y la hermana leían

frecuentemente novelas. Y creyeron en la tragedia.

Llegó a creer en ella el mismo inocente cortejador que, sin saber cómo,

sin comerlo ni beberlo, se vio asimismo héroe novelesco, seductor

terrible, fiero amante, capaz de todo por lograr su amor. Cuando el

horno estuvo para bollos, aquel geniecillo del mal con faldas empezó

a sugerir al mozo su atrevido plan en cartas que clandestinamente

se cruzaban, y en furtivas entrevistas que iban arrebatando y

enloqueciendo al pobre bobalicón, metido de hoz y coz en aquella

maravillosa aventura.

Pero nuestro hombre no era tan insensato como parecía. Náufrago en

medio del oleaje pasional que le movía mi cuñadita se agarraba a la

realidad como a un leño, y se resistía heroicamente a ser arrastrado.

No quería seguir adelante. Ni él era un terrible seductor ni el

cristo que lo fundó, ni aquello debía tomar otros derroteros que los

que son lógicos y naturales. Fueron precisas toda la astucia, toda la

tenacidad y la malicia del mundo para desprender a aquel mastuerzo

de la realidad, a la que se aferraba como un alcornoque a la tierra,

balancearle en el vacío y lanzarle al espacio como un pelele. Al fin

perdió pie, se dejó arrastrar y pensó en raptar a la muchacha.

Con sus dengues, sus escrúpulos y su hipocresía, avivó ella el furor

satánico de aquel buenazo, que llegó a creerse de buena fe que aquella

perversa idea del rapto se había cocido en el puchero que tenía sobre

los hombros, y que habían sido sus palabras, sus diabólicas palabras de

seducción, las que habían enloquecido a su inocente amada, víctima de

sus asechanzas.

Ultimaron cuidadosamente todos los detalles de la fuga. Ella dejó

escrita una carta, dirigida a su madre y su hermana, a las que

anunciaba su huida con aquel joven, «al que amaba más que a su propia

vida». Les pedía perdón y olvido. Hizo, además, que el joven donjuán

escribiese una carta análoga a sus padres, y ya se encargó él, sin

necesidad de nadie que se lo recomendase, de divulgar, ufano, la

noticia de su conquista entre sus amigos. La fuga de mi cuñadita fue,

pues, casi una ceremonia pública, y tuvo toda la repercusión que a ella

y a mí nos convenía que tuviese.

Una tarde quedaron citados en la puerta misma de su casa; procuró ella

que les viese la portera y juntos marcharon después hacia la estación

del Mediodía, donde tomaron billetes para el tren correo, que diez

minutos después partía en dirección al sudoeste. A la tercera estación

del trayecto, la línea se bifurcaba y el correo daba paso al expreso

del sudeste, el mismo que ya al amanecer pasaba allá, a lo lejos,

frente a mi casita, desde cuyas ventanas yo lo veía ir, esperando

siempre el día que había de traerme la felicidad en forma de una

viajerita recién casada que ha perdido al esposo y trae los azahares de

la boda guardados en el cabás porque el viaje no se los marchite.

Así vi llegar a la mañana siguiente a mi cuñadita.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 26 / 67 题