III

Imaginad que poseéis un tesoro y que el tiempo os ha ido arruinando

insensiblemente mientras pasabais hambre y sed por conservarlo intacto.

Esto es lo que me había ocurrido con mi novia; en seis años su lozanía,

su gracia, su frescura, se habían perdido para siempre y cuando al fin

me hallaba en situación de desposarla la encontraba dura ya, reseca,

envejecida. El caudal de mi felicidad se me había ido de entre las

manos sin acercarlo a mi boca sedienta. ¡Qué alegría cuando lo vi

renacer por un verdadero milagro en las formas blandas y armoniosas de

mi cuñadita adolescente!

Gozamos mucho. Por las mañanas nos veíamos en el fondo de los

jardines más escondidos y penumbrosos de la urbe. Eran las horas

limpias y claras de nuestro amor. Nos olvidábamos de todo y libres de

remordimientos reíamos, reíamos inocentes como los chiquillos y los

pájaros, comíamos golosinas, inventábamos travesuras y nos alegrábamos,

con una alegría tan sana que yo pensaba al recordar, no sin esfuerzo,

la tragedia de la otra, de la despojada del alma, si estaríamos

privados de sentido moral, si habríamos extirpado en nosotros la

conciencia.

Por las tardes, en cambio, nuestro amor adquiría las negras tintas

de la tragedia, las alucinantes sombras del pecado. Delante de mi

prometida, más dura y más reseca cada vez, gozábamos también de nuestro

amor, pero ya sin aquella fragancia matinal, saturados de dolor,

revolcándonos criminalmente en el malsano placer de la traición,

buscando nuestras manos por debajo de la mesa, y nuestras bocas en la

penumbra de los pasillos. Fue esta plena conciencia del delito, este

ambiente morboso, lo que nos empujó al uno contra el otro haciéndonos

solidarios de una culpa irredimible y privándonos para siempre de

aquella pureza inefable que tenía nuestro amor en los encuentros

matinales orquestados por los pájaros y los niños reidores.

Una noche, estando a solas con mi prometida hice una de aquellas

furtivas salidas al pasillo, en cuyos recodos poblados de sombras,

siempre encontraba propicias a las palmas de mis manos las formas

blandas de mi cuñadita. Allí, en la penumbra, estuvimos acariciándonos

largamente. De súbito se abrió la puerta del gabinete y lanzó sobre

el pasillo un rectángulo de luz en el que se recortaba netamente la

silueta de mi novia. Avanzó hacia nosotros, que, mal disimulados por

la sombra de unos cortinones, permanecimos sobrecogidos de espanto.

Pasó a nuestro lado, alta, erguida, rígida, moviéndose a compás con un

escalofriante automatismo. Miró hacia donde nosotros estábamos ¿Nos

vio? Creo que nos miró sin ver o más bien que sus ojos nos vieron

pero se negaron a llevar hasta la conciencia la terrible noticia

de nuestra traición. No se enteró. No se hubiese enterado nunca la

pobre «desalmada». Hay algo más fuerte que la realidad y ese algo,

esa incapacidad de los sentidos para percibir lo que cae fuera de

toda previsión, de toda preconciencia fue lo que encubrió nuestras

liviandades. Así hubiésemos continuado sabe Dios cuánto tiempo a no

haber sido por la concurrencia, solo por nosotros imprevista, de una

circunstancia que nos forzaba a poner término a aquella situación

dentro de un plazo fijo.

Cuando por boca de mi cuñadita supe lo que ocurría, no tuve ni un

momento de duda. Busqué una solución con ahinco, a la desesperada. Y la

encontré. Era terrible; pero había que encontrarla y la encontré. Días

después, yo emprendía un inopinado viaje a provincias.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 23 / 67 题