En una de esas ciudades escondidas, ciudades empozadas de las que
apenas escapa de tiempo en tiempo un murmullo, caí enfermo. Así
lo comuniqué en una carta a mi prometida. Dos días después recibí
contestación suya. Era una carta llena de ternura y dolor en la
que a vuelta de mil recomendaciones favorables a mi salud me pedía
atemorizada diese por terminado mi viaje.
Dejé pasar unas fechas y volví a escribir; seguía postrado en el lecho
pero la enfermedad parecía ceder. A esta carta siguieron otras; en
todas ellas daba cuenta detallada de mi enfermedad. Las respuestas de
mi prometida llegaban hasta mí como gritos de angustia de un corazón
que se deshacía en el dolor. Rasgaba los sobres de sus cartas con la
fría convicción de que iba rompiendo un alma en pedazos. Pero ¿es que
para mí tenía alma aquella mujer?
En poco más de veinte días mi enfermedad sufrió varias alternativas que
fueron otros tantos escalones hacia la gravedad de mi estado. A las
cartas, cada vez más pesimistas por mi parte y más acongojadas por la
suya, sucedieron los despachos telegráficos más breves y terribles a
medida que avanzaban los días. La gravedad llegó por fin a un límite
extremo. Y fallecí.
No me fue muy difícil dar una absoluta verosimilitud a mi muerte. Por
fortuna, carecía de parientes próximos que hubiesen podido complicar
el asunto y mis amigos eran tan pocos y tan superficiales que no había
peligro de que descubriesen con su solicitud el fraude. Un pobre
profesor de filosofía tiene por otra parte tan poca actualidad, tan
poco relieve en el mundo que bien puede desaparecer de él sin dejar
rastro de su humilde existencia. La familia de mi prometida hacía una
vida tan retraída y aislada en el turbión de la metrópoli que jamás
hubiese podido informarse de lo ocurrido allá en el fondo de una ciudad
dormida en la que hasta los grandes hechos se apagan y enmudecen para
dejar oír el confuso rumor de los siglos pasando y repasando sobre ella
en históricas cabalgadas. Supe escoger a conciencia el lugar donde
había de ocurrir mi fallecimiento.
V
Por lo que después supe mi prometida me amaba más de lo que yo la creía
capaz. Siempre tendré en mi vida el remordimiento, no ya de haberla
hecho sufrir de aquel modo, sino de haber dejado que se perdiese y
arruinase aquella ternura. ¡Hay ya tan poca ternura en el mundo!
En los primeros momentos de mi gravedad intentó volar a mi lado; de no
haberlo impedido su hermana luchando con ella heroicamente, nuestra
superchería se hubiese descubierto. Fue espantosa la lucha que mi
cuñadita tuvo que sostener con ella para contenerla. Aún me maravilla
imaginar la fuerza de voluntad, el tesón, la sobrehumana crueldad de
aquella chiquilla que presenció hora tras hora el infinito dolor de su
hermana con la impasibilidad de un dios. Empedernido es mi corazón,
fríos y cerebralistas son mis movimientos en la vida, pero no hubiese
sido capaz de contemplar día por día el espectáculo de aquella tragedia
teniendo en mis labios la palabra reveladora que podía deshacerla como
la espuma. Pero las mujeres —una mujer enamorada— están más allá del
bien y del mal. Son como diosas, y por esta naturaleza divina, que
las hace implacables, es acaso por lo que las adoramos. Al imaginar
la inhumana crueldad de mi cuñadita para con mi prometida, siempre me
estremezco de terror, y muchas veces he pensado si aquella chiquilla
no sería un monstruo, privado de toda humana condición. Pero no; de su
blanda humanidad, de su ternura, he tenido después infinitas pruebas.
Hubo, sobre todo, en la alucinante procesión de aquellos días, en los
que se desgarraba la vida de mi prometida, un momento culminante, cuya
grandeza dramática fue superior a cuanto he conocido.
Mi cuñadita y mi novia dormían en una misma habitación, separadas
las dos camas virginales por una mesilla de noche en la que ardía
una lamparilla, parpadeando sobre su lecho de aceite. Mi prometida,
arrebujada en las sábanas, sollozaba, con unos sollozos largos,
ahogados. Había recibido, por la tarde, uno de aquellos telegramas que
iban despojándola de toda esperanza. Mi cuñadita, inmóvil, con los ojos
muy abiertos, fijos en el techo, oíala gemir, contemplando insensible
cómo la luz vacilante de la lamparilla luchaba a duras penas con las
sombras, que por momentos parecía iban a vencerla y extinguirla.
Pasaron las horas. Mi prometida seguía llorando, torciéndose de dolor,
arremolinando sobre su cuerpo enfebrecido la revuelta cobertura.
—Sosiégate, hermana —le decía mi cuñadita.
—No; no puedo.
—Sosiégate, duerme; no le pasará nada.
—El corazón, hermana, me dice que está muy grave. Que va a morir.
—No digas eso, hermana.
—Sí; va a morir.
—Te digo que deliras.
—Va a morir.
—Estás loca; anda, sosiégate.
—Va a morir, va a morir.
—No digas locuras. Vivirá, vivirá.
—No; el corazón me ha dicho que le pierdo, y mi corazón no me engaña
nunca. ¿Qué sabes tú de estas angustias?
Guardó silencio la hermana, temblándole en los labios la palabra
reveladora. ¿Qué fuerza, superior a ella misma, le hizo no decirla?
Así llegó el conticinio; sobre la ciudad, dormida, pasó esa ráfaga de
frío, precursora del amanecer. Siempre en este momento de la madrugada
hay algo que cruje o chasca; algo vivo, persona, animal, vegetal o cosa
que perece para siempre jamás.
Las dos mujeres, adormecidas por el dolor, oyeron como en sueños aquel
chasquido y abrieron los ojos alucinados.
—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Él ha muerto! —gimió mi prometida.
—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitió la otra maquinalmente, obedeciendo
a una irresistible sugestión. Y fue tan fuerte el latido de aquellas
palabras, que ella misma, que estaba en el secreto, para desvirtuarlas,
para no creer en ellas y volver a la realidad, tuvo que gritarse,
tapándose la boca con la almohada: «No ha muerto. No ha muerto. Para
mí, no ha muerto».