IV

En una de esas ciudades escondidas, ciudades empozadas de las que

apenas escapa de tiempo en tiempo un murmullo, caí enfermo. Así

lo comuniqué en una carta a mi prometida. Dos días después recibí

contestación suya. Era una carta llena de ternura y dolor en la

que a vuelta de mil recomendaciones favorables a mi salud me pedía

atemorizada diese por terminado mi viaje.

Dejé pasar unas fechas y volví a escribir; seguía postrado en el lecho

pero la enfermedad parecía ceder. A esta carta siguieron otras; en

todas ellas daba cuenta detallada de mi enfermedad. Las respuestas de

mi prometida llegaban hasta mí como gritos de angustia de un corazón

que se deshacía en el dolor. Rasgaba los sobres de sus cartas con la

fría convicción de que iba rompiendo un alma en pedazos. Pero ¿es que

para mí tenía alma aquella mujer?

En poco más de veinte días mi enfermedad sufrió varias alternativas que

fueron otros tantos escalones hacia la gravedad de mi estado. A las

cartas, cada vez más pesimistas por mi parte y más acongojadas por la

suya, sucedieron los despachos telegráficos más breves y terribles a

medida que avanzaban los días. La gravedad llegó por fin a un límite

extremo. Y fallecí.

No me fue muy difícil dar una absoluta verosimilitud a mi muerte. Por

fortuna, carecía de parientes próximos que hubiesen podido complicar

el asunto y mis amigos eran tan pocos y tan superficiales que no había

peligro de que descubriesen con su solicitud el fraude. Un pobre

profesor de filosofía tiene por otra parte tan poca actualidad, tan

poco relieve en el mundo que bien puede desaparecer de él sin dejar

rastro de su humilde existencia. La familia de mi prometida hacía una

vida tan retraída y aislada en el turbión de la metrópoli que jamás

hubiese podido informarse de lo ocurrido allá en el fondo de una ciudad

dormida en la que hasta los grandes hechos se apagan y enmudecen para

dejar oír el confuso rumor de los siglos pasando y repasando sobre ella

en históricas cabalgadas. Supe escoger a conciencia el lugar donde

había de ocurrir mi fallecimiento.

V

Por lo que después supe mi prometida me amaba más de lo que yo la creía

capaz. Siempre tendré en mi vida el remordimiento, no ya de haberla

hecho sufrir de aquel modo, sino de haber dejado que se perdiese y

arruinase aquella ternura. ¡Hay ya tan poca ternura en el mundo!

En los primeros momentos de mi gravedad intentó volar a mi lado; de no

haberlo impedido su hermana luchando con ella heroicamente, nuestra

superchería se hubiese descubierto. Fue espantosa la lucha que mi

cuñadita tuvo que sostener con ella para contenerla. Aún me maravilla

imaginar la fuerza de voluntad, el tesón, la sobrehumana crueldad de

aquella chiquilla que presenció hora tras hora el infinito dolor de su

hermana con la impasibilidad de un dios. Empedernido es mi corazón,

fríos y cerebralistas son mis movimientos en la vida, pero no hubiese

sido capaz de contemplar día por día el espectáculo de aquella tragedia

teniendo en mis labios la palabra reveladora que podía deshacerla como

la espuma. Pero las mujeres —una mujer enamorada— están más allá del

bien y del mal. Son como diosas, y por esta naturaleza divina, que

las hace implacables, es acaso por lo que las adoramos. Al imaginar

la inhumana crueldad de mi cuñadita para con mi prometida, siempre me

estremezco de terror, y muchas veces he pensado si aquella chiquilla

no sería un monstruo, privado de toda humana condición. Pero no; de su

blanda humanidad, de su ternura, he tenido después infinitas pruebas.

Hubo, sobre todo, en la alucinante procesión de aquellos días, en los

que se desgarraba la vida de mi prometida, un momento culminante, cuya

grandeza dramática fue superior a cuanto he conocido.

Mi cuñadita y mi novia dormían en una misma habitación, separadas

las dos camas virginales por una mesilla de noche en la que ardía

una lamparilla, parpadeando sobre su lecho de aceite. Mi prometida,

arrebujada en las sábanas, sollozaba, con unos sollozos largos,

ahogados. Había recibido, por la tarde, uno de aquellos telegramas que

iban despojándola de toda esperanza. Mi cuñadita, inmóvil, con los ojos

muy abiertos, fijos en el techo, oíala gemir, contemplando insensible

cómo la luz vacilante de la lamparilla luchaba a duras penas con las

sombras, que por momentos parecía iban a vencerla y extinguirla.

Pasaron las horas. Mi prometida seguía llorando, torciéndose de dolor,

arremolinando sobre su cuerpo enfebrecido la revuelta cobertura.

—Sosiégate, hermana —le decía mi cuñadita.

—No; no puedo.

—Sosiégate, duerme; no le pasará nada.

—El corazón, hermana, me dice que está muy grave. Que va a morir.

—No digas eso, hermana.

—Sí; va a morir.

—Te digo que deliras.

—Va a morir.

—Estás loca; anda, sosiégate.

—Va a morir, va a morir.

—No digas locuras. Vivirá, vivirá.

—No; el corazón me ha dicho que le pierdo, y mi corazón no me engaña

nunca. ¿Qué sabes tú de estas angustias?

Guardó silencio la hermana, temblándole en los labios la palabra

reveladora. ¿Qué fuerza, superior a ella misma, le hizo no decirla?

Así llegó el conticinio; sobre la ciudad, dormida, pasó esa ráfaga de

frío, precursora del amanecer. Siempre en este momento de la madrugada

hay algo que cruje o chasca; algo vivo, persona, animal, vegetal o cosa

que perece para siempre jamás.

Las dos mujeres, adormecidas por el dolor, oyeron como en sueños aquel

chasquido y abrieron los ojos alucinados.

—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Él ha muerto! —gimió mi prometida.

—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitió la otra maquinalmente, obedeciendo

a una irresistible sugestión. Y fue tan fuerte el latido de aquellas

palabras, que ella misma, que estaba en el secreto, para desvirtuarlas,

para no creer en ellas y volver a la realidad, tuvo que gritarse,

tapándose la boca con la almohada: «No ha muerto. No ha muerto. Para

mí, no ha muerto».

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 24 / 67 题