II

Soy profesor de filosofía, joven profesor de filosofía, y estoy ya

a cien leguas de Kant y de su imperativo categórico. No encontré,

pues, razones bastantes en mi ciencia para renunciar a mi amor por

la pequeña. Además, el parecido físico de mi cuñadita a mi novia se

completó con la semejanza espiritual. Advertí alborozado que así como

antes yo había sido del agrado de la hermana mayor, ahora era recibido

por la más pequeña con el mismo agrado, con idéntica ternura. Si eran

una y la misma, ¿cómo hubiera podido ser que una me quisiera y la otra

no?

No sabría decir exactamente cómo se reveló nuestro amor. Desde el

primer momento ella y yo lo tomamos como cosa sabida, como viejos

amantes que éramos, entre los que por algún tiempo se hubiese

interpuesto una ausencia. Recuerdo que una tarde mi cuñadita me

acompañó por el pasillo hasta la escalera. Siempre, al despedirme, le

dedicaba una breve caricia fraternal: aquella tarde, no sé por qué,

sin el alucinante trémolo de las iniciaciones de amor, naturalmente,

con absoluta serenidad, la cogí por la cintura y la besé en la boca

con ese sosiego, con ese regodeo con que besamos los labios que han

sido nuestros muchas veces. Ella no se inmutó tampoco; esperaba,

seguramente, aquel beso desde hacía mucho tiempo.

—Adiós.

—Adiós; no dejes de venir mañana.

Ni una palabra más. La hermana quedó para siempre ensombrecida,

difuminada; ya nunca volví a verla con netitud; era como una

sombra sobrenatural, un alma en pena que bordaba un ajuar eterno.

Esquivándola, rehuyendo su inoportuna presencia, mi cuñadita y yo

cubrimos en desenfrenada carrera las primeras etapas de nuestra pasión.

Fue milagroso que mi prometida no advirtiese lo que ocurría. A ninguna

mujer se le hubiese ocultado aquella traición; pero mi prometida no era

realmente una mujer, era una supervivencia, un pobre cuerpo sin alma.

El alma, única e indivisible, había huido de su cuerpo endurecido por

el tiempo para aposentarse en la blanda y armoniosa envoltura carnal de

mi cuñadita. Había que creer en la transmigración de las almas.

Esta acomodaticia creencia aventó todos mis escrúpulos y mis

remordimientos. Me entregué por completo al amor de la pequeña y fui

feliz. Es difícil comprender mi felicidad de entonces.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 22 / 67 题