Soy profesor de filosofía, joven profesor de filosofía, y estoy ya
a cien leguas de Kant y de su imperativo categórico. No encontré,
pues, razones bastantes en mi ciencia para renunciar a mi amor por
la pequeña. Además, el parecido físico de mi cuñadita a mi novia se
completó con la semejanza espiritual. Advertí alborozado que así como
antes yo había sido del agrado de la hermana mayor, ahora era recibido
por la más pequeña con el mismo agrado, con idéntica ternura. Si eran
una y la misma, ¿cómo hubiera podido ser que una me quisiera y la otra
no?
No sabría decir exactamente cómo se reveló nuestro amor. Desde el
primer momento ella y yo lo tomamos como cosa sabida, como viejos
amantes que éramos, entre los que por algún tiempo se hubiese
interpuesto una ausencia. Recuerdo que una tarde mi cuñadita me
acompañó por el pasillo hasta la escalera. Siempre, al despedirme, le
dedicaba una breve caricia fraternal: aquella tarde, no sé por qué,
sin el alucinante trémolo de las iniciaciones de amor, naturalmente,
con absoluta serenidad, la cogí por la cintura y la besé en la boca
con ese sosiego, con ese regodeo con que besamos los labios que han
sido nuestros muchas veces. Ella no se inmutó tampoco; esperaba,
seguramente, aquel beso desde hacía mucho tiempo.
—Adiós.
—Adiós; no dejes de venir mañana.
Ni una palabra más. La hermana quedó para siempre ensombrecida,
difuminada; ya nunca volví a verla con netitud; era como una
sombra sobrenatural, un alma en pena que bordaba un ajuar eterno.
Esquivándola, rehuyendo su inoportuna presencia, mi cuñadita y yo
cubrimos en desenfrenada carrera las primeras etapas de nuestra pasión.
Fue milagroso que mi prometida no advirtiese lo que ocurría. A ninguna
mujer se le hubiese ocultado aquella traición; pero mi prometida no era
realmente una mujer, era una supervivencia, un pobre cuerpo sin alma.
El alma, única e indivisible, había huido de su cuerpo endurecido por
el tiempo para aposentarse en la blanda y armoniosa envoltura carnal de
mi cuñadita. Había que creer en la transmigración de las almas.
Esta acomodaticia creencia aventó todos mis escrúpulos y mis
remordimientos. Me entregué por completo al amor de la pequeña y fui
feliz. Es difícil comprender mi felicidad de entonces.