I
Ya a punto de casarme, advertí que no sentía el menor afecto por mi
prometida. No; decir esto tal vez sea inexacto; la seguía queriendo
pero... había ocurrido una transmigración; un pequeño lío. Me explicaré.
Mis relaciones amorosas con la que debía ser mi mujer tenían ya seis
años de fecha. En este tiempo pude convencerme de que mi elección había
sido acertada. Cada día de los transcurridos me había revelado una
nueva virtud de mi prometida que al cabo del tiempo llegó a mostrarse
tal y como yo la había soñado. Con todas aquellas buenas cualidades
y aun —¿por qué no decirlo?— con aquellos vicios y defectos que me
hubiese agradado encontrar en mi mujer ya que la ilusión amorosa, hasta
la más pura, tanto se alimenta de vicios como de virtudes. Parecía como
si una benévola deidad hubiese ido dotando a aquella mujer de todos
los atributos que a mi imaginación se le antojaban. Y, sin embargo,
estuve a punto de adquirir la certidumbre de que me era en absoluto
indiferente.
Pasaba las tardes junto a ella sumido en una verdadera inconsciencia
y todavía recuerdo con horror el desgano, la acedía de aquellas
interminables entrevistas con mi novia en los últimos tiempos. La
madre, atenta a las faenas de la casa, andaba de acá para allá
deslizándose suavemente sobre su zapatillas de orillo; a veces nos
dejaba solos y a veces nos quedábamos en compañía de mi cuñadita, una
chicuela alborotada, seis años más joven que mi prometida, que nos
entretenía con sus cancioncillas, sus bromas y su melosería. Cuando
ella estaba con nosotros la escena era soportable, pero cuando mi novia
y yo nos quedábamos solos la tirantez, la violencia de mi situación
era insufrible. Mi novia con una constancia irritante bordaba un ajuar
eterno. Me parecía que llevaba miles de años viéndola enlazar nuestras
iniciales que adoptaban ya posturas descoyuntadas y francamente
obscenas para hacer gráfica y ostensible nuestra futura unión.
—¿Qué tienes? ¿Estás malo? —me preguntaba.
—No.
—¿Triste?
—Pse.
—¿No me quieres?
—Sí.
—¡Cómo te aburres a mi lado!...
—No.
Felizmente mi cuñadita hacia irrupción en la sala y con sus mimos
y sus risas el ambiente me parecía más respirable; evitaba ella al
interponerse entre mi novia y yo aquella sensación clara de asfixia que
al verme a solas con mi prometida no podía desechar. Y así matábamos el
tiempo.
Al principio no me di cuenta cabal de lo que me sucedía; a pesar del
agobio, del verdadero tormento que para mí representaba el continuar
aquellas relaciones, jamás pensé en cortarlas. Iba por las tardes a
casa de mi novia empujado por una fervorosa ilusión; la misma ilusión
que me llevó hacia ella seis años antes. No habían cambiado en nada mis
sentimientos. Me precio de ser un hombre sensato, sé el verdadero valor
de las pasiones, conozco mi consecuencia, mi lealtad a mis propios
sentimientos y aquel desgano para con mi prometida, aquel cansancio,
aquel aburrimiento que me dominaban por encima de toda reflexión, y
aun soterrando arbitrariamente una ilusión, una ternura y un deseo
insatisfechos, vivos allá en el doble fondo de mi ser, me irritaban
hasta el punto de dejarme sumido en una perplejidad de idiota. No
podía convencerme, por más que hacía, de la realidad de aquel desamor.
¡Claro! ¡Como que no había tal desamor! ¡Como que lejos de haberme
cansado de mi prometida —al fin lo supe—, cada día la deseaba más!
Sino que no en ella..., en su hermana.
Seis años se llevaban mi novia y mi cuñadita y seis años tenía de fecha
mi noviazgo. ¿Qué había de extraño en el hecho de que, andando el
tiempo, a punto ya de casarme, encontrase, no en mi novia sino en su
hermana seis años más joven que ella, aquella gracia, aquel indefinible
encanto que fueron el acicate de mi amor? Charlando lánguidamente con
mi prometida observaba codicioso a mi cuñadita, acechaba sus gestos
y sus ademanes, escudriñaba su alma y, para tormento de la mía,
encontraba en ella, con prodigiosa fidelidad, los mismos atractivos
que antes me arrastraron hacia la hermana, entonces tan distinta y
tan alejada de sí misma. No estaba en mí la inconsecuencia; no era
una versatilidad de mi carácter; yo era el mismo, siempre fiel a mis
apetencias. Era ella la que había transmigrado su gracia a la hermanita
adolescente.