POR ENCIMA DE LA VOLUNTAD

La hija tenía la misma cara bobalicona y redondita que debió tener

su papá; aquel papá remoto, que ganaba un sueldecito decente, y se

murió muy joven porque carecía de la consistencia necesaria para

vivir a cuerpo limpio. La madre, en cambio, tenía una dureza, una

caracterización, una angulosidad sospechosa, que la delataba, a pesar

de sus carnes fofas y del modo inocentón y beato con que se prendía

su velo, sujetándole al pecho con un viejo alfiler de plata, en el

que se leía su nombre. Los comerciantes inteligentes no se dejaban

engañar, y al exponer ante ella sus telas, su bisutería o sus joyas,

les asaltaba el temor de que aquella mujerona, no obstante su empaque y

la sobriedad de sus movimientos, fuera la mechera, la terrible mechera,

que da pesadillas a los dependientes novatos y es para los dueños

de tienda la personificación de todas las perversiones morales y el

grado más alto de la escala de la delincuencia. Pero les desarmaba la

carita inefable de la hija, sus blusitas claras, su modosería y aquel

airecillo de coquetuela inocentona, que hacía de ella la novia ideal de

todos los horteras.

Eran mecheras, sin embargo, la madre y la hija. Hacía varios años

que ejercían esta profesión, casi como único medio de subsistencia,

y era maravilloso que en tanto tiempo ni una sola vez hubiesen sido

descubiertos sus hurtos; entraban en las tiendas, pedían artículos

extraños y caprichosos, tentujeaban, desesperaban al comerciante, y,

en el momento propicio, la madre ocultaba sabia y precipitadamente la

pieza de encaje costosísimo, la perla, el brillantito o el reloj de

pulsera. Otras veces, ante las mismas narices del dependiente, la madre

daba el objeto robado a la hija, que lo escondía entre los pliegues

de su blusilla de adolescente, mientras paseaba una mirada distraída

por las anaquelerías, mostrando su cara de pascuas tranquilizadora.

La madre fingíase miope, y en las joyerías, otras veces, acercábase

exageradamente a los ojos las pequeñas bateas en que los joyeros le

mostraba sus piedras preciosas, y con la punta de la lengua sorbíase

alguna, que, a partir de aquel momento, pasaba a formar parte de los

bienes de la familia.

Vivían muy modestamente, a pesar de sus malas artes y de lo que la

chica cosía a destajo para algunas tiendas de ropa blanca. A poco de

morir el padre hubieran podido cambiar de fortuna; un señor influyente,

que había protegido, con la ruin protección de nuestros días, al

cabeza de familia, hizo a la madre determinadas proposiciones que

debían ser aceptadas por la hija. El señor influyente daba toda clase

de seguridades y sugería a las dos infelices las vistas panorámicas

de un bienestar duradero. No aceptaron, sin embargo; hasta llegaron

a escandalizarse; ellas eran honradas, de una honradez secular,

vinculada en la familia, a través de las generaciones; gozaban de un

crédito intachable entre la vecindad y pasarían por todo antes que por

«aquello», sufriendo grandes miserias. El éxito de un día, ese día en

que el hambre, no teniendo qué devorar, se engulle los valores morales,

las empujó a la reincidencia, en su oficio de mecheras, y como hasta

entonces les había salido bien...

Eran honradas, sin embargo, la madre y la hija, si se las miraba por la

otra cara de la honradez, por la que más cuidadosamente se mira a las

mujeres. Tenían fe en el porvenir; esperaban siempre su liberación, y

cada vez que cometían un latrocinio lo hacían creyendo formalmente que

sería el último a que la vida les obligaría.

Pero, como era lógico, alguna vez tenía que surgir la catástrofe. Al

fin fueron descubiertas un día en el momento en que la madre ocultaba

entre los cabellos un alfiler de corbata; detenidas y conducidas a la

comisaría próxima, se les registró, encontrándose la alhaja robada bajo

el manto beato de la madre. Pasadas veinticuatro horas, el juez mandó a

la cárcel a la madre y dejó a la hija en libertad, bien por no haberse

podido probar su delincuencia, bien por lástima, si es que los jueces

son capaces de ella.

Durante algunos días la muchacha estuvo en un estado tal de

inconsciencia, que de nada pudo hacerse cargo. El estupor de la

desgracia había abierto aún más sus ojazos y acentuado la inexpresión

de su cara redonda. Día y noche torturose pensando en las angustias de

la madre encarcelada, en su propia soledad y desamparo y en el deshonor

que había caído sobre ellas. Cuando logró alguna lucidez no halló más

camino de salvación que buscar a aquel señor influyente que había sido

amigo y protector de su padre, contarle toda la verdad e impetrar su

auxilio en favor de la pobre madre encarcelada.

El señor influyente recibió a la muchacha alborozado; escuchó benévolo

la vergonzosa historia, aseguró que todo se arreglaría felizmente, y,

con exquisito tacto, renovó sus proposiciones de otro tiempo. No había

podido desechar la obsesión que la belleza dulzona de la muchacha le

produjera, y si antes había cejado en su empeño, la ocasión venía

ahora a favorecerle y a renovar el deseo tanto tiempo insatisfecho,

sin cargo alguno de conciencia, pues para el deshonor de aquella hija

de ladrona era alta honra la intimidad que el caballero honorable le

brindaba.

La muchacha, confusa, avergonzada, resistió sin fuerzas y aplazó su

resolución hasta el día siguiente. Aquel mismo día vio a su madre en el

locutorio de la cárcel, y ambas lloraron largamente, separadas por la

reja. Después volvió la madre a su celda y lloró más amargamente ahora,

con la cabeza cenicienta entre las palmas de las manos.

Al anochecer, el caballero influyente debía pasar por el cuartito

humilde de la muchacha; saldrían y la acompañaría a cenar. Durante la

tarde ella estuvo vistiéndose sus trapitos mejores; maquinalmente se

peinó y adornó con esmero, y se puso en la cara sus polvos baratos y en

el pecho su agua de colonia desteñida. Llegó la hora, con ella un simón

y en él su protector.

Fueron a un restaurante elegante; la muchacha estaba silenciosa,

estupefacta; veía los fraques recortados de los camareros, admiraba la

extremada cortesía de los hombres elegantes y sentía envidia frente

a la aureola que circundaba a las mujeres hermosas. Comparó esto

con aquello; aquello era el trabajo no remunerado, las miseriucas

del hogar, el delito, el deshonor, la cárcel... Y salió corriendo.

La empujaba, la hacía huir una invencible repugnancia, una aversión

arraigada en la masa de sangre y más fuerte que su voluntad rendida.

La madre cumplió condena en la cárcel; una condena durísima, impuesta

por un jurado de tenderos y negociantes.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 20 / 67 题