No fue que las mayores la abandonaran, no. Salió con ellas del colegio,
y, cogida de la mano, llegó hasta la plazuela. Después, como ocurre
en todas las grandes catástrofes, las versiones eran contradictorias.
Hay quien dice que ella sola se escapó por las callejuelas prohibidas;
otros afirman que se quedó embebecida ante la cacharrería, y otros, en
fin, aseguraban que se durmió allí mismo, en aquel portal, donde ya
anochecido la encontró su madre.
Lo cierto y verdad era que llegó a la plazuela con las mayores; pero
se pusieron a jugar como unas locas y se olvidaron de ella. Era aún
muy pequeñita, y, además, tenía un alto concepto de sí misma, por lo
que se alejó sin sentimiento de aquella turbamulta, yéndose pasito a
paso hacia el zaguán escondido en el fondo de la plazuela, donde estuvo
revisando sus conceptos del mundo y de la vida. Una personita de una
vara tiene que resolver por sí sola muy arduos problemas de filosofía
si quiere aparecer sensata.
Los académicos, los profesores, la gente grave y empingorotada del
mundo han dado al acto de reflexionar una exagerada importancia; y
si decimos que aquella chicuela de cuatro años estaba reflexionando,
se volverán contra nosotros. Reflexionaba, sin embargo, y puestos de
acuerdo su corazón de pichoncillo y su cabeza de chorlito, convenían
en reconocer que la vida es francamente grata. Complacíala aquella
suavidad del atardecer, el oro viejo del sol que se posaba en las
azoteas y los miradores, la cantata de la viudita del conde Laurel,
que quiere casarse y no encuentra con quién, y, sobre todo, aquella
libertad de moverse y reírse, ganada en las interminables horas de
inmovilidad y silencio que el colegio imponía. No podía dudarse de que
la vida es buena.
Para que no le faltase nada, llegó con pasos quedos hasta ella una
pobre mujer, arrebujada en un mantoncillo sucio, que, mirándola
fijamente, le dijo admirativa y cariñosa:
—¡Oh, qué niña más bonita!
Había algo extraño en los ojos de la mujer del mantoncillo, y la niña
debió advertirlo. Pero aquellos cuatro palmos de persona tenían ya su
buena ración de vanidad y se rindió al halago.
—Sí, señor, bonita; muy bonita —siguió diciendo la mujer, mientras la
chicuela se ruborizaba, encogidita de vergüenza.
Mentía la mujer; la chiquita era fea: tenía las piernas delgadas y
negras, la boca grande, las orejas despegadas. Tal vez por esto fue más
sensible a la adulación y desechó toda sospecha.
—¿Me quieres dar un beso, preciosa? Ven acá, hija mía; ajajá. ¡Qué
linda! —y la besuqueaba melosa, dejándole sobre la carilla exangüe la
saliva congelada de su bocaza.
—Así me gustan a mí las niñas, tan seriecitas. ¿Ves? Por eso te quiere
tanto tu mamá y por eso te peina y te compone. Por buena; por buena te
ha comprado estos zarcillos tan bonitos, ¿verdad?
La chicuela asentía complacida, y, sin poder dominar su orgullo, ladeó
la cabeza, mostrando la orejita traslúcida y el zarcillo de coral fino
que le cosquilleaba en el cuello.
—¡Preciosos! ¡Preciosos! —exclamaba la mujer—. Yo tengo una niña tan
bonita como tú y voy a comprarle unos zarcillos iguales.
—¿Tú tienes una niña?
—Sí, tengo una; pero la pobrecita no tiene zarcillos.
—Cómprale unos como estos.
—Sí que se los compraré. Pero ¿cómo voy a encontrarlos tan bonitos?
Verás, déjame esos; voy a la tienda, compro unos iguales y después te
traigo los tuyos, ¿quieres? Mi niña se pondrá tan contenta... Anda,
dámelos.
La chicuela, complaciente, mostró otra vez la orejita y la mujer abrió
el broche y sacó el zarcillo. Buscó el otro, ya con cierta brusquedad,
y, al cogerlo, tiró nerviosamente, amenazando romper el lóbulo. Dos
grandes lágrimas aparecieron en los ojos de la niña. Iba a llorar; pero
la mujer la consoló, diciéndole:
—No llores, tonta; te los traeré en seguida. Espérame aquí; espera...
Y se marchó; la niña la vio cómo corría. Pensó en la alegría que
recibiría la otra niña, la hija de aquella buena mujer, y, sacando del
bolsillo unos guijarros blancos, se puso a jugar, tirándolos hacia lo
alto y recogiéndolos con la misma mano.
—Una, dos; una, dos, tres, cuatro; una, dos...
Cuando echó una ojeada a la plazuela se habían ido ya todas las niñas.
¿Tardaba la mujer? No, todavía no. Siguió jugando.
—Una, dos, tres; una, dos; una, dos, tres...
Pasó el farolero con su gran palo sobre el hombro; se iluminaron los
balcones de la plazuela y el frío empezó a rondarle las piernas. ¿No
vendría la mujer? Sí, sí vendría; le había dicho que la esperara.
—Una, dos; una, dos, tres, cuatro...
El último pájaro de la tarde, perdido su nido, anduvo revoloteando a la
desesperada por la plazuela; aterrorizado, volaba sin tino, chocando
contra las paredes, metiéndose en los zaguanes, abatiéndose sobre el
empedrado. Por fin encontró su camino y se fue. Ya no volvió a oírse
en la plazuela olvidada más que el fuerte compás de unos pasos que de
tiempo en tiempo la cruzaban.
La chicuela empezó a temer. ¿A qué? No lo sabía; tal vez a todo: al
ruido y al silencio; a la luz y a las sombras. A todo, menos a la
sospecha de que la mujer no volviera. ¡Cómo no había de volver, si se
llevó sus zarcillos y tenía que traérselos! Su confianza era ciega,
absoluta. Volvería; tarde o temprano, volvería. Hay que tener cuatro
años para creer así.
En tanto, la madre, sobresaltada, iba buscándola calles y plazas.
Cuando la encontró estaba muy acurrucadita en el umbral, jugando
maquinalmente con sus guijarros blancos.
—Uno, dos, tres; uno, dos...
Le contó el caso, y la madre, congestionada, puesta en jarras,
prorrumpió en dicterios:
—¡Puerca! ¡Ladrona! ¡Robar a una niña inocente!
La chica no se explicaba con claridad todo aquello y siguió sentadita
en el umbral.
—Y tú, tonta —la interpeló la madre—, ¿qué haces ahí todavía? Anda para
casa.
—¿A casa? —preguntó horrorizada la chiquilla—. ¡A casa, no! Yo tengo
que esperar a que esa mujer me traiga los zarcillos.
Ya no anduvo la madre con contemplaciones. La agarró de un brazo y a
rastras se la llevó de allí.
Furiosa, la chicuela gritaba:
—¡Que no, que no! ¡Que tengo que esperar a que me traigan mis zarcillos!
Tardó mucho tiempo, años quizá, en desechar la idea de que había
perdido sus zarcillos porque no la dejaron esperar a que volviese la
mujer. Tardaría, ¿por qué no? Pero volver, ¡vaya si debió volver!