BORRÓN Y CUENTA NUEVA

El viejo, con sus ochenta años a la cola, estaba ya jubilado. Su hija,

al casarse, tiró de él, trayéndole a la ciudad. Vivió con ella y con su

yerno, un hombrecito cariñoso y trabajador; le dieron varios nietos,

le obligaron a descansar; no le faltó nunca su camisa limpia y su

paquetito de picadura, y por todo esto se consideró feliz. Ya era hora.

Bien ganado se lo tenía.

Por la tarde cogía a los nietecillos y se iba con ellos a las afueras

para hacerles respirar el aire del campo. Andaban lentamente hasta

que la ciudad se quedaba atrás, con sus mil ruidos, su hacinamiento

y su cochambre. Cuando llegaban a los primeros sembrados, el viejo

campesino, un poco cohibido en el ambiente denso de la urbe, se

esponjaba, se erguía, volvía a sentirse fuerte y sabio. Los nietos

correteaban buscando florecillas, se revolcaban sobre la hierba, se

rendían gozosos.

El padre no iba nunca a estos paseos. Salía de la celdita estrecha de

su casa para meterse en la cueva de su oficina; cuando estaba libre

iba al café o al teatro. Tal vez por esto cayó enfermo y terminó

muriéndose. Era un hombrecillo laborioso y bueno, que había pasado

mucha hambre y muchas fatigas correteando con sus piernecillas zambas

por las calles de los grandes comercios, subiendo y bajando escaleras,

encaramado, al fin, frente a un pupitre. Se murió dulcemente diciendo

que aquella noche tenía que sudar su catarro para ir al día siguiente a

la oficina.

Su jefe lo sintió mucho; fue a visitar a la viuda; le dejó algún

dinero, para que tuviese tiempo de llorar, y se marchó. Ya no volvería

más. Aquella pobre gente comprendió entonces que había quedado roto el

lazo que les unía con el mundo. Se sintieron perdidos, desligados de

todo, como si hubiesen caído en otro planeta. Pronto vino la miseria;

ahuyentando el recuerdo, les sacudió rudamente y les dijo: «A vivir».

La madre, que se había consagrado por completo al esposo y a los hijos,

estaba quebrantada, envejecida, inútil para la lucha. No tenía más que

ternura, y la ternura no es moneda corriente en el mundo cuando no va

unida a la juventud y a la belleza. Los hijos cabían todos bajo una

canasta. No quedaba más sostén que el abuelo; y a él volvieron los ojos.

No los volvieron en vano. Con sus ochenta años a la cola salió a

trabajar. Le admitieron como jardinero en una villa. Pero tuvo que

ocultar cuidadosamente a su patrón que tuviese hija y nietos a quienes

mantener. Ganaba un exiguo jornal y la comida; cuando se la llevaban

al pabelloncito en que estaba alojado, juntamente con los perros, y

como un perro más, la ocultaba, y acechando la primera ocasión iba

a llevarla a los nietecillos. Algunas veces se tardaba; los chicos,

asomados al ventanuco, espiaban ansiosos su llegada con las bocas

abiertas como gorriones. Al verle a lo lejos, palmoteaban de júbilo.

«¡El abuelo! ¡El abuelo!», gritaban con todas sus fuerzas. La madre

tendía el mísero mantel, y, lentamente, aquellas cinco criaturas

consumían la ración del viejo, masticando despacio, recogiendo

cuidadosamente las migajas y rociando los escasos manjares con grandes

tragos de agua clara y fresca.

Así pasó el tiempo; un día, el mayor de los nietos estuvo en edad de

trabajar. El viejo, que no esperaba más que esto, se murió. Antes

se hubiera muerto si antes le hubiera estado permitido morirse. Su

heredero en la cotidiana fatiga era un mozalbete espigado, inteligente,

audaz. Había visto bien la vida. Educado en el dolor, aspiró a

libertarse de su terrible disciplina. No se resignaría; por resignado

murió su padre y se agotó su abuelo. Desechó de su lado la ternura,

la fatal ternura, la comprensión, que tantos impulsos detiene; la

sobriedad, que tantas privaciones consiente. Trepó, agarrándose con

las uñas y los dientes, y pronto se llegó a su madre y le echó con

arrogancia en el regazo el fruto de sus piraterías. La madre se asustó

un poco; pero cuando vio que salían de la miseria, alabó a Dios; por

primera vez la vida les dejaba holgura para respirar y moverse.

El hijo aquel se echaba valientemente por el mundo; reñía Dios sabe qué

batallas y regresaba después con los suyos, llevando su presa en las

garras. Con el bienestar la madre salió del sopor en que la miseria la

tenía; se permitió echar un vistazo por el mundo y le pareció que era

bastante mejor de como en sus cincuenta años se lo había imaginado.

Se reconcilió con la vida, que al fin le hacía justicia y premiaba el

sacrificio de los suyos; el padre, fuerte, y el esposo, honrado. Como

tenía una vieja apetencia, contenida siempre, gozó acuciosa de cuantos

goces le estaban aún permitidos; dio gracias al cielo, que así abría

puertas a su vejez, y, merced a la fortuna del hijo, fue feliz. No supo

nunca a ciencia cierta cómo ni de dónde venía aquel bienestar, aquel

dinero. Lo traía su hijo; esto era todo lo que sabía. Aquel hijo que

había tenido suerte. La bendita señora no atribuía más que a la suerte

el triunfo de aquel hijo, acaso el más díscolo y menos cariñoso de

todos, el más vicioso y rebelde, el que menos se lo merecía. Echaba de

menos en él la ternura, la humildad, la continencia del abuelo y el

padre. Pero le disculpaba, porque, a pesar de todo, tenía suerte, y, en

definitiva, era el que les había sacado de la miseria.

* * *

Cuando se trepa por sitios escarpados no es imposible caerse, y el

hijo aquel se rompió un día las uñas y cayó. Lo recogió la Justicia.

Un negocio sucio, una quiebra fraudulenta, un chantaje, una estafa,

cualquier cosa. El asunto fue escandaloso, y la madre, vieja, se vio

envuelta en el deshonor.

Entonces salió de su apoteosis. No había sido la suerte la que le

había dado el bienestar. Había sido el delito. La vergüenza le inundó

el alma. Siempre pensó ella que aquel hijo le había salido malo. Se

acordó de su vida de miseria, de su marido y de su padre, honrados,

laboriosos, pobres, pobres hasta el sacrificio, hasta la muerte. Vio la

esterilidad de aquellas vidas sacrificadas y enloquecida por el dolor

se volvió furiosamente contra el hijo delincuente y no supo más que

gritarle con todo el horror y la impiedad de su alma:

—¡Infame! ¡Has deshonrado tu casta!

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 16 / 67 题