Yo sabía que aquel tío venía a pegarme. Me lo había olido desde el
primer momento; no sabría decir por qué. El caso es que, mientras
estuve bailando con Amalia —Amalia era mi novia—, empezó a chocarme.
Nos miraba con descaro, no se recataba en piropear a la muchacha y se
reía de muy buen humor al ver los fondillos y las rodilleras de mi
pantalón blanco, que no era, ciertamente, ningún prodigio de corte ni
de confección. Este tío va a pegarme, pensé. Y así ocurrió.
Los nervios se me pusieron de punta, tropecé cien veces, di
innumerables pisotones a mi novia, y, al fin, la pobre, no pudiendo
soportar más tiempo mis torpezas, se soltó graciosamente de mi brazo
y fue a charlar con sus amigas. En cuanto me vi sin ella adiviné la
catástrofe. Un sudor frío cubrió mi piel y la sangre se me agolpó a la
cabeza. Para tranquilizarme y cobrar ánimos entré en el ambigú. Él se
vino, como el que no quiere la cosa, tras de mí. A pesar de su sonrisa,
vi claramente su negra intención y me puse a temblar. Estuve por gritar
a mis amigos, diciéndoles: «¿Pero no ven ustedes que viene a matarme?».
No recuerdo cómo estalló la tormenta. Era fatal. Creo que le di un
pisotón o me lo dio él a mí; no sé. Lo cierto es que de buenas a
primeras me asestó un formidable puñetazo en medio de la cara. No me
dolió mucho al principio, esa es la verdad. Mis dientes crujieron de un
modo lastimoso y sentí un fuerte escozor en las encías. Pero, vamos,
me consideré satisfecho. Los puñetazos que más nos duelen son los que
todavía no nos han dado. Al golpe siguió un largo rosario de insultos;
después, se quedó callado y a la expectativa.
Yo me pasé la mano por la frente, sudoroso; recogí mi sombrero, que
había desertado frente al enemigo; tomé unas buchadas de cerveza, para
cauterizarme la encía, y me puse a esperar el final de todo aquello.
No pasó nada más. Dio media vuelta y se marchó, escupiendo por el
colmillo. Entonces me volví, con el propósito de decir a mis amigos:
«¿Pero han visto ustedes la injusticia que ha cometido conmigo?». No
me dejaron; todos a una se arrojaron sobre mí, diciéndome que yo era
un cobarde y que a mi vez había debido pegarle. ¿No era yo más fuerte?
¿Qué me detenía entonces? Era verdad; acostumbrado a cargar de un lado
para otro del almacén, con los pesados fardos de tejidos, no me hubiera
costado gran trabajo coger a aquel sujeto por la cintura, levantarle
en vilo y tirarle por la ventana, como si fuese una pelota; pero no se
me ocurrió; ni remotamente pensé que podía haberlo hecho con un débil
esfuerzo.
Me abrumaron con sus reconvenciones, se dolieron de mi cobardía y
procuraron excitarme para que tomase venganza. Tentado estuve de echar
a correr, desafiarlo dondequiera que le encontrase y romperle la
crisma. Resistí heroicamente aquel influjo y me marché, deseando no
encontrarme a mi adversario en el camino por no ponerle en el trance de
tener que pegarme otra vez si seguía malhumorado.
Aquella noche fui a recoger a mi novia para que diésemos, como todos
los domingos, una vuelta hasta el molino. El paseo era muy bonito; a
ambos lados del camino había dos hileras de pinos; a los diez pinos,
yo pretendía enlazar a mi novia por la cintura; a los veinte pinos,
ella se dejaba enlazar; el que hacía veinticinco tenía unas ramas tan
bajas y frondosas, que el camino se estrechaba, no dejando paso más que
a una persona; allí juntábamos nuestras cabezas y nos besábamos. Los
diez pinos, de la familia de los trigésimos, tenían testimonios más
fehacientes aún de nuestro amor. Al cuadragésimo, Amalia sentía frío y
me pedía que regresásemos a su casa. Esto era todo, y era bastante.
No pude conseguir que Amalia diese aquella noche el acostumbrado paseo.
Tenía el hociquito alargado, y, según dijo, se sentía cansada. Era la
primera vez que le ocurría. Adiviné el motivo de su disgusto. Me había
dejado pegar; ella lo sabía y no le parecía digno de su hermosura besar
un bigote que ha sido aporreado impunemente. Traté de convencerla de la
puerilidad de sus escrúpulos; se puede ser un bizarro amador y un mal
pugilista. No me hizo caso. La dejé llorando y leyendo la historia de
Amadís.
A pesar de estas contrariedades no podía sentir odio contra el causante
de todo. Estaba convencido de que era un insensato, un pobre diablo
fanfarrón y mal educado. ¿Por qué me había pegado sin yo darle motivo?
¿No era esto una acción reprobable? ¿Por qué los demás no se la
afeaban, y, en cambio, venían a mí con recriminaciones?
¡Bah! El mundo es estúpido, pensé. Serían capaces de alegrarse si yo
le cogiese ahora y le partiese en dos pedazos. Todos me felicitarían
y mi novia me dejaría sordo a besos. Creo, sin embargo, que ni él
ni yo ganaríamos nada, y por eso no lo hago. ¿Me ha golpeado? Pues
vaya bendito de Dios. Esto, que bien pudiera ser grandeza de alma, lo
interpretaban como una cobardía. Bueno. Y aunque así fuese. ¿Es que no
hay derecho a ser cobarde? Puedo ser cobarde, como soy gordo y rubio, y
no sé por qué he de avergonzarme de ello.
A la noche siguiente fui a buscar a mi novia; pero no quiso recibirme.
No volví a verla hasta el domingo siguiente; la encontré bailando
con el otro. Cuando los vi juntos, me quedé estupefacto. Aquello era
increíble. Los miraba atentamente y no dejaba de maravillarme.
El otro lo notó, soltó a Amalia de su brazo y se vino hacia mí, con un
airecillo retador, que me pareció altamente ridículo.
—¿Querías algo? —me preguntó.
—No, nada —le respondí balbuceando.
—¡Como nos mirabas tan fijamente!
—Me extrañaba que mi novia bailase contigo.
—Ahora es novia mía.
—No sabía nada.
—Pues ya lo sabes.
El procedimiento me pareció algo incorrecto. Pero, en fin, ¡las mujeres
son tan raras!
De lo que no me han convencido todavía es de que yo tenga por fuerza
que matar a mi rival. Todo el mundo me lo dice; mi misma madre, cuando
me pone la comida sobre la mesa, viene a acariciarme dulcemente y me
dice con lástima, pasándome la mano por la frente: ¡Pobre hijo mío!
¡Pobre!
—¿Pobre? ¿Por qué?