Quedó sin ocupar un asiento y ninguno de los que iban en las
plataformas, renegando del agua y el frío, lo había visto. Claro.
Estaba disimulado por el egoísmo esponjoso de aquel militar y aquella
señora dilatada y por el instinto de aislamiento de aquellas dos
beatitas que, en su deseo de no ser molestadas, parecían estirar más
que nunca sus tocas de cartulina. Allí había un sitio, sin embargo, y
nadie lo había visto.
Nadie, hasta que entró aquel hombre de los ojos claros, tan claros
que parecía no ver. Tenía unas pupilas desteñidas, que no verían gran
cosa, y además había bebido. Seguro que había bebido. Era sábado y la
noche estaba ya bien entrada. No era preciso ser un lince para adivinar
que al salir del trabajo se había rezagado en el rinconcito amable de
alguna taberna. ¡Es tan agradable aguardar a que escampe ante un vaso
de vino!
Mirando con sus ojuelos claros y ligeros, con esa inconsistencia con
que miran los hombres que todavía no están borrachos, pero que pronto
han de estarlo, vio el sitio, su sitio, el asiento a que tenía derecho,
y que aquellas gentes sin conciencia —el militar, la señora, las
beatas— querían hurtarle. Se irritó un poco, y, tambaleándose, atravesó
el pasillo y reclamó su puesto. Aquellos seres eran tan cobardes como
egoístas; fingieron no haberse dado cuenta de que ocupaban un lugar de
más, y refunfuñando se estrecharon y le dejaron sentar.
—¡Pues no faltaba más! ¡Ajajá! Cada uno tiene su derecho. ¿Eh? Y se
estaban tan calladitos...
El hombrezuelo se arrellanó, levantó sus piernecillas zambas y se frotó
los pies uno contra otro; dijo algunas impertinencias y se serenó
pronto. Su vanidad estaba satisfecha.
Los otros callaron, prudentes y llenos de enojo. Él parecía no
advertirlo y comenzó a sonreír a diestra y siniestra, entornando los
párpados con inocente malicia. Hubo un silencio fastidioso. Cada
cual iba enfundado en sus preocupaciones. En el tranvía es donde la
gente se siente más arisca, más dura y más distinta de la gente. Tan
solo aquel hombrezuelo de los ojos claros pugnaba por establecer la
cordialidad y entablar una corriente de comunidad afectiva entre
aquellos hitos humanos, alineados en las banquetas del tranvía. Sus
esfuerzos, al principio, eran infructuosos; nadie hacia caso de las
miradas de través, las muecas y las sonrisas que venía repartiendo.
Pensaban todos, muy serios y estirados, en sus negocios, sus hambres,
sus pasiones o sus dolores. Logró, sin embargo, captar la atención
de una muchachita de buen carácter —esto saltaba a la vista— que iba
frente a él. Cuando advirtió el pobrete que alguien recogía sus deseos
de expansión, debió alegrarse mucho. Aventuró primero una pregunta,
y pronto su locuacidad llenaba el tranvía con pintorescas imágenes,
carcajadas, comentarios ingeniosos, apostillas, pullas, reticencias y
picardías. Estaba contento aquel hombrezuelo; muy contento. Y había que
disculparle. No dejaba de ser simpática su alegría..., y contagiosa.
Los más entreabrían un poco el portillo de su cordialidad. ¡Qué diablo
de hombre! ¡Cómo se reía el indino! ¡Qué bocaza, sin dientes, más
cómica abría en sus carcajadas!
¡El pobre! Se adivinaba que había estado trabajando toda una semana,
padeciendo hambre y frío en el tajo, duelos y quebrantos en su casa,
para aquella tarde del sábado cobrar unas monedas de jornal, que
le tintineaban en el bolsillo, y beberse unos vasos de vino que le
alborotaban en el exiguo meollo.
No dejaba de tener gracia cuanto decía y comentaba. Hasta las beatitas
estiraban los labios, a su pesar, entre la celosía de sus tocas
almidonadas. Y el hombrezuelo aquel charlaba por los codos, reía,
escandalizaba, se retorcía de gusto en su asiento, contemplando los
estrafalarios botines de aquel señor o la pelerina de aquella buena
señora. Era indudable que estaba bebido; un poquito bebido nada más. Se
le podía soportar, sin embargo, salvando algunas de sus impertinencias.
¡Qué diantre! El pobre hombre era feliz y daba gloria verle.
¿Pues y las cosas que le dijo a una pobre mujer que luchaba a brazo
partido con un ballenato de diez o doce meses, empeñado en dominar con
sus magníficos alaridos el estrépito del viejo y desvencijado tranvía?
Puso el paño al púlpito y durante diez minutos ensalzó donosamente su
moral familiar, su autoridad paternal, la ley que había impuesto a sus
hijos. Y todo esto, riendo, entre chistes y burlas, porque se sentía
satisfecho y feliz. Era un gratísimo espectáculo el de la felicidad
de aquel viejo trabajado, que hablaba con alegría de su casa, de su
pobreza, de su mujer y sus hijos.
—¡Jamás me faltó al respeto ninguno de mis hijos! ¡A todos los eduqué
en mi ley y mi conciencia! ¡Yo! ¡Yo! —y paseaba una mirada de triunfo
sobre el concurso—. Todos mis hijos han sido honrados. Desde el primero
hasta el último. Y cuenta que fueron quince. ¡Quince hijos! ¡Yo! ¡Yo!
—¡Eh, abuelo! Ese que grita —le interrumpió una voz dura y zumbona, que
salía de un rincón del tranvía—. ¿Cuántos hijos ha tenido usted?
—Quince. ¡Yo! ¡Quince!
—¡Bah! —dijo, volviéndose despectivo hacia otro lado el que le había
interrumpido—. Son muchos hijos para usted solo, abuelo. Algún otro
habrá tenido parte.
Nadie dijo más. El hombrezuelo calló, como por ensalmo. Se estuvo
quieto, quieto, absorto. Abrió cuanto pudo los ojuelos, dilató las
blanquecinas pupilas y se quedó mirando estúpidamente a quien con tanta
crueldad le había herido. Hallose cara a cara con un mocetón cetrino y
mal encarado, que, al reírsele en sus barbas, le enseñaba una fila de
dientes blancos y afilados como los de un tigre.
Nadie dijo más. Sobre todos gravitaba el ultraje, el bestial ultraje,
que nada había justificado. Volvió a enfundarse cada cual a sus
preocupaciones, la hostilidad surgió de nuevo y el hombrezuelo se
encontró desamparado, frente a frente con su agresor.
Largo rato estuvo mirándole a los ojos con una mirada inexpresiva y
pesada. ¿Que ocurría en su alma en aquellos instantes? ¿Qué furiosos
deseos de matar no le acometerían? ¿Qué terrible amargura le subió del
fondo del alma a los labios? ¿Qué vergonzosa duda galopaba desandando
el camino ya recorrido de su vida y ganándole en cada segundo un año
entero de los que para él habían transcurrido antes en la confianza?
¡Cómo debió derrumbarse aquella felicidad agresiva que venía volcando a
torrentes!
Dejó caer la cabeza sobre el pecho y no dijo más. A poco le asomaron
a los ojos desteñidos dos lágrimas de rabia e impotencia —¡quién sabe
si de resignación!—, y antes de que corrieran bañándole los surcos de
las mejillas, se levantó, y como un autómata descendió del tranvía.
Sus piernecillas zambas y endebles le llevaron vacilante hasta las
callejuelas cuyas sombras habían de tragársele para siempre.
(Esto se debía titular _Historia de un asesinato_).