EL GUARDIA PÉREZ

El cuartelillo era demasiado pequeño; en él se alojaban cuatro guardias

y un cabo, con sus mujeres y sus hijuelos innumerables; había poco

sitio y tenían que moverse como piojos en costura. Estas molestias

mutuas provocaban frecuentes altercados entre las mujeres y entre los

chicos; pero los guardias eran hombres sensatos y dirimían entre sí

estas querellas amistosamente y con estricta justicia. Amonestaban

gravemente a sus consortes cada vez que entre ellas estallaba la

contienda por la posesión de un trozo de patiezuelo o de un rincón

de cocina, y se reiteraban recíprocamente sus palabras sensatas y

cordiales.

Además, el campo era muy grande, y, para el guardia que por defenderlo

se esclaviza y afana, todo el campo es suyo. Así, pues, los hijos de

los guardias salíanse gozosos del cuartelillo y gran parte del día

estaban triscando libremente por las estribaciones de la sierra o

tendidos panza arriba al sol en los prados.

La misión de los guardias era penosísima; se hallaban destacados en

un rinconcillo estratégico de Sierra Morena, y desde allí custodiaban

una considerable extensión de terreno, ya que no contra las hazañas

de los bandidos legendarios, contra las acometidas de los mineros

hambrientos en tiempos de huelgas y lockout y contra los desmanes de

los campesinos, que, cuando se soliviantan, incendian las mieses y

saquean las casas de labor.

Al poco tiempo de estar apartados del mundo, los alojados en el

cuartelillo se habían hecho algo irritables, sobre todo las mujeres;

aquella perdurable soledad provocaba en todos ellos un mutuo rencor,

acrecentado cada día, que las mujeres no se recataban en mostrarse

y que los hombres intentaban ahogar con las frecuentes apelaciones

a la sensatez que unos a otros se hacían con curiosa insistencia.

Lentamente, aquel aislamiento, aquella soledad, aquel enfrentarse a

diario con la naturaleza bravía de la sierra les había ido quitando y

suprimiendo todos los artificios y convencionalismos que son precisos

para hacer un guardia de un hombre libre. Volvían, pues, sin darse

cuenta, al estado de naturaleza en el que todo yugo es ominoso y

tiránica toda disciplina.

Una tarde, el guardia Pérez, que volvía sudoroso y aspado de recorrer

las carreteras polvorientas bajo el agobio implacable del solazo

andaluz, encontró a su mujer que lloraba lenta y calladamente en un

rincón de la alcoba. Inquirió el guardia Pérez y supo que su mujer

había sufrido ultrajes de la mujer del cabo González; tranquilizó como

pudo a su compañera y fue en busca del cabo; ambos se reiteraron sus

excusas con machacona insistencia y se apretaron las manos fuertemente

una vez y otra. Cuando volvió al lado de su mujer estuvo consolándola,

con su sobria elocuencia, mientras ella movía lentamente la cabeza. No

pasó más.

Otra tarde, el guardia Pérez, al regreso de la correría, encontró a su

hijita —una pitusilla tristonzuela escrofulosa y blanca de linfa— con

la cabeza entrapajada; en la frente, un poco de sangre cuajada junto

a un mechoncillo del pelo rubiasco, casi albino, de la nena, hizo al

guardia Pérez sentir que se le iba algo, que debía ser el alma, y

hallarse frío, descarnado, mondo y lirondo, como si bajo el correaje

y el peso del fusil no le hubiese quedado más que el esqueleto y un

gusanillo roedor allá en los recovecos del cerebro. Ya esta vez la

mujer no lloraba: estaba seca y tiesa junto a la pitusilla, con las

pupilas encandiladas y los dedos engarabitados. Cuando el guardia Pérez

quiso saber lo ocurrido, ella se limitó a decir:

—¿Para qué? ¿Para qué?

El cabo González, un poco embarazado, vino a contarlo todo. Los chicos

eran tan traviesos..., hacían tantas diabluras..., la mala suerte de

aquella chiquilla..., él no había querido hacerle ningún daño...

Las convencionales explicaciones fueron aceptadas y los dos hombres se

abrazaron una vez más, nerviosamente, dándose cordiales palmaditas con

las manos crispadas.

El guardia Pérez y su mujer se acostaron; ella estuvo callada largo

rato, encerrada en un mutismo punzante; ya de madrugada lloró primero y

habló después susurrante, abatida, sugeridora. Cuando el alba se colaba

por las junturas desiguales del ventanillo, los dos estaban febriles y

se acariciaban heroicamente.

Una hora más tarde, el cabo González y el guardia Pérez salían de

correría. Caminaron silenciosos por los vericuetos de la sierra. Cuando

ya el sol estaba en el cénit, se detuvieron en una altura y sacaron

de las mochilas las frugales meriendas. Soplaba fuerte viento y la

sierra majestuosa infundía a los dos hombres su grandeza, su infinitud,

su fuerza bravía, su libertad. Comieron sosegadamente; al final,

disputaron por un pretexto fútil: una hoja caída de un árbol, el rumbo

del viento, el vuelo de un pájaro...

Vinieron a las manos, acometiéndose con alaridos de liberación; el cabo

González llevaba las de perder y volvió la espalda a su adversario,

amenazándole: «Ya las pagarás, granuja; ya las pagarás». El guardia

Pérez previó la delación, se echó el fusil a la cara, y, rodilla en

tierra, apuntó lentamente al fugitivo. En el momento oportuno, la bala,

entrando por la espalda, tumbó sobre las jaras al cabo González.

Se formó juicio sumarísimo y el guardia Pérez fue muy justicieramente

fusilado.

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos · 第 14 / 67 题