Era viejo, como la cotonía. Allá por el año 70 fue el hombre de moda,
de las conquistas, de los figurines y los desafíos. Tuvo una arrogante
figura; fue terror de suripantas en los bufos de Arderíus; se casó con
una marquesa y enviudó pronto. Volvió a casarse con una exdoncella,
excocota, y enviudó también. Ahora andaba paseando al sol su caducidad
y conservando cuidadosamente las ruinas de su gallardía.
Ella era jovencita, muy jovencita y muy linda. Traviesa, vivaracha
y un poquitín desvergonzada, comenzó por reírse del viejo y terminó
casándose con él.
Fueron a la boda orgullosos y satisfechos. La gente, a sus espaldas,
compadecía al uno y criticaba a la otra.
Todos previeron el ineludible adulterio. Los galanes profesionales
olfatearon pronto la pieza y sobre la recién casadita cayeron
en racimos. El viejo, que estaba ya de vuelta, les dejaba hacer
sosegadamente. Salía de su casa pasito a paso, y erguido, pulcro y
perfumado, cruzaba inalterable junto a los adoradores de su mujercita
e iba a perderse en los rincones amables de los jardines públicos,
donde pasaba las horas muertas echando migajas de pan a los gorriones y
tomando el sol.
La muchacha, al principio, se aburría un poco; después se aburrió más,
y terminó desesperándose. Le molestaba aquel desinterés del viejo. ¿Por
qué la dejaba sola tanto tiempo? ¿Por qué no evitaba las ocasiones en
que sus adoradores podían cortejarla libremente?
Recurrió entonces al secular ardid de darle celos; pero no lo
consiguió. Estirado, afable, sonriente, veía el viejo cómo su mujer
hacía guiños de inteligencia a sus cortejadores y cómo cuchicheaba con
ellos cada vez que la ocasión se presentaba.
Esta indiferencia la irritó aún más. Llegó a tener a su esposo
un verdadero rencor. Pasó por días en los que le despreciaba
profundamente. Era un inmoral, un cínico. Le importaría un bledo que
ella se entregase, uno por uno, a todos sus amigos.
Pero después reflexionaba más serenamente y comprendía que aquel viejo
impasible, circunspecto, siempre ecuánime y correcto siempre, la quería
de verdad. Adivinaba ella, en las palabras del esposo, una celosa
asistencia y un rendido enamoramiento; pero jamás logró encenderle en
arrebatos pasionales.
Queriendo romper la frialdad del marido, llegó más allá de donde era
prudente en sus coqueteos. Pero cuando en más de una ocasión se vio
a punto de dar el saltito de la acera al arroyo, sin que nadie se lo
impidiese, tuvo miedo y recogió velas. Estaba convencida de que no
conseguiría soliviantar al marido, y, la verdad, el adulterio, sin el
aliciente del daño que causa, no valía la pena. Así porque sí, y sin
más ni más, no.
A partir de entonces volvió a la táctica del mimo y el halago; la
seducción plácida y el cariño dulce y constante. El viejo parecía ser
más sensible a esto.
Ella, alentada, redoblaba sus cuidados y consagraba todos los momentos
de su vida a la seducción del esposo, que se dejaba querer, y
sabiamente acrecía su amor, subiéndolo de tono poco a poco.
Pasó el tiempo y ella obstinose en la conquista total del marido. Fue
una esclava suya: le ofrendó todos sus instantes, y, cuando el viejo se
murió, se halló trágicamente enamorada de aquella esfinge ruinosa que
jamás le había entregado por entero el caudal de su cariño.
A los pocos días de su viudez encontró entre los papeles del muerto el
esquema de un sucinto «diario». Entre las notas correspondientes a los
meses que siguieron a su boda, leyó:
«Ella está a punto de caer; si cae, terminaré mi vida hoy mismo».