Apenas tuvo veinte años, cogió la regla, el compás y el tiralíneas;
tomó cuidadosamente sus medidas y trazó con toda seguridad la parábola
de su vida. Después se quedó muy satisfecho. Vivir es muy difícil y hay
que tomar precauciones. Por eso, él, que no quería andar equivocado,
redujo su vida a una figura geométrica; le puso al pie su escala de
reducción, en la proporción de uno a mil, y comenzó a cubrir, en el
suave transcurso de los días, las etapas del trayecto que previamente
se trazara. La vida de aquel hombre era, pues, uno de esos gráficos en
cuya cuadrícula prenden las estadísticas el curso de la existencia.
Ya tranquilo y orientado, anduvo con paso firme su camino: era un
camino largo, de penosas ascensiones y peligrosos declives. Pero él
consultaba diariamente su gráfico y no anduvo nunca en balde. La
miseria, la ignorancia y el dolor habían sido su punto de partida.
Venido al mundo, sin tener para qué venir, se encontró vulnerable,
hambriento y dolorido. De chicuelo padeció cuanto había que padecer;
derrochó su energía debatiéndose en el arroyo y le pareció la vida
mucho más absurda e inconexa de lo que ya de por sí es en realidad.
Se asustó; cuando llegaba a la adolescencia estaba acobardado por los
zarpazos que le tiraba el vivir, los empellones, las bofetadas y las
terribles sorpresas que había recibido.
Se remansó un poco, y en un momento de lucidez cogió a la vida
desprevenida y la encerró en la red de su cuadrícula. Ya está, pensó.
Ahora voy a ser yo el amo.
Empezó a trabajar en uno de esos humildes menesteres de la vida
moderna: dar y tomar fichas numeradas desde una ventanilla, abrir y
cerrar una puerta, extender cotidianamente una misma fórmula cientos de
veces, poner y quitar gabanes, cambiar papeles por dinero o papeles
por papeles. Cualquier cosa. Esta simple función, esta repetición
maquinal de un solo acto le aseguró los medios de subsistencia y le
dejó holgura para filosofar. Como estaba aspado y dolorido, la quietud,
el achicamiento, le hicieron feliz. Y durante algunos años no sintió
necesidad de nada más.
Cuando hubo recobrado el equilibrio y notó que empezaba a sobrarle
algo, es decir, que estaba ya por encima de su propia vida, consultó de
nuevo el plan que de antemano se había trazado y emprendió la segunda
etapa del camino. Era la más difícil. Ya se tenía él a él mismo; ahora
se trataba de tener algo más. Pensaba, sencillamente, en casarse.
Se casó; tuvo mujer e hijos; pero otra vez la necesidad vino a querer
sacarle de sus casillas, o sea de su sabia cuadrícula. Rigió con mano
dura su carrito, y a despecho de su mujer y de sus hijos no se salió
un paso de la sendita estrecha de su vida, y dejó atrás, sin alargar
la mano, las viñas cargadas de fruta, que distraen y pierden a los
caminantes.
Pero no basta con tenerse a sí mismo, tener el complemento sexual y
desdoblarse en cinco o seis hijuelos que perpetúen nuestras taras. Hay
que proteger todo esto, hay que salvaguardarlo, ponerlo a cubierto de
los vendavales y de las aves de rapiña. Hay, en fin, que tener una casa.
Este empeño es el más trascendental de la vida de un hombre. La gente
no se da cuenta y vive de precario en las celditas de esas grandes
colmenas urbanas mientras el castrador no quiere desahuciarles. No se
puede vivir honradamente sin tener una casa propia; por eso, tal vez,
haya tanta gente inmoral en el mundo.
Ahora bien; tener una casa, cuando no se tiene dinero, es muy difícil.
Aunque parece mentira, toda la superficie de la tierra está ya medida,
distribuida y acotada. Es un contrasentido; pero la realidad es que,
cuando un nuevo ciudadano aparece sobre la haz de la tierra, no tiene
ya sitio donde ponerse. Si los hombres no fuesen tan hipócritas y
abordasen las cosas francamente, se podría plantear un gravísimo
problema social, llevando a los niños, cuando nacen, al Registro civil,
y demandando allí que, al mismo tiempo que se le conceden los derechos
civiles y políticos, se les otorgue el derecho a quedarse en algún
sitio. Aquí traigo este niño; dígame usted en qué lugar de la tierra
puedo ponerlo para que viva sin miedo a guardas ni rentistas.
Así pensando, nuestro hombre ejemplar procuró sustraer a la humanidad
acaparadora un trocito de corteza terrestre, siquiera fuese chico como
un pañuelo, para construir su vivienda.
Lo consiguió, al fin; mas para ello tuvo que privarse casi por completo
de aquel tenue hilillo de vida que le quedaba. No se aquilata, en
cuanto vale, la heroicidad de estos hombres, que por servir un ideal
modesto sacrifican todas sus horas, privándose de esas pequeñas cosas
que son en realidad toda nuestra vida. La tragedia del hombre que no
tenía dinero y quería construir una casa puede hacer sonreír a mucha
gente; pero seguramente no es una tragedia inferior a la de Prometeo.
Ese trágico cotidiano era el que consumía el alma de nuestro héroe.
Céntimo a céntimo, ladrillo a ladrillo, hacía su casita. A veces
le asaltaba un furioso deseo de derrochar, de rasgar el gráfico
cuadriculado de su existencia, de irse por el mundo a vivir la vida
inquieta de los desligados. Pero se acordaba de los días dolientes de
su infancia y volvía los ojos con fervor a la línea geométrica por
él trazada y al cénit, ya próximo, de sus aspiraciones. Así trabajó
ferozmente, se privó de todo, domó la vida, poniéndole recias trabas, y
cumplió su misión.
Cuando la casa estuvo terminada, plantó a su alrededor unos arriates;
colocó en el tejado una veleta, orgulloso de poder clasificar los
vientos; sacó una silla a la puerta y se sentó. Ya era tiempo; más no
hubiese podido hacer.
Son muy pocos los hombres que cumplen su misión; menos de lo que se
cree. Los malogrados, no son solo los muertos prematuramente, sino
también aquellos otros a los que se les ha muerto el ánima y siguen en
pie. De aquí que nuestro hombre ejemplar, al verse en su casita con
su mujer y sus hijos, se sintiese privilegiado, hombre de excepción
y dotes superiores. Se consideró feliz y dio por bien empleado cuanto
había sufrido.
Entonces se encontró, por primera vez, en toda la plenitud de su vida.
Tenía cuanto había que tener: familia, hogar, holgura. Lo había logrado
todo. ¡Je, je, je! Cómo se reía él de los idiotas que andan a cuerpo
limpio por el mundo. ¡Búrlense, búrlense de mi cuadrícula!
Cada día que pasaba sentado a la puerta de su casa, recibiendo la
caricia del sol y el halago de los suyos, le fortalecía aún más. Llegó
a sentirse pujante, como jamás había estado. Respiraba a pleno pulmón;
erguíase, retador, ante los caminantes acansinados: buscaba la lucha,
la fatiga. Esta exuberancia le hacía tener confianza en sí mismo, en su
propia vida. Un día rompió su cuadricula y dejó escapar el torrente de
sus pasiones y de sus apetencias...
Terminó pegando fuego a su casita y yéndose por el mundo otra vez.