Cuando me detuvieron por indocumentado llevaba muchos días sin comer
y muchas noches sin guarecerme bajo techado. Así fue que, al verme
recluido, maltratado y transido de frío, me sentí feliz. Tranquilo en
mi celda, no recordaba sino que estuve andando mucho tiempo; no sabía
ni de dónde partí ni por qué me puse a andar; solo conservaba la noción
de que anduve hasta que se me reventaron los pies y caí al borde de la
carretera.
Unos guardias que iban de correría me sometieron a un interrogatorio y
me registraron. Ni supe contestar a sus preguntas, ni encontraron entre
mis ropas desgarradas indicio alguno de quién yo pudiera ser. Creyeron
que ocultaba mi nombre y condición, por tener sobre mí algún delito,
y fichado como sospechoso pasé a la cárcel. Les parecía inconcebible
que hubiese en el mundo un hombre sensato, al parecer, y medianamente
instruido que ignorase su nombre, estado y naturaleza; un hombre que,
por lo visto, pretendía hacer creer que había nacido, por generación
espontánea, al borde de una carretera.
Y, sin embargo, era verdad. Juro que no sabía cuáles eran mi nombre y
apellidos, y que ni tenía casa, ni familia, ni origen, ni recuerdos.
Ya suponía que no habría venido al mundo en la carretera donde los
guardias me encontraron, barbado y talludo ya; pero lo cierto y verdad
era que de mi existencia anterior no tenía más vestigios que aquella
trágica caminata, cuyo punto de partida yo no acertaba a definir.
Pudiera decir que salí del caos; pero ¿qué caos era aquel del cual
salía yo, aborto miserable? No pude desentrañarlo. Mi cerebro, normal
en cuanto tocaba al presente y al porvenir, perdía su lucidez tan
pronto como me aventuraba en el pasado. No cabe duda de que se trataba
de un terrible caso de amnesia; pero ¿qué lo había motivado? Renuncié
a investigarlo; había algo más fuerte que mi voluntad, empeñado en que
yo no penetrase en el campo terrible de mis recuerdos. Cuantas veces
lo intentaba, salía vencido por la confusión, la fatiga y una infinita
repugnancia. Renuncié, pues, por completo a mi pasado.
Pero a los hombres de justicia aquello les parecía inadmisible. Algo
ocultaba yo, y, ternes en su sospecha, me mantuvieron encarcelado.
Por aquel tiempo había ocurrido un espantoso crimen en una aldehuela
próxima. Unos míseros labradores habían sido asesinados durante la
noche por unos forajidos, codiciosos del puñadito de plata que con
sus hambres y fatigas había logrado reunir aquella pobre gente. No
se supo quiénes eran los asesinos, y de la noche a la mañana me
encontré acusado de haber cometido aquella fechoría. Al principio lo
tomé a broma; pero después reconocí cuán sensato era aquel hombre que
decía: «Si alguna vez me acusasen de haber robado las torres de la
catedral, como primera providencia pondría tierra de por medio; después
procuraría demostrar que la acusación era falsa».
Cogido entre los términos, proposiciones y silogismos de la gente de
toga, estuve a punto de convencerme a mí mismo de que yo había cometido
aquel doble crimen, tal vez sin saberlo. Fue providencial que los
verdaderos asesinos se dejasen cazar estúpidamente. De no haber sido
por esta circunstancia, yo hubiese expiado en el patíbulo mi supuesto
crimen.
Todavía no se decidían a soltarme y muchos meses anduve de cárcel en
cárcel. Pero, al fin, recobré la libertad; una libertad relativa,
porque no dejé de estar vigilado. Siempre es sospechoso el hombre que
no sabe explicar la razón de su existencia. En el mundo hay que estar
por algo y para algo; para robar o ser robados, cometer asesinatos o
dejarse matar, gobernar pueblos o sufrir el yugo de los gobernantes.
Un policía, un juez, un magistrado, convencidos seriamente de que
cumplen una misión providencial, misión para la que han sido creados,
no tolerarán nunca al hombre sin misión que cumplir, al deshilvanado,
al que es brote espontáneo de la naturaleza y vive en el mundo con la
indiferencia de una col. Y esto era yo.
Un semoviente que, a lo sumo, aspiraba a ser el último súbdito de un
más sencillo reino: el reino vegetal. Si yo entonces hubiese podido
concretar mi ideal, hubiera deseado convertirme en col. Ser humilde,
orondo, fresco y recio; nacer y morir en el mismo sitio, ver salir y
ponerse el sol, beber copiosamente y reposar. Esta era mi inconcreta
aspiración.
Pero, por desgracia, mi antropomorfismo me condenaba a vivir como los
humanos. Tuve que trabajar y ganarme la vida. No sé cómo, me encontré
un día haciendo zapatos con rara perfección. (Yo no recordaba haber
practicado nunca tal oficio. Después me lo expliqué todo; antes de
sobrevenir la catástrofe, que me hizo perder el recuerdo de mi vida
pretérita, yo había sido dramaturgo). Construir un zapato —ahora lo sé—
es como construir un drama. (De ahí mi técnica zapateril).
Trabajaba honradamente, confeccionando mis dramas, digo, mis zapatos,
cuando de nuevo me vi encarcelado y sometido a proceso. Se había
cometido un nuevo crimen, y como los autores tampoco fueron habidos,
se suponía que yo, el hombre sospechoso, el extraño sujeto, sin nombre
y sin origen, era el criminal. Creyeron que yo había cometido ya «mi
crimen», el crimen que tarde o temprano yo tendría que realizar, y de
nuevo quisieron ahorcarme. Tampoco lo lograron. Escapé, pero fue por
poco tiempo; meses después se me imputaba una nueva fechoría, y después
otra y otra.
Llegué a verme acusado del asesinato de un presidente del Consejo,
cuatro asesinatos menores, tres parricidios, dos infanticidios y seis u
ocho robos. Yo era, fatalmente, el autor de todos los crímenes.
Soltándome un juez y tomándome otro, pasaron cerca de veinte años,
hasta que una buena mañana me encontré acusado de un nuevo crimen.
Tratábase del hallazgo, en una casita de las afueras, de los restos
mortales de dos personas. El doble crimen tenía muchos años de fecha:
unos veinte. Se exhumaron recuerdos, recayeron sospechas sobre mí y
fuimos a la vista, en la que se reconstruyeron los hechos. Hacía
veinte años habitaba la casa del macabro hallazgo un matrimonio joven y
de posición desahogada. De improviso, el marido anunció que, en unión
de su esposa, marcharía al extranjero para fijar allí su residencia.
Liquidó sus asuntos particulares y nadie volvió a acordarse de ellos.
Coincidió esta marcha de los esposos con la desaparición de un joven
ingeniero, al que la Policía buscó en vano durante algunos meses.
Nadie acertó a relacionar ambos hechos, y, al cabo de veinte años,
el hallazgo de un puñado de huesos venía a descubrir la tragedia.
Resultaba que el marido, enamorado apasionadamente de su esposa,
había descubierto que esta sostenía relaciones ilícitas con el joven
ingeniero. Ciego de dolor acechó a los adúlteros, y, al sorprenderles
juntos, descargó sobre ambos su revólver, ocasionándoles la muerte.
Después, con una sangre fría aterradora, preparó la coartada; simuló el
viaje al extranjero, en unión de su esposa; enterró los cadáveres en el
jardín del hotelito y desapareció.
De este nuevo crimen me acusaban. Yo pensé, ¡bah!, otro período de
molestias. Cuando se celebró la vista, mi abogado hizo de mí una
defensa maravillosa. Ya era ridícula y criminal aquella obstinación en
atribuirme cuantos delitos se cometían; yo no era más que un enfermo,
un infeliz atacado de amnesia total, cuya inocencia se había probado
en innumerables ocasiones. ¿Por qué se me seguía molestando? Los
magistrados se conmovieron, ¡al fin!; desecharon la aberración de mi
culpabilidad y me absolvieron.
Pero durante las incidencias de la vista yo empecé a sentirme inquieto,
sobresaltado; comencé a recordar algunos detalles sueltos primero,
después algunos nombres. ¡Ah! ¡Aquel era mi crimen! ¡Sí, sí; el mío!
¡El que yo había cometido! ¡Yo, yo maté a los adúlteros! ¡Yo!
La memoria volvía. Ahora recordaba que, después de cometido mi crimen y
conseguida la impunidad, eché a andar una noche, sin más carga que mi
dolor, mis remordimientos, mi amor fracasado, mi locura... Y anduve...,
anduve...
¡Ya sabía qué terrible catástrofe me había sumido en la inconsciencia
durante veinte años! ¡Aquel era mi crimen! ¡El mío!
Cuando quise recordar, me habían absuelto.